12 de Junio: San Juan de Sahagún


San Juan de Sahagún

San Juan de Sahagún Juan, sacerdote y eremita agustino. Fue un predicador destacado por su amor al prójimo, su devoción a la Eucaristía, sus milagros y, más que nada, por el don especial que tuvo para reconciliar a los discordes y apaciguar los ánimos de los enemistados. Fue declarado santo por el papa Alejandro VIII.


Día celebración: 12 de Junio 
Lugar de origen: Sahagún, España.
Fecha de nacimiento: 24 de junio de 1419.
Fecha de su muerte: 11 de junio de 1479.
Santo Patrono de: Sahagún (España y Colombia).


Contenido

– Introducción
– Primeros estudios
– Ante el santo Cristo de Burgos
– Mensajero de la paz
– Profesor de Salamanca
– Devoción Eucarística
– Pacificación de Salamanca
– Resucita algunos muertos
– Se defiende con el breviario
– Muerte y culto
– Oración a San Juan de Sahagún


Introducción

Este santo religioso, gloria de España y de la Orden agustiniana, nació en Sahagún, villa de la diócesis y provincia de León, que debe su nombre y origen al antiguo y célebre monasterio de San Facundo, semillero fecundo de hombres ilustres en ciencia y santidad, fundado en el lugar del martirio de los Santos Facundo y Primitivo.

Los padres de nuestro Santo —Juan González de Castrillo y Sancha Martínez, tan ilustres por su nobleza como por su piedad— , vivieron dieciséis años sin tener sucesión. Afligidos con su esterilidad, se retiraron a una ermita de Nuestra Señora del Puente, sita en los límites de sus heredades, y suplicaron al Señor que se dignase bendecir su matrimonio. El cielo oyó sus ruegos; el día 24 de junio de 1430, fiesta de San Juan Bautista, nacióles un hijo a quien llamaron Juan, en honra del santo Precursor.

Se hizo famoso por su amor al prójimo, su devoción a la Eucaristía, sus milagros y, más que nada, por el don especial que tuvo para reconciliar a los discordes y apaciguar los ánimos de los enemistados, como lo hizo maravillosamente en la ciudad de Salamanca.

Primeros estudios

Desde sus tiernos años, dio el niño claras señales de su futura santidad. Se le veía con frecuencia predicar a los muchachos de su edad, ya para impulsarlos a la virtud y devoción, ya para apaciguar sus infantiles disputas y porfías. Todos aquellos pequeñuelos le escuchaban con agrado y obedecían con gusto. Eso que por entonces no pasaba de ser un juego de niños, presagiaba ya lo que sería, andando el tiempo, la palabra de este joven predicador.

Se educó con los Benedictinos de Sahagún. Como era de agudo ingenio progresó rápidamente, y salió muy aventajado en todos sus estudios. Su padre pretendió entonces proveerle de un beneficio eclesiástico, al que tenía derecho de patronato; pero el virtuoso joven no quiso aceptar un cargo que en manera alguna podía desempeñar cumplidamente. Se valió de un tío suyo, mayordomo del arzobispo de Burgos, para disuadir a su padre de aquel designio. Fue el tío a hablar al padre del Santo, y le dijo:

— No molestes más a mi sobrino con ese beneficio, déjame a Juan, que yo lo llevaré a Burgos, y el arzobispo de dicha ciudad le proveerá mucho mejor que tú lo harías aquí.

A los pocos días Juan dejaba para siempre la casa paterna. Por entonces era arzobispo de Burgos Alonso de Cartagena, varón sabio y virtuoso, de quien el papa Eugenio IV solía decir: «¿Quién, ante un hombre así, se sentará con dignidad en la cátedra de San Pedro?» Alonso echó pronto de ver la eminente santidad de su nuevo discípulo.

A poco de llegar le ordenó sacerdote y le nombró canónigo de la catedral. Desde ese día resplandecieron más si cabe las eminentes virtudes de Juan, a pesar de que por humildad procuraba tenerlas como escondidas.

Se ejercitaba en obras de caridad; daba a los necesitados sus rentas, muy cuantiosas, y él vivía sumamente pobre, consagrando sus días a la oración, el estudio y el cuidado de los enfermos y menesterosos. Manifestaba su tierna compasión por los miembros pacientes de muchas maneras: les socorría en sus necesidades, los cuidaba, los hacía sentar a su mesa y les servía de comer él mismo, con gran edificación de todos y gozo del bondadoso arzobispo, el cual solía decir hablando de Juan:

— ¡Oh, qué dicha la mía tener un hombre así en la diócesis! Si los reyes de la tierra se consideran honrados de ser servidos por príncipes, ¡qué honra será el tener por ayuda a tan digno siervo del Señor, cuyo servicio nos hace reyes!

Muertos sus piadosos padres, Juan renunció a las inmensas riquezas de la herencia paterna. Dotó a sus hermanas y repartió lo demás entre sus hermanos y los pobres. El blanco de todos sus anhelos era únicamente seguir la vía dolorosa de la santa cruz. Deseoso de observar con todo rigor los consejos evangélicos, se echó un día a los pies del arzobispo y le suplicó con lágrimas que se dignara aceptar la renuncia de los honores y beneficios con que le había favorecido, y le otorgase una humilde capellanía en una de las parroquias de la ciudad: la de Santa Águeda.

El santo arzobispo sintió muchísimo que dejase el cabildo aquel ángel de paz y bendición, pero no se opuso a que el elegido del Señor siguiese libremente el atractivo de la gracia que le llamaba a mayor perfección.

Ante el santo Cristo de Burgos

La pobreza, mortificación y retiro fueron de allí en adelante sus mayores delicias. Quería tanto a los pobres que no se contentaba con auxiliarlos; se hacía semejante a ellos. Cierto día topó con un mendigo que caminaba penosamente apoyado en las muletas.

Se compadeció Juan de aquel desgraciado y, acercándose a él, le tomó de la mano y lo llevó a la iglesia de los Agustinos, ante el famoso Santo Cristo de Burgos. No bien hubo el pobre cojo venerado la milagrosa imagen, arrojó las muletas y echó a andar: estaba curado. Los religiosos, llenos de santo alborozo, entonaron el Te Deum y admitieron de novicio al agraciado con el milagro, el cual quiso consagrarse a Dios en la iglesia donde había cobrado la salud.

Digamos de paso unas palabras de este Santo Cristo tan célebre. Un mercader estaba a punto de naufragar en medio de violenta tempestad, cuando advirtió sobre las aguas una caja que flotaba a la ventura, traída y llevada por las olas. Se acercaron los marinos y la izaron a bordo; dentro de ella estaba el Santo Cristo mencionado. Vuelto el mercader a Burgos, lo entregó a los padres Agustinos. los cuales lo colocaron en su iglesia, donde obró grandes milagros. Más tarde, el Cabildo catedralicio deseó tener tan precioso tesoro y obligó a los Agustinos a que lo entregasen a la catedral.

Siguió largo proceso; para acabar de una vez, el arzobispo suplicó al Señor que se dignase dar el fallo con algún prodigio. Pidió una caballería y, habiéndole vendado los ojos, cargó sobre ella el Santo Cristo y mandó que la dejasen libre de ir donde quisiera.

El caballo llevó derecho la preciosa carga al convento de los Agustinos. Mas no quedó allí mucho tiempo. El Cabildo, disgustado, lo volvió a la catedral. Fue en balde; porque a la noche siguiente, mientras los religiosos cantaban Maitines, se abrieron las puertas de la iglesia y el Santo Cristo, llevado por manos invisibles, fue a colocarse de por sí en el lugar donde antes estaba; mas cuando la Revolución echó del convento a los padres Agustinos, fue a parar a la catedral de Burgos; allí se le venera hoy día con extraordinaria devoción.

Mensajero de la paz

Mientras San Juan ele Sahagún obraba maravillas en Burgos, la ciudad de Salamanca ardía en enconadísima guerra civil. Tras muchas riñas y asesinatos, la ciudad se había dividido en dos bandos: los Monroyos y los Manzanos, partidarios respectivamente de las dos familias de esos apellidos. Los palacios y casas todas estaban convertidas en ciudadelas; las calles y plazas, en teatros de guerra, en los que, a pesar de las exhortaciones del clero, los habitantes de toda edad y condición peleaban hasta darse muerte. Cada día y cada noche se cometían nuevos crímenes; los odios, lejos de apaciguarse, se enconaban cada vez más.

Noticioso de estos feroces encuentros, San Juan de Sahagún, obedeciendo a la voz interior de la gracia, pidió al señor arzobispo licencia para ir a Salamanca con intento de reconciliar a los enemistados y apaciguar los ánimos. Llegó, pues, a aquella ciudad, hervidero de odios y venganzas, y, burlando clamores y amenazas de muerte, salió al encuentro de la multitud alborotada, y a su vez los amenazó a todos con los castigos eternos. Al oír tales palabras, que recordaban las del Precursor, los más endurecidos, llenos de espanto clamaban: «¿De dónde ha salido este hombre que pretende sacarnos del abismo, al que íbamos a caer para siempre?»

Profesor de Salamanca

Admirados de la elocuencia de este apóstol y de su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, los doctores de la Universidad le ofrecieron una cátedra. Cuatro años enseñó Juan las Sagradas Letras en Salamanca, sin por eso descuidar la cruzada emprendida contra los rebeldes. Le sobrevino por entonces una gravísima enfermedad: el mal de piedra. Fue menester operarle, con lo que estuvo a punto de morir. «Señor — exclamó— , sólo en Vos confío; si muero, cúmplase vuestra voluntad, pero si he de seguir viviendo, os prometo consagraros mi vida en una Orden religiosa».

No bien hubo acabado esta oración, se halló de repente mejorado, y a poco recobró perfecta salud. Al salir de casa por vez primera después de curado, un pobre casi desnudo le pidió limosna; se paró un instante el Santo, pensando cuál de sus dos túnicas le daría: «Sería vergonzoso — le dijo al fin— dar al Señor lo que vale menos». Le dio, pues, la mejor. La noche siguiente se le apareció Jesús revestido con ella y le dijo: «Juan me puso este vestido».

Devoción Eucarística

Fiel a su promesa, San Juan de Sahagún escogió la Orden de los Ermitaños de San Agustín, porque había notado que observaban la Regla con fidelidad y fervor. Tomó el hábito a 18 de junio de 1463, siendo de treinta y tres años de edad. Ya desde el noviciado, su eminente santidad, de todos advertida, le mereció los más señalados favores celestiales. Tan devoto era de la Sagrada Eucaristía, que solía permanecer orando ante el Santísimo Sacramento desde Maitines hasta el amanecer. Muchas veces, al decir Misa, vio sensiblemente la Humanidad santa del Salvador, como lo atestigua Santo Tomás de Villanueva, religioso de la misma Orden.

Jesucristo se le aparecía teniendo el rostro resplandeciente como el sol, y las llagas brillantes como estrellas. También veía la unión misteriosa de las tres divinas Personas como por un velo; esto le llenaba de tan inefable gozo, que le enajenaba.

Terminadas las pruebas del noviciado, profesó con votos religiosos el día 28 de agosto de 1464. Era tan observante de la Regla, que nadie en el convento le aventajaba en mortificación, obediencia, humildad y desasimiento de las criaturas. Pronto juzgaron los superiores que Juan podía desempeñar el cargo de Maestro de novicios; más tarde le nombraron definidor de la provincia y, finalmente, prior del convento de Salamanca.

Pacificación de Salamanca

Tan luego como hubo profesado, volvió Juan, por mandato de sus superiores, a trabajar en pro de la pacificación de la ciudad. Cierto día oyó tocar a rebato las campanas de las dos parroquias rivales, San Benito y Santo Tomás; llamaban a la pelea a los dos partidos enemigos.

Juan acudió sin demora. Derribado primero en la lucha, fue pisoteado por los combatientes; pero de pronto se levanta, quiere dominar con su voz el estrépito de las armas y los clamores de aquellas gentes, y tanto pueden su arrojo y elocuencia, que logra el Santo separar a los dos partidos. Pero al poco rato, advierte que uno de los jefes pretende juntar otra vez sus partidarios para lanzarlos nuevamente a la lucha; el intrépido agustino manda que pongan un púlpito frente a la casa de ese hombre, y desde allí vuelve a exhortar a todos a la paz.

— ¡Que le maten! — grita el jefe, ebrio de furor.

Los asesinos se adelantan; el predicador, muy gozoso, corre hacia ellos con los brazos abiertos. Desconcertados un instante a la vista de tanto valor los esbirros se detienen; pero luego se envalentonan y se arrojan otra vez sobre el Santo gritando: ¡Muera ese fraile hipócrita! ¡Muera aquí en nuestras manos! Levantan las espadas y van a descargar el golpe mortal, cuando de pronto se paralizan sus brazos, sin que puedan moverse ni poco ni mucho. Llenos de espanto y admiración se echan llorando a sus pies pidiéndole mil perdones; el Santo reza por ellos y se levantan sanos y con ánimo apaciguado.

El corregidor de Ledesma, en vez de dominar con la fuerza las rivalidades y discordias como era su obligación, las alimentaba secretamente. En manto Juan tuvo de ello noticia, fue a ver al magistrado y, habiéndole recordado sus deberes, le declaró valerosamente cuán culpable era delante de Dios y de los hombres por tanta sangre derramada sin justa causa, y qué grave ofensa hacía a la majestad real que él representaba, y cuya honra y autoridad envilecía en su persona.

Se enojó el corregidor al verse de esta suerte reprendido por un pobre religioso. Le mandó azotar cruelmente en la plaza mayor de la ciudad y le obligó a salir de Ledesma. «¡Alabado sea Dios — dijo el Santo— , pues me juzga digno de padecer algo por su nombre! ¡Ojalá que estas humillaciones y padecimientos traigan la salvación a estas pobres gentes!» El Señor oyó sus ruegos.

Estaba un domingo predicando en una plaza, cuando un hombre intentó alborotar y dividir otra vez los ánimos: — Hijos míos — gritó Juan— , quedaos aquí; porque el primero que eche mano a la espada morirá. Uno de los perturbadores, por no tener cuenta con esa advertencia, cayó ni suelo sin vida, herido por una mano invisible.

Resucita algunos muertos

Plugo al Señor manifestar con insignes milagros los méritos de su servidor. Cierto día, viajando montado en una muía, vino a dar a la orilla de un río desbordado cuya furiosa corriente lo arrasaba todo. Para no llegar tarde al convento, entró con su muía en aquel impetuoso torrente y desapareció en las ondas. Todos creían que se había ahogado; pero de repente le vieron salir sano y salvo en la orilla opuesta, sin que el vestido se le hubiera mojado lo más mínimo.

Su hermano don Martín de Castrillo, tuvo el sentimiento de perder una de sus hijas. Fray Juan fue a consolarle.— ¿Por qué lloras? — dijo a su hermano con alegre continente— ; so desmaya una muchacha y ya piensas que está muerta. Tomando luego a la niña de la mano, la tornó llena de vida a su madre. Otra vez, recorriendo las calles de Salamanca, una pobre señora fue a echarse a sus pies, gritando con muchas lágrimas:

— Mi hijo se ha caído a un pozo; hace ya dos horas que está allí dentro; ya ni se le ve, ni se le oye.

— Vamos allá — dijo fray Juan— , quizá vive todavía.

Fueron al lugar del accidente; el Santo llamó al niño, el cual le contestó al punto. San Juan de Sahagún se quitó la correa y la metió en el pozo para que la cogiese el muchacho y, con ser tan corta que de ninguna manera podía llegar al agua, el niño logró cogerla, y con eso le sacaron sano y salvo. Pero Juan estimaba más los insultos que las alabanzas.

Por eso, apenas se hubo abierto paso por entre la muchedumbre, se puso a hacer el loco. Halló en el camino una banasta de pescado vacía; se la puso en la cabeza y empezó a bailar como un tonto. Bastó eso para que todos los chiquillos, al verle, fueran tras él llamándole loco y tirándole piedras, hasta que llegó al convento.

Se defiende con el breviario

El duque de Alba, don García Álvarez de Toledo, al volver de una gloriosa campaña contra los moros, celebró una fiesta de acción de gracias y, para realzarla, dándole más solemnidad, quiso que predicase fray San Juan de Sahagún.

Tema de su sermón fue «Obligaciones de los que están constituidos en dignidad», y, como quiera que el duque había oprimido con harta frecuencia a sus vasallos, creyó que el Santo apuntaba a él y le reprochaba su conducta. «Mal habéis hablado hoy. Padre — le dijo— ; no extrañaría que se os siguiese algún castigo por decir tales cosas. — Sólo subo al púlpito para decir la verdad — contestó el monje— ; además, si me asaltan, ya tengo con qué defenderme.»

Diciendo esas palabras, le enseñó el breviario. El duque, fuera de sí de rabia, envió algunos soldados para que le matasen en el camino. Pero, en llegándose al Santo, los caballos se espantaron de pronto sin causa aparente y arrojaron al suelo a los jinetes, los cuales quedaron maltrechos y  ensangrentados. «¡Dios os perdone, amigos, y temed su divino enojo!». Ies dijo el Santo. Y movido a compasión, los levantó curados.

En aquella misma hora padecía el duque crueles dolores, causados por una enfermedad misteriosa. Mandó llamar al que poco antes quería asesinar, se echó a sus pies y logró el perdón y la curación del mal que le atormentaba.

Muerte y culto

Sólo tenía San Juan Sahagún por entonces cuarenta y nueve años y parecía haber de vivir todavía muchos más. Con todo, hacía ya unos meses que hablaba de su muerte como muy próxima.— Hay aquí un hombre — dijo en uno de sus sermones— que no pasará de este año. Entonces diréis todos, hermanos míos: «;Oh, qué bien predicaba el padre Juan de Sahagún!» Pero yo os aseguro que predicaré mejor dentro de diez años.

No tardaron en cumplirse esas proféticas palabras del Santo. El mismo año, un señor de la nobleza que había llevado vida muy escandalosa, movido por los sermones del Santo, renunció al siglo y se retiró al convento de los Agustinos de Salamanca. La compañera que vivía de sus pecados juró vengarse, y la muy desgraciada logró envenenar al insigne predicador que lo había convertido. Le sobrevino con eso una enfermedad que le puso en pocos meses a las puertas de la muerte, y el día 11 de junio de 1479 dio apaciblemente su alma al Señor.

Los insignes e innumerables milagros obrados en su sepulcro, fueron parte para que el papa Clemente VIII le beatificara en el año de 1601, y Alejandro VIII le canonizara el 16 de octubre de 1690. Benedicto XIII, el día 16 de noviembre de 1729, extendió su fiesta a toda la Iglesia; señaló para su celebración el día 12 de junio, día siguiente al de su muerte, por caer en el día 11 la fiesta de San Bernabé, apóstol. El Martirologio romano, desde el año 1922, trae el elogio del Santo a los 11 de junio, que es su dies natalis, y el día 12, en el oficio, recuerda que San Juan «subió
al cielo la víspera de ese día».

La ciudad de Salamanca le venera como patrono y Sahagún le reverencia y celebra con una devoción fervorosísima que los siglos no han logrado entibiar. Aun en nuestros días sus compatriotas consagran a San Juan los pequeñuelos y los visten en la infancia con el hábito agustiniano sin olvidar la correa ni la capucha. Singular espectáculo es ver correr, jugar y saltar en aquella ciudad profundamente cristiana a tantos menudos frailecitos vestidos con un traje en nada parecido al de los modernos deportistas.

Oración a San Juan de Sahagún

San Juan de Sahagún, ruega por nosotros.

San Juan de Sahagún | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.