11 de Julio: San Pio I, Papa y mártir


San Pio I

El papa San Pio I fue el obispo de Roma desde el año 140 hasta su muerte en 155 según consta en el Annuario Pontificio. Es considerado santo además por la Iglesia Ortodoxa Oriental, cuya festividad de celebra el día 11 de julio.


Día celebración: 11 de Julio.
Lugar de origen: Aquileya, Italia.
Fecha de su muerte: Año 155.


Contenido

– Introducción
– La reseña del «Liber Pontificalis»
– La Iglesia en la época de San Pio I
– Bautismo de los judíos convertidos
– Iglesias de Santa Pudenciana y Santa Práxedes
– Muerte de San Pio I
– Oración a San Pio I


Introducción

El Pontífice romano que primero llevó el nombre de Pío —apelativo que en el correr de los siglos de la era cristiana varios Papas habían de ilustrar con su santidad y con su ciencia—fue sucesor de San Higinio en la cátedra apostólica. Su pontificado se intercala en la primera mitad del siglo 1 1 , en el reinado de Antonino Pío (138-161). Según un documento cuya redacción primitiva se remonta a los tiempos del papa San Eleuterio (174-189) y quizá un poco más allá, San Pío I , Papa,  gobernó la iglesia durante unos quince años.

Se sabe que fue elegido pocos días después de la muerte de San Higinio, pero no puede precisarse la fecha de la elección. Su muerte no debió ocurrir más allá de los años 154 ó 155, puesto que cuando San Policarpo vino a Roma para tratar del día en que había de celebrarse, era ya Sumo Pontífice San Aniceto.

Aunque la exacta puntualidad de estos datos no implica dificultades para el tema hagiográfico ni arguye contra la veracidad de los hechos, no deja de ser interesante, ya que permite encuadrar con rigor histórico una vida que da escena y carácter a muchas otras de época coincidente y que se incluyen en esta obra.

La reseña del «Liber Pontificalis»

La reseña dedicada a este Papa por el autor del Líber pontificalis —su­cinto resumen histórico de la vida de los Papas desde San Pedro hasta Adriano II, que falleció en 872—, es tan breve como la de los demás Pontífices de los primeros siglos, esa brevedad encierra, además, oscuridad e incertidumbre. Parece que San Pío I nació en Aquileya, en el noreste de Italia, a orillas del Adriático, ciudad considerada entonces como una segunda Roma y llave de Italia, a causa de su situación en la ruta de las Galias a Oriente.

El mencionado libro nos dice que San Pío I, hijo de un tal Rufino, tenía un hermano llamado Pastor. El Canon de Muratori —catálogo oficial de los libros que la Iglesia reconoce como inspirados, fechado a fines del siglo II y publicado en 1740— atribuye la célebre obra titulada El Pastor, a un hermano del papa Pío I, con estas palabras. «En cuanto a El Pastor, que acaba de ver la luz en la ciudad de Roma, ha sido escrito por Hermas, mientras su hermano Pío ocupaba, como obispo, la sede de la Iglesia de la ciudad de Roma».

Lo que aparece como seriamente fundado, es la existencia de relaciones íntimas entre Pío y el autor de aquella obra. Dicho autor, al declarar en su libro que pertenecía a una familia griega y cristiana, y que fue vendido como esclavo a una mujer de nombre Roda, la que pronto le libertó, nos suministra informes auténticos acerca de la condición social del Papa, su contemporáneo y más probablemente hermano suyo. Sea como fuere lo cierto es que Pío y Hermas pertenecían al presbiterado romano.

La Iglesia en la época de San Pio I

San Pío I era ya de edad madura cuando sucedió a Adriano. Ningún emperador romano goza de tan buena fama como él en la Historia, y se la merece por sus cualidades y dotes de gobierno. Fue varón religioso, de costumbres austeras, sin ambición, amparador de desgraciados, amable y, a la vez firme y justo en el ejercicio del poder. Su reinado fue una época de tranquilidad para el imperio y para la Iglesia.

A pesar de los indulgentes rescriptos de Trajano y de Adriano, la religión cristiana seguía proscrita por la ley de Nerón y, en consecuencia, era precaria la seguridad de los discípulos de Cristo y de las comunidades de fieles. Antonino tuvo la cordura de dejar sin efecto en la práctica el edicto de persecución y aun llegó a publicar un decreto en el que prohibía Antonino perseguir a los cristianos por el hecho de serlo; señalaba, además, penas para quienes sólo por tal motivo los acusaran. Muchos críticos afirman la autenticidad de este documento dirigido «a la asamblea de Asia» y publicado por el historiador Eusebio.

De todos modos durante aquel reinado el Estado dio prueba de tolerancia general para la Iglesia. Y si bien hubo algunos mártires en Roma y en provincias, fueron excepciones debidas a magistrados, celosos en demasía o débiles ante el populacho, amotinado por calumniosas acusa­ciones lanzadas contra los fieles por sus enemigos, especialmente los judíos.

Las tolerantes disposiciones del poder central favorecieron la multiplicación de los fieles, y la Iglesia pudo salir a la luz del día y transformar algunos edificios en lugares oficiales de oración y reunión. Llegóse incluso a establecer escuelas de filosofía en la propia Roma. A la sombra de esta paz lograda por la Iglesia en la primera mitad del siglo II, aparecieron algunos indicios de relajación, tanto entre los fieles como en ciertos elementos del clero.

Aquella obra de Hermas se refiere concretamente a este decaimiento en la pureza de la fe y en la práctica de la penitencia, males a los que puso inmediato remedio la atención vigilante de los pastores. Y si grave fue el daño provocado por aquellas de­bilidades, resultaron doblemente aleccionadoras las conversiones de los arrepentidos y la expiación a que debieron someterse.

También por aquel entonces, la herejía estableció su centro en la misma Roma, donde Cerdón, Valentín y Marción trataron no sólo de propagar los errores gnósticos, sino además, según varios testimonios, de apoderarse de la dirección de la Iglesia.

El enemigo que exigió mayor vigilancia por parte de San Pío, fue el heresiarca Valentín. Era de vivo ingenio, lleno de fuego, muy cultivado, de modales airosos, y de un singular atractivo su elocuencia suspendía y enamoraba; pero sobre todo, engañaba al vulgo con su continua afectación de reforma y una bien estudiada exterioridad de virtud. Fácilmente descubrió San Pío I la malignidad y el Veneno de los artificios de aquel solemne embustero. Fulminó contra él todas las censuras de la Iglesia; persiguióle, y no paró hasta exterminar una secta que aniquilaba la religión, destruyendo los principios de la moral cristiana.

No menos preocupaciones y trabajos le procuró la hipocresía y maldad del heresiarca Marción. Era éste natural de Sínope, en el Ponto Euxino, e hijo de padre cristiano que al enviudar se había ordenado sacerdote y que llegó a ser obispo. En sus comienzos hizo Marción profesión de virtuoso, y hasta aparentaba grande amor a la pobreza y al retiro. No tardó, sin embargo, en descubrir la verdadera personalidad, y a tal punto llegó en su disolución que hubo de excomulgarle su mismo padre.

Guiado siempre por sus hipócritas ambiciones, llegó a Roma, mas a pesar de toda su apariencia de virtud y autoridad, no pudo conseguir se le admitiera a la comunión de los fieles. Despechado por aquella repulsa, abrazó la herejía gnóstica de Cerdón y aun añadió muchas impiedades a las de éste. Cuéntase que habiendo venido a Roma San Policarpo, hízose Marción encontradizo con él en la calle: «¿No me conoces? —le preguntó. «Sí —respondió tranquilamente el Santo— ; conózcote muy bien por hijo primogénito de Satanás».

Este impío, al igual que Valentín, procuraba disfrazarse con las apariencias de arrepentido y devoto; señuelo que le sirvió para engañar a muchos sencillos ,pero también en este caso descubrió el santo Pontífice los embustes, y excomulgó al perturbador.

Bautismo de los judíos convertidos

Tal era la situación general del imperio romano y del cristianismo en Roma al advenimiento del papa San Pío I, de cuyo pontificado, que duró catorce o quince años, pocos hechos se conocen como históricamente ciertos. San Pío I decretó que los que procedían directamente del judaísmo y no de una secta cristiana judaizante, se bautizaran. Esa disposición era motivada, ya que los judíos, habiendo dado siempre culto al Dios ver­dadero y siendo herederos de las promesas hechas a Abrahán, podían figurarse que se hallaban en mejor condición que los paganos y que, por
derecho propio de la Sinagoga, podían pasar sin más requisitos a la Iglesia.

El Papa declaró, pues, que el bautismo era tan necesario a los judíos como a los gentiles, para entrar en el seno de la Iglesia y para vivir dentro de la fe cristiana. Se le atribuye otro decreto por el que imponía una penitencia a los sacerdotes que, por negligencia, dejasen caer al suelo, durante la misa, al­gunas gotas de la preciosa Sangre del Señor. Cuando ocurriese tal desgracia, debía recogerse cuanto se pudiera y lavar o raer lo demás, y el agua que hubiese servido, así como los pedacitos de la piedra o madera que hubiesen saltado, debían quemarse y las cenizas echarse en la piscina.

Consistía la penitencia en varios días de ayuno según la gravedad de la profanación. Pero es muy dudoso que dicha decisión disciplinaria sea de este pontificado; razón por la cual, León XIII la suprimió de la leyenda o noticia que el Breviario romano dedicaba a San Pío I en el día de su fiesta.

También se consideran apócrifas otras dos disposiciones que este Papa habría dictado contra los blasfemos; lo mismo que dos cartas dirigidas a San Justo, obispo de Viena de la Galias. La primera de ellas nos da a conocer que el predecesor de Justo acababa de dar la vida por la fe, y exhorta a éste a mostrarse lleno de caridad para con los fieles, los diáconos y los sacerdotes; a honrar las tumbas de los mártires, y a sostener a los confesores de la fe.

En la segunda, alude el Papa a un viaje que el obispo de Viena acababa de hacer a  Roma ; declara los progresos de la religión en su diócesis y lamenta los estragos que causa en la Iglesia la herejía de Cerinto. Según algunas colecciones de decretales de los Papas, confeccionadas en el siglo IX. San Pío I ordenó que los bienes de la Iglesia fuesen inalienables, prohibió que se empleasen los vasos y ornamentos sagrados para usos profanos y que se admitiese al voto perpetuo de castidad a doncellas menores de veinticinco años. A ninguno de estos de­cretos disciplinarios puede darse carta de indiscutible autenticidad.

El Breviario romano hace notar que entre los actos importantes del sucesor de San Higinio, está el de prescribir la celebración de la Pascua en domingo, en memoria de la resurrección de Cristo. Es cierto, según San Ireneo, que no sólo San Pío I, sino también sus predecesores Higinio, Telesforo y Sixto, ordenaron la celebración de la Pascua en domingo y no otro día.

Algunas escuelas de Oriente y ciertas autoridades eclesiásticas, por el contrario, persistían en celebrar cada año la Pascua el 14 del mes de Nisán, al estilo de los judíos, y sostenían que así había de ser. Esta divergencia entre, la Iglesia de Occidente y la de Oriente desapareció poco a poco, mas no sin haber suscitado dificultades a fines del siglo II .

Iglesias de Santa Pudenciana y Santa Práxedes

Cuando San Pedro estaba en Roma, hacia el año 42, hospedábase en casa de un patricio convertido llamado Pudencio, que vivía en el Esquilino. Pudencio era, probablemente, el abuelo de las Santas Pudenciana y Práxedes que vivieron en tiempo del papa San Pío I. Sabemos su historia por el Liber pontificalis y por un documento titulado Actas de las Santas Pudenciana y Práxedes, en el que la verdad y la leyenda están tan entrelazadas que no es fácil separar una de otra.

Estas Actas constan de dos cartas y un apéndice narrativo escrito por un sacerdote contemporáneo de Pío I. En la primera carta, dicho sacerdote se dirige a su colega Timoteo y le manifiesta que Pudencio, en la hora de su muerte, por consejo del bienaventurado obispo Pío, había resuelto consagrar su casa al culto divino, convirtiéndola en iglesia o título, con el nombre de Pastor. Añade que habiendo muerto Pudencio, sus dos hijas Pudenciana y Práxedes, que habían permanecido vírgenes, vendieron sus bienes a fin de darlos a los pobres, y se consagraron al servicio de
Dios y de los fieles.

De común acuerdo entre ellas y el sacerdote Pastor, y con la aprobación y plácemes del obispo Pío, erigióse en aquella iglesiauna piscina bautismal en la que, el día de Pascua, el mismo Pontíficeconfirió el bautismo a los esclavos todavía paganos de ambas hermanas, después de proceder al requisito legal de la liberación. La antigua mansión de Pudencio se convirtió, pues, en lugar permanente de oración y de reunión donde, muy a menudo, celebraba San Pío I los santos misterios y administraba los sacramentos.

La iglesia o título del Pastor que se designa también en algunos do­cumentos de los siglos IV y V con el nombre de casa de Pudencio o iglesia de Santa Pudenciana, fue reconstruida o modificada en tiempo del papa San Siricio (384-398). El célebre mosaico del fondo del ábside representa al Salvador, sentado en un trono y con un libro abierto donde se leen estas palabras. «El Señor, guardián de la iglesia Pudenciana».

Ignórase cuándo murió Pudenciana, pero se sabe que fue sepultada en el panteón familiar, en el cementerio de Priscila, el más antiguo de Roma. Práxedes continuó habitando la casa paterna. El papa Pío y muchos sacerdotes y cristianos, entre otros Novato, hombre muy caritativo con los fieles pobres, la visitaban para darle consuelo. Este Novato, antes de morir, dejó en testamento sus bienes a Práxedes y a Pastor. Éste consultó con el sacerdote Timoteo, hermano de Novato y su heredero natural. Ti­moteo, en una carta le contestaba confirmando aquella donación.

Habiendo tomado posesión de los bienes legados por Novato, Práxedes transformó las termas del Vicus Lateritius en lugar de reunión para los fieles y de ahí un segundo título o iglesia cuya consagración hizo San Pío I con el nombre de Práxedes. Dichas dos iglesias, dedicadas a las santas hermanas, son de los monumentos más antiguos de la Roma cristiana.

Muerte de San Pio I

Según la cronología comúnmente adoptada en nuestros días, murió este Papa en 155. En cinco ordenaciones de diciembre había creado die­ciocho sacerdotes, veintiún diáconos y doce obispos para diversos países, como consta en el Líber Pontificalis.

No hay documento alguno que precise su género de muerte. No obstante, algunos documentos hagiográficos afirman que este pontífice tuvo la gloria de derram ar su sangre por la fe en circunstancias hasta ahora desconocidas. El Breviario romano considera a San Pío I como mártir, y la Iglesia rezaba el oficio de los mártires el día de su fiesta, 11 de julio, en que habría sido sacrificado imperando aún Antonino Pío. Su cuerpo fue depositado en Rom a al lado de la tum ba de San Pedro.

Parte de sus reliquias fueron trasladadas más tarde a la iglesia de Santa Pudenciana. Se veneran algunas de ellas en Bolonia, en algunas iglesias de la diócesis de Amiens y en otros varios lugares.

Oración a San Pio I

San Pio I, Papa y mártir, ruega pos nosotros.

San Pio I| Fuentes

El Santo de cada día por EDELVIVES.