12 de Marzo: San Gregorio Magno


 San Gregorio Magno

San Gregorio Magno, fue el primer Papa monje, que ascendió a la silla apostólica. Junto a otros grandes de la talla de San Agustín de Hipona, es considerado Doctor de la Iglesia. Su nombre quiere decir «Vigilante» o «aquel que siempre está listo».


Día celebración: 12 de marzo /  3 de septiembre.
Lugar de origen: Roma. Imperio Bizantino.
Fecha de nacimiento: Año 540.
Fecha de su muerte:  12 de marzo de 604.
Santo Patrono de: Músicos, estudiantes, cantantes y maestros.


Contenido

– Introducción
– San Gregorio Magno: Monje, Diacono y Nuncio
– San Gregorio Magno es elegido Papa – La Peste en Roma
– Apóstol de Inglaterra
– Reforma de la Liturgia y del Canto Eclesiástico
– San Gregorio Magno, Doctor de la Iglesia
– Apariciones y milagros
– Muerte de San Gregorio Magno
– Oración a San Gregorio Magno


Introducción

En el siglo VI, cuando parece que la desolación invade a Roma, Italia y Europa entera y que los bárbaros y paganos se han vuelto a adueñar de la sociedad, dispone la Divina Providencia que surja un Papa que, sin pretender gobernar al mundo, goce de una extraordinaria autoridad y prestigio durante toda su vida y cuya memoria perdure de generación en generación.

Gregorio, tan justamente llamado el Grande o Magno, nació en Roma hacia el año 540. Su padre, Gordiano, era senador y varón riquísimo, que se dio por completo al servicio de los pobres; y su madre, Silvia, no menos santa que ilustre, pasó también los últimos años de su vida en la contemplación, en un pequeño oratorio al que se había retirado. Fue biznieto de San Félix II, ( f 492), sumo  pontífice y santísimo varón, y sobrino de las bienaventuradas vírgenes Tarsila y Emiliana, la primera de las cuales, en la hora de la muerte, mereció oír la música del cielo y ver a Cristo nuestro Señor
que venía a recibir su santa alma.

Gregorio aprendió con facilidad las letras divinas y humanas; en vida de su padre se ocupó en negocios de la república, y fue prefecto de la ciudad de Roma; pero toda su aspiración era retirarse a la soledad y vivir entregado a la oración.

San Gregorio Magno: Monje, Diacono y Nuncio

Cuando murió Gordiano, pudo San Gregorio Magno cumplir sus vehementes deseos; edificó seis monasterios y otro en su misma casa de Roma. En éste edificó una iglesia con título de San  Andrés y se ofreció él mismo en holocausto al Señor, tomando el hábito religioso a la edad de treinta y un años, después de repartir a los pobres lo que le quedaba de su amplísimo patrimonio.

En este monasterio llevó Gregorio vida perfectísima, y tal, que en ella, como en un espejo, se miraban todos los religiosos, y así andando el tiempo le eligieron por su abad y prelado, aunque con gran repugnancia del Santo, que deseaba más obedecer que mandar. Su obediencia era extraordinaria y sus ayunos y oraciones continuos.

De todos sus bienes sólo conservaba Gregorio una taza de plata, en la que su madre le enviaba todos los días algunas legumbres cocidas, pero sin sazonar; esto era todo su alimento. Cierto día presentóse a Gregorio un mercader, que había perdido toda su fortuna en un naufragio. Púsosele delante y pidióle limosna, y el Santo mandó darle seis ducados. Volvió luego y díjole que lo que había perdido era mucho y lo que había recibido muy poco para remediarse; San Gregorio Magno mandó darle otros seis ducados.

A los dos días tornó por tercera vez muy lloroso y angustiado, y pidió nuevo socorro alegando su extrema miseria. Ordenó Gre­gorio al mayordomo que le diese otros seis ducados, y, como no los hubiese en casa y no quisiese despedirle con las manos vacías, le dio la taza de plata.

San Gregorio Magno

De allí adelante fueron tantos los milagros que Gregorio hizo, que claramente se entendió que aquel pobre había sido un ángel del Señor, y que le había sido muy agradable la limosna que, sin enojarse, le había dado, según se verá más adelante en este mismo artículo.

Uno de los primeros actos de Pelagio II, elegido Papa en 578, fue nombrar a Gregorio cardenal diácono, fue según la costumbre de los primeros siglos le investía de considerable distinción, y enviarle a Constantinopla por legado y embajador suyo al emperador Tiberio, para tratar algunos negocios graves e importantes, para los cuales fue de mucho peso la gran santidad, doctrina y prudencia de Gregorio.

En Constantinopla fue muy bien recibido del emperador, y despachó los negocios a que iba muy a su gusto y contento. Allí trabó amistad con San Leandro, arzobispo de Sevilla, el cual había ido a pedir socorro al emperador Tiberio en nombre del príncipe de España, Hermenegildo, y de los católicos del reino, contra su padre Leovigildo y los herejes arríanos, de los cuales eran oprimidos. Su estancia en Oriente debió durar hasta el año 586.

San Gregorio Magno es elegido Papa – La Peste en Roma

Al morir Pelagio II, víctima de la peste que se cebaba en Roma — enero de 590— , la voz unánime del pueblo, del clero y del Senado, propuso a Gregorio como sucesor. Mas el Santo, como era tan humilde, no quiso consentir en su elección; viendo empero tan determinada a la ciudad, dio a entender que lo aceptaría si el emperador daba su consentimiento.

Porque en aquel tiempo los emperadores habían usurpado la potestad de aprobar la elección que el clero y el pueblo hacían de los sumos pontífices, y éstos lo consentían pensando en la necesidad de su ayuda para la defensa de la Iglesia. Gregorio, confiado en su amistad con el emperador escribió a éste para que no aceptase su nombramiento. Y entretanto se consagró por entero a aliviar a los desgraciados y a conjurar el azote de la peste, prescribiendo procesiones expiatorias durante tres días seguidos; pero el primer día murieron ochenta personas en una hora, antes de llegar la procesión a Santa María la Mayor.

En tal coyuntura, determinó hacer violencia al cielo, tomó el Santo en sus manos la imagen milagrosa de la Madre de Dios pintada por San Lucas, y recorrió toda la ciudad, descalzo y en hábito de penitencia, hasta llegar a la basílica de San Pedro. El pueblo le seguía llorando.

Cuenta la tradición que, al llegar al puente que está frente al mausoleo de Adriano, oyéronse coros angélicos que cantaban estas palabras: Regina coeli testare. Alégrate, Reina del cielo, aleluya; porque Aquel que mereciste llevar, aleluya, resucitó como dijo, aleluya.

El pueblo se arrodilló enajenado de alegría y gratitud, y Gregorio exclamó, fijando los ojos en el cielo: Ora pro nobis Deum , ruega a Dios por nosotros aleluya, y en el mismo instante se apareció un ángel en la cúspide del mausoleo, envainando la espada que tenía desnuda. Desde ese momento cesó la peste.

Este milagroso acontecimiento acrecentó sobremanera la autoridad de Gregorio, el cual no sólo escribió al emperador para que no ratificase su elección, sino que huyó de Roma disfrazado. Pronto notó el pueblo su ausencia y quedó sumido en profunda pena. Todos los habitantes ayunaron tres días seguidos y llenaron las iglesias para alcanzar de Dios el retorno de su amado pastor.

En esto llegaron de Constantinopla las cartas de ratificación. Aquella misma noche se desparramó la gente por los alrededores de la ciudad en busca del fugitivo, que se había refugiado en una caverna. Pero Dios denunció su escondite por medio de una columna luminosa que se cernía sobre él y le acompañaba por donde iba.

 

Apóstol de Inglaterra

La tradición nos refiere que cuando Gregorio era aún monje en el convento de San Andrés de Roma, pidió licencia al papa Benedicto I para ir a predicar el Evangelio a Inglaterra; pero el pueblo no le dejó salir de Roma. Vínole este deseo al contemplar cierto día que pasaba por una plaza, a unos jóvenes paganos, oriundos de dicho país, puestos a la venta en el mercado de esclavos, y cuyo franco continente y despejada mirada le movieron a exclamar: «Non angli sed ángeli; no son anglos sino ángeles».

Sea lo que fuere de la autenticidad de este hecho, lo cierto es que el papa San Gregorio Magno ofreció a Inglaterra el tesoro de la fe. Por la primavera del año 596, envió a aquel país al prior del monasterio de San Andrés, llamado Agustín, con cuarenta monjes. Bien es verdad que al concilio de Arlés, en 314, habían asistido ya tres obispos de la Gran Bretaña, pero el país se había sumergido nuevamente en el paganismo cuando la invasión anglosajona en 428.

Los misioneros se detuvieron en Provenza; cansados y desmayados se determinaban a volver a Roma; asustábales la empresa de ir a tierra tan remota y tratar con gente infiel y bárbara, cuyas costumbres no podían sufrir, cuya lengua ignoraban y a la que no podían hablar ni entender.

Enviaron, pues, al propio Agustín ante el santo pontífice, suplicándole que les diese licencia para dejar aquella peregrinación tan larga, trabajosa y peligrosa, de la cual tan poco fruto se podía esperar. Pero el Papa no quiso darles la licencia que pedían, antes les escribió una carta en la que les manifestaba con entereza la voluntad de Dios y los animaba a perseverar en lo empezado.

Con esta carta se animaron los monjes a proseguir su camino, y por las oraciones y merecimientos de Gregorio, desembarcaron felizmente en el reino de Kent por Pascua de 597. Allí fueron muy bien recibidos, y convirtieron a Etelberto, rey de Cantorbery, y a gran multitud de pueblo.

Explicaron a Gregorio la mies extensa y valiosa que habían hallado, y los pocos obreros que eran. El Santo se regocijó en extremo y les envió nuevos ministros y predicadores y cuanto era menester para el ornato de las iglesias; mandó que Agustín fuese consagrado arzobispo y que en su metrópoli consagrase a doce obispos. Por esta labor mereció el glorioso título de apóstol de Inglaterra.

Reforma de la Liturgia y del Canto Eclesiástico

La acción incesante que el Pontífice ejercía sobre los imperios y los reinos de la cristiandad, no absorbían tanto sus días que no hallara tiempo para dedicarse a la reforma de la liturgia, a codificar el canto eclesiástico y a escribir numerosas obras, que con justicia le han valido el título de doctor.

A este Papa, el primero que vino del claustro, se debe la costumbre de cantar el Kyrie eleison, en la misa, la introducción del Pater noster, antes de la fracción de la hostia, y el Alleluia, en los oficios divinos, aun fuera del tiempo pascual. Y no se concretó únicamente a santificar y completar
las fórmulas litúrgicas, sino que puso también gran empeño en celebrar las ceremonias del culto con una pompa exterior que las tornase más eficaces aún para la instrucción y edificación del pueblo.

En el Sacramentario dispuso Gregorio el conjunto del oficio divino, añadiendo a la liturgia varias oraciones admirables, que son aún su mejor florón; pero no paró aquí su obra, sino que a las palabras les aplicó el canto, completando así su sentido. San Gregorio Magno consideraba que la música sagrada no es un accesorio destinado a ensalzar el esplendor del culto, sino parte integrante que debe ir unida a las palabras para formar con ellas una expresión más completa de la oración.

Otros pontífices, como San Dámaso y San Gelasio, animados de los mismos sentimientos, habían hecho ya trabajos considerables en esta parte
de la liturgia, pero a San Gregorio le estaba reservado el perfeccionamiento de su obra. Con este fin publicó su Antifonario, en el que reunió las admirables melodías compuestas por sus predecesores, y agregó otras muchas para completar el ciclo litúrgico, legando este trabajo a la tradición, que lo ha conservado largos años con el respeto debido a semejante compositor.

Estas melodías, designadas comúnmente con el nombre de «canto gre­goriano», fueron admiración de la Edad Media y más tarde encanto de los maestros de música más eminentes, como Paíestrina, Baini y otros.

Para perpetuar el canto, que tan acertadamente había organizado, el gran pontífice hizo construir dos casas, una junto a San Juan de Letrán, y otra cerca de San Pedro, para que en ellas aprendiesen a cantar los clérigos y ministros que servían en la iglesia. Y era tanta su humildad y devoción, que él mismo, estando malo de la gota, se hacía llevar a donde cantaban los muchachos y tendido en una camilla los enseñaba y corregía.

De esta escuela salieron los cantores que más tarde enseñaron a los clérigos y al pueblo medieval las celestiales melodías gregorianas. Estimando, empero, el pontífice, que los sacerdotes y diáconos que ejercían el oficio de cantores se preocupaban a veces más de la música que del ministerio de la predicación, decretó que el cargo de «cantor» se reservase a clérigos de orden inferior.

Cuando en 1903 fue elegido Pío X , una de sus primeras disposiciones fue restablecer las santas melodías, cuya composición atribuyó siempre la tradición eclesiástica de varios siglos a San Gregorio Magno, y el mismo Papa declaraba que el canto gregoriano es el peculiar de la «Iglesia romana».

San Gregorio Magno, Doctor de la Iglesia

La ciencia y las muchas obras de San Gregorio Magno, así como su ardiente celo para defender la doctrina católica, justifican ampliamente el título de doctor de la Iglesia. Durante su misión en Constantinopla, refutó los errores del patriarca Eutiquio tocante a la resurrección de los cuerpos, el cual se declaró convencido ante el emperador Tiberio II, y quedó tan persuadido de esta verdad, que, cayendo luego en una enfermedad, tomando con la mano la piel de su brazo, decía a los asistentes:

«Yo confieso que todos resucitaremos en esta carne».

Y con estos sentimientos expiró. Elegido Papa, Gregorio atrajo del arrianismo a la sana doctrina a multitud de lombardos y visigodos. Restableció la jurisdicción en la Iglesia de África y dio el golpe de gracia a los donatistas. Impugnó con dureza a los simoníacos de la Galia y convirtió a los cismáticos de Istria; finalmente, dio vida a las artes y las ciencias, e hízolas servir para gloria de la Iglesia de Jesucristo.

Gregorio predicaba personalmente a su pueblo, pues daba gran importancia a esta parte de su ministerio pastoral. Cuando la enfermedad le privaba de este consuelo, mandaba que otro clérigo leyese en público los sermones y homilías que él mismo había compuesto. Los que han llegado hasta nosotros son de una sencillez verdaderamente paternal, de estilo fa­miliar y propios para ser entendidos por todos.

En fin, era San Gregorio Magno tan vigilante e incansable en el cumplimiento de su cargo de buen pastor, que parece imposible que un hombre solo haya podido realizar tantas empresas a la vez: procurar la paz por su mediación; tratar con Dios en la oración y con los hombres en la conversación; dedicarse al gobierno espiritual y temporal de la Iglesia; predicar con frecuencia; dictar cartas admirables a infinidad de personas de diferentes condiciones y componer las magníficas obras que de él nos quedan.

Entre las obras de este santo pontífice sobresalen los Comentarios sobre el libro de Job, el Cantar de los Cantares, el Profeta Ezequiel y los Evan­gelios; una Pastoral, que trata de los deberes de todo Prelado; un Sacramentario, citado ya anteriormente; y cuatro libros de Diálogos, en los que refiere el Santo los milagros sucedidos en su tiempo.

Apariciones y milagros

La caridad de San Gregorio Magno con los pobres fue maravillosa y por ella recibió grandes dones de Dios. Convidábalos a comer en su mesa y, queriendo una vez, por humildad, lavar los pies a un pobre peregrino, desapareció mientras el Santo tomaba el jarro y el lebrillo. La noche siguiente, Cristo nuestro Señor se le apareció en sueños y le dijo:

«Otras veces me has recibido en mis miembros, mas ayer me recibiste en mi persona.»

En cierta ocasión mandó a su limosnero que llamase a comer a doce pobres y, entrando el Santo a verlos, notó que eran trece. Preguntado el limosnero por qué había llamado a trece, respondió que a doce había llamado, y que doce eran y no más, porque verdaderamente él no veía sino doce.

Pero San Gregorio veía trece y, pareciéndole que no era sin misterio, puso los ojos en el décimotercero, y vio que mudaba el color y el semblante del rostro, pareciéndole unas veces mozo y otras viejo.

Acabada la comida, le tomó aparte y le conjuró que le dijese quién era y cómo se llamaba:

— ¿Por qué quieres saber mi nombre que es admirable? —le respondió el misterioso personaje.

— Yo soy aquel infeliz mercader a quien tú diste los doce escudos de limosna y la escudilla de plata de tu madre. Ten entendido que por aquella obra quiso Dios que tú fueses sucesor de San Pedro,
a quien tan perfectamente imitas por tu caridad con los pobres.

— ¿Cómo sabes tú eso?

—Porque soy un ángel, el mismo que Dios envió para probarte. Pero no temas, Gregorio, que el Señor me ha enviado a ti para que te asista y te guarde hasta la muerte, y para otorgarte por mi mano cuanto pidas.

Un día que Gregorio celebraba misa en la iglesia de San Pedro, al dar la comunión a los asistentes se acercó a comulgar una mujer. Echóse ésta a reír con aire de incredulidad cuando el santo pontífice pronunció estas palabras: «El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna.» San Gregorio Magno retiró a la incrédula el pan eucarístico y se lo entregó al diácono para que lo llevase al altar hasta que se hubiese concluido la comunión de los fieles. Luego, dirigiéndose a aquella mujer le preguntó:

—Dime, ¿por qué te reíste al tiempo de comulgar?

—Porque vos dijisteis —respondió— que el pan que yo había hecho con mis manos y presentado a la oblación era el Cuerpo del Señor.

Volviéndose entonces el santo pontífice al pueblo, suplicóle que uniese sus oraciones a las del clero para pedir al Señor que abriese los ojos del alma a aquella pobre mujer, y se volvió al altar:
En este momento la hostia consagrada se convirtió en carne; todos los asistentes pudieron contemplar el Cuerpo radiante de Jesucristo, y la mujer, a vista de tan gran prodigio, depuso su incredulidad. El Santo se puso nuevamente en oración y la hostia ‘ volvió a tomar la especie de pan que antes tenía.

Muerte de San Gregorio Magno

Antes de ser elegido Papa había pasado Gregorio por agudas crisis de gota y gastralgia que le duraban meses enteros, sirviéndole de prolijo aprendizaje de la muerte, por la que suspiraba como si
hubiera de ser ella su verdadero remedio.

Escribe de sí el mismo Santo:

Ya ha casi dos años cumplidos  que estoy en cama con tan grandes dolores de gota, que apenas los días de fiesta me puedo levantar para celebrar; y luego, con la fuerza del dolor me vuelvo a acostar, porque me aprieta tan fuertemente que me hace gemir y suspirar; y este dolor algunas veces es más remiso y otras más riguroso, mas nunca es tan flojo que me deje ni tan intenso que me mate; y así, muriendo cada día, nunca acabo de morir, y no es maravilla que, siendo tan grande pecador, Dios me tenga tanto tiempo en esta cárcel.

El augusto anciano murió el 12 de marzo de 604. El mismo día su cuerpo fue llevado de Letrán a la basílica de San Pedro, donde fue inhumado bajo el pórtico, hasta que Gregorio IV ordenó que se trasladasen sus restos al interior de la basílica.

El primero de septiembre de 1831, Gregorio XVI instituyó una Orden Civil y militar en honor de San Gregorio Magno.

Oración a San Gregorio Magno

Señor Dios, que cuidas a tu pueblo con ternura y lo gobiernas con amor. Te pedimos que, por intercesión del Papa San Gregorio Magno, concedas el Espíritu de sabiduría a quienes has establecido como maestros y pastores de la Iglesia, para que así el progreso de los fieles constituya el gozo eterno de sus pastores. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Amén.

San Gregorio Magno | Fuentes
Vida de los Santos: El Santo de cada día por Edelvives