10 de Mayo: Beato Juan de Ávila, Confesor


Beato Juan de Ávila

Uno de los mas influyentes y elocuentes jefes religiosos de la España del siglo XVI, fue el Beato Juan de Ávila. Fue amigo de San Ignacio de Loyola y consejero espiritual de Santa Teresa, San Juan de Dios, San Francisco de Borja, San Pedro de Alcantara y Luis de Granada. Este ultimo escribió su biografía.


Día celebración: 10 de Mayo.
Lugar de origen: Almodóvar del Campo, España.
Fecha de nacimiento: 6 de enero de 1499.
Fecha de su muerte: 10 de mayo de 1569.


Contenido

– Introducción
– Estudiante de derecho, tres años de soledad
– Maravillosos augurios
– Un nuevo San Pablo
– El Beato Juan de Ávila y Juan de Dios
– Últimos padecimientos y muerte
– Oración al beato Juan de Ávila


Introducción

Daba inicio el año 1500, Almodóvar del Campo, y la modesta villa de la hoy provincia de Ciudad Real. contaba entre sus moradores a Alfonso de Ávila y Catalina Chicona, virtuosos consortes y padres de este niño que nació en el mes de enero y se llamó Juan. Sus padres notaron pronto en el los mas sorprendentes rasgos de virtud.

De pequeñito dirigirse un ángel de piedad. Tenia sólo cinco años y al declinar de la tarde se le veía entrar en la iglesia, donde rezaba largamente de rodillas, sin temor al frío ni a la soledad. A veces vencía el sueño y se dormía al pie de los altares, donde luego le encontraban tendido y yerto.

Cuando tardaba de volver de la escuela, su madre no se inquietaba en demasía, pues estaba segura de que en algún rincón de la parroquia se encontraba su pequeño, donde a sola, adoraba al tabernáculo.

La humildad crecía en el a la par de su piedad. Un día su madre le puso un trajecito nuevo y elegante, con aplicaciones de terciopelo, otro cualquiera habría sacado vanidad de ello. Al pequeño beato Juan de Ávila sin embargo, le pareció ese vestido demasiado ostentoso, por lo cual, apenas dio con un muchacho pobre y harapiento, llevándolo a un sitio más retirado, le propuso un cambio de ropas, cosa que el otro aceptó complacido. El pobre Juan, ingenuo pero satisfecho, fue a contar a su madre su reciente aventura.

Estudiante de derecho, tres años de soledad

Los padres del Beato Juan de Ávila, contando con sacar de su hijo un legisperito, le enviaron a los 14 años a la célebre Universidad de Salamanca. Dios, empero, abrigaba designios más altos respecto del adolescente castellano. El Beato Juan de Ávila debía brillar como un ilustre Maestro en los púlpitos mis afamados de España.

A ello se debe, sin duda, el menosprecio que sintió luego por las cosas de este mundo; modificó sus pretensiones, condescendiendo primero con los propósitos de sus padres y dándose finalmente por entero al solo servicio del Señor.

Por obedecer estudiaba las «negras leyes», como él les decía; pero una vez que su padre se hubo penetrado de los íntimos anhelos del hijo, temiendo contrariar su vocación, le separé de la Universidad.

Entonces el Beato Juan de Ávila escogió para si lo mis recoleto de la casa paterna y allí vivió como un recluso durante tres años, entregándose a la oración y penitencia continuas, Dormía sobre un haz de sarmientos, vestía áspero cilicio y se castigaba a menudo con sangrientas disciplinas.

Su ideal fue desde entonces la santidad. Dios le comunicó, además, el deseo de saber. Un religioso franciscano, de paso por Almodóvar, quiso visitar a un joven cuya virtud tanto le ponderaban, lo vio y quedé gratamente impresionado; con discreta libertad le señaló, sin embargo, una deficiencia que creyó observar en su género de vida.

—No te es licito —le dijo— enterrar, como lo haces, los talentos que Dios te ha confiado. Deber tuyo es hacerlos fructificar: estudia las ciencias que un día te permitirán servir a la Iglesia. En vez del Derecho, estudia las Ciencias Sagradas. Este estudio procurara a tu alma alimento más sustancial y delicioso, y, además, la necesaria aptitud para trabajar en la gloria de Dios y provecho del prójimo.

El beato Juan de Ávila meditó tan prudentes advertencias, y poco después, a los veinte años comenzó en la Universidad de Alcalá la Filosofía y la Teología bajo la dirección del ilustre Domingo de Soto, de la Orden de Predicadores. El alumno fue pronto digno de su maestro y llegó a ser uno de los valores más celebrados de la España de entonces.

Mas qué modelo de estudiante, pasaba el tiempo en el estudio y la oración y no conocía más camino que el del colegio y el de la iglesia. Pronto se halló en disposición de recibir las sagradas Ordenes y ofrecer el santo sacrificio de la Misa, lo que hizo por primera vez en su ciudad natal.

 

Maravillosos augurios

Ya tenemos al beato Juan de Ávila como sacerdote. Al subir las gradas del altar experimentó un gran pesar, pero solo uno: el de no contar ya con el cariño de sus excelentes padres, habitantes de la gloria desde hace algunos años.

Solían, por entonces, los misacantanos solemnizar la primera misa con un aun ágape familiar, el beato Juan de Ávila, aquel día, el más feliz de su vida, convocó a doce pobres, amigos suyos predilectos, les lavó los pies, los obsequié con un traje y luego les sirvió con sus manos una abundante comida. Nunca se vieron en Almodóvar alegrías mas puras ni mas santa reunión.

El beato Juan de Ávila amaba mucho a Dios: ese amor le inspiró las santas osadías que en aquellos mismos tiempos soñaban Teresa y su hermano Rodrigo: salir de Europa, hacerse a la mar en busca de otras latitudes, evangelizar a los infieles y, por ese medio atrevido, lograr la palma del martirio. De algo mas edad que Teresa y más avisado que ella, el novel sacerdote se decidió por
América, como tierra virgen y escasa de fe católica. Así que, vendido todo su haber y dado a los menesterosos, se quedé únicamente con lo indispensable.

Supo que el nuevo obispo de Tlaxcala, partía para México y se ofreció a acompañarle en su viaje. Con este intento esperó en Sevilla la época mas favorable para el embarque. Un venerable prebendado le conoció entonces y quedé cautivado de su piedad.

—¡Qué riqueza —se dijo— representa este hombre para España! ¡Qué tesoro para la diócesis hispalense!

Pero al saber su inmediata partida para las misiones de ultramar se sintió grandemente y se propuso impedirlo: era, sin duda, un instrumento de la Providencia en los caminos de Juan. Este alegó su promesa y puso tenaz resistencia.

Sin darse por vencido, el otro presenté al beato Juan de Ávila ante don Alfonso Manrique, arzobispo de Sevilla, futuro cardenal de la santa Iglesia. Pronto se percató el prudente prelado de las cualidades extraordinarias de Juan y, terciando en la contienda, determinó guardarle en su vasta diócesis.

—No puedo —suplicó el Beato—, me he comprometido ya con el Señor obispo de Tlaxcala.

—Puesto que no basta mi ruego —atajé el arzobispo—, usaré de mi autoridad. En virtud de obediencia, oídlo, quedaos, ¡Dios lo quiere!

—Si tal es la voluntad del Señor —concluyó Juan—, no haya mas. Hágase en mi conforme vos decís.

Un nuevo San Pablo

Su actividad apostólica se multiplicó hasta los limites del prodigio. Fue un predicador fecundo, al mismo tiempo sencillo y hábil, al que bastaban una cuantas notas muy breves para pronunciar un sermón elocuente y lleno de doctrina. Sabia llegar derechamente al alma de la multitud por medio de un lenguaje llano y repleto de imágenes y comparaciones sacadas de la vida cotidiana.

El Beato Juan de Ávila, en los largos años de su apostolado, convierte incrédulos; fortalece espíritus vacilantes; aconseja sabiamente a mentalidades altísimas y espíritus de extraordinaria pureza; infunde alegría y confianza en los tristes y medrosos; escribe cartas luminosas a pequeñitos y a grandes.

Le preguntó un día un sacerdote joven sobre los medios eficaces de que puede echar mano el predicador.

—No conozco más que uno —le contestó—: amar mucho a Jesús. Es el mejor. «Cada sermón del Beato Juan de Ávila —escribe un contemporáneo suyo— era una red hábilmente lanzada en mares propicios».

Su primera plática en Sevilla, el día de Santa María Magdalena de 1529, duró dos horas —cosa ésta muy meridional y muy sevillana— y conmovió a todo el auditorio. No bien hubo Juan abandonado el púlpito, se precipitó a sus pies la muchedumbre y luego asediaron su confesonario cual hubieran escuchado una misión.

Tomó por modelo a San Pablo en sus predicaciones: leyó una y mil veces sus epístolas hasta sabérselas de memoria, de modo que sus sermones eran come glosas sencillas de aquella sublime doctrina. Le escuchaba en cierta ocasión un teólogo dominico comentar uno de tos pasajes mas oscuros del Apóstol y resumió así sus impresiones:

—Esta mañana —dijo— he oído a San Pablo explicado por San Pablo.

El Beato Juan de Ávila y Juan de Dios

Esto merece apartado especial. En 1537 se encuentran en Granada estos dos hombres: El beato Juan de Ávila es un apóstol consumado, y Juan de Dios un verdadero aventurero. Predicaba un día el apóstol sobre la obligación de evitar el pecado y de morir antes que ofender al Señor. A los pies del púlpito atiende el aventurero. De pronto el singular oyente, no pudiendo resistir mas la acción de la gracia en su alma, se sale gritando: «Misericordia, misericordia!» y se arrancaba la barba y los cabellos.

Los chicos, como es corriente en tales casos le llaman «loco». Llegado a su tenderete coge sus mercancías, libros y estampas y las distribuye a la gente y da su dinero a los pobres. Llega hasta despojarse de sus vestidos sin dejar de repetir: «Misericordia, Señor, misericordia y piedad de este desgraciado pecador!»

Luego habla a solas con el beato Juan de Ávila. Este, ilustrado de lo alto, descubre las gracias extraordinarias que adornan al convertido, aprueba sus propósitos  de expiación y le promete la ayuda de sus consejos y su dirección.

Desde aquel día, como nuevamente nacido a la vida de la gracia, se llamó el hombre Juan de Dios. Y en cumplimiento de sus propósitos hizo tan bien el loco, que hubo de ser internado en un manicomio, donde sobrellevé con inaudita paciencia el rudo tratamiento que entonces se usaba con esta clase. Así había seguido hasta la muerte, si el santo Director, juzgando ya suficientes las humillaciones sufridas, no le hubiera ordenado frenar su fervor y aconsejado se entregase a cosas mis útiles del servicio de Dios.

Obedeció el humilde discípulo y acometió, bajo la dirección del Maestro, las levantadas obras de caridad cristiana que le han dado tanta nombradía ante Dios y ante los hombres, con la fundación de la gloriosa Orden de los Hermanos Hospitalarios.

Últimos padecimientos y muerte

Furioso el demonio ante las conversiones logradas por el siervo de Dios, utilizó contra él, todas las armas de sus arsenales. Primero echó mano de la calumnia. Hacia 1533, el beato Juan de Ávila fue acusado de tribunal de la Inquisición: le acusaban de demasiada severidad en la doctrina. Mientras su causa se sustanciaba, fue encarcelado.

Más sin embargo, el acusado no perdió nunca la serenidad. «Dios sabe mi inocencia y eso me basta». Pasados varios meses, el Santo seguía preso, los jueces interpretaron torcidamente su silencio, lo juzgaron culpable al ver que nada presentaba en su defensa.

Descubierta al fin la espantosa trama urdida por los calumniadores, brilló inmaculada la reputación de nuestro bienaventurado y sus excelsas virtudes. En seguida reanudó sus predicaciones en la ciudad de Betis y con más éxito que nunca.

Su fama traspasó fronteras y llego a oídos de Paulo III; entre los familiares del Papa había un hombre natural de Baeza, ciudad en que Juan desempeño algún tiempo funciones sacerdotales. Este influyente caballero pretendía de antiguo dotar a su pueblo natal de escuelas, seminario, e incluso de una Universidad; tan solo aguardaba el oportuno momento.

Creyó serlo entonces y habló de sus pretensiones al Sumo Pontífice. El Papa expidió, en efecto un Breve que confiaba a nuestro Beato la realización del proyecto: el Papa otorgaba a la nueva Universidad insignes privilegios, establecía en ella todas las facultades mayores y concedía al claustro la colación de grados.

Omitimos el relatar por menudo los desvelos de Juan para responder a los deseos del Papa, sus trabajos y fatigas, las energías desplegadas y los resultados que alcanzó. La muestra de confianza recibida con este motivo manifiesta claramente el alto concepto de que gozaba en Roma. Pasó el Beato los postreros años de su vida en medio de continuadas dolencias, Llevaba un cuarto de siglo entregado a un rudo apostolado que minó su naturaleza: dolores de estómago, frecuentes accesos de tos, inflamación de ojos, quemaduras, fiebres y otros males hicieron del anciano operario del Señor un varón de dolores.

Con frecuencia se le oía decir:

—Aumentad, Señor, mis sufrimientos; pero dadme a ta vez la paciencia de sobrellevarlos.

Ocurrió su preciosa muerte el 10 de mayo de 1369. Al expirar hizo publico su deseo de ser inhumado en la iglesia de  los Jesuitas, lo que se cumplió piadosamente.

Su Santidad Leónn XIII le elevó al honor de los altares proclamandole Beato en 1894.

Oración al beato Juan de Ávila

Oh pastor bendito, cómo curas a la oveja lastimada y cansada, cómo vuelves por el cristiano que te va siguiendo y va cansado y sudando y no deja de seguir tus pasos!

¡Cómo y con qué amor vuelves hacia él y tomas a cuestas sus trabajos, y le ayudas a pasar el camino, como un buen pastor. Beato Juan de Ávila, intercede por mi ante Dios para obtener la gracia de la fortaleza espiritual.

Yo quiero seguir a Jesús por el camino que me indique; amar sus misericordias, recibir sus consuelos. Y si va por un camino con espinas, aunque me duela, quiero seguirlo; porque aunque Él me ponga en una tribulación, se que se se esconde para conocer quién soy sin Él.

Que yo no dude de su gran amor, de las gracias que son para mi los problemas y las espinas. Que entre confiado en las espinas aunque piense que me voy a lastimar, porque es allí donde siempre encontraré al Señor. Quiero entrar en los trabajos donde se encuentra escondido para que yo lo busque; quiero entrar en la carne para vencer con su gracia a las tentaciones, vencer al demonio, sólo con su ayuda. Quiero entrar como una oveja confiada por donde el vaya, porque siempre así yo estaré con ÉL.

Quiero ir detrás de mi pastor, y descansar a su lado, sabiendo que el siempre me ama, me protege de todo mal y no separarme más de El.

Amén.

Beato Juan de Ávila | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.

https://santavirgenmaria.com/2016/05/10/oracion-san-juan-avila/
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