1 de Junio: Los Mártires del Japón II


Mártires del Japón

El 1 de Junio se recuerda a los Mártires del Japón, muertos durante la segunda terrible persecución que fue iniciada gracias a la promulgación de un decreto de Tokugawa Ieyasu. Esta tenía por objeto la prohibición de la presencia de los cristianos y del cristianismo en Japón.


Día celebración: 1 de Junio
Lugar de los hechos: Archipiélago japonés.
Fecha: 1614.
Ordenes involucradas: Mártires de la orden de los Dominicos, Jesuitas, Franciscanos Agustinos y unos 35,000 laicos.


Contenido

– Introducción
– Un Daimyo amigo del cristianismo
– La respuesta de Ieyasu
– Inicia la persecución
– El testimonio de su fe
– Mártires de Yedo
– El auge de la persecución
– La hoguera de Nagasaki
– Mártires del Japón en el volcán Unsen


Introducción

En el año de 1614, se desató en el Japón una era de terrible persecución contra los cristianos, anunciada con un decreto de Tokugawa Ieyasu, antiguo shogun (pero que aún gobernaba), por el que se expulsaba del país a todos los maestros cristianos. Con el correr del tiempo se fueron dictando medidas cada vez más severas y, si bien hubo gloriosas excepciones, el gran número de apóstatas entre los miembros de las familias cristianas de los daimyos fue motivo de escándalo. Hidetada, hijo y sucesor de Ieyasu, lanzaba edicto tras edicto, a cual más cruel e implacable.

A todos los japoneses se les prohibió tener el más mínimo trato con los sacerdotes, bajo la amenaza de que serían quemados vivos si desobedecían. El tremendo castigo se imponía a hombres, mujeres y niños por igual y todavía se amplió hasta comprender a los vecinos de los que se hubiesen atrevido a quebrantar la ley. A los daimyos se les hacía responsables, si llegaban a  descubrirse actividades cristianas en los territorios que dominaban.

Un Daimyo amigo del cristianismo

Uno de los daimyos que más destacaron a principios del siglo XVII, fue un ciudadano de Sendai, llamado Date Masamune. Algunos de los misioneros le consideraban como un ferviente catecúmeno, pero si bien es cierto que favorecía al cristianismo, nunca llegó a recibir el bautismo. Sin embargo, es evidente que tuvo gran amistad con el franciscano español fray Luis Sotelo (quien murió martirizado), puesto que éste, en una carta que escribió en fecha muy posterior, al Papa Gregorio XV, se refería a Date como a un hombre de buena voluntad, francamente ansioso de que se predicase la fe cristiana en sus dominios.

No se sabe hasta qué punto era sincero el poderoso daimyo, pero lo cierto es que hacia el año de 1623, ya fuera por iniciativa propia o a instancias de fray Luis, Date envió, por su cuenta y riesgo, una comisión para entrevistarse con el rey de España y con el Sumo Pontífice. El propio fray Luis y Hasekura Rokuyemon, servidor de confianza de Date, iban al frente (le la comitiva integrada por 250 japoneses que pretendían ser representantes del “rey” del Japón.

Los mártires del Japón

La misión de Hasekura con Paulo V en Roma, 1615. Pintura japonesa del siglo XVII. Dominio Público.

Sin duda que semejantes embajadores causaron una considerable impresión en la corte española y en la corte pontificia; pero aun antes de que llegasen a Europa, ya había estallado la persecución en su lejano país.

 

La respuesta de Ieyasu

Cuando Ieyasu se enteró de que una embajada japonesa, enviada sin haberle consultado previamente, hacia gestiones en favor de los cristianos, se indignó sobremanera; él, que había dedicado la labor de su gobierno a terminar con el poder feudal de los daimyos, decidió hacer sentir a Date Masamune todo el peso de su descontento.

Tal vez pensó que aquella embajada iba a iniciar la realización de un proyecto de Date para fortalecer a su clan contra la autoridad del shogun, concertando una alianza con Europa; pero de todas maneras resolvió que su audaz vasallo no habría de seguir sosteniendo una política tolerante hacia los cristianos y los trabajos de misión; así se lo hizo saber a Date con toda claridad.

Por ese motivo, en cuanto los embajadores (con excepción de fray Luis Sotelo que se detuvo varios meses en México) regresaron al Japón, en 1620, el jefe Hinekura (que había sido bautizado en Madrid, en presencia del rey de España), actuando al parecer por órdenes de Date, renegó del cristianismo junto con todos los otros miembros de la comitiva. Además, en el curso de los años que siguieron, se llevaron a cabo sistemáticamente los intentos para cercar y atrapar a los cristianos en el territorio de Masamune.

La impresionante lista de doscientos cinco mártires de aquella persecución, cada uno citado por su nombre y beatificados todos por el Papa Pío IX, el 7 de Julio de 1867, incluye a muchos dominicos. Entre éstos, el primero que se menciona es el español beato Fray Alfonso Navarrete. En 1611, abandonó las Filipinas por el Japón, buscando un campo de acción más peligroso para su misión.

Con la cooperación de varios miembros de otras órdenes religiosas, fray Alfonso organizó en Nagasaki, entre diversas obras de beneficencia, las hermandades para atender a los enfermos y rescatar de la muerte a los niños recién nacidos que abandonaban sus desalmados padres. Animado por un fervor ardiente, el dominico se enfrentaba a menudo con el peligro, sin cuidarse de las consecuencias. En una ocasión, increpó valientemente y aun detuvo a una muchedumbre de rufianes japoneses que estaban maltratando a una pobre mujer cristiana.

Cuando llegaron a Nagasaki las noticias de que la persecución había arreciado en Omura, muchos de los fieles vieron a fray Alfonso que, al orar, cayó en un éxtasis que lo levantó varios palmos del suelo. Durante aquel arrobamiento se sintió llamado a alentar la fe de los cristianos perseguidos y, sin dilación, partió a Omura. Ahí, verdaderas muchedumbres acudían a buscar consuelo en el ministerio sacerdotal de fray Alfonso y de otra fraile agustino, el Beato Fernando de Ayala.

Inicia la persecución

El inusitado movimiento de tanta gente llamó la atención del gobernador, quien mandó poner bajo custodia a los dos religiosos. Al principio fueron tratados con cierta consideración, pero en vista de que los cristianos de los alrededores, incluyendo a varias encumbradas damas, asediaban el lugar de la reclusión para acercarse a los presos, el gobernador ordenó que fueran ejecutados. El 10 de junio de 1647, los dos frailes fueron decapitados, junto con un catequista japonés.

Hubo muchos otros heroicos dominicos que sufrieron por la fe de Cristo, sobre todo en la fecha memorable del 10 de septiembre de 1622. Cinco sacerdotes y cuatro novicios de esa orden perecieron entonces por la cruel tortura del fuego lento, entre un total de veintidós religiosos europeos, contando a varios franciscanos y jesuitas. En aquella matanza fueron decapitados, además, treinta cristianos, japoneses convertidos en su mayoría, sin exceptuar a las mujeres y los niños.

La terrible escena, una de las más dramáticas en los anales del martirologio presenciada por cerca de treinta mil espectadores, se narra en el santoral del 10 de septiembre, cuando la Iglesia conmemora a los mártires franciscanos y jesuitas.

El beato Juan Bautista Machado, de origen portugués y nacido en las islas Azores, era apenas un niño, que al oír hablar a sus mayores del Japón, se hizo el propósito de ir allá algún día como misionero. Su decisión nunca le abandonó y pudo realizarla en 1609, cuando ingresó en la Compañía de Jesús y fue enviado a la misión japonesa. Durante ocho años trabajó empeñosamente en Nagasaki, y después se le encomendó la tarea de ir a predicar alas islas Goto. Al desembarcar ahí, lo detuvieron e inmediatamente fue devuelto al Japón y encerrado en la cárcel de Omura.

En medio de las insufribles condiciones de la prisión, tuvo el consuelo de estar en la misma celda con el beato Pedro de la Cuerva, un franciscano español que se había distinguido por la extraordinaria rapidez con que aprendió el idioma, cuando se preparaba a misionar en el Japón, doce años antes. Los dos sacerdotes pudieron celebrar la misa diariamente, hasta la fecha señalada para su ejecución.

Aquel día se confesaron uno a otro, recitaron juntos la letanía de los santos y, empuñando sendos crucifijos, marcharon alegremente al sitio de la ejecución, sobre el camino entre Omura y Nagasaki, seguidos por una gran muchedumbre. Después de que fray Pedro habló al pueblo, los dos mártires se abrazaron y, sin la menor vacilación, colocaron sus cabezas sobre el madero para que se las cortara el verdugo.

Junto con ellos fue decapitado un muchacho japonés llamado Leo, que era siervo del Beato Juan Bautista. Era el 22 de Mayo de 1617; el sacerdote jesuita, el fraile franciscano y el criado japonés, habían sido los primeros mártires en la segunda gran persecución.

El testimonio de su fe: Leonardo Kimura y el padre Carlos Spíndola

Las circunstancias en que el beato Leonardo Kimura y sus cuatro compañeros dieron testimonio de su constancia en la fe, deben haber sido un remedo de aquellas crueles escenas en las que entregaron sus vidas los primeros mártires, sobre la arena del Circo de Roma. Se afirma que acudieron veinte mil personas desde Nagasaki y sus alrededores, a presenciar el espectáculo. Las cinco víctimas fueron quemadas por etapas sobre un altozano, frente al mar.

Eran tres cristianos japoneses, un coreano y un portugués; pero entre ellos no había ningún sacerdote, puesto que Leonardo Kimura sólo era un hermano lego de la Compañía de Jesús que, por humildad, había rehusado ordenarse. A raíz de las investigaciones que se hicieron sobre su historia, se descubrió que, entre sus antecesores se hallaba el otro Kimura, que fue uno de los primeros en brindar su amistad a San Francisco Javier al llegar al Japón, veinticinco años antes.

En 1619, Leonardo Kimura tenía cuarenta y cinco años de edad y, desde su juventud, se había ocupado en catequizar e instruir en la religión a sus herejes compatriotas. Aun durante los dos años y medio que estuvo en la prisión, se las arregló para bautizar a noventa y seis personas, entre las que compartían su encierro y las que se atrevían a visitarlo.

Sus cuatro compañeros de martirio eran laicos, detenidos por haber dado ayuda y refugio al padre Carlos Spíndola y a otros sacerdotes. En el curso de su prolongado encarcelamiento, fueron vanas las amenazas y las promesas para doblegar su constancia y, cuando al fin se les comunicó la cruel sentencia de que iban a morir quemados vivos, todos la recibieron con demostraciones de júbilo. Se ha declarado que, aun hallándose entre las llamas, se mostraron serenos, sin dar a conocer su angustia.

Los restos carbonizados se arrojaron al mar, pero los cristianos pudieron recoger fragmentos, aunque nunca se llegó a saber a cuál mártir pertenecían esas reliquias. El día de su pasión fue el 18 de Noviembre de 1619.

En el segundo intento que hizo el padre Carlos Spíndola para llegar al Japón en los primeros años del siglo XVII, logró sus propósitos. En esa ocasión, venía acompañado por el beato Jerónimo de Angelis, un siciliano que abandonó la carrera de leyes para ingresar en la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en Lisboa.

Durante veinte años desarrolló con éxito su labor de misionero en el Japón, sobre todo en la isla central de Hondo. Al culminar la persecución iniciada por Hidetada, el padre Jerónimo se encontraba en Yedo (Tokio), donde fue denunciado y arrojado en la prisión junto con el franciscano español el beato Francisco Gálvez y muchos otros.

Mientras este último hacía sus estudios en Valencia, ofreció sus servicios a los franciscanos y, a su debido tiempo, éstos lo enviaron a las islas Filipinas, donde aprendió el idioma japonés. Tres años más tarde, fue enviado al Japón y ahí desarrolló su tarea de misionero, traduciendo varios escritos religiosos. Bien pronto fue exiliado a Manila y, después de un tiempo, obtuvo la autorización de sus superiores para volver al Japón, si podía.

En 1618, haciéndose pasar por un negro que trabajaba en los muelles, consiguió que lo aceptaran a bordo de un buque, si pagaba su pasaje con trabajo; así pudo embarcarse en Macao y llegar al Japón, donde ejerció su ministerio en secreto y sorteando los mayores peligros durante cinco años, hasta que fue capturado.

Mártires de Yedo

El 4 de Diciembre de 1623 salió de Yedo una cuerda de cincuenta prisioneros cristianos para ser quemados lentamente sobre una colina cercana. A la cabeza del grupo iban los dos sacerdotes. Se cuenta que, en el camino, detuvo su caballo un noble japonés para preguntar quiénes eran aquellos criminales y qué habían hecho; al saberlo, el noble jinete desmontó exclamando que él también era cristiano y debía estar entre los reos. Su ejemplo incitó a muchos otros cristianos de entre los que presenciaban la escena, a, caer de rodillas y hacer en voz alta su profesión de fe.

Ante semejante alboroto, los oficiales que conducían a los presos, temerosos de que se produjera un motín, apresuraron la ejecución. De entre estos cincuenta mártires, el padre Jerónimo y fray Francisco, fueron beatificados por un decreto emitido en Julio de 1867, En el mismo se agregó al beato Simón Yempo, martirizado en aquella ocasión. Simón era uno de los numerosos monjes japoneses de un monasterio budista, que se convirtió, recibió el bautismo y llegó a ser catequista de los misioneros jesuitas.

Hubo dos sacerdotes jesuitas con el apellido de Carvalho, beatificados tras de haber muerto martirizados en el Japón en el año de 1624 (así como un fraile Agustino del mismo apellido que sufrió el martirio en 1623). Ambos eran portugueses, pero no estaban emparentados. Los sitios de su ejecución estaban a varios kilómetros de distancia uno del otro; en febrero murió el primero, expuesto al frío, y en agosto pereció el segundo en la hoguera.

El beato Diego Carvahlo (llamado a menudo Didacus, en latín), nació en Coimbra en 1578. A los veintidós años abandonó Portugal para trasladarse al Extremo Oriente, fue ordenado sacerdote en Macao y durante cinco años trabajó en los alrededores de Kioto, o de Miyako como se le llamaba entonces, hasta 1614, cuando estalló la terrible persecución. No se sabe a ciencia cierta si el padre Diego fue deportado o si se retiró por órdenes de sus superiores, pero el caso es que, al finalizar aquel año, partió de Macao con el padre Buzonni para iniciar una misión en Conchinchina.

Pero en 1617, regresó al Japón y pasó el resto de su vida bajo condiciones muy arduas, en los distritos más boreales de la isla central. Por lo menos en dos ocasiones llegó hasta Yezo (llamada ahora Hokaido) y fue el primer sacerdote cristiano que ofició la misa en aquel lugar. También ahí tuvo contacto con los aínos, de quienes dejó una interesante descripción en una de sus cartas.

El auge de la persecución

La persecución hizo crisis en el invierno de 1623 a 1624. El padre Diego y otros cristianos fugitivos, escondidos en un remoto valle entre las colinas, fueron al fin descubiertos por las huellas que dejaron sobre la nieve. Existe un terrible relato sobre la brutalidad con que aquellos hombres fueron tratados después de su captura. A pesar de que se había desatado una tormenta de nieve y el frío era muy intenso, se les despojó de sus ropas hasta dejarlos medio desnudos, aguardando durante horas a la intemperie. Se les reunió atándolos en cuerda y fueron arriados para caminar a pie durante varios días, hasta Sendai.

Los cristianos del grupo, incapaces de seguir adelante, fueron decapitados ahí mismo y los soldados de la escolta probaron el filo de sus espadas, cortando en pedazos los cadáveres desnudos.

Cuando llegaron a Sendai, el frío era intensísimo. El 18 de febrero, el padre Diego y unos nueve japoneses fueron despojados de las escasas vestiduras que aún les cubrían y les ataron sus manos por detrás a unas estacas clavadas dentro de agujeros llenos de agua helada. El tormento consistía en obligar a los mártires a sentarse en el agua y volverse a levantar a fin de que el hielo se formara sobre sus carnes. Al cabo de tres horas de este suplicio, se les sacaba de los agujeros y se les invitaba a renegar de su religión.

Después de la primera etapa, dos de los mártires, imposibilitados para moverse, murieron sobre el suelo, a donde habían caído agonizantes. El padre Diego, quizá por habérsele dispensado algunas consideraciones durante la jornada, mostró mayor resistencia que los demás. Tras de aquella primera prueba, se puso en cuclillas a la manera japonesa y se concentró en la oración. Durante los cuatro días siguientes se hicieron nuevos intentos para convencer a los mártires de que renunciaran al cristianismo, pero sin resultado alguno.

El 22 de febrero se reanudó el tormento. Durante toda la mañana estuvieron en los charcos, rezando lo más alto que podían, alentados por el sacerdote que no cesaba de consolarlos con sus palabras. En el curso de la tarde, siete cadáveres colgaban de las estacas y, al caer el sol, únicamente el padre Diego seguía con vida. De acuerdo con el testimonio de algunos fieles que osaron acercarse a contemplar la horrible escena, murió a la medianoche.

A la mañana siguiente, los cuerpos de las víctimas fueron cortados en pedazos y arrojados al río, pero la cabeza del padre Diego y las de otros cuatro mártires fueron recuperadas y conservadas como reliquias.

El beato Miguel Carvahlo, nacido en Braga (Portugal), en 1577, ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús veinte años después y, en 1602, a pedido suyo, fue enviado a la India. Allá, en el Colegio de Goa, se mostró tan útil para la enseñanza que, por obediencia, se quedó quince años, preparando a otros para el trabajo de las misiones que él tanto anhelaba desempeñar.

Cuando por fin pudo realizar sus deseos, emprendió una travesía extremadamente accidentada, el barco naufragó en Malaca; desde ahí, el sacerdote pudo llegar a Macao, pero entonces se le llamó para que regresara a Manila, en las Filipinas) y, tras muchas peripecias, tocó tierras japonesas con el disfraz de soldado. A pesar de la persecución, se las arregló para ejercer su ministerio entre los cristianos de la isla de Amakusa, frente a Nagasaki. Cierta vez, cuando acudió a un llamado pura oír confesiones en otra provincia, fue traicionado por un espía y capturado.

Basta mirar el mapa para comprobar que Sendai se encuentra más o menos en la misma latitud que Córdoba, Messina o San Francisco. Además, hallándose en la costa, no puede estar a  mucha altura sobre el nivel del mar. En consecuencia, no hay razones para suponer que la temperatura sea tan extremadamente baja en el mes de febrero. Sin embargo, debe haberlo sido, ya que los tres testigos afirman que el hielo se formaba sobre la superficie del agua. Para aquellos hombres exhaustos, la exposición a un frío más intenso, habría significado una muerte rápida y menos cruel.

Durante más de un año estuvo en la prisión, encadenado y con grilletes, pero se las arregló para enviar cartas, algunas de las cuales se conservan todavía, para poner de manifiesto, tal vez involuntariamente, su ardiente deseo de entregar la vida a la causa de la fe, en cualquier forma que los perseguidores pudieran inventar.

Su reclusión fue compartida por el sacerdote dominico español beato Pedro Vásquez y por tres franciscanos que se llamaban Luis. El japonés, beato Luis Sasanda (cuyo padre, Miguel, también fue mártir) ingresó a la Orden de Frailes Menores en México y fue ordenado sacerdote en Manila, en 1622. El beato Luis Baba era un catequista japonés que había estado en Europa con el padre Sotelo. Al beato Luis Sotelo se le menciona en otra parte de este artículo. El catequista Luis Baba, sin ser franciscano, vestía el hábito de esos monjes en la prisión. Los cinco mencionados fueron quemados lentamente el 25 de agosto de 1624.

La hoguera de Nagasaki

El 20 de junio de 1626, un grupo de nueve mártires, miembros de la Compañía de Jesús o relacionados con ella, perecieron en la hoguera en Nagasaki. El jefe, beato Francisco Pacheco, nacido en Portugal, había albergado desde pequeño la intensa esperanza de alcanzar la corona del martirio en el campo de las misiones. En 1584, se ordenó como sacerdote jesuita y fue enviado al Japón; pero su estancia ahí duró muy poco, porque fue llamado a Europa en seguida; sin embargo, cuando el padre Luis Cerqueira fue nombrado obispo de aquella diócesis, se llevó al padre Pacheco consigo, como vicario general.

En 1614, murió el obispo y, casi inmediatamente después, las autoridades japonesas expulsaron a los sacerdotes cristianos. El padre Pacheco regresó, haciéndose pasar por un mercader. Durante once años prosiguió su trabajo, a escondidas y en constante peligro de perder la vida, soportando grandes penurias y viéndose obligado con frecuencia a cambiar la sede de su ministerio. Poco antes de que le detuvieran, recibió una ordenanza del Papa nombrándole administrador episcopal para toda la Iglesia en el Japón.

Los compañeros del padre Pacheco en el martirio fueron el beato Baltasar de Torres y el beato Juan Bautista Zola, jesuitas, español e italiano respectivamente. Junto con ellos murieron un catequista coreano, el beato Vicente Caun, dos jesuitas japoneses (uno de ellos novicio), el beato Juan Kinsaco y el beato Gaspar Sasamazu, así como tres catequistas japoneses, el beato Pedro Rinxel, el beato Pablo Xinesuki y el beato Miguel Tozo.

El 6 de septiembre de 1627, sufrió el martirio otro jesuita, el beato Tomas Tzugi, descendiente de una noble familia japonesa de Umura, que era cristiano desde su niñez. Durante la persecución, ejerció su ministerio bajo el disfraz de un cargador de bultos en el mercado. Fue entonces cuando tuvo un momento de debilidad y pidió que le permitieran renunciar a sus votos; pero, veinticuatro horas después, ya se había arrepentido y reanudó su trabajo con más celo que antes.

A fin de cuentas, el padre Tomás fue traicionado por un apóstata y, tras un año de cárcel en condiciones insufribles, fue condenado a morir en la hoguera en Nagasaki. Se negó tenazmente a que su familia pagara por su rescate o intentara sobornar a las autoridades. El valor con que hizo frente a la muerte, cantando el “Laudate Dominum omnes gentes” en medio de las llamas, produjo una muy honda impresión entre los espectadores. Junto con él murió el beato Luis Maki, un japonés en cuya casa había celebrado el padre Tomás los sagrados misterios.

El beato Luis Sotelo, quemado vivo en Simabura el 25 de agosto de 1624, era un hombre muy notable y un misionero muy hábil. En 1603 llegó al Japón y, después de haber predicado ahí durante diez años para obtener gran número de conversiones y abrir vastos territorios vírgenes a la enseñanza del Evangelio, emprendió el viaje de que ya hemos hablado: el poderoso daimyo Date Masamune envió al sacerdote junto con Hasekura Rokuyemon a la cabeza de una numerosa delegación, para entrevistar al rey de España y al Papa Paulo V.

Al pasar por México en ruta hacia Europa, el Sábado de Gloria de 1614, setenta y ocho miembros de la delegación recibieron el bautismo (después, todos ellos renegaron de la fe). El padre Sotelo acompañó a los embajadores durante todo su recorrido por España e Italia, desempeñando una tarea que requería mucho tacto y que mereció elogios para el sacerdote franciscano, ya que la misión de la embajada comprendía importantes consideraciones tanto eclesiásticas como de la política secular (esta última vis-á-vis de la dominación de los holandeses en el Lejano Oriente).

Pero el padre Sotelo se detuvo en México a su regreso y no volvió al Japón hasta 1622, cuando la persecución alcanzaba su punto culminante; dos años después obtuvo la corona del martirio. Sobre otro franciscano, el beato Antonio de Tuy, el superior general en el Japón, escribió lo siguiente:

“Era un trabajador infatigable que conquistó muchas almas para Dios. Trabajaba de día y de noche para confesar, bautizar, catequizar y sostener a los que se habían debilitado por temor. En poco tiempo reconcilió con la fe a más de dos mil fieles, muchos de los cuales perseveraron en el martirio. En aquellos días tan difíciles, cuando en todas partes se denigraba y se suprimía el cristianismo, el padre Antonio llegó a bautizar a más de mil paganos. Durante los diez años en que ejerció su ministerio, nada pudo disminuir su celo”.

El Beato Antonio de Tuy fue quemado vivo en Nagasaki, el 8 de septiembre de 1628, después de haber permanecido en prisión durante varios meses. Entre los terciarios seculares incluidos en la matanza general, hubo algunos que reclaman para su orden tanto los frailes menores como los frailes predicadores, como por ejemplo, los Beatos Juan Tomaki y sus cuatro hijos, todos menores de dieciséis años; los Beatos Luis Nifaki y sus hijos de cinco y dos años de edad; y la beata Luisa, una mujer ya entrada en años que pereció en la hoguera con su marido y su hija.

Los últimos mártires del Japón, por orden cronológico de su beatificación, decretada en 1867, fueron el beato Anotonio Leda y sus compañeros. Antonio había nacido en el Japón en 1569. Después de su ordenación como sacerdote en la Compañía de Jesús, trabajó asiduamente en hacer conversiones, tras la persecución de 1597. Durante la segunda, que empezó en 1614, prosiguió en el ejercicio de su ministerio entre las víctimas en toda la extensión de la provincia de Arima, hasta 1629, cuando fue capturado mientras iba a atender el llamado de un enfermo en Nagasaki.

En seguida se le envió a la prisión de Omura y pareció que se habían olvidado de él, puesto que le dejaron ahí durante dos años, hasta que, por fin, le trasladaron a Nagasaki con otros presos. Una vez ahí, los jueces decidieron obligar a la apostasía a aquellos cristianos, mediante la aplicación de feroces torturas.

Mártires del Japón en el volcán Unsen

Entre Nagasaki y Simabara hay un volcán apagado, el Unsen, con fuentes de aguas sulfurosas muy calientes, que tienen la propiedad de causar úlceras en la carne humana. Hasta ahí se condujo a los cristianos para salpicar sus cuerpos con el agua corrosiva, hasta que estuvieron cubiertos de llagas; entonces se les obligó a acostarse sobre paja. Al ver que las víctimas se mantenían firmes en la fe, un médico les limpiaba y curaba las úlceras, hasta que comenzaban a sanar y, entonces, volvían a salpicar sus cuerpos con el agua venenosa.

Los Mártires del Japón

Ejecución de cristianos en el volcán del Monte Unzen. Dominio Público.

Esta forma de tortura se prolongó durante treinta y tres días, hasta que los verdugos, sin esperanza de doblegar la constancia de aquellos héroes, terminaron con ellos por el fuego, el 3 de septiembre de 1632. Los cinco compañeros del Beato Antonio, fueron tres agustinos: los Beatos Bartolome Gutierrez, Franciso OrtegaVicente Carvahlo; y dos franciscanos: un sacerdote japonés, el beato Jeronimo y un hermano lego, el beato Gabriel de Fonseca.

El objetivo de los perseguidores que perpetraron los crímenes que hemos relatado, era destruir el Cristianismo, no a los cristianos. Por lo tanto, a semejanza de lo que sucedió en otras persecuciones, no escatimaron esfuerzos para infligir a los fieles toda suerte de torturas, físicas y morales, para obligarles a la apostasía. A veces recurrieron a inventar con este objeto tormentos tan terribles, que causa repugnancia leer su descripción y no se puede menos que calificarlos de diabólicos.

Muchos fueron los que cedieron ante el sufrimiento, pero otros muchos sacerdotes, religiosos, hombres, mujeres, muchachos, jovencitas y aun niños pequeños, permanecieron fieles hasta el fin glorioso y terrible.

Los mártires del Japón | Fuentes
La vida de los Santos por Butler.