11 de Junio: San Bernabé, Apóstol


San Bernabé, Apóstol

San Bernabé, nacido José, era según la tradición, uno de los discípulos cristianos prominentes en Jerusalén. Según Hechos 4:36, Bernabé era un judío chipriota. Nombrado apóstol en Hechos 14:14, él y San Pablo Apóstol, emprendieron viajes misioneros juntos y defendieron a los conversos gentiles contra los judaizantes. Viajaron juntos haciendo más conversos (c. 45–47), y participaron en el Concilio de Jerusalén (c. 50).


Día celebración: 11 de junio.
Lugar de origen: Salamina, Chipre.
Fecha de nacimiento: Se desconoce.
Fecha de su muerte: 11 de junio del año  53 ó 57.


Contenido

– Introducción
– Sigue a Jesús y muda su nombre
– Pablo convertido es presentado a los apóstoles
– Pablo y Bernabé en Antioquía
– Primera Misión
– En Perge e Iconio
– El cojo curado, Apoteosis y lapidación
– Primer Concilio de Jerusalén
– Apostolado y martirio de San Bernabé
– Oración a San Bernabé


Introducción

Antes de llamarse Bernabé, nombre con que le veneramos, este santo apóstol se llamaba José, que significa «crecimiento». Fue hebreo de nación y de la tribu de Leví. Nació en la isla de Chipre, donde sus antepasados se refugiaron duran te la invasión de Judea por los romanos mandados por Pompeyo.

Cuando tuvo edad competente, le enviaron sus padres a Jerusalén, para que aprendiese virtud y letras del ilustre Gamaliel, insigne doctor de Israel, quien, según la tradición talmúdica, «llevó al sepulcro el honor de la ley de Moisés». Tenía el famoso rabbi muchos discípulos. El principal de ellos era por entonces un mancebo llamado Saulo, natural de Cilicia, el cual se señalaba por su celo, ciencia y pureza de vida. Cada día iba al templo en compañía de Esteban, que después fue diácono y derramó el primero la sangre por Jesucristo. José tenía poco más o menos la edad de ellos. Los tres eran bue­nos amigos.

Sigue a Jesús y muda su nombre

En este tiempo vino Cristo nuestro Redentor a Jerusalén, y causó gran admiración en la ciudad y en Judea por los milagros que obraba. Dice la tradición oriental que el joven levita tuvo ocasión de oírle predicar en el templo y quedó prendado de la doctrina del nuevo Maestro, de quien se decía: «Nadie habló como aquel hombre». Presenció el milagro de la piscina probática y desaparecieron sus dudas: creyó en la misión divina de Jesús, y de allí en adelante fue ardentísimo admirador del Divino Maestro.

Corrió a contar a su tía María, madre de Juan Marcos, cuanto había visto y oído. Por sus palabras creyó en Jesús toda aquella familia, y su casa sirvió de albergue al Salvador en Jerusalén. Después de Pentecostés fue José de los primeros en dar ejemplo de aquel desasimiento admirable que hacía exclamar a San Juan Crisóstomo: «La Iglesia de Jerusalén parecía en su cuna una república de ángeles». Expresamente le nombran en los Hechos, diciendo que «vendió el campo que tenía, y llevó el precio, y lo puso a los pies de los Apóstoles» (Hech., IV , 36 y 37).

Los demás fieles y discípulos del Señor hicieron lo mismo, siguiendo el ejemplo de José. Era muy puesto en lugar que San Bernabé, que también había de ser llamado apóstol, pudiese decir como los Doce: «Señor, todo lo dejamos para seguirte». Por eso, sin duda, y por ser muy rica la heredad que vendió, quiso el Espíritu Santo que se hiciese particular mención de este Santo.

Al ver los Apóstoles tal ejemplo de voluntaria generosidad se llenaron de consuelo, y a tal extremo llegó su amor al Santo que le mudaron el nombre de José y le llamaron Bernabé, que quiere decir «hijo de consolación », y también «hijo de exhortación», hebraísmo que significa: el que tiene don de exhortar. Con el nombre de Bernabé es honrado en la Iglesia universal este glorioso compañero de San Pablo.

Pablo convertido es presentado a los apóstoles

Cuando la Iglesia cobró nuevos alientos merced a la venida del Espíritu Santo y salió a predicar en las sinagogas, Bernabé tuvo gran parte en las tribulaciones de sus hermanos. Los fariseos y saduceos hallaban en las instituciones mosaicas plenamente satisfechos sus más viles intereses; por eso se apoderaba de ellos ciego furor cuando oían proclamar la divinidad de Jesús, a quien habían crucificado.

Estigmas de inmortal deshonra puso el diácono Esteban en la frente de aquellos hipócritas leguleyos con el candente hierro de su elocuencia y cristiano valor. Vengáronse ellos de tan valeroso adversario haciéndole blanco de su ira y enojo; a poco, el protomártir de Cristo cayó bañado en sangre en las afueras de la ciudad, apedreado con saña por el populacho enfurecido.

Los testigos de aquel suplicio (Hech., V II, 57), «pusieron sus ropas a los pies de un mancebo que so llamaba Saulo», antiguo condiscípulo de Esteban y Bernabé. Saulo, seducido por la aparente austeridad de los fariseos, abrazó su secta y persiguió violentamente a la Iglesia; pero después de la caída en el camino de Damasco, se convirtió en apóstol del Señor.

Bernabé lo presentó a Pedro, cabeza de la Iglesia, y a Santiago, obispo de Jerusalén. «Contóles cómo Saulo había visto y oído al Señor en el camino, y cómo después había predicado en Damasco libremente en el nombre de Jesús» (Hech., IX , 27). El crédito e influencia de Bernabé eran grandes, puesto que, con sólo oírle, los Apóstoles admitieron a Saulo en su compañía.

Pablo y Bernabé en Antioquía

Entretanto los fieles, diseminados por la persecución, iban por todas partes sembrando la semilla de la divina palabra. Muchos fueron a Antioquía, donde se multiplicaron las conversiones, no sólo de judíos, sino también de griegos. Los Apóstoles enviaron a Bernabé como jefe de esta cristiandad, en la cual, con su doctrina y ejemplo, obtuvo maravilloso fruto. En Antioquía y en Jerusalén, los judíos convertidos no estaban conformes con que se admitiese en la Iglesia a los gentiles, sin someterles a las prescripciones de la ley mosaica.

San Bernabé combatió esa equivocada actitud, y tan pronto como los gentiles supieron que podían pasar a ser cristianos sin hacerse judíos acudieron en tropel a los pies del Santo. Muy en breve necesitó nuevos operarios para recoger tan abundante cosecha.

Partió, pues, para Tarso en busca de Saulo, que llevaba vida recogida en su ciudad natal. «Cuando le hubo hallado, le llevó a Antioquía, en cuya Iglesia estuvieron empleados todo un año e instruyeron a tanta multitud de gentes, que aquí en Antioquía fue donde los discípulos empezaron a llamarse cristianos. Por estos días (en el año 42) — dice San Lucas— , unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Agabo, se levantó a hablar e, inspirado del Espíritu Santo, dio a entender que había de haber una grande hambre por todo el mundo, la cual vino en tiempo de Claudio, emperador.

Los discípulos, cada uno según sus facultades, resolvieron enviar algún socorro a los hermanos que moraban en Judea, lo que ejecutaron, remitiéndolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo. Los dos pastores de la Iglesia de Antioquía no subieron a Jerusalén hasta tanto que se hubo declarado el hambre en Palestina, esto es el año 44— según el historiador— .

Pero desde la predicción de Agabo habían ocurrido graves cosas en Jerusalén, tanto que los dos enviados no hallaron en la ciudad ni a San Pedro ni a los demás Apóstoles; solamente quedaban en ella los «ancianos», esto es, los «presbíteros» o sacerdotes.

En ausencia de los Apóstoles, ellos velaban por los fieles y les administraban los Sacramentos más indispensables. A ellos entregaron Saulo y Bernabé las limosnas de los cristianos de Antioquía; cumplido ese encargo, bajaron a dicha ciudad, llevando consigo a Juan Marcos, primo de Bernabé,

Primera Misión

Habiéndose juntado los ministros del Señor para celebrar los santos misterios, el Espíritu Santo les dijo: «Separadme a Saulo y a Bernabé para la obra a que los he destinado». Por eso, tras un ayuno solemne y largas oraciones, impusieron las manos a los dos elegidos, les confirieron la dignidad episcopal y los enviaron al lugar inspirado por el divino Espíritu. Su salida de Antioquía debió de ser por el año 45.

Los dos enviados tomaron consigo a Juan Marcos y fueron a Seleucia, y desde allí navegaron hasta Chipre, donde dieron principio al apostolado. La palabra de Dios resonó en aquella isla deshonrada por la deshonestidad; estremeciéronse los pórticos de los templos de Venus y las divinidades inmundas cayeron al suelo hechas pedazos. Predicaron con muchísimo fruto en Salamina y en Pafos. En esta ciudad vivía -el procónsul romano Sergio Paulo, «varón prudente», dicen los Hechos, el cual mandó llamar a Bernabé y a Saulo para oír de su boca la palabra de Dios.

Un judío que llamaban Elimás o «el mago» — que eso significa tal nombre— , vivía en casa de Sergio y «se les oponía, procurando apartar al procónsul de abrazar la fe». Saulo, lleno del Espíritu Santo, clavó en él los ojos y le dijo:

«¡Oh hombre lleno de toda suerte de fraudes y embustes, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No cesarás nunca de trastornar los rectos caminos del Señor? Pues mira: Desde ahora la mano de Dios descarga sobre ti; quedarás ciego, sin ver la luz del día, hasta cierto tiempo. Al momento cayeron sobre sus ojos densas tinieblas… y el procónsul, al ver aquel prodigio, abrazó la fe».

Entonces fue sin duda cuando Saulo, tomando el nombre del procónsul que acababa de convertir — otros creen que fue solamente para latinizar su apellido— , trocó el suyo de Saulo, nombre judío que heredó de sus antepasados, por el de Pablo. El procónsul perseveró en la fe de Jesucristo y murió siendo obispo de Narbona; su fiesta se celebra el 23 de marzo.

En Perge e Iconio

De Chipre pasaron Pablo y Bernabé al Asia Menor y desembarcaron en Perga o Perge de Panfilia con intento de evangelizar las ciudades de aquellas comarcas montañosas. Algo debió asustarle a Juan Marcos aquella empresa, pues, desalentado, dejó a los dos Apóstoles y se volvió a Jerusalén, donde vivía su madre.

Pablo, empero, y los demás cruzaron la cordillera del Tauro y llegaron a Antioquía de Pisidia. Habiendo entrado en la sinagoga un sábado, sentáronse en medio de los judíos. Acabada la lectura de la Ley de los Profetas, los presidentes de la asamblea los invitaron a hablar al pueblo. Pablo les hizo una elocuente exhortación y gustó tanto a los judíos, que les suplicaron volviesen el sábado siguiente para hablarles del mismo asunto.

Muchos de los judíos y prosélitos siguieron a Pablo y a Bernabé, los cuales los exhortaron a perseverar en la gracia de Dios. El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oírles, con lo cual se llenaron de envidia los rabinos y empezaron a contradecir con blasfemias a cuanto Pablo predicaba. Entonces Pablo y Bernabé con gran entereza les dijeron: «…Ya que rechazáis la palabra de Dios, …de hoy en adelante predicaremos a los gentiles»

Así lo hicieron, y la palabra del Señor se esparció como fecunda semilla por todo aquel país. Con ello creció tanto la envidia y el enojo de los judíos que, habiendo instigado a varias devotas mujeres y a los hombres más principales de la ciudad, levantaron violenta persecución contra Pablo y Bernabé y lograron echarlos de su territorio. Los dos apóstoles sacudieron el polvo de sus pies contra aquellos hombres tercos y obstinados y se fueron a Iconio, hoy día Konia, distante como unas veinte leguas de Antioquía de Pisidia.

Pertenecía por entonces Iconio a la provincia romana de Galacia. Sus habitantes daban culto a la diosa Cibeles, madre de los dioses, y vivían entregados totalmente al mas desenfrenado libertinaje. Pablo y Bernabé entraron en la sinagoga de los judíos; libremente hablaron de la doctrina del Señor y en su nombre obraron grandes prodigios.

Muchísimos judíos y griegos abrazaron la fe. Pero también aquí se amotinaron los judíos. Ambos apóstoles estuvieron a punto de morir apedreados. Dejaron a Iconio y fueron a Listra ciudad de Licaonia; en ella y en las ciudades circunvecinas, difundieron con gran fruto la luz del santo Evangelio. Créese que en esta primera misión de Pablo y Bernabé se convirtió Santa Tecla, celebrada por su virginidad y heroico valor.

El cojo curado, Apoteosis y lapidación

San Pablo y San Bernabé dieron principio a su apostolado en Listra con un milagro portentoso. Había en la puerta de la ciudad un cojo de nacimiento, que asistió a la primera predicación de Pablo. El santo Apóstol fijó en él sus ojos y, viendo que tenía fe de ser curado, le dijo: «Levántate y mantente derecho sobre tus pies». Al punto saltó en pie y echó a andar. Los testigos del prodigio se alborozaron, y con vehementes aclamaciones dijeron: «Dioses son éstos que en figura de hombres han bajado a nosotros».

A San Bernabé le llamaban Júpiter, y a San Pablo, Mercurio, porque éste era el que llevaba la palabra. En esto, un sacerdote de Júpiter, acompañado de la muchedumbre, trajo toros enguirnaldados con intento de sacrificarlos a los dos apóstoles. ¿Cuándo iban ellos a esperar tales honores? Mas, apenas entendieron de qué se trataba, rasgaron sus vestidos y rompieron por medio del gentío, clamando:

— Hombres, ¿por qué hacéis esto? Somos mortales como vosotros. Dejad esas vanas deidades y convertíos al Dios vivo, creador del cielo, de la tierra, del mar y de todo cuanto hay en ellos. Desde el alto cielo derrama sus beneficios, envía lluvias y tiempos favorables para los frutos, nos provee de alimentos y llena de alegría nuestros corazones con la abundancia de sus dones.

Aun con esas palabras pudieron apenas recabar del pueblo que no les ofreciese sacrificio. Entretanto, algunos judíos venidos de Antioquía de Pisidia y de Iconio, ganaron al populacho en contra de los dos apóstoles.

Levantóse gran tumulto; Pablo fue arrastrado hasta las afueras de la ciudad y apedreado con tanta saña, que le dieron por muerto. Vinieron los discípulos en busca de su cuerpo; pero Pablo se levantó curado milagrosamente.

Al siguiente día partió con San Bernabé para Derbe (Hech., X IV , 7-19). Evangelizaron esta ciudad, donde hicieron muchos discípulos, y con esto dieron por terminada su misión. Volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia, y visitaron las iglesias ya evangelizadas, fortaleciendo el valor de los neófitos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que por muchas tribulaciones nos es preciso pasar para entrar en el reino de Dios.

En cada iglesia constituyeron presbíteros por la imposición de las manos, orando y ayunando, y los encomendaron al Señor en quien habían creído. Cruzaron la Pisidia y la Panfilia y predicaron en Perge, donde no pudieron hacerlo antes. Bajaron a la ciudad de Atalia y de allí se embarcaron para regresar a Antioquía de Siria, de donde habían salido encomendados a la gracia de Dios. Su primera misión duró algo más de cuatro años.

Primer Concilio de Jerusalén

A poco de volver a Antioquía tuvieron que salir para Jerusalén donde iba a celebrarse el primer Concilio presidido por el oráculo de la Iglesia, el apóstol San Pedro, San Pablo y San Bernabé refirieron a la augusta asamblea los maravillosos progresos de la fe entre la gentilidad. Los prodigios por ellos obrados atestiguaban que agradaba al Señor la conversión de los gentiles, aun cuando no aceptasen las prácticas legales, a las que no se les podía obligar. Tal fue la sentencia promulgada por el Concilio.

Oyendo contar tantas maravillas, Juan Marcos se arrepintió de su pasada ‘inconstancia. Hizo protestas de que no se separaría de su pariente San Bernabé, con quien fue luego a Antioquía. Pablo, empero, tenía mal recuerdo de aquel apocamiento y falta de valor de Juan Marcos, y así, cuando se trató de emprender otra vez las correrías evangélicas, el Apóstol de los gentiles no quiso que Marcos los acompañase.

Algunos días después del Concilio, San Pablo dijo a San Bernabé: «Volvamos a visitar a los hermanos que ya evangelizamos, para ver cómo les va». Eso mismo estaba deseando San Bernabé, pero quería llevarse consigo a Juan Marcos. Mas Pablo le volvía a repetir que, pues les había dejado la primera vez en Panfilia, ahora no debían llevarle. Ninguno de los dos quiso ceder; de la contienda resultó tal desavenencia entre ellos, que se apartaron uno de otro.

A buen seguro que Dios permitió esta separación, para multiplicar y dilatar los campos de apostolado. Pablo partió con Silas y recorrió Asia Menor; Bernabé y Juan Marcos se embarcaron para la isla de Chipre.

Los acontecimientos dieron razón a Bernabé. Marcos fue de allí en adelante su fiel compañero y vino a ser ardiente propagador de la fe cristiana. Más tarde siguió a San Pedro a Roma; el príncipe de los Apóstoles le mandó escribir el Evangelio, y después le envió a fundar la Iglesia de Alejandría. Aun el mismo San Pablo le tuvo en mucho; de él hace muy honrosa mención
en sus Epístolas.

Apostolado y martirio de San Bernabé

Nada más nos refieren los Hechos de los Apóstoles de la vida de San Bernabé. La historia documentada de este Santo detiene aquí sus pasos, para orientarse por la tortuosa vereda de la incertidumbre. Hasta ahora caminábamos con holgura por anchurosa vía, al resplandor vivísimo del relato de San Lucas; el corto trecho que nos queda por andar es estrecha y oscura senda; vayamos paso a paso.

Parece muy verosímil que San Bernabé no se contentó con evangelizar la isla de Chipre: su ardiente celo pedía más dilatado campo de apostolado. A haber ceñido sus conquistas a tan reducido territorio, sería entre los Apóstoles único en su especie, quitando Santiago el Menor, primer obispo de Jerusalén. Creíble es, pues, la tradición que admite que San Bernabé salió de Chipre y recorrió Italia y Egipto. La Iglesia de Milán se gloria de haberle tenido por primer apóstol y arzobispo y le honra como a su principal patrono.

Habiendo evangelizado dichos países, San Bernabé volvió a Chipre, llevado del deseo de ser particularmente útil a sus compatriotas. Fijó su residencia en Salamina. capital de la isla; con sus palabras, ejemplos y milagros convirtió tantos gentiles, que los judíos reventaban de furor y envidia. Previó San Bernabé la persecución, juntó a los fieles, los exhortó a permanecer firmes en la fe y les anunció su muerte ya cercana.

Entró en una sinagoga de judíos y éstos le apresaron; llegada la noche, le atormentaron cruelmente y le apedrearon. Así dio su espíritu a los 11 de junio de los años 53 ó 57. Juan Marcos le sepultó en una cueva, pero con el discurso del tiempo se vino a perder la memoria de aquel lugar. El año 448 se apareció el mártir a Antemio, obispo de Salamina, y le declaró dónde estaba su cuerpo.

Sobre su pecho hallaron un ejemplar del Evangelio de San Mateo, escrito de propia mano de Bernabé. Llevólo Antemio al emperador Zenón, el cual lo guardó en su palacio y mandó edificar un suntuoso templo sobre el sepulcro del Santo. De San Bernabé se hace mención en uno de los dípticos del Canon de la Misa, el que sigue a las palabras Nobis quoque peccatóribus, después del apóstol San Matías.

Oración a San Bernabé

Oh, San Bernabé, Apóstol, vos sois el hijo del Dios del la vida, aquél que honor hizo, al significado de vuestro nombre: “el que anima y entusiasma”, y el de “el esforzado”. Vuestra vida entregasteis unida a la de San Pablo Apóstol; con quien incesantemente trabajasteis, con valor y con audacia las Escrituras Santas expandiendo.

Dicen de vos: “Bernabé era un hombre bueno, lleno de fe y del Espíritu Santo”, y esa llenura y fe, os permitió obrar bajo Aquél poder y fe, por los valles y cañadas, los mares y los montes, de noche y de día, con hambre y sed, injuriado y perseguido, de muerte amenazado, pero siempre con la fe puesta en Aquél, en quien todo lo podíais y vos lo podéis certificar, porque hoy, gozáis de las alegrías plenas del cielo, luciendo corona de luz, por vuestros méritos y fe; Oh, San Bernabé, santo Apóstol.

Amén.

Oración a San Bernabé | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.