12 de Julio: San Juan Gualberto, fundador


San Juan Gualberto

San Juan Gualberto fue un abad, fundador de la Orden de Vallumbrosa o Vallombrosa. Nacido en una familia noble, Gualberto era un individuo previsiblemente vanidoso que buscaba placer en vanidades e intrigas románticas. Cuando su hermano mayor Ugo fue asesinado, Gualberto se dispuso a vengarse. Encontró al asesino en Florencia, pero como era Viernes Santo, concedió la súplica de piedad del asesino. Poco después, Gualberto se convirtió en miembro de la Orden de San Benito, aunque se fue para fundar su propia congregación.

Condenó el nepotismo y todas las acciones simoniacas y era conocido por la pureza y la mansedumbre de su fe. Incluso los papas lo tenían en alta estima.


Día celebración: 12 de Julio.
Lugar de origen: Florencia, Italia.
Fecha de nacimiento: Año 985.
Fecha de su muerte: 12 de Julio de 1073.
Santo Patrono de:Guardabosques, parques, Badia di Passignano.


Contenido

– Introducción
– Vida mundana
– San Juan Gualberto, religioso
– En la Camáldula
– Fundación de Vallumbrosa
– Virtudes y milagros
– Su muerte
– Oración a San Juan Gualberto


Introducción

La regla de San Benito, redactada en 529 en la soledad del Monte Casino, e inspirada, al decir del papa San Gregorio, por el Espíritu Santo, pobló en poco tiempo el mundo de innumerables monjes, dedicados unos a la agricultura, entregados otros con ahinco a los estudios literarios y científicos, o a cantar las divinas alabanzas. Fue la regla de San Benito antorcha luminosa de la Edad Media, cuando florecían en Europa millares de monasterios, cada uno de los cuales albergaba, con frecuencia, a centenares de cenobitas. Más de quince mil religiosos diseminados por el planeta, siguen actualmente sus prescripciones.

Por su sabiduría, discreción y conformidad con las aspiraciones del espíritu humano en su ascenso a la perfección, ha sido la regla de San Benito como el manantial de donde han brotado buena parte de las constituciones particulares que a las distintas órdenes han dado sus fundadores. En ella inspiró las de su Orden, San Juan Gualberto, como años antes hiciera San Romualdo con la de los Camaldulenses, y, más tarde, San Roberto con la de los Cistercienses, San Silvestre de Ósimo con la de los Silvestrinos; y el Beato Bernardo Tolomei con la de los Olivetanos.

Vida mundana

Vivía en Florencia a fines del siglo X una aristocrática familia. Llamábase el jefe Gualberto y la madre, cuyo nombre se ignora, procedía, según se cree, de la ilustre y real alcurnia carlovingia. Hugo y Juan fueron los frutos de bendición de este matrimonio. Es creencia general que Juan nació el año 995, aunque no faltan cronistas que apuntan su nacimiento diez años antes y otros, en cambio, tres años después. Acaso no se atendió con esmero a su primera educación religiosa, o si, como parece más natural, la recibió esmerada y cristianísimas, el ruido de las armas cuya carrera siguió, le hizo olvidar poco a poco los buenos principios recibidos.

La vida cómoda y muelle de gran señor había borrado por completo de su memoria el deber primordial de todo cristiano —la salvación del alma—, cuando un trágico acontecimiento tuvo entonces para él insospechadas consecuencias la muerte de su hermano Hugo, vilmente asesinado por un caballero florentino. Frisaba ya Juan en los treinta años. Creyó enloquecer de dolor al co­nocer tan alevoso crimen. El único recurso que se le ocurrió para tranquilizar su apenado corazón, fue quitarle la vida al asesino; y siguiendo la costumbre de aquella época, juró vengar a la desgraciada víctima.

Pero Dios se sirvió de tan injusto afán para convertir a aquel hombre a quien llamaba, cual otro Saulo, para vaso de elección. Efectivamente, poco después se dirigía Juan, acompañado de numero­ sa escolta, a Florencia. Al pasar por un estrecho sendero bordeado de altos valladares, encontróse frente a frente con el asesino de Hugo; les era imposible cruzarse sin cerrarse el paso mutuamente. Ante tal coyun­tura, el corazón de Juan se estremeció de feroz alegría; inesperadamente se le presentaba la ansiada ocasión de satisfacer su venganza.

Requiere su espada, y se apresta a caer sobre el indefenso caballero, cuando éste, sobresaltado, se postra de hinojos, y, con los brazos en cruz, pide perdón y clemencia en nombre de Jesús crucificado. Era el día de Viernes Santo, y Juan no pudo menos de recordar la sangrienta escena del Calvario y las palabras del Padrenuestro: «Perdónanos… como nosotros perdonamos
a nuestros deudores».

Parécele ver a Jesús en la persona de aquel hombre que aguarda humilde el golpe mortal, y, en vez de herirle, arroja la espada al suelo, se arrodilla a su vez y exclama: «No puedo negarte el perdón que me pides en nombre de Jesucristo». Y dicho esto, después de abrazarle, deja que prosiga su camino. En sentido contrario siguió Juan el suyo hasta llegar a las alturas de la orilla izquierda del Arno, desde donde se divisa el bello panorama de Florencia.

Dirigióse a ella, mas, al pasar junto a la iglesia de San Miniato, entró para desahogarse y calmar la honda emoción del pasado trance. Púsose a rezar delante de un Santo Cristo, cuando ve con asombro que la imagen del Crucificado inclina dulcemente hacia él la cabeza coronada de espinas, como aprobando el generoso acto de clemencia de poco ha, y siente en su interior que Dios le perdona los pecados en pago de haber el perdonado a su enemigo. Fue aquél un toque de gracia para el alma de Gualberto.

San Juan Gualberto, religioso

Desde aquel punto iba a entregarse la fogosa alma de Juan a las austeridades de la penitencia con mayor ardor que el que antes ponía en correr tras los placeres. Pretextando un motivo cualquiera, ordenó a su comitiva que, sin aguardarle, entrase en la ciudad. Él se quedó en el con­vento de los cluniacenses. Al salir del templo, entró en el cenobio, se echó a los pies del abad, le refirió el prodigio obrado en su favor y le pidió el hábito monacal.

El abad, hombre de gran prudencia, pintóle con vivos colores las dificultades de la vida monástica y los sacrificios que suponía
la renuncia a tan regalada vida y la sumisión a la austeridad de la regla, pero como Juan manifestase estar dispuesto a todo, el abad le permitió quedarse en el monasterio, aunque no le dio el hábito.

Entretanto, llegaron los compañeros de Juan Gualberto a Florencia, y notificaron lo ocurrido, a su padre, quien, al ver que su hijo no volvía, tomó a unos cuantos hombres armados y le fue buscando por toda la ciudad hasta que le encontró en San Miniato. Decidido a llevarse a su hijo, declaró al abad que, si no se lo entregaba, entraría a saco en el edificio, el abad le escuchó serenamente y se limitó a responder:

-Ahora mismo vendrá vuestro hijo ; decidle lo que queráis, y si desea seguiros, libre es de hacerlo.

Supo Juan que su padre le aguardaba y comprendió la necesidad de acudir a medios extraordinarios. Tomó unos hábitos de fraile y entró en la iglesia; él mismo se cortó la cabellera delante del altar, se despojó entonces del traje seglar, vistió la túnica monástica y, en esta forma, se presentó a su padre; le refirió el encuentro con el asesino de su hermano y el prodigioso suceso de la iglesia de San Miniato, y acto seguido le pidió licencia para seguir el llamamiento del Señor.

Emocionado por aquel relato e impresionado por el hábito monástico que llevaba su hijo. Gualberto acabó por ceder, y abrazando a Juan, le bendijo y se despidió de él. Desde aquel momento, radie pudo detener al nuevo monje en la carrera emprendida. Como novicio, fue dechado de obediencia, paciencia y humildad; como profeso, admiración de todos los religiosos por su fervor en la oración y en el exacto cumplimiento de las vigilias, ayunos y abstinencias. Se había dado por entero a Dios; sólo pensaba en vivir para Él.

En la Camáldula

Nada más natural, por tanto, que a la m uerte del abad pensasen los monjes en escoger a Juan Gualberto para sucederle y guiarles por el camino de la perfección. Pero el humilde Santo, considerando que había entrado en el convento para obedecer y no para mandar, se negó en absoluto a aceptar el cargo que sus hermanos intentaban conferirle, y para que no insistiesen, tomó un medio radical, que fue marcharse de San Miniato.

Las crónicas más antiguas de la Orden de Vallumbrosa atribuyen aquella determinación a motivos de distinta índole. Según éstas, prefirió Juan no estar bajo la jurisdicción del nuevo abad, cuya elección era tachada de simonía, abuso frecuente en el siglo XI. Pero desde que Mabillón demostró la falta de autenticidad de dichas crónicas, no cabe otra interpretación a tal salida que la humildad de Juan. Llevó consigo a otro monje que con él compartía los anhelos de perfección.

Ambos remontaron las orillas del Arno y escalaron el Apenino, al este de Florencia, siguiendo probablemente la ruta señalada hoy por los pueblos de Pontassieve, Diacceto, Borselli, Consuma, Casaccia, Pratovecchio y Stía. Cerca de uno de estos lugares ocurrió indudablemente el maravilloso suceso con el que el cielo quiso aprobar aquella determinación.

Cierto día encontraron a un mendigo que imploró su caridad.

— Hermano —dijo Juan a su compañero— , da a este pobre la mitad del pan que llevas.

— ¿Pero no veis que lo necesitamos para la cena? Además, este hombre fácilmente hallará quien le dé de comer en el pueblo cercano.

—Vamos, hermano, haz lo que te digo.

Obedeció el religioso. Al atardecer, llegaron a una villa en donde Juan no quiso entrar, y mandó a su acompañante que fuese a pedir limosna. No tardó éste en volver, poco menos que con las manos vacías. Pero, al poco rato, fueron llegando uno en pos de otro tres lugareños con un pan cada uno para obsequiar a los religiosos. Y es que unos pastores, al volver a casa con sus rebaños, habían oído la conversación de Juan con su compañero; contáronlo a sus convecinos, y, admirados éstos de tanta caridad, quisieron socorrer a los religiosos.

En dos o tres días recorrieron nuestros caminantes los cincuenta kilómetros que dista Florencia de Stía. Desde aquí, atravesaron el valle del Arno, no lejos del nacimiento de este río, hasta llegar a otro valle cuya selvática y pintoresca soledad era ideal para la contemplación. Y a en 1012, San Romualdo había fundado por aquellos contornos su primer eremitorio. Dos siglos después, San Francisco de Asís, atraído por aquel apartamiento, estableció su residencia veinte kilómetros más al sur, en los montes de Alvernia.

Denominábase el lugar «Campus Máldoli», de donde ha venido a llamarse Camáldula. Al llegar allí, Juan Gualberto suplicó al abad o prior le permitiese vivir con su compañero entre los ermitaños dependientes de la Orden benedictina. Hay quien afirma haber sido recibido por el mismo San Romualdo, muerto en 1027, otros, en cambio, aseguran que ya entonces era prior Pedro Daguino.

Sea como fuere, el antiguo monje de San Miniato recibido en el eremitorio, se mostró dechado perfecto de todas las virtudes. Al cabo de algunos años, quiso el abad ordenarle sa­cerdote, pero resistióse Juan por juzgarse indigno de tan elevado honor, y pidió licencia para ir en busca de mayor soledad. Diósela el abad con estas palabras, inspiradas sin duda por el cielo:

—Id, hermano; dad principio a la Orden que Dios os tiene destinada.

Difícil es precisar la fecha de este trascendental acontecimiento, pero puede conjeturarse que debió ser por los años de 1025 a 1039.

Fundación de Vallumbrosa

Se encaminó Juan hacia el oeste, y atravesando el valle Casentino, a medio camino entre la Camáldula y Florencia, se halló con un tupido y sombrío bosque de hayas y abetos, a más de 900 metros de altitud. Allí, en la más completa soledad, construyó con ramas de árboles una choza, con intención de establecer en ella su morada sin más testigos que el mismo Dios; mas poco a poco empezó a extenderse la fama de sus virtudes, y acudió numerosa concurrencia de discípulos ansiosos de imitarle y de vivir sometidos a su gobierno.

Construyéronse otras chozas al­rededor de la de Juan, y una capilla común. Como el número de monjes aumentara de día en día, hubieron de dividirse en dos órdenes clérigos o de coro, dedicados a la vida contemplativa, y conversos o legos, encarga­dos de los oficios manuales, división ésta que después fue corriente entre los religiosos de Órdenes posteriores.

Gualberto, convertido así, muy a pesar suyo, en padre de numerosos hijos espirituales, dióles la regla de San Benito, que él mismo había se­ guido hasta entonces, y cuya observancia exigía con toda exactitud y al pie de la letra, prescindiendo de las modificaciones introducidas en ella en el transcurso del tiempo.

Los monjes de Vallumbrosa cantaban con seráfico fervor las divinas alabanzas y cumplían los preceptos de la vida religiosa con valeroso es­ fuerzo. La abstinencia era observada escrupulosamente.

En cierta ocasión en que carecían de pan, mandó Gualberto m atar un carnero, y que lo sirviesen a la mesa. Pero el manjar quedó intacto, porque todos habían preferido quedarse en ayunas antes que romper la abstinencia. Lo mismo ocurrió en otra ocasión; pero he aquí que en aquel momento llamaron a la puerta. Salió el hermano portero y, con no pequeño asombro, encontró abundante cantidad de pan y harina. Nunca llegaron a saber quién había sido el espléndido y oportuno donante.

Virtudes y milagros

El fervor extraordinario del monasterio era debido a que Juan, elegido abad por aclamación, era ejemplar acabado de las más excelsas virtudes y a que Dios obraba innumerables prodigios por su mediación.

Horrorizábale soberanamente la simonía. Aconsejado por un recluso de Florencia, llamado Teuzón, denunció en la plaza pública al obispo Pedro de Pavía, reo de tal delito. Causó este suceso enorme impresión, y Juan, cediendo a las exigencias del pueblo, consintió que uno de sus religiosos, San Pedro Aldobrandini, pasase por la prueba del fuego para con­vencer al simoníaco. El monje salió ileso de las llamas; Pedro de Pavía, arrepentido, confesó su grave falta, e hizo de ella ejemplar penitencia.

Pero si Juan Gualberto sentía el más enconado odio contra el pecado, rebosaba de misericordia con el pecador, como lo demostró recibiendo en su monasterio a varios sacerdotes simoníacos que manifestaron verdaderos deseos de convertirse y de reparar eficazmente sus escándalos.

Poco será cuanto se diga de su amor a la pobreza, cuya práctica exigía con la mayor exactitud en todas las casas por él fundadas. Al visitar el recién construido convento de Muscerano, se encontró ante un espléndido edificio por el cual estaba muy ufano el abad. Echóle en cara el Santo su falta contra el espíritu de pobreza, y rogó al Señor que pusiese Él mismo remedio.

Efectivamente, así sucedió el cercano riachuelo creció desafora­damente hasta inundar el monasterio, que se desplomó con gran estrépito. Consecuencia de este amor a la pobreza era la ilimitada confianza que el Santo tenía en la Divina Providencia.

Un año de gran escasez, los monasterios de la Orden se hallaban exhaustos de trigo. Creyó Juan que se lo suministraría el convento de Passignano, situado en la orilla oriental del lago Trasimeno. Llegado allí, rogó al ecónomo le cediese la mitad del que poseía. El buen monje, apenado, fue a enseñar a Juan el granero, poco menos que vacío, y ¡cual no sería su asombro cuando, al abrir la puerta,  vio que estaba repleto de excelente grano! Llenáronse los sacos que Juan había hecho llevar, y cuando el administrador volvió a entrar en el granero, lo encontró nuevamente lleno.

En otra ocasión, habiendo recibido visita del papa San León IX, y no teniendo nada que ofrecerle para comer, mandó a dos novicios que fueran a una laguna próxima, que por cierto era de escasísima pesca. A poco regresaban ambos novicios saltando de gozo, con dos magníficos sollos.

Interminable sería intentar referir todos los portentos que los hagiógrafos atribuyen al fundador de Vallumbrosa. Sólo traemos el siguiente: Cierto día acudió el escudero de un señor cuyas propiedades distaban poco de allí. Con lágrimas y sollozos contó al santo Fundador cómo su amo había enfermado gravísimamente y, ya desahuciado de todo humano socorro, estaba en el último trance con desesperación de familiares y criados.

San Juan Gualberto habíale escuchado con profunda atención e íntima­ mente dolorido de aquella desgracia que se cernía sobre multitud de hogares acogidos a la sombra del castellano. Comprendió que la congoja del escudero mucho más provenía de cariño que de humano interés, y le hizo algunas reflexiones como para despertar en él la conformidad con los de­signios del Señor, que apuntan siempre a nuestras verdaderas necesidades.

El buen hombre, aunque ya en su corazón acataba la voluntad divina, seguía dando rienda suelta a su dolor, mientras el Santo se había recogido y oraba fervorosamente. Después de un rato, volvió en sí San Juan Gualberto, acercóse al mensajero y, cuando quiso éste tomar a sus ruegos, interrumpióle para decirle:

—Volved al palacio, que el señor Ubaldo ya está bueno y os espera.

El escudero emprendió apresuradamente la vuelta, y halló al caballero en perfecto estado de salud. Tuvo, además, nuestro Santo, el don de profecía, y según cuentan sus biógrafos, leía como en libro abierto en el corazón de los demás. En más de una ocasión hubo de admirar a los postulantes que deseaban entrar en su Orden, cuando les descubría las verdaderas razones que los guiaban en su petición, razones que aun los mismos interesados no habían analizado a fondo.

Su muerte

Las austerísimas penitencias y los grandes trabajos que padeció en el servicio de Dios y para el bien del prójimo, minaron la salud del Santo en tales términos, que al fin hubo de rendirse al peso de gravísima enfermedad, precursora de una muerte próxima.

Así lo entendió nuestro bienaventurado, y atento a la salvación de su alma, y a la santificación de los religiosos cuya dirección le había sido confiada, preparóse a comparecer ante el Juez Supremo con la fervorosa recepción de los últimos Sacramentos. Congregó luego, al pie de su lecho, a sus hermanos en religión y los exhortó a perseverar en la santa vida que habían abrazado.

Hízoles prometer que observarían puntualmente la regla de San Benito, y la perfecta caridad fraterna. Cumplidos estos deberes se entregó por completo a la piadosa tarea de auxiliarse a su propio a bien morir con repetidos actos de fe, esperanza y caridad. Y con el nombre dulcísimo de Jesús en los labios, exhaló el último suspiro, en Passignano, el día 12 de julio del año 1073, a los
veintidós de haber fundado la Congregación de Vallumbrosa.  Su cuerpo fue sepultado en la iglesia del convento.

Grande fue el duelo de todos sus religiosos y de cuantas personas tuvieron la dicha de tratarle, al contemplar los inanimados restos del siervo de Dios, que tanto bien había sembrado dondequiera pasara; pero esta amargura se trocó muy pronto en inefable júbilo ante los milagros que Dios obraba junto al sepulcro del Santo, y que, al confirmar su santidad, ofrecían una sólida garantía de la eficacia de su intercesión.

Dichos prodigios movieron a sus religiosos y a gran número de seglares muy calificados, a pedir que se abriera el proceso de su canonización, que, previos los trámites canónicos, fue solemnemente proclamada el 6 de octubre de 1193 por el papa Celestino III ; Inocencio XI elevó la fiesta a rito doble el 18 de enero de 1680. Buena parte dé las reliquias de San Juan Gualberto se conservan en Passignano; uno de los brazos, en Vallumbrosa; una mandíbula y el Santo Cristo milagroso de San Miniato, en la iglesia de la Santísima Tri­nidad de Florencia.

Oración a San Juan Gualberto

San Juan Gualberto, ruega por nosotros.

San Juan Gualberto| Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.