Todas las profecías se han cumplido, así lo ha confirmado Jesús poco antes de morir en la cruz: “Todo se ha consumado”. Pero para poder dar pleno cumplimiento a las escrituras, el hijo de Dios ha debido padecer primero a manos de aquellos a quienes ha venido a salvar.
Mientras los corderos pascuales sangran en el templo, muere un hombre fuera de la ciudad, muere el Hijo de Dios, asesinado por los que creen honrar a Dios en el templo. Dios muere como hombre; se entrega a sí mismo a los hombres, que no pueden dársele, sustituyendo así los cultos infructuosos con la realidad de su inmenso amor.

El momento más terrible de la pasión de Jesús es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» Es una frase de un salmo, en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a su Dios a la cara su desgracia. Y este grito de oración de un pueblo al que su elección, su comunión con Dios se le ha convertido en una maldición, alcanza todo su significado en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífi­ca de Dios entre los hombres. Si él se sabe abandonado de Dios, ¿dónde podremos encontrar a Dios? ¿No es esto el eclipse del sol histórico, en el que se apaga la luz de este mundo? Y hoy resue­na en nuestros oídos el eco, redoblado, de este grito. Desde el infierno de los campos de concentración, desde la guerra de gue­rrillas, desde los barrios llenos de miseria, donde mueren de hambre seres sin esperanza, desde los países en los que se persigue y martiriza a los cristianos se oye decir: ¿Dónde estás, Dios, tú que creaste un mundo en el que continuamente puedes observar cómo tus inocentes criaturas sufren terriblemente, que son con­ducidas como corderos al matadero y no pueden abrir la boca?

Jesús participó realmente de la angustia de los condenados, mientras que nosotros —la mayor parte de nosotros- no participamos de los horrores de este siglo más que como espectadores. Esto lleva consigo una considera­ción de cierta importancia; pues lo curioso es que la idea de que Dios no puede existir, la desaparición total de Dios, se produce en aquellos que no son más que espectadores de los horrores que se dan, en aquellos que, acomodados en su sillón, contem­plan lo terrible del mundo y creen haber cumplido con su obli­gación y haberse defendido diciendo: si existen tales horrores es que no hay Dios.
Pero la reacción de aquellos que verdadera­mente sufren es frecuentemente la contraria: precisamente en su sufrimiento descubren a Dios. En este mundo la adoración sigue saliendo de los hornos de los que fueron quemados, y no de los espectadores del horror.
No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de un rostro lleno de sangre y heridas, de un crucificado, y que el ateísmo tenga su padre en Epicuro, en el mundo de los espectadores saciados.

De repente brilla en toda su claridad la seriedad misteriosa y para nosotros amenazadora de unas palabras de Jesús que muchos de nosotros habíamos apartado a un lado como inade­cuadas: «Antes pasa un camello por el ojo de una aguja, que un rico entra en el cielo’; un rico, es decir, alguien a quien le va bien, que está saturado de bienestar y sólo conoce el dolor a tra­vés del televisor. Tomemos en serio estas palabras, que nos amo­nestan precisamente en el Viernes Santo. Es cierto que ni nece­sitamos ni debemos buscarnos el sufrimiento y la angustia nosotros mismos. Dios manda el Viernes Santo donde y cuando él quiere. Pero debemos tener siempre presente —no sólo teó­ricamente, sino en la práctica de nuestra vida— que todo lo bueno es un don de él, del que hemos de responder. Y también debemos tener siempre presente —y nuevamente no sólo en teoría, sino en la práctica de nuestro pensamiento y de nuestra actuación— que junto a la presencia real de Jesús en la Iglesia gracias a los sacramentos, hay otra presencia real de Jesús en los más pequeños, en los que sufren en este mundo, en los que él quiere que nosotros sepamos encontrarle. Lo que cada año exige de nosotros la celebración del Viernes Santo es que renovemos en nosotros esta actitud.

Extracto adaptado de “Meditación para Semana Santa” por el papa emérito, cardenal Joseph Ratzinger.