11 de abril: Papa San León magno


Papa San León magno

San León Magno, también conocido como San León el Grande,  fue posiblemente uno de los mejores Papas de la historia. Luchó contra varias herejías que agitaban a la Iglesia, principalmente contra los maniqueos y los pelagianos. En el año 452 se enfrentó a Atila y convenció al flagelo de Dios y a sus hunos de no atacar Roma y abandonar Italia. También pudo frustrar la destrucción de Roma por Genserico tres años después.


Día celebración: 11 de abril.
Lugar de origen:  Toscana, Antiguo Imperio Romano.
Fecha de nacimiento:  395.
Fecha de su muerte: 461.
Santo Patrono de:  Músicos, cantantes.


Contenido

– Introducción
– Luchas con el Santo Pontífice
– Eutiques – Concilio de Calcedonia
– San León Magno y Átila
– Ingratitud de los Romanos
– Castigo de los romanos y últimos días de San León Magno
– San León Magno, Doctor de la Iglesia
– Oración a San León Magno


Introducción

Según la tradición San León Magno nació en Roma, de padres toscanos, hacia la última década del siglo cuarto. Desde sus más tiernos años hizo rápidos progresos en el estudio de las Letras  sagradas. «Dios —dice un Concilio general— que le había escogido para alcanzar victorias sobre el error y para someter la falsa sabiduría del siglo a la verdadera fe, puso en sus manos las armas poderosas de la ciencia y de la verdad».

Diácono en 430 y luego arcediano de la Iglesia romana, aparece, desde 418 a 439, como consejero de los Papas en la lucha contra las herejías de Pelagio y de Nestorio, haciéndose notar también por su talento administrativo en los pontificados de San Celestino I y de San Sixto III. A la muerte del papa San Sixto III, San León Magno, que se hallaba en las Galias, adonde había ido para poner paz entre el gobernador Aecio y el general Albino, fue designado para sucederle, en agosto de 440.

El clero y el pueblo esperaron su regreso con admirable paz y concordia. Parecía que la ausencia del elegido hacía resaltar más el mérito del ausente y la prudencia de los Selectores.

En vano se resistió, gimió, lloró, suplicó, solicitó, y dilató su vuelta a Roma; regresó al fin, precisado a obedecer. Enviáronle una solemne embajada, y ningún emperador entró jamás en la cabeza del mundo con tantas aclamaciones. Fue consagrado obispo de Roma y Jefe de la Iglesia universal, el 29 de septiembre del año 440.

El día de su consagración hizo León oír, en medio del pueblo enternecido, su voz majestuosa y paternal que, durante veinte años, debía resonar en todos los ámbitos de la tierra, para destruir la herejía, suavizar la ferocidad de los hunos y de los vándalos, salvar el mundo romano de la barbarie y hacer surgir una sociedad nueva sobre las ruinas de un imperio decadente.

—¡Gracias sean dadas —decía a sus fieles— ahora y en lo venidero a nuestro Dios excelso, por todos los beneficios de que me ha colmado! ¡Gracias sean dadas a vosotros mismos, por el juicio tan favorable que vuestra benevolencia ha formado en favor mío, sin que precediese mérito alguno de mi parte! Me complazco en ver en él una prueba de la adhesión, respeto, amor y fidelidad que mostráis a vuestro nuevo pastor.

Él no tiene más que una ambición, un pensamiento y un deseo: velar con solicitud incansable en la salvación de vuestras almas. Os conjuro, por las entrañas de misericordia de Jesucristo, que ayudéis con vuestras oraciones al que vuestros votos han llamado de tan lejos, a fin de que el espíritu de gracia permanezca en mí y no tengáis que arrepentiros de vuestra elección. Dios, que ha inspirado la unanimidad de vuestros sufragios, nos conceda en nuestros días el inapreciable beneficio de la paz.

Padre santo, conservad en vuestro nombre a los que me habéis encomendado. Muy amados hermanos míos, por mucha que sea mi insuficiencia para cumplir el gran deber de servidumbre que Dios me impone, no olvidemos que la piedra fundamental sobre la que descansa la Iglesia, permanece inconmovible en medio de las tempestades y sobrevive a todas las ruinas.

El Príncipe de los Apóstoles permanece siempre con la firmeza de la piedra cuyo nombre lleva y sobre la que ha sido establecido, y nunca ha abandonado las riendas del gobierno de la Iglesia. Su ordenación se distingue, en efecto, de todas las demás; es llamado piedra y fundamento, se le ha establecido portero del reino de los cielos; es el juez de todo lo que debe ser atado y desatado, y la autoridad de sus juicios es acatada hasta en el cielo.

El misterio de sus diferentes títulos prueba suficientemente la estrecha unión que subsiste entre Cristo y él. Se puede decir que él bienaventurado Apóstol, desde que ocupa su puesto en el reino de los cielos, continúa- con plenitud de potencia superior, la misión terrestre que había recibido aquí abajo; cumple ahora todos los deberes y todas las funciones de su cargo supremo de Aquel y con Aquel por quien ha sido glorificado, es decir, Jesucristo nuestro Señor.

Si, pues, nosotros, sus indignos sucesores, tenemos la dicha de obrar con alguna sabiduría, de discernir con alguna penetración, y si obtenemos por nuestras súplicas cotidianas e incesantes algunos favores de la misericordia divina, ello es el fruto de las obras y de los méritos del glorioso Apóstol, cuyo poder vive siempre y cuya autoridad subsiste excelente y preeminente en la Sede que él ha fundado. En toda la Iglesia, cada día, la voz de Pedro repite aún: «Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo».

Tal es la fe que salva al mundo y abre el cielo a las almas. «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

 

Luchas con el Santo Pontífice

Cuando el nuevo Pontífice empleaba este lenguaje tan lleno de modestia personal y de confianza triunfante en las promesas divinas, maniqueos, donatistas, arríanos, priscilianistas, nestorianos y eutiquianos infestaban a la Iglesia. El Pontífice, armado con la espada de la palabra de justicia y de verdad y revestido de la autoridad de Jefe supremo de la Iglesia, combatió con vigor a todos los enemigos que Satanás había suscitado para hacer prevalecer la mentira y el error.

Descubrió en Roma algunos maniqueos y castigólos y lo mismo hizo tanto en Italia como en otras partes; mandó quemar sus libros y avisó a los obispos para que estuviesen alerta y velasen contra ellos.

Favoreció en gran manera a todos los que en África se levantaron contra los donatistas, y escribió cartas a los obispos de España para recomendarles que velasen cuidadosamente contra los priscilianistas, los cuales introducían la cizaña del error entre los católicos. San León Magno concedía mucha importancia a la fijación de la fiesta de Pascua, como se desprende del gran número de veces que trata de esta cuestión en sus cartas y de la insistencia extrema que puso en querer resolverla de modo definitivo, para el presente y para lo porvenir.

Tratábase de vencer a gusto de todos, orientales y occidentales, las dificultades de aplicación de la regla formulada en 325 en el Concilio de Nicea, según la cual dicha fiesta se celebraría cada año el primer domingo después del plenilunio que sigue al equinoccio de primavera, suponiendo que el equinoccio tenía lugar el 20 de marzo.

Preocupado por el cuidado de la unidad de la Iglesia, el Papa quería, ante todo, que la solemnidad de la Resurrección fuese celebrada en todas partes el mismo día. Por el deseo grande de conciliación aceptó las sugestiones del obispo de Alejandría, San Proterio, con el peligro de descontentar a los latinos, entre los que predominaba la creencia de que la fiesta no debería caer ni antes del 21 de marzo, ni después del 21 de abril.

Eutiques – Concilio de Calcedonia

E fin, para coronar gloriosamente su obra, el gran Papa convocó en Calcedonia un Concilio ecuménico compuesto de más de seiscientos obispos, que celebró sus sesiones del ocho de octubre al primero de noviembre del 451 y condenó solemnemente el funesto error de Eutiques, abad de un monasterio vecino a Constantinopla que contaba con 300 religiosos y a quien protegía Teodosio II, emperador de Oriente.

Eutiques pretendía que en Jesucristo no hay sino una sola naturaleza, como no hay más que una persona, pues la naturaleza divina había como absorbido y hecho desaparecer a la humana. Esto equivalía a negar el misterio de la Encarnación porque, si la naturaleza humana no subsiste ya distinta de la divinidad en la unidad de la persona del Verbo, no se puede decir que el Hijo de Dios se ha hecho hombre.

Esto era lo mismo que negar toda la obra de la Redención; porque, si Jesucristo es sólo Dios, no puede morir por nosotros, y si no está unido con nosotros por medio de su humanidad, no puede servir de mediador entre Dios y el hombre, con el que nada tiene de común. Es necesario que Jesucristo sea hombre para representar al hombre ante Dios y al mism o tiempo Dios para hacer que la justicia divina, que nada debe al hombre, acepte sus méritos y su intercesión.

El error de Eutiques obligó a San León Magno a explicar con mayor claridad la doctrina de la distinción de naturalezas en la unidad de persona en Jesucristo. Para aprobar a Flaviano, patriarca de Constantinopla, que había condenado a Eutiques en noviembre del 448, escribió su admirable carta sobre la Encarnación; carta calificada de divina por Bossuet y sólo comparable con los evangelios, y a la que la Iglesia ha considerado siempre como la expresión más exacta, elevada y augusta de la creencia católica sobre el dogma de la Encarnación del Salvador.

Esta carta produjo en el Concilio de Calcedonia un efecto admirable. Cuando los seiscientos obispos hubieron oído su lectura, exclamaron unánimemente: «Pedro ha hablado por boca de León».

San León Magno y Átila

Después que el santo Pontífice hubo sosegado los espíritus, afirmando a los católicos y triunfando de todos sus implacables enemigos, creíase seguro en la Ciudad Eterna; pero Átila, el terrible azote de Dios, cayó sobre Italia con un formidable ejército de bárbaros. En la primavera del año 452 se apoderó de Aquilea y la redujo a cenizas; atravesó el país a sangre y fuego y, continuando sus depredaciones, saqueó a Milán y se apoderó de Pavía.

El emperador Valentiniano III y su corte abandonaron precipitadamente a Ravena y fueron a refugiarse en Roma. El emperador, el Senado y el pueblo, sobrecogidos de espanto, no vieron sino un salvador posible: San León Magno.

Una delegación de los más nobles romanos le suplicó fuera al encuentro de Átila e intercediera por ellos. La misión era difícil y peligrosa; si Dios mismo no intervenía, la sola esperanza de salvación estaba en la misericordia de un rey sin entrañas; era contar con un milagro. El milagro se hizo.

El 11 de junio de 452, acompañado del cónsul Orieno y del senador Trigecio, precedido por los principales miembros del clero romano y seguido de los anhelos, oraciones y lágrimas de todo el pueblo, el Pontífice salió de Roma para ir al encuentro de Átila. El rey de los hunos estaba entonces cerca de Mantua, a orillas del Mincio. Antes de penetrar en el campamento de los bárbaros, San  León Magno se revistió de las insignias pontificales y, seguido procesionalmente de todo su clero, se presentó ante el azote de Dios.

Átila le recibió respetuosamente, y prometió vivir en paz con el imperio mediante un pequeño tributo anual. Hizo cesar al punto las hostilidades y algún tiempo, después repasó los Alpes. Los bárbaros preguntaron a su jefe por qué había mostrado tanto respeto al Papa.

—No es —respondió— el personaje con quien he conferenciado el que me ha hecho cambiar súbitamente de resolución; mientras él me hablaba, veía a su lado a un Pontífice de majestad sobrehumana. Estaba de pie, salían relámpagos de sus ojos y llevaba en la mano una espada desnuda; sus miradas terribles y su gesto amenazador me ordenaban que accediese a cuanto solicitaba el enviado de los romanos.

Este personaje era San Pedro.

Ingratitud de los Romanos

El Jefe de la Iglesia ordenó al momento oraciones públicas para dar graciar a Dios; pero los romanos, pueblo ligero, ingrato y corrompido, tras breves días consagrados a aquellas muestras de agradecimiento, se entregaron con más furor que nunca a los juegos del circo, a los teatros y al desenfreno. El mismo emperador Valentiniano dio el ejemplo de está degradación con actos de la más escandalosa inmoralidad. Los sabihondos de la época, para no tener que dar gracias a Dios y a sus Santos de la retirada de Átila, atribuyeron el feliz éxito de la embajada de San León Magno a la influencia saludable de los astros.

El corazón del Pontífice se afligió profundamente ante semejantes desórdenes y tan negra ingratitud. El día de la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, pronunció ante el pueblo esta  homilía, con los acentos del dolor más expresivo y de severidad templada por ternura paternal:

—Amados hijos míos: La solemnidad religiosa establecida en memoria de nuestra libertad y a la que afluía toda la multitud de fieles para dar a porfía gracias a Dios, se ha visto en estos últimos tiempos casi universalmente descuidada; esto lo pone en evidencia el reducido número de los que han asistido a esta santa ceremonia.

Un abandono tan general ha sumido mi corazón en profunda tristeza y le ha infundido los más vivos temores, pues corren mucho peligro los hombres al mostrarse ingratos para con Dios y al echar en olvido sus beneficios, sin moverse al arrepentimiento a pesar de los castigos que inflige y sin experimentar ninguna alegría por el perdón que otorga.

Temo, pues, amados hijos, que se puedan aplicar a espíritus tan indiferentes estas palabras del profeta: «Los habéis herido y no lo han sentido; los habéis molido a golpes y no han querido someterse al castigo». Vergüenza me da el decirlo, pero estoy obligado a declararlo: se gasta más para los demonios que para los Apóstoles; espectáculos insensatos atraen mucha más gente que la basílica de los santos Mártires. ¿Quién ha salvado a esta ciudad? ¿Quién la ha librado de la cautividad? ¿Quién, por último, la ha sustraído a los horrores de una matanza? ¿Debe estos favores a las diversiones del circo o a la protección de los Santos?

No lo dudemos, por sus oraciones la divina justicia se ha dejado ablandar, y gracias a su poderosa intercesión hemos hallado una indulgencia misericordiosa cuando sólo merecíamos una cólera implacable. Os conjuro, amados hijos, a que paréis mientes en la reflexión del Salvador que, después de haber curado a los diez leprosos, hizo observar que tan sólo uno de ellos había vuelto para agradecer el beneficio; indicando con esto que los otros nueve, que también habían recobrado la salud del cuerpo sin demostrar el mismo agradecimiento, no habían podido faltar a este deber de gratitud sin impiedad manifiesta.

Así, pues, para que no se os pueda aplicar la misma nota de ingratitud, convertíos al Señor. Comprended bien las maravillas que se ha dignado obrar entre nosotros; guardaos de atribuir vuestra libertad a la influencia de los astros, como lo pretenden los impíos, antes agradecedla por completo a la inefable misericordia de un Dios todopoderoso, que ha querido amansar los corazones furiosos de los bárbaros.

Concentrad toda la energía de vuestra fe para grabar en vuestra memoria el recuerdo de tan gran beneficio. Aprovechemos de la mansedumbre del Maestro, que nos ha evitado el castigo para trabajar en nuestra enmienda, a fin de que San Pedro y los demás Santos, que nos han socorrido en infinidad de aflicciones y angustias, se dignen acoger las tiernas súplicas que dirigimos por vosotros al Dios de misericordia.

En acción de gracias por la libertad de Roma, el piadoso Pontífice hizo fundir la estatua de bronce de Júpiter Capitolino, adorada durante largos años, para transformarla en una estatua de San Pedro, que mandó colocar en la basílica vaticana. Aun hoy día los fieles acuden de todas partes del mundo a besar el pie, visiblemente gastado por la devoción de tantos siglos.

Castigo de los romanos y últimos días de San León Magno

Sin embargo, Roma, tan ingrata para con Dios que la había salvado del furor de Átila, debía ser castigada. Fuera de esto, los últimos vestigios del imperio romano, que se habían convertido en obstáculo para la civilización cristiana, debían desaparecer. En junio de 455, Genserico, rey de los vándalos, dueños ya de África, Córcega y Sicilia, marchaba hacia Roma con un ejército formidable.

El emperador de Occidente Valentiniano III y el Senado buscaron su salvación en la huida; nadie pensó en defenderse. San León, con el mismo valor que en los días de Atila, sale al encuentro del rey bárbaro y obtiene que se contente con saquear la ciudad sin derramar sangre y sin incendiarla.

Los vándalos se retiraron al cabo de quince días, llevándose un inmenso botín y gran número de prisioneros, a la cabeza de los cuales iba la emperatriz Eudoxia y sus hijas. San León proveyó a las necesidades espirituales y corporales de los cautivos, enviando al África sacerdotes celosos y limosnas considerables; devolvió al culto las iglesias devastadas y las proveyó de vasos y ornamentos sagrados, pues sólo pudieron salvarse del saqueo los de las iglesias de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.

La bondad, la mansedumbre y la caridad eran las virtudes principales de San León. Oigamos lo que él mismo nos dice a este propósito:

—Es máxima fundamental del cristiano que las únicas y verdaderas riquezas consisten en la bienaventurada pobreza de espíritu, tan fuertemente recomendada por el Salvador; es decir, en la humildad y en el perfecto desprendimiento de toda afección terrestre. Uno es tanto más grande cuanto es más humilde; tanto más rico, cuanto más pobre de espíritu. Nuestro progreso en esta pobreza de espíritu será la medida de lo que nos ha de corresponder en la distribución de la gracia y de los dones celestiales.

El Pontífice, después de haber salvado a Roma de los furores de Átila y de Genserico, empleó el resto de su vida en corregir los abusos que se habían introducido en la disciplina eclesiástica, a consecuencia de las turbulencias ocasionadas por los bárbaros. Tuvo que defender la obra del concilio de Calcedonia contra la rebelión de los monjes de Palestina. Escribió numerosas cartas a los obispos de África, Sicilia, Italia, España y las Galias.

Por fin, se durmió en la paz del Señor el 10 de noviembre del año 461, después de veintiún años, un mes y trece días de pontificado. Su cuerpo, de pontificado primeramente a la izquierda del pórtico de la entrada de San Pedro, fue trasladado, el 28 de junio de 688, al interior de la basílica. El 20 de mayo de 1607, reinando Paulo V, fue trasladado a la actual basílica de San Pedro y colocado en un altar.

Finalmente, Inocencio X hizo consagrar en la iglesia una capilla a San León Magno, y depositó en ella el cuerpo del Pontífice. La Iglesia romana celebra su fiesta el 11 de abril y los griegos le honran el 18 de febrero.

San León Magno, Doctor de la Iglesia

Por  Bula del 15 de octubre de 1754, Benedicto XIV proclamó a San León doctor de la Iglesia. En efecto, este gran Pontífice debe a sus escritos —cartas y sermones— la mejor parte de su gloria.

—Sus escritos son —según afirma un historiador— los monumentos más auténticos de su piedad, ciencia y talento. Sus pensamientos son veraces y vigorosos. Sus expresiones tienen una belleza y magnificencia que encantan, admiran y transportan el ánimo.

En todos ellos se muestra a la misma altura, sin que se noten desigualdades ni menguas. Su acción es pura y elegante; el estilo conciso, claro y agradable. Lo que en un escritor ordinario pasaría por hinchazón, en San León es magnificencia. Nótase, aun en sus pasajes más elevados, una facilidad que le libra de toda aparente afectación, debido a que seguía el impulso natural de su ingenio, de suyo grande, noble, elevado y casi siempre sublime.

Sin embargo, la forma como San León expone sus ideas impresiona menos que la importancia de los asuntos tratados. En sus sermones y cartas se notan una piedad consumada y un conocimiento perfecto de la Teología, con lo cual el lector es a la vez instruido y edificado. En una palabra, se le puede comparar a un bien provisto arsenal en donde la Iglesia hallará, en todos los siglos, armas propias para confundir a los herejes.

Pero nunca se muestra más elevada y más inspirada su palabra que cuando habla del augusto misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que supo defender tan enérgicamente contra tantas herejías; por eso se le ha dado el glorioso título de Doctor d e la Encarnación. Suscribimos de buen grado el juicio que el sabio historiador Batiffal, al final de un estudio sobre San León, hace de este Pontífice: «la Iglesia no ha conocido otro ni más completo ni más grande».

Su famosa Epistola dogmatica ad Flavianum, leída por los delegados romanos, presentó el sentido y también las fórmulas de la definición conciliar, creando así una efectiva unidad y solidaridad con la sede de Roma. León fue el primer Papa que recibió de la posteridad el epíteto de “magno”, grande, no sólo por las cualidades literarias y la firmeza con la que mantuvo en vida al decadente imperio de Occidente, sino por la solidez doctrinal que demuestra en sus cartas, en sus sermones y en las oraciones litúrgicas de la época en donde se ven evidentes su sobriedad y precisión características.

Oración a San León Magno

Oh Dios, tú que no permites que el poder del infierno derrote a tu Iglesia, fundada sobre la firmeza de la roca apostólica, concédele, por los ruegos del papa san León Magno, permanecer siempre firme en la verdad, para que goce de una paz duradera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén

San León Magno | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.