13 de Agosto: Santa Radegunda, reina de Francia


Santa Radegunda
En Poitiers, de Aquitania, santa Radegunda, reina de los francos, quien, viviendo todavía su esposo el rey Clotario, recibió el velo sagrado de religiosa y sirvió a Cristo en el monasterio de la Santa Cruz de Poitiers, que ella misma había mandado construir, bajo la Regla de san Cesáreo de Arlés.


Día celebración: 13 de agosto.
Lugar de origen: Érfurt (Alemania). 
Fecha de nacimiento:  520.
Fecha de su muerte: 13 de agosto de 587.
Santa Patrona de: Poitiers, Francia.


Contenido

– Introducción
– De la cautividad al trono
– Se consagra a Dios
– Retiro en Saix
– En Poitiers
– Su devoción a las Santas Reliquias
– Muerte
– Oración a Santa Radegunda


Introducción

Era hija de Bertario, rey de Turingia, en Germania, en donde nació hacia el año 519 ó 520. Fue llevada a Francia, niña todavía, en circunstancias harto trágicas como consecuencia de una victoria ganada contra su tío Hermenefrido por Thierry, rey de Metz, y Clotario I, rey de Soissons, ambos hijos de Clodoveo. Al decir de algunos escritores, Bertario había muerto asesinado por su propio hermano, mas este testimonio no está conforme con las opiniones de otros historiadores, ni tampoco con los recuerdos que Radegunda conservaba de su infancia.

Lo que parece fuera de toda duda es que, cuando sucedió la derrota de Hermenefrido, tenía éste en casa a su sobrina, la cual fue hecha prisionera de los vencedores, quienes la llevaron consigo. Clotario, que desde un principio había puesto los ojos en la joven cautiva, se la adjudicó a sí propio en el reparto del botín y le señaló residencia en el castillo de Athies, del actual obispado de Soissons, en espera de ocasión oportuna para desposarse con ella.

Se han podido obtener algunos detalles preciosos acerca de la vida de Radegunda posteriormente a su llegada a la Galia Franca, gracias a los testimonios de San Venancio Fortunato, obispo de Poitiers, que fue capellán y confidente de la reina, y de la monja Baudonivia, que vivió con ella en el mismo monasterio.

De la cautividad al trono

Los propósitos de Clotario de desposarse con Radegunda no podían realizarse de momento, por oponerse a ello obstáculos insuperables; fue primero la edad de la joven princesa, que sólo contaba a la sazón de ocho a diez años, y más tarde, el matrimonio con su primera mujer Ingunda, lazo que no se había atrevido a romper públicamente no obstante sus pocos escrúpulos y los ejemplos de lamentables desórdenes que daba cada día con escándalo de todo su pueblo.

En nada se parecía Athies, residencia de Radegunda, a la corte de Soissons en donde Clotario hacía alarde de sus escándalos. Aquélla era, por el contrario, asilo de dulce paz que proporcionaba a la joven princesa cuantos recursos morales, religiosos e intelectuales podían deleitar a un alma pura e inocente como la suya. Sin sospecharlo siquiera, preparábase Radegunda de este modo para las luchas que más tarde había de sostener y ejercitaba las virtudes de que tendría que dar ejemplo en las diversas situaciones que la Providencia le depararía no mucho tiempo después.

En un principio, niña aún, repartía el tiempo entre el estudio, la práctica de las virtudes cristianas compatibles con sus pocos años y las distracciones propias de su edad. Algo más tarde, nos la muestra Fortunato dada de lleno al estudio de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y demás autores eclesiásticos y a la lectura de Vidas de Santos. Radegunda, que no ignoraba los proyectos que Clotario tenía sobre ella, sabía también los vergonzosos desórdenes de que era teatro la corte de Soissons.

Su alma pura y delicada se espantaba a la vista de los peli­gros que sobre su porvenir se cernían, y para escapar de ellos en cuanto estaba de su parte había resuelto consagrar a Jesucristo su virginidad. Llegó el fatal momento en que iba a conocerse la voluntad del rey, cuya legítima esposa Ingunda había muerto dos años antes, en el 538. Clotario mandó que fuese llevada Radegunda a la corte, en donde todo estaba ya dispuesto para la celebración de las bodas.

Obedeciendo ella a un sentimiento de temor, y no siéndole posible dominar el disgusto que le causaba la vista del vencedor y verdugo de su patria y quizá verdugo de su padre, quiso la princesa valerse del silencio de la noche para huir, pero denunciada y descubierta por los mismos confidentes de su fuga, fue pronto alcanzada y llevada a la presencia de Clotario, a cuya solicitud ya no le fue posible resistir.

Efectuóse, pues, el matrimonio que establecía a Radegunda por reina de los francos.Desde ese momento ya no vio sino la voluntad de Dios en su nuevo estado, cuyas obligaciones quiso cumplir fielmente por deber de conciencia. Es natural, sin embargo, que sintiera cierta repugnancia en caminar por la vía dolorosa en que estaba comprometida con un esposo cuyo espíritu, a pesar del bautismo, era bárbaro todavía.

Añádanse a esta impresión los recuerdos de un pasado para ella imborrable, y se comprenderá que mirase la vida como un calvario de áspera ascensión, y su carga cual pesada cruz. Mas como era profundamente cristiana y heroica, buscaba consuelo para sus penas íntimas en los ejercicios de devoción y de caridad.

Los rigores de su penitencia, que contrastaban con los desórdenes de su esposo, exasperaban a éste en forma tal que le hacían prorrumpir en reproches y amargas quejas por haberse desposado, decía el bárbaro, con una monja y no con una reina.

Lo cual no impedía que Clotario estimara y respetara a la reina de los francos, cuya virtud, al fin, le subyugaba , y no era raro que, después de haberse desfogado contra ella con intemperancias de lenguaje, le demostrara su pesar y procurara reparar la falta colmándola de agasajos, extremos propios de su carácter violento.

En una palabra, mientras vivió Radegunda en la corte, puso por obra cuantos medios le fueron posibles para llevar de frente sus deberes de reina y esposa cristiana, sin haber dado nunca el más mínimo motivo de queja. Un acontecimiento doloroso iba a decidir su alejamiento definitivo del mundo y su consagración a Dios.

Se consagra a Dios

Entre los prisioneros que Clotario llevara de Turingia a Soissons, en­ encontrábase un hermano de la joven princesa. La presencia de este hermano era para ella uno de los consuelos más dulces en su destierro. A pesar de los deseos apenas velados que tenía el cautivo de huir de su encierro y escapar del vencedor, consentía en permanecer junto a su hermana y dejaba para más tarde la realización de su acariciado proyecto de fuga.

Tuvo acaso el rey sospecha de esos propósitos y, para acabar de una vez con semejantes tentativas, mandó quitar la vida al prisionero. Ouedó roto el último lazo que pudiera retener a Radegunda en la corte.

En efecto, a consecuencia de ese acto de crueldad, creyóse la reina autorizada para separarse definitivamente de su indigno esposo. Explícitamente se lo manifestó a Clotario, de quien solicitó licencia para alejarse de la corte y consagrarse por entero a Dios. Quizá para reparar en parte su crimen, aceptó el rey la proposición y aun recomendó a Radegunda al obispo de Noyons, San Medardo, para que la ayudase en su propósito.

Aunque no se trataba con esto de pronunciar una sentencia de divorcio que la ley divina declara imposible entre cristianos, resistíase el santo pontífice a sancionar esta separación canónica; pero la reina se metió intrépidamente en la sacristía de la iglesia donde se hallaba, cortóse el cabello, echóse a sí misma el velo y de esta guisa se presentó luego al santo prelado, que estaba delante del altar, y suplicóle con lágrimas en los ojos que no le dilatara el consuelo de conságrala al servicio de Jesucristo. Prendado el Santo de aquella resolución consintió por fin en imponer sobre ella las manos y consagrar de este modo su renuncia al mundo.

Retiro en Saix

Esta renuncia no significaba todavía, propiamente hablando, el ingreso en la vida religiosa. Al contraer matrimonio, Clotario había dotado a su esposa con diversas propiedades, entre ellas, Saix, que Radegunda escogió para su retiro, luego de despojarse del fausto de sus vestiduras reales en beneficio de las iglesias y de los pobres, conforme al consejo de Jesucristo. De camino para Saix visitó sucesivamente los santuarios más venerados de la región: Orleáns, Tours y el sepulcro de San Martín.

Más tarde encontramos a la santa reina en Candes, luego en Chinán, residencia de un piadoso ermitaño de Bretaña, de nombre Juan, que será para Radegunda auxiliar valioso y prudente guía espiritual y, finalmente, en Saix. En esas diversas etapas practicó toda suerte de obras de caridad, eligiendo con preferencia las más trabajosas y repugnantes a la naturaleza. Su método de vida y sus austeridades recuerdan los de los antiguos monjes del desierto: pan de centeno o cebada y algunas legumbres o raíces eran su único alimento y el agua clara su sola bebida.

Servíale de lecho un áspero cilicio recubierto de ceniza, una cadena de hierro que ceñía muy estrechamente la carne. Tales penitencias y mortificaciones eran realzadas por una humildad tan profunda que únicamente traslucía al exterior lo que no podía en modo alguno tener velado. Una de sus ocupaciones favoritas era la de hacer los panes que debían servir para el santo sacrificio del altar.

Un episodio que iba a turbar por algún tiempo la santa paz de que disfrutaba en aquel retiro, le hizo redoblar sus penitencias y oraciones hasta que Dios, apiadado, oyó sus ardientes ruegos e hizo disipar la tormenta que la amenazaba en aquella dulcísima soledad. Clotario, que en medio de sus desvarios conservaba sincero afecto a su santa esposa, e incluso, tal vez verdadero amor, no tardó mucho en lamentar la separación.

Pensó, pues, en volverla a llamar, o mejor dicho, llevarla nuevamente a la corte, y tal vez dejó traslucir su propósito, por cuanto el rumor del proyecto del rey llegó a oídos de Radegunda, quien, como es fácil concebir, se alarmó sobremanera.

Para conjurar tamaño peligro apresuróse a mandar un mensaje al ermitaño Juan, suplicándole intercediera ante Dios para desviar la amenaza que sobre ella se cernía. Alentóla el piadoso varón asegurándole que aunque efectivamente eran esos los propósitos del monarca, no llegaría a ponerlos por obra, pues Dios no se lo había de consentir.

A pesar de todo, ante la posibilidad de que se renovasen las tentativas del rey, creyó Radegunda que era lo más prudente levantar entre ambos esposos una barrera infranqueable, como así lo hizo yendo a Poitiers con el propósito de fundar un monasterio y encerrarse en él para siempre. Confiaba en que el Señor la acompañaría en tal propósito.

En Poitiers

El recuerdo de San Hilario y la presencia de su venerado sepulcro movieron a Radegunda a elegir a Poitiers por lugar de su retiro, y aprovechando de las buenas disposiciones que entonces veía en Clotario solicitó de éste el solar y los necesarios recursos para la construcción del monasterio. El rey poseía en aquella ciudad diversas quintas y algunos terrenos; así es que no puso reparo alguno en acceder a la petición de la reina; más aún, hizo cuanto estuvo de su parte para que la obra se realizase con premura.

Rápidamente se levantaron, pues, los muros del nuevo monasterio, que, puesto bajo la advocación y amparo de la Santísima Virgen, había de servir a modo de atalaya, salvaguardia y defensa de la ciudad. Podía gozarse en su tranquilidad la santa reina.

Para mejor asegurar la perpetuidad del convenio, añadiéronsele dos fundaciones: una casa para los sacerdotes que atendieran al servicio religioso del monasterio y a las confesiones de las monjas, y un cementerio para sepultura de éstas. Como quiera que las leyes romanas, todavía vigentes en aquella época, no autorizaban la inhumación en el recinto de las ciudades, erigióse entre las murallas y el río Clain una iglesia a la que atendían los capellanes del monasterio, circundábala el cementerio de las religiosas, y así quedaba como a las puertas del monasterio.

Terminadas las construcciones en 552, la piadosa princesa tomó posesión de su nueva morada en la que entró a pie y seguida de numerosas doncellas que pertenecían a las familias más nobles del reino; no menos de doscientas contábanse al morir la fundadora.

Asistió a la bendición e inauguración solemne una inmensa muchedumbre atraída por ese espectáculo, raramente visto. Cuando, terminadas las ceremonias, se cerraron definitivamente las puertas del monasterio, Radegunda, olvidada de su carácter de reina y fundadora, no quiso admitir en adelante otro título que el de humilde sierva de las esposas de Jesucristo. Hizo nombrar Superiora de la nueva comunidad a una doncella llamada Inés, que había sido dama suya, y púsose bajo su dirección, como si de una novicia se tratase.

Este nombramiento, fue ratificado por San Germán, obispo de París, llegado a Poitiers con aquella harto delicada misión. Pesaroso una vez más el rey Clotario de haber consentido en el retiro de su esposa, abrigaba el propósito de conducirla nuevamente a la corte. A este efecto, emprendió como penitente la peregrinación al sepulcro de San Martín de Tours, pero en realidad con la aviesa intención de arrancar a Radegunda de su monasterio y llevársela, de grado o por fuerza. Noticiosa de todo nuestra Sauta, acudió a la oración, al ayuno y la penitencia para conseguir
de Dios que mudase el ánimo de Clotario.

Al mismo tiempo envió un mensaje al santo obispo de París, que acompañaba a Clotario, para suplicarle le desviase de su pensamiento sacrilego. Espantado de las consecuencias que hubiera podido acarrearle su desdichado intento, abandonó el rey el proyecto y delegó a San Germán para solicitar de la reina el perdón de su propósito y la ayuda de sus oraciones.

También los intereses temporales del monasterio reclamaban la solicitud de la fundadora, y a ellos atendió con cariño. A tal efecto, confió a San Venancio Fortunato la administración de los bienes del convento, que, merced a las liberalidades de los reyes y de los señores, habían llegado a ser considerables y necesitaban una dirección prudente.

Las altas relaciones que Radegunda había conservado en Francia, permitiéronle intervenir en diversas circunstancias cerca de los reyes y de los príncipes francos, y conseguir el cese de las discordias que entre ellos existían. Este papel de pacificadora, siempre ejercido por ella con tanta oportunidad como discreción, le mereció en la Historia el título de «Madre de la patria».

Arreglado que hubo los asuntos exteriores y tranquila ya en su retiro, no puso límites al fervor de su alma. Las penitencias a que se entregó espantaban aun a las religiosas más robustas; llevaba de continuo un cilicio armado con puntas de hierro; prohibióse para siempre el uso del vino; su alimento ordinario era un poco de pan de centeno y aun de éste se privaba los días de ayuno, en los que se sustentaba sólo de raíces crudas.

Por cama usaba una estera extendida sobre unas tablas y su sueño nunca pasaba de dos horas. No pareciéndole bastante el cilicio para macerar su cuerpo, se apretaba fuertemente a la cintura una cadenilla con puntas de alambre que hinchaba la carne y se metía dentro de ella tanto, que fue menester una dolorosa incisión al tener que quitársela.

Su devoción a las Santas Reliquias

El insaciable deseo que tenía de mortificarse, crecía al par que su amor a Jesús crucificado, y no podía mirar un crucifijo sin encenderse en santos deseos de padecer cuantos tormentos padecieron los mártires. Ese mismo amor a Cristo crucificado le movió a cambiar el nombre primitivo del monasterio por el de la Santa Cruz, y le hizo concebir la noble ambición de poseer algún fragmento del sagrado madero en que se consumó nuestra redención.

No había logrado Francia hasta entonces tener porción alguna de esta inestimable reliquia; Radegunda manifestó sus ansias al emperador Justino II, sucesor de Justiniano y a la emperatriz, Sofía, los cuales respondieron con magnificencia a los deseos de nuestra Santa, pues además de un trozo del leño de la verdadera Cruz le enviaron reliquias de Apóstoles y de mártires y un evangeliario adornado con muchas y ricas perlas.

La recepción de la Cruz, que se verificó con toda la solemnidad y pompa de las mayores ceremonias religiosas, constituyó un acontecimiento en el seno de la fervorosísima comunidad, la cual se había dispuesto a él con ayunos, oraciones y limosnas. La insigne fundadora no cabía en sí de gozo, y deshacíase en continuas acciones de gracias por la bendición que para su monasterio suponía la posesión de tan rico tesoro. Durante las fiestas, cantóse por vez primera el himno» Vexilla regís pródeunt, compuesto por Venancio Fortunato para aquella memorable solemnidad, y usado hoy en los oficios de Semana Santa.

Celebróse la traslación hacia el año 568, y a partir de esa fecha se conmemoró todos los años el 19 de noviembre. Desde entonces la iglesia de la Santa Cruz se convirtió en centro de peregrinaciones, en el que se obraron muchos milagros, según afirma San Gregorio Turonense. Estas manifestaciones complacían grandemente a nuestra Santa, pero su preocupación más grave había sido siempre el buen gobierno del monasterio.

Guiábase, en su maternal solicitud, por aquella sabia convicción de que el espíritu de perfección en el cuerpo, sólo se consigue por la fiel observancia de cada uno de sus miembros dentro de una órbita general, prudentemente establecida. La práctica individual y desarticulada del ritmo común, jamás podrá servir como aglutinante, es necesario vivificarla por la obediencia para que pueda servir en interés del conjunto.

Con el ansia de que en su comunidad floreciese más y más la vida religiosa, emprendió Radegunda un viaje en compañía de la abadesa Inés, para estudiar prácticamente las reglas que el arzobispo San Cesáreo había establecido en el monasterio de su hermana Santa Cesárea, en Arlés, y que, de inmediato, adoptó para su querido monasterio de la Santa Cruz.

Muerte

Mucho tiempo hacía que las grandes penitencias de nuestra Santa tenían quebrantada su salud, cuando el Señor quiso premiar vida tan pura y mortificada. Apareciósele visiblemente Jesucristo y colmándola de aquellas dulzuras inefables que son como una muestra o destello de los goces de la gloria, le dio a entender que estaba muy cercana su muerte. L a piedra en que se apoyaba el divino Salvador, conservó milagrosamente la huella de su pie, y aún hoy día se venera en Poitiers en la iglesia dedicada a Santa Radegunda.

Tras breve enfermedad, el día 13 de agosto de 587, entre el llanto y los sollozos de sus queridas hijas, apagóse dulcemente aquella santa vida que tanta gloria diera a Dios. El venerando cadáver fue inhumado con gran solemnidad en la iglesia de Santa María, hoy de Santa Radegunda. Los muchos milagros que se obraron con motivo de la traslación y sobre su sepulcro, atestiguaron y propagaron muy presto la santidad de la ilustre reina de los francos.

Los preciosos despojos se conservaron en el lugar mismo en que habían sido inhumados hasta el siglo IX, pero las incursiones de los normandos habidas en esa época hicieron temer fueran profanados, por lo cual se los trasladó por algún tiempo a San Benito de Quincay, cerca de Poitiers, de donde volvieron algo más tarde a la iglesia de Santa Rade­gunda.

El 28 de marzo de 1412 el duque de Berry, conde de Poitiers, mandó abrir el sepulcro: a pesar de los 825 años transcurridos, yacía el santo cuerpo perfectamente incorrupto. Las sagradas reliquias no pudieron salvarse del furor e impiedad de los hugonotes, quienes las quemaron en su basílica en el año 1562. Aún fue posible, sin embargo, recoger algunos fragmentos que, encerrados en una arca de plomo, se colocaron nuevamente en el sepulcro de la Santa.

Oración a Santa Radegunda

Santa Radegunda, que tu entereza sirva de ejemplo para todos los que padecemos distintos problemas y enfermedades en este mundo; que nada nos aleje de Dios, muy por el contrario todo nos acerque aun más a Él y a confiar siempre en su infinita misericordia. Danos ánimo para seguir adelante rezando siempre con mucha fe y esperanza.

Santa Radegunda | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.