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En el mundo moderno, especialmente en el de occidente, tan híper-tecnológico y progresista, la verdad ha sido relegada a un plano subjetivo -“Sé veraz a ti mismo”- pues se considera verdad sólo aquello que habla a nuestras experiencias, creencias y deseos. A los estudiantes se les enseña que hay sólo una virtud, la tolerancia, y que las creencias de cada persona son tan ciertas como las de todos los demás.

La promoción de la tolerancia por la dictadura moderna, se caracteriza por su dualidad, pues ofrece el universalismo, junto a su sierva, la indiferencia.

Si toda verdad es relativa y todos terminan en el mismo lugar (ya sea la salvación universal o la aniquilación universal), entonces, no importa cuales sean las creencias de una persona, pues todos los caminos conducen hacia el mismo destino final.

Mientras que muchas grandes mentes han explorado este tema, el profesor David Carlin sorprende con su manifestación, a la que él describe como la “mentalidad denominacional“.

La mentalidad denominacional puede ser definida mediante la siguiente expresión:

Ninguna religión podría reclamar para sí el monopolio de la verdad. Sería arrogante el hacer tal proclamación, pues existen diversas rutas hacia la verdad religiosa, muchas versiones de la misma verdad. Ninguna es completamente perfecta, pero todas poseen el mismo nivel de perfección. Por lo tanto, las religiones deben ser tolerantes entre sí, deberían ser positivamente amistosas y cooperar entre ellas.

Esto no pareciera ser otra cosa más que la dictadura del relativismo, misma que fuese denunciada por el Cardenal Ratzinger cuando nos advirtió:

“Nos movemos hacia la dictadura del relativismo, la que no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias”

¿Cuáles, entonces, son los dogmas que una vez más deben ser proclamados al mundo moderno que trabaja bajo el gobierno de un tirano celoso? La presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la realidad del pecado mortal vienen a la mente, junto con un sinnúmero de otras verdades, que muchos han abandonado en todo menos en el nombre. Pero en esta era de la Nueva Evangelización, hay un dogma específico que es muy necesario: el anuncio de que la Iglesia Católica es la única, la verdadera Iglesia establecida por Jesucristo, fuera de la cual no hay salvación.

Este dogma, afirmado por la Iglesia Católica a través del tiempo, ha sido abandonado en gran medida porque no se ajusta a la “optimista” e “inclusiva” tolerancia, que permite que cada persona, pueda determinar “la verdad” por sí misma.

Para continuar con esta nueva evangelización, “nueva en su ardor, su método y expresión”, como se define así misma, la Iglesia debe asirse de la verdad, aquella que movía misioneros a difundir el Evangelio a todos los confines de la tierra.

Como señala el profesor Carlin, una religión con una mentalidad denominacional no buscará convertir a otros, ni tampoco siquiera retener a sus propios miembros, porque no tiene ninguna pretensión de verdad por la que valga la pena luchar. Si aceptamos esta dictadura del relativismo, permanecer católico, se convierte en una cuestión de preferencia y no de lo que realmente es – una cuestión de salvación.

El proclamar audazmente a Jesucristo crucificado, es aceptar la propia cruz y el martirio mundano que viene con ella. La aceptación verdadera, de acuerdo con el Beato Cardenal Newman, significa “aceptación absoluta de una proposición, sin ninguna condición,” por lo que uno no puede eludir el dogma sin apartarse de la verdad, y poner su propia salvación en peligro.

De hecho, es difícil, incluso para el hombre más entendido, el captar intelectualmente todo lo que la Iglesia enseña, sin embargo, “hace que sea imperativo para todos, tanto para el sacerdote como para el laico, el profesar como verdad revelada, todos los cánones de los Concilios e innumerables decisiones papales; proposiciones tan variadas y tan nocionales, que pocos pueden conocer y muchos menos pueden entender.”

Nuestro ego es muy rebelde contra la denominada “fe ciega”, sobre todo en estos días, donde el ego es considerado como el último juez de la verdad y donde todo el mundo es libre de decidir por sí mismo lo que está dispuesto o no a creer.

Incluso, en medio de esta dictadura relativista que nunca antes había gobernado de manera universal y llegado a seducir a tantas almas, hay que admitir, que siempre ha sido una tentación “el definir el propio concepto de existencia, significado, universo, y del misterio de la vida humana “, incluso desde los primeros días del Edén. Es por esto, que la Madre Iglesia, ha desde los primeros días, dado una orientación clara, incluso para el creyente más simple.

Por supuesto, uno es libre de quitarse los grilletes a sí mismo y voluntariamente asumir las cadenas de la incredulidad, pero eso no cambia de manera alguna la realidad objetiva – que los dogmas de la Iglesia Católica son verdaderos, no por su propio mérito, sino, por los méritos de Jesucristo mismo, quien prometió que nunca se apartaría de ella (cf. Mt 28,20).

¿Qué verdades afirmadas siempre por la Iglesia, son hoy en día omitidas y olvidadas, precisamente cuando el mundo más las necesita?

Que el hombre es pecador y, que por sus propios medios, sólo puede acabar completamente divorciado de Dios y en los fuegos del infierno. Que Dios mismo se hizo hombre, se ofreció como sacrificio voluntario por nuestros pecados, y satisfizo la justicia. Que, con su gracia, podemos caminar por la senda estrecha de la salvación, para lo que su Iglesia – la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica – es necesaria y fuera de la cual nadie puede salvarse.

El papa Pio IX en la alocución Singulari Quadem,” del 9 de Diciembre de 1854 nos dijo:

“En efecto, por la fe debe sostenerse que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única arca de salvación; que quien en ella no hubiere entrado, perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquélla es invencible, no son ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna”.

Esta verdad, que condujo a los discípulos de Cristo hasta los confines del mundo, a menudo, sólo para afrontar el martirio y la incredulidad espantosa, debe ser proclamada audazmente y en voz alta. Debemos abrazar esta difícil verdad y humildemente, anunciarla al mundo, sin orgullo, no con nuestras palabras, sino con las de Cristo: “Entrad por la puerta estrecha; pues ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la destrucción, y los que entran por ella son muchos. Porque la puerta es estrecha y difícil el camino que lleva a la vida, y los que la encuentran son pocos “(Mt 7, 13-14). Debemos abrazar la cruz y estar dispuestos a ser martirizados por esta verdad. Debemos sostenerla no como una conclusión intelectual que no requiere nada de nuestra voluntad, sino como un dogma de la verdadera fe que exige todo de nosotros. Debemos poner nuestra riqueza, nuestra reputación, nuestro prestigio y nuestra propia vida al servicio de Cristo. Debemos proclamar que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida”, y que Él estableció una Iglesia, que es la Iglesia católica, fuera de la cual no hay salvación.

Es una verdad incómoda. Esta audaz afirmación, ha siempre dividido a las almas. Incluso Jesucristo, Dios encarnado, fue rechazado por su pretensión de verdad absoluta (Juan 6). Sin embargo, sabiendo que sus discípulos serían tratados como su Maestro fue tratado (ver Juan 15: 18-20), Él todavía los envió a “hacer discípulos a todas las gentes” (Mt 28:19) dando testimonio de la Verdad (Juan 18:37). Si vamos a ser sus discípulos, debemos actuar sobre su mandato y anunciar su Evangelio a todo el mundo, incluso, inconvenientemente, a las personas más cercanas a nosotros – nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo y vecinos con los que han desarrollado tales una cómoda silencio acerca de la necesidad de Cristo y de su Iglesia para cada uno y la salvación de cada persona.

Fuentes

Artículo publicado originalmente en : oneperterfive.com