1 de Septiembre: San Gil, anacoreta y abad


San Gil

San Gil (/ dʒaɪlz /, latín: Aegidius; francés: Gilles, alemán: Gilgen / Ilgen; c. 650 dC – c. 721), también conocido como Giles el Ermitaño, era un griego,cristiano, santo ermitaño de Atenas, cuya vida se centra en Provenza y Septimania.


Día celebración: 1 de Septiembre.
Fecha de nacimiento: 650.
Fecha de su muerte: 1 de Septiembre de 721.
Santo Patrono de: Edimburgo, abogado de los pecadores, protector de pobres, tullidos, arqueros, abogado contra el miedo y el incubo y defensor contra las enfermedades del cáncer y la epilepsia.


Contenido

– Introducción
– San Gil y san Veredemo
– En el valle Flaviano
– Estancia en España
– Con Carlos Martel | Últimos días del Santo
– Oración a San Gil


Introducción

Serias dificultades presenta el localizar exactamen te la época en que vivió San Gil. A juicio de algunos hagiógrafos, vino al mundo en la primera mitad del siglo VI. En cambio, son más los que, apoyándose en los términos con que se expresan sus Actas — de las cuales afirma Mabillón que tienen muy poco de auténticas— y en el Comenta­rio que acerca de las mismas escribió el P . Stilting, creen haber sido este Santo contemporáneo de Carlos Martel, lo cual induce a creer que vivió San Gil por los siglos VII y VIII.

Aceptaremos esta cronología por parecemos más verídica. Gil o Egidio —que con ambos nombres se le conoce— vió la luz en A tenas, y afirman sus más antiguos historiadores que descendía de linaje real.

Se desconoce la provincia griega que, en tiem pos anteriores, gobernaran sus antepasados, puesto que en los días del nacimiento de Gil estaba ya Grecia desde hacía varios siglos bajo el yugo romano. Fueron sus padres Teodoro y Pelagia, espejo de todas las virtudes cristianas para su hijo, al que educaron en la más sólida piedad.

Nuestro Santo estaba dotado de las más bellas cualidades de cuerpo y alma, fruto de la brillante educación que recibiera. Se llegó a atribuirle la fundación de uno de los centros de cultura más importantes en Oriente. Compuso Gil notables obras poéticas y de medicina. Pero, tantos hombres había y a visto Atenas eminentes en las ciencias humanas y que, a pesar de ello, no lo eran en virtud.

Precisamente iba a sobrepasar a todos ellos Gil, por el atractivo especial que sentía hacia las cosas divinas. Este su gran anhelo le impulsó al estudio de la santidad de la perfección evangélica, a meditar con gran provecho la Sagrada Escritura y a progresar más y más cada día en la virtud.

No tardó mucho en ser recompensado por Dios con el don de milagros. Frecuentaba Gil la iglesia. Cierto día se encontró con un mendigo enfermo y medio desnudo, que imploraba su piedad, esperando la apetecida limosna.

Compadecido nuestro generoso estudiante, le regaló su rica y hermosa tú­nica. Ponérsela el mendigo y hallarse perfectamente sano, fué lo mismo. Por este milagro entendió Gil cuán agradable es a Dios la limosna; y cuando, por la muerte de sus padres, acaecida pocos años después, fue dueño de rica herencia, apresuróse a repartirla entre los indigentes y reservó únicamente para sí la pobreza voluntaria, los padecimientos y las humillaciones, a fin de seguir así más perfectamente a Jesucristo.

Otros dos milagros por él realizados llamaron poderosamente la atención de sus compatriotas. Habiendo una serpiente picado a cierto hombre que veía por momentos hincharse sus miembros por efecto de la mortal ponzoña, oró por él San Gil y quedó el paciente repentinamente curado. Cierto domingo, un desgraciado poseso alborotaba el templo con sus dolorosos ayes.

Gil, que se hallaba entre los fieles, obligó al maligno espíritu a salir de su víctima. Desde entonces rodeó al nuevo exorcista una gran aureola de pú­blica veneración. Apiñábase a su paso la muchedumbre, al tiempo que le presentaba los enfermos para que les devolviese la salud. Pronto , en vista de tales manifestaciones, quedó Gil sobrecogido de espanto, y , como su humildad no le permitiera seguir en aquel ambiente de glorias y honores, huyó de Atenas en el primer barco que salió con rumbo a Occidente.

San Gil y san Veredemo

Confiado y seguro navegaba por el Mediterráneo, surcado en otro tiempo por San Pablo y por los apóstoles de las Galias San Lázaro y sus compañeros, cuando les sobrevino deshecha tempestad que ame­nazaba hundir el navio. No le asustaba a Gil la muerte; pero, conmovido ante los desesperados gritos de los pasajeros, elevó desde el fondo de su corazón una fervorosa plegaria, que al instante amansó las encrespadas olas.

Arribó la embarcación felizmente a Marsella, y el joven ateniense encaminó sus pasos a la ciudad de Arles. Recibió generosa hospitalidad en casa de una noble matrona llamada Teócrita. Mientras la caritativa señora disponía la comida, llegaron a los oídos de San Gil gemidos de enfermo, procedentes de una habitación interior. «¡Ah, señor —exclamó afligidísima Teócrita— , es mi hija! Hace ya tres años que la atormenta la fiebre y han sido inútiles los enormes caudales que llevo gastados en médicos y medicinas».

Imposible le fue resistir el dolor d e la apenada madre, que tan bondadosa se mostraba con él. Oró, pues, a Dios, y la enferma recobró al momento la salud. En cuanto al santo huésped» no quiso que Teócrita agradeciese el favor a nadie más que al Señor de quien lo había recibido, y fuese a sepultar en los profundos desfiladeros del torrente Gardón, tributario del río Gard.

¿Ignoraba Gil, acaso, que aquellos solitarios lugares habían y a sido hollados por uno de sus compatriotas? Si así era, no cabe d u d a que debió sorprenderle agradablemente la inesperada presencia de otro ermitaño, San Veredemo, futuro obispo de Aviñón. Veredemo, de nacionalidad griega también, moraba en una caverna que dominaba la margen izquierda del Gar­dón, cercano a Collías.

Por muy feliz se tuvo el fugitivo ateniense al poder colocarse bajo la sabia dirección de Veredemo, cuya eminente santidad se manifestó a las primeras palabras que entre ambos se cruzaron.

Con tal maestro, ascendió Gil rápidamente por el camino de la oración y unión con Dios. Sin embargo, de los lugares circunvecinos afluían a la gruta, de cuando en cuando, caravanas de aldeanos en busca del consejo y ayuda espiritual de los dos santos ermitaños, así como también de la curación y alivio en sus dolencias corporales.

Pocas veces veía esta pobre gente fallidas sus esperanzas. Los frecuentes milagros con que Dios recompensaba las fervorosas oraciones de sus siervos atribuidas por San Gil a la santidad de su maestro. Tal sucedió con ocasión de una gran sequía que asolaba los campos, y que fue vencida gracias a  sus oraciones.

A causa de tales portentos, su profunda humildad se veía rodeada de los mismos peligros que había intentado evitar con su huid a de A tenas. Cierto día que se hallaba solo en la gruta le fue presentado un enfermo.

A pesar de las protestas y explicaciones de Gil para disuadir a los que le presentaban al doliente, excusándose con sus enormes pecados y recomendándoles que volviesen en ocasión de que Veredemo estuviese en la caverna, no accedieron a sus ruegos, al contrario, manifestáronle su determinación de no volverse a sus hogares sin haber logreado la curación del paciente.

Cediendo, pues, Gil a sus insistentes súplicas, oró a Dios desde el fondo de su corazón para que se dignase recompensar la fe de aquellos fervorosos labriegos:

Realizóse el milagro, pero él, sin vacilar un momento, se despidió de su queri­dísimo maestro en cuanto éste hubo regresado, y sin d ar a nadie la menor idea del lugar que escogía por nuevo retiro, alejóse en dirección del Ródano, a unos 40 kilómetros del lugar donde tenía su residencia San Veredemo, y fijó la propia en una hondonada, cercada de matorrales y próxima a dicho río, conocida con el nombre de «Valle Flaviano».

En el valle Flaviano

Había Gil iniciado su formación religiosa con San Veredemo, director espiritual que la Divina Providencia le deparara. Terminada esta especie de noviciado, estaba ya en disposición de seguir con paso seguro y firme el camino de la santidad , y con fuerza suficiente para guardarse de las astucias y redes que el demonio le pudiese tender.

Llegado al Valle Flaviano, descubrió en él otra cueva y , a pocos pasos, una fuentecilla. Dió efusivas gracias a Dios por tan precioso hallazgo e instaló su nueva morada con mayor alegría que si estuviese en lujosísimo palacio.

Y a desprendido de todo lo terreno y entregado por completo a Dios, principió su vida de sostenido fervor y extraordinaria austeridad. Días y noches transcurrían veloces e inadvertidos para Gil, sumido siempre en íntimos coloquios con su Hacedor o abstraído en la contemplación de las verdades eternas.

Con sus frecuentes éxtasis parecía vivir más en el cielo que en el áspero valle que había elegido por morada. Tan espantosas fueron su penitencias que siglos más tarde se ha creído encontrar en sus huesos indelebles huellas de tanta aspereza.

Todos los días eran para él d e riguroso ayuno. La tibia leche de una mansa cierva enviada por la Divina Providencia, junto con el agua de la fuentecilla, constituían todo su alimento. Tres años pasó en este género de vida el fervoroso anacoreta, ignorado del mundo, siendo causa de bendición para los hombres, sobre los que Dios derramaba abundantes gracias por intercesión de su siervo.

En este tiempo —escribe Julio Kerval, en su Vida de San Gil— establecidos los visigodos en España, eran dueños de una parte del territorio meridional de las Galias. Estaban regidos por Wamba, rey que se gloriaba de contar entre sus antepasados al emperador Vespasiano, del que sin duda tomó el sobrenombre de Flavio.

En 673 el conde Halderico, gobernador de Nimes, se rebeló contra él y expulsó de su diócesis al obispo Aregio que había permanecido fiel al soberano. Flavio Wamba, enterado de lo acaecido, se dirigió a la ciudad, la sitió y la obligó a rendirse. Permaneció unos días más en la comarca hasta dejarla completamente apaciguada.

En aquellos días organizó una cacería y, acompañado de su comitiva, se internó en el bosque. La jauría descubrió y persiguió a la cierva que alimentaba a San Gil, hasta que, ex ten u ad a aquélla por la fatiga y a punto de caer en poder de los cazadores, llegó cerca de la gruta como implorando la protección del Santo con sus angustiosos gemidos. San Gil salió de la cueva y oyó claramente los ladridos de los perros y el griterío de los cazadores. Conmovióse por el dolor su corazón ante el peligro en que veía al inocente animal.

Alzó al cielo los ojos bañados en lágrimas suplicando a Dios que le conservase la vida. No cesaba, sin embargo, el ladrido y avance de los perros hacia la gruta. Un cazador disparó el arco a través de las malezas con el fin de obligar a la cierva a salir de su escondrijo y la flecha fue a enclavarse en la mano de San Gil. Apoderóse al mismo tiempo del rey un secreto terror que, junto con el miedo a la noche que estaba encima, le obligó a retirarse y desistir de su empresa.

Acompañado por el obispo de Nimes volvió al día siguiente muy de mañana y ordenó desbrozar la entrada de la caverna. A sus ojos apareció entonces el Santo cubierto de sangre y la cierva guarecida a su lado.

La aureola de santidad que rodeaba al siervo de Dios y su majestad y dulzura obligaron al rey a postrarse de hinojos y pedirle perdón. In tentó , al mismo tiempo, restañar la sangre de la herida; mas el Santo, recordando las palabras de San Pablo: «En los sufrimientos se perfecciona la virtud» , no consintió en ello; antes bien, suplicó a Dios que jamás le sanase de aquella herida, sino que le probase con mayores dolores.

Esta encantadora escena, impregnada de inefable poesía, quedó entre nuestros mayores como el más popular episodio de la vida de San Gil. En él vieron un símbolo de la beneficencia que la Iglesia ha ejercido y ejerce en la incesante defensa del débil contra el fuerte y del inocente contra el opresor.

Estancia en España

El humilde anacoreta a terminar su carrera en aquella apacible y callada soledad, desconocido de los hombres, por lo cual fue para él enorme contratiempo que le produjo vivísimo dolor el verse de este modo descubierto; pero se resignó enteramente con la voluntad divina.

A provechando el rey de su corta estancia en aquella región, visitaba frecuentemente al siervo de Dios, cuya santidad le tenía tan admirado y cuyas conversaciones eran de grandísimo provecho para su alma.

A menudo le ofrecía los más variados regalos, que nunca logró fuesen aceptados por el Santo. En cierta ocasión, como el príncipe insistía con el mayor empeño para que los aceptase, le replicó San Gil: «Si deseáis, señor, demostrar vuestra generosidad con alguna buena obra, fundad un monasterio y traed a él fervorosísimos religiosos que día y noche sirvan a Dios y nieguen por vos al mismo tiempo».

Muy complacido por la propuesta, respondió Wamba: «Lo haré a condición de que seáis el primer superior de la abadía y director espiritual de cuantos vengan a consagrarse en ella a Dios». Tal respuesta fue desconcertante para el Santo, que tal vez estaba en aquel momento planeando el buscar nuevo retiro; mas, ante la insistente súplica del rey , no tuvo más remedio que aceptar, temeroso por otra parte de impedir con su obstinada negativa obra tan provechosa para la gloria de Dios y salvación de las almas. Aceptó, pues, la propuesta.

Gozoso Wamba, ordenó la inmediata construcción de dos iglesias, cuya nación y dimensiones le fueron indicadas por el ermitaño. Dedicóse la primera a San Pedro y a los santos Apóstoles, y la segunda fue erigida en honor de San Privado, obispo y mártir.

Construyóse ésta junto a la gruta, única celda que quiso admitir el Santo, y erigióse la abadía cabe la iglesia de San Pedro. Antes de volver a España, el rey Wamba dotó a la abadía de cuantiosas sumas para su construcción, y de gran extensión de terreno en un radio de 15 millas que abarcaba todo el Valle Flaviano.

Un sinnúmero de discípulos, deseosos de entregarse a Dios por completo, poblaron en poco tiempo el monasterio. San Gil, ordenado de sacerdote y puesto a la cabeza de ta numerosa familia religiosa, dirigía a sus hijos con celosa y paternal vigilancia, firmeza y amabilidad incomparable, sin que nadie le aventajase en la oración, ayunos y vigilias.

Para afianzar y consolidar cuanto fuese posible la obra, quiso ponerla bajo la protección del Sumo Pontífice; con tal motivo se dirigió en peregrinación a Roma, postróse de hinojos ante los sepulcros de San Pedro y San Pablo para venerar las reliquias de los mártires, y se presentó a San Benedicto II, quien le acogió con paternal bondad.

Expidió éste un a Bula con fecha del 26 de abril de 685, por la que ponía bajo la inmediata dependencia
de la Santa Sede el Monasterio del Valle Flaviano, San Gil regresó a su abadía colmado de bendiciones y regalos.

Se dice que poco después de este viaje estuvo Gil en España. Existe en Cataluña una antiquísima tradición que parece confirmarlo así. A estar con lo afirmado por dicha tradición, debió de ser poco años después de su viaje a Roma.

Al ver perfectamente consolidada la abadía del Valle Flaviano, sintió de nuevo irresistibles ansias de soledad que le impulsaron a buscarla fuera de las Galias. En los montes de Nuria, término de la villa de Curalps y en los confines de la diócesis de Urgel, existe una profunda gruta. Atestigua un antiquísimo manuscrito que San Gil pasó parte de su vida e los citados montes, donde esculpió una estatua de la Virgen que hoy allí se venera, y que al marcharse, escondiera en una caverna, donde fué milagrosamente descubierta en 1079.

Con Carlos Martel | Últimos días del Santo

Conquistada la mayor parte de España, pasaron los musulmanes en 719 los Pirineos y apoderáronse del sur de Francia. San Gil halló refugio junto a Carlos Martel, duque de Austrasia. Con alegría inmensa fue recibido por Carlos, que y a en distintas ocasiones había oído encomiásticas alabanzas de sus virtudes.

Cuentan las crónicas que era el duque de Austrasia valiente y activo, pero que muy a menudo se dejaba dominar por sus pasiones. En cierta ocasión había pecado gravemente y ni siquiera a San Gil se atrevió a confesar su culpa; no obstan te, recomendaba al Santo que en todas sus oraciones le tuviese presente.

Cierto día, durante la Misa y mientras San Gil oraba por el duque, recibió de un ángel un papel en el que estaba escrito el pecado de Carlos junto con el perdón prometido a su arrepentimiento.

Acabada la Misa, enseñóle el siervo de Dios el papel. A su vista cayó anonadado Carlos y confesó con dolor el pecado, del que fue absuelto. En memoria de este milagro se invoca a San Gil antes de la con fesión contra la vergüenza que induce a callar algún pecado.

Por fin, en 721, después de la derrota de los sarracenos junto a las mu rallas de Tolosa de Francia por el duque Elides de Aquitania, logró Gil, ayu­dado por sus religiosos, reconstruir el monasterio del Valle Flaviano para reanudar sus ejercicios piadosos en comunidad. En él acabó su peregrinación terrenal. Tenía a la sazón ochenta y cuatro años.

Oración a San Gil

San Gil, ruega por nosotros.

San Gil | Fuentes
El Santo de cada día por EDELVIVES.