El Credo, una confesión de fe, una declaración cristiana que engloba los 3 principales aspectos de la religión católica:
El primero, habla de nuestra fe en un Dios Padre y de la obra de la Creación. El segundo, habla de Dios hijo como redentor de la humanidad y el tercero, del Espíritu Santo y de nuestra santificación.
Es justamente que en el segundo de ellos, encontramos la siguiente frase marcada en negrita :

…padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

Sí alguna vez te haz preguntado significa el «descendió a los infiernos» exactamente, pues he aquí la respuesta.

El origen del Credo

El Credo, tiene 2 versiones: El Credo de los Apóstoles y el Credo de Nicea. El primero de ellos, se presume fue escrito por el Apostol Pedro. Hay 2 importantes razones detrás de esta presunción; La primera, por su antigüedad (data del siglo I) y la segunda, por que Pedro lo menciona específicamente en su primera carta:

Pedro 3,18-20
18 Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;
19 en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados,
20 los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua.

3 aspectos importantes

1) Cristo, nuestro Salvador asume la naturaleza humana, siendo igual a nosotros los hombres, en todo aspecto menos en el pecado.

2) El pecado acarrea como consecuencia la muerte.

3) Antes del sacrificio de Cristo Jesús en la cruz, las almas de los muertos, no tenían acceso ni al cielo (el cielo se había cerrado para nosotros como consecuencia del pecado original) ni al infierno (por que simplemente no se puede enviar el alma de un justo a un lugar de castigo eterno). Iban al lugar llamado “La morada de los muertos”.

Pregunta: Si el pecado acarrea como consecuencia la muerte, como es entonces que Cristo murió en la cruz?
Respuesta: Recordemos que Cristo se hizo hombre como nosotros en todo aspecto, menos en el pecado. Parte de su misión, era la de descender a la morada de los muertos (el infierno) para abrir así las puertas del cielo a los justos que le habían precedido. Para lograrlo, Jesús carga, asume sobre si mismo el peso de todos nuestros pecados, obteniendo mediante este proceso, una muerte verdadera; una muerte como la de cualquier hombre.
Catecismo, numeral 635: Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para “que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan” (Jn 5, 25). Jesús, “el Príncipe de la vida” (Hch 3, 15) aniquiló “mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud “
Pregunta: Un momento, El credo dice que Cristo descendió a los infiernos, no a la morada de los muertos…
Respuesta: Como ya se ha mencionado anteriormente, las almas no tenían acceso ni al cielo (el cielo se había cerrado para nosotros como consecuencia del pecado original) ni al infierno (por que simplemente no se puede enviar el alma de un justo a un lugar de castigo eterno). Iban al lugar llamado “La morada de los muertos”. Todos, justos y pecadores sin embargo no tenían como destino el mismo lugar. Jesús nos cuenta en la parábola de Lázaro y el rico Epulón, que los justos eran llevados al “Seno de Abraham”, más sin embargo, aparentemente era posible cierta interaccion entre ambos lugares.

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Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros. Y dijo: Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos. Pero replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan! El dijo: No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán. Y les dijo: Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite”
Catecismo, numeral 633: La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.
Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica.
Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación sino para liberar a los justos que le habían precedido.