11 de Agosto: Santa Susana de Roma


Santa Susana de Roma

Santa Susana, virgen y mártir, fue hija de San Gabino de Roma. Por su negativa a casarse con un pariente pagano del emperador Diocleciano, fue arrestada como cristiana. Según sus actos, fue decapitada alrededor del año 295, a las órdenes de Diocleciano, en la casa de su padre, que fue convertida en una iglesia. La iglesia se hizo conocida como Sancta Susanna ad duas domos.


Día celebración: 11 de Agosto.
Lugar de origen: Roma, Italia.
Fecha de su muerte: 295.


Contenido

– Introducción
– Pretendientes de su mano
– Elección de Santa Susana
– Conversión de Claudio
– Conversión de Máximo y martirio de Santa Susana
– Veneración
– Oración a Santa Susana


Introducción

Se presenta a Santa Susana como maravilloso dechado de vírgenes, como una de las mujeres fuertes y valerosas que menospreciaron el mundo y sus placeres engañosos para darse de todo en todo únicamente al amor y servicio de Nuestro Señor Jesucristo. A juzgar por la pintura que de ella hacen antiguos relatos, cuyos autores no pretendieron la precisión histórica, sino sólo dejarnos edificante ejemplo de vida, Susana fue, como significa su nombre hebreo: «flor de azucena».

Era Susana hija de San Gabino y sobrina del papa San Cayo, ambos deudos muy cercanos del mismo emperador Diocleciano. Después de nacida Susana, enviudó su padre y abrazó el estado eclesiástico; y a poco, fue promovido a las santas funciones del sacerdocio cristiano. Con sumo cuidado y diligencia educó Gabino a su hija en el amor y temor de Dios. Susana, dotada de singular ingenio, se mostró desde pequeñita muy formal y laboriosa; dio de mano a los pasatiempos mundanos y frívolas lecturas, y se afanó en estudiar la Sagrada Escritura y los Santos Padres.

Gustábale sobremanera leer el relato de las luchas y triunfos de los mártires que padecieron valerosamente los tormentos y la muerte antes que renunciar al amor de Jesucristo. ¡Cuántas veces bajaría la santa a las catacumbas, ante los sepulcros de los mártires, en compañía de otros futuros mártires! Levantábase entonces su corazón muy por encima de lo terreno y de los deleites de esta vida, para aficionarla solamente a las cosas del cielo y de la eternidad. ¡Qué hermoso comentario de los Sagrados Libros eran aquellos ejemplos de valor de los mártires! ¡Qué elocuentes lecciones para Susana!

Es de imaginar con cuánta atención oiría a su padre Gabino y al papa San Cayo cuando le explicaban los misterios de nuestra religión sacrosanta y las sublimes verdades de la fe que los Apóstoles y discípulos confesaron con riesgo de su vida y sellaron con su sangre.

También ella ansiaba am ar al Señor con toda su alma, vivir sólo para Él, y aun morir por aquel divino Rey que por nosotros murió en la cruz. Pero conocía su flaqueza, y por eso suplicaba al Dios todopoderoso que se dignase sostenerla en sus trabajos y pruebas.

Pretendientes de su mano

Cuando tenía Susana quince años de edad, determinó consagrarse definitivamente a Jesucristo y tomarle por único esposo. Postrada al pie del altar, suplicó humildemente al Rey de las vírgenes y de las almas santas, que se dignase aceptar aquella espiritual unión. Sobrevino entretanto la muerte de Valeria, hija de Diocleciano y mu­jer de Galerio constituido César por Diocleciano y hecho copartícipe suyo en el imperio.

Quiso entonces el emperador que otra doncella emparentada con él fuese esposa de Galerio. En opinión de todos, la más indicada para el pretendido enlace era Susana; tenía Diocleciano noticia de las bellas prendas de su joven parienta, y así puso en ella los ojos, aunque no la conociese personalmente por no ir ella nunca a palacio.

También sabía que Cayo, tío de Susana, era el jefe de los cristianos. Esto no obstante, aquel emperador que había de desencadenar más adelante una violentísima persecución y derramar tanta sangre cristiana, no era por entonces (295) tan enemigo de los fieles que no prefiriese la prosperidad de su familia y el encumbramiento de sus deudos a la ruina del cristianismo.

Lo cierto es que Gabino y Cayo, con ser parientes del emperador, vivían apartados de su trato y conversación, tanto por humildad cristiana, como por prudencia y horror al paganismo y a los vicios que hallaban fácil ambiente en el palacio imperial. Cierto día mandó llamar Diocleciano a un primo suyo, por nombre Claudio, y le encargó que propusiese a Gabino el casamiento de su hija Susana con Galerio. Gozóse mucho el pagano Claudio con tan lisonjera y honrosa embajada. Fuése a toda prisa a casa de Gabino, y le dijo:

—Oye, Gabino; los augustos emperadores nuestros soberanos, me han enviado a ti con una embajada que muestra cuánto te estiman. La obediencia que les debo me obliga a cumplir esta diligencia, pero dejado esto aparte, el vivo deseo que tengo de tu felicidad, me mueve a hablarte de un proyecto sobremanera esperanzador para tu familia.

¿Qué cosa mejor puedes desear que ver estrecharse más y más los lazos de tu parentesco con el emperador y volver a su amistad? Hiciste mal en apartarte tanto del trato de los príncipes, que al cabo son tus deudos, pero de seguro que ellos te aprecian, porque el augusto Diocleciano quiere casar a tu hija Susana con Maximiano Galeno, hijo suyo adoptivo. La mayor fortuna y nobleza del imperio se os brinda a ti y a tu hija. Yo te doy de ello el parabién, y no dudo que este casamiento será de tu gusto.

No rechazó Gabino al enviado del emperador, antes le dio muy cariñosa acogida y escuchó con suma atención cuanto le decía, pero le contestó: «Dame, Claudio, unos días, y yo mismo trataré este negocio con mi hija».

Entró Gabino en el aposento de Susana y díjole. «Deseo, hija mía, que vayas a entrevistarte con nuestro Santísimo Padre y Pontífice, para que la gracia del bautismo que recibiste, produzca en ti copioso fruto».

Elección de Santa Susana

Corrió Gabino a dar noticia a Cayo del deseo de Diocleciano, y de ello hablaron los dos hermanos con mucho detenimiento.

— ¿Qué hacemos? —preguntábanse llenos de zozobra—. Galerio no es, al cabo, sino un soldado advenedizo, y además enemigo acérrimo de los cristianos, pagano supersticioso, sanguinario y brutal. ¡ Menguado esposo para una casta doncella cristiana que sólo aspira a la unión espiritual y virginal de su alma con Jesucristo!

Por otra parte, rechazar la pretensión de Diocleciano, ¿no sería dejar escapar la ocasión, quizá única, de amansar el implacable enojo de ambos príncipes que usaban arbitrariamente de su poder y autoridad? De cierto que traería además lamentables consecuencias: sentencia de muerte contra Susana, su padre, su tío y consejeros, y quizás un decreto de persecución contra los cristianos. En semejantes circunstancias, ¿no podía por ventura el Papa otorgar a la virgen cristiana las dispensas necesarias para casarse con el hijo adoptivo del emperador?

Cayo y Gabino no quisieron determinar cosa alguna, antes de conocer el parecer de Susana; prefirieron dejar en manos de la doncella su propia suerte, dándole libertad para escoger lo que el Divino Espíritu le inspirase. Volviéronse juntos a casa de Gabino y llamaron a Susana.—Querida hija —le dijeron, Claudio ha venido a decirnos que el emperador quiere casarte con su hijo adoptivo, Maximiano Galerio…

Asustóse Susana con tan inesperada noticia, pero pasados unos instantes, respondió a su padre con tanta humildad como resolución:

— ¿En qué ha venido a parar tu prudencia, padre mío? ¿Acaso no sabes que soy cristiana? ¿N o me enseñaste tú mismo los artículos de nuestra santa fe? ¿Cómo, pues, diste oído a semejante propuesta? ¿Casarme yo con ese cruel pagano de quien tú mismo no quisiste pasar como pariente para ser fiel a la fe de Jesucristo? No, de ninguna manera puedo yo hacer eso. ¡Gloria y alabanza al Dios todopoderoso que se dignó admitirme a la compañía de sus Santos! ¡Con su gracia menospreciaré yo a ese hombre, y me valdrá el honor de padecer el martirio por Cristo!

—Hija mía —le dijo Gabino, conmovido— , persevera en tu fe; y quiera Dios que tu fidelidad nos depare a nosotros también de poderle ofrecer juntos contigo el mérito de nuestro sacrificio.

—Dios ve el fondo de mi corazón —repuso Susana— y sabe cuánto deseo permanecerle fiel hasta la muerte. Tú, padre mío, me enseñaste desde niña a entregar mi corazón a Jesucristo y a guardar pureza virginal. A Él consagraré alma, vida y corazón, quiero conservarlos limpios de toda mancha. Nunca jamás tendré otro esposo que Aquel a quien me entregué.

—Ea, Susana —díjole el santo Pontífice Cayo— , pues que te entregaste por siempre a Jesucristo, quédate con Él y guarda sus mandamientos. Ten confianza y paz; el ángel del Señor guardará puro tu corazón.

Conversión de Claudio

Pasados tres días, volvió Claudio a casa de Gabino, donde halló asimismo al pontífice Cayo. Renovó la petición en presencia de ambos hermanos y manifestóles al mismo tiempo cuán feliz se sentía de ser mensajero de embajada tan esperanzadora para toda la familia.

—No te ciegue el deseo de grandezas, Claudio —díjole Gabino— ; procedamos en este negocio con sabiduría y prudencia, no sea que después tengamos que arrepentimos. Menester es que Susana nos dé parecer.

Llamó Gabino a su hija. Al verla Claudio, acercósele para darle ósculo de paz, la santa doncella le detuvo adelantando la mano:

—No manches mis labios con un beso de tu boca —le dijo— . Los tengo consagrados a mi único Rey y Señor, Cristo Jesús; por eso no he tolerado nunca que tocase mi boca nada que fuese inmundo.

Extrañó Claudio estas palabras, y quiso disculparse: creía poder mostrarse familiar con Susana, por ser pariente muy cercano de ella.

— ¿A qué manchas te refieres? —añadió—. ¿Qué culpas me reprochas? Muéstramelas, y dime cómo podré borrarlas.

—Tus labios están mancillados por los sacrificios de los ídolos —le respondió Susana—. Ese culto me horroriza, porque sé que Dios lo abomina. Si quieres quedar limpio, duélete de tus pecados y recibe el bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

—A vos toca instruirme y limpiarme —dijo Claudio al Pontífice—, de ser cierto que un hombre sea más puro creyendo en Jesucristo que adorando a los dioses. Hasta ahora ofrecí sacrificios a las mismas divinidades que adoran los emperadores, porque creí cumplir un deber.

—Claudio, hermano mío, escúchame —le dijo San Cayo— . Viniste a nosotros para tratar de negocios terrenos, pero Dios te trajo para que redimas tu alma ; las súplicas de Susana te alcanzaron esta gracia. Así hallará nuestra familia la verdadera salvación. Créeme, Claudio, no hay maldad más horrenda que la idolatría; ¡cuánto se envilece quien ahora a las criaturas y a los demonios, y se olvida del Señor, Criador y Dios suyo!

Este señor nos amó tanto, que se dignó bajar a la tierra, nacer, humillarse, padecer y morir por nosotros, luego resucitó glorioso y subió a los cielos adonde nos espera para que vivamos con Él eternamente.

— Me admira esta doctrina —dijo el pagano— , cumpliré cuanto vos queráis; pero mandad que alguien lleve pronto la respuesta al emperador.

—Hermano mío —repuso Cayo—, sigue primeramente mis consejos, el Señor, a quien juntos rogaremos, dispondrá las cosas con sabiduría para nuestro provecho. Injustamente derramaste la sangre de los Santos; menester es que te arrepientas de ello; con eso te administraré el bautismo.

— ¿Lavará de veras el bautismo todos mis pecados?

—Sí, hermano mío, todos; pero es necesario que tu fe sea sincera.

Manifestó Claudio tan buena voluntad, que San Cayo le admitió en el número de los catecúmenos. Vuelto a su casa, contó a su mujer Prepedigna lo sucedido. Ella también se sintió movida de la gracia y manifestó deseos de conocer la religión cristiana. Con ese intento pasó a casa de Susana, que la recibió con mucho cariño y bondad. Tras ella fue Claudio con sus dos hijos, Alejandro y Cucias, y así toda la familia se convirtióa la fe de Cristo y recibió el bautismo de manos de San Cayo, quien inmediatamente después les administró la Confirmación y la Eucaristía.

Claudio y su familia llevaron de allí adelante vida muy cristiana y santa. Comenzaron a dar grandes limosnas a los pobres, y Claudio fue durante la noche a los que estaban encarcelados y padecían por Cristo, echóse a sus pies y les suplicó humildemente que le alcanzasen la remisión de sus pecados, y le perdonasen de haberlos perseguido. Logró la libertad de muchos y proveyó liberalmente a todas sus necesidades.

Conversión de Máximo y martirio de Santa Susana

Pasó más de. un mes, y Claudio no volvía a palacio. «¿Qué ha sido de él», preguntó Diocleciano muy extrañado. Respondiéronle que había caído enfermo. Sosegóse el emperador con la noticia, y como quería mucho a Claudio, mandó al hermano menor de éste, llamado Máximo, el cual era criado principal de palacio, que fuese a visitarle de su parte.

Máximo halló a su hermano mayor orando de rodillas en su aposento, vestido de cilicio y anegado en llanto.

—Has enflaquecido mucho, hermano mío —exclamó— . ¿Estás acaso de luto? ¿Qué te pasa?

—Hago penitencia por mis pecados —respondió Claudio— , estoy pagando la injusticia grande que cometí al perseguir a inocentes cristianos.

—Pero ¿qué dices, Claudio? En vez de cumplir el encargo del emperador, estás perdiendo el tiempo en bagatelas.

Con viveza y fervor de neófito le refirió Claudio cómo había llegado a conocer la verdad, díjole cuánto le habían maravillado la sabiduría y las virtudes de Susana, y finalmente le invitó a que le acompañase a casa de Gabino. Aceptó Máximo la propuesta, porque ya con las palabras de Claudio se había conmovido su alma y estaba como conturbado y vacilante. Acogiólos Gabino con bondad, y habiéndolos saludado, exclamó:

—Señor, Dios nuestro, Tú que vuelves a juntar a los que andaban dispersos, bendice a cuantos ahora has congregado, y derrama tu luz en el alma de tus siervos, pues Tú eres lumbre verdadera y eterna. Pidióle. Máximo que llamase a Susana, y Gabino la mandó entrar. Al llegar a la habitación, dijo la santa doncella a su padre:

— Bendícenos, padre mío.

Alzó el sacerdote su mano, y bendijo a los presentes diciendo:

—Sea con nosotros la paz de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con Dios Padre todopoderoso por los siglos de los siglos.

Fueron enseguida en busca del santo pontífice Cayo, y mientras éste conferenciaba con Máximo para prepararlo a aceptar los dogmas de la fe cristiana, apartóse la Santa, y estando en pie, oraba fervorosamente. Oyó el Señor las súplicas de Susana. Máximo abrió de par en par las puertas de su alma a la verdadera fe, echóse a los pies de San Cayo, que acabó de instruirle y le bautizó. Ya ejemplo de su hermano Claudio, repartió su hacienda a los pobres, y dióse a cumplir vida de perfecto cristiano.

Un criado de Máximo, hombre malvado y adulador, dio al emperador la noticia de la conversión y de las limosnas de ambos hermanos. Embravecióse sobremanera Diocleciano y mandólos prender a todos, excepto al papa San Cayo. Condenó al destierro a Claudio, a su mujer y dos hijos y a Máxim o; pero mandó secretamente al oficial encargado de sacarlos de Roma que los quemaran vivos en el puerto de Ostia y echasen al mar sus cenizas.

Mientras se llevaba a efecto tan cruel sentencia, Gabino y Susana fueron encarcelados. Cincuenta días después, sacaron de la cárcel a Susana y la llevaron a palacio- «Señor Dios mío —repetía la Santa en el ca­mino—, no abandones a tu sierva, pues ha depositado en Ti su confianza».

Mandó Diocleciano a la emperatriz, Prisca, su esposa, que persuadiese a Susana de tomar por marido a Galerio. Por eso la llevaron a palacio y no a los tribunales. La emperatriz acogió a la virgen cristiana con cariñoso respeto. Admiróse de ello Susana, y al inclinarse para saludar a Prisca, la princesa la levantó, y abrazándola, le dijo: «Procura, hija, dar siempre gozo y contento a Cristo, único Señor a quien debemos obediencia absoluta».

Era la emperatriz secretamente cristiana. Inefable consuelo llenó el corazón de Susana al oír el saludo de la princesa. Desde entonces, las dos cristianas se ocupaban de día y de noche en oración, y platicaban de las verdades de nuestra fe y de la celestial bienaventuranza. Supo Diocleciano que Susana persistía en no querer casarse. Mandó entonces que se volviese a casa de su padre, y dio licencia a Galerio para que fuese tras ella y viese de rendirla por fuerza a sus planes.

Fue Galerio a casa de Susana con este intento, pero al entrar en la habitación donde oraba la Santa, vio que un ángel rodeado de grande claridad y resplandor estaba de pie junto a ella en ademán de guardarla. Con esta inesperada novedad, volvióse atrás muy corrido y asustado. Dio parte de ello a Diocleciano, el cual atribuyó todo a arte de hechicería. A toda costa quería acabar con aquel negocio, pero entendió que para triunfar de la casta doncella, era menester arrebatarle la fe cristiana.

Para ver de conseguirlo, mandó a un ministro suyo llamado Macedonio, hombre sacrilego y cruel, que fuese a casa de Susana y la obligase por la fuerza a sacrificar a los dioses. Tom ó Macedonio un idolillo de Júpiter y un trípode, y pasó a casa de Susana. La santa doncella, al ver el ídolo, apartó de él su rostro y, arrodillándose, pidió la ayuda de Dios.

—Señor Dios mío.— dijo— , aparta de mis ojos ese escondrijo del demonio, y ven a socorrer a tu sierva.

En aquel mismo instante y como por conjuro desapareció el idolillo.

— Hechicera —gritó Macedonio— , ¿no me has robado la estatua?

—El ángel del Señor la ha apartado de mis ojos —respondió Susana.

Al poco rato llegó un criado de Macedonio, diciendo que la estatua de Júpiter se hallaba en medio de la calle, hecha añicos. Encendido en cólera el pagano, y fuera de sí de rabia y furor, arrojóse sobre la virgen cristiana y la golpeó brutalmente destrozando a latigazos las carnes de la casta doncella. Volvió luego a dar parte de todo al emperador. El impío y cruel Diocleciano mandó finalmente degollar a la heroica virgen, pero secretamente y en su misma casa, porque temía que se indispusiesen con él los romanos si llegaban a tener noticia de la injusta y bárbara sentencia.

Obedeció el verdugo, y con esta muerte dio Susana al Señor su alma virginal. Cumplióse este martirio a los 11 días de agosto del año 295. Cuando lo supo la emperatriz, dio gracias a Dios por haberse dignado coronar para siempre a su valerosa amiga; fue de noche a casa de Susana y recogió cuanta sangre pudo con su propio velo, que guardó como precioso tesoro en una caja de plata; envolvió el sagrado cuerpo con sábanas limpias y olorosas, llenas de especies aromáticas, y le enterró en las catacumbas de San Alejandro, junto a otros muchos santos mártires.

Veneración

Muchas veces celebró el pontífice Cayo el santo sacrificio en honra de Susana, en la misma casa donde había muerto la Santa. Pasada la era de las persecuciones, con advocación de esta santa mártir edificaron allí mismo un templo, al que trasladaron sus reliquias. Andando los años vino a fundarse contiguo a la iglesia un convento de monjas cistercienses. Adornaron y ensancharon aquel venerado templo los papas Juan VI, Adriano I y San León II, y lo reedificó Clemente VII el año 1603.

Está en el Quirinal y es título cardenalicio. Los catalanes suelen invocar a Santa Susana para pedir que cese la sequía y en otras calamidades públicas. Gabino, tras larga prisión, recibió también la corona de los mártires, la Iglesia conmemora su fiesta el 19 de febrero. El papa San Cayo terminó asimismo su pontificado con el martirio en 296. Su fiesta es el 22 de abril.

Oración a Santa Susana

Ayúdame, Señor, a recordar que la religión no debe ser confinada a la iglesia o la habitación, ni ejercida solo en oración, sino que en todas partes estoy en tu presencia.

Entonces, que cada una de mis palabras y acciones tengan un contenido moral. Que todas las cosas me enseñen y me brinden la oportunidad de ejercer algo de virtud y aprendizaje diario y crecer hacia tu semejanza.

Amén.

Santa Susana | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.