En la abertura de una roca, llamada cueva de Massabielle, vi a una joven. Creyendo engañarme, me restregué los ojos; pero alzándolos, vi de nuevo a la joven, que me sonreía y me hacía señas de que me acercase. La mujer vestía túnica blanca con un velo que le cubría la cabeza y llegaba hasta los pies, sobre cada uno de los cuales tenía una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario. El ceñidor de la túnica era azul. (…) Tuve miedo. Después vi que la joven seguía sonriendo. Eché mano al bolsillo para coger el rosario que siempre llevo conmigo y se me cayó al suelo. Me temblaba la mano. Me arrodillé. Vi que la joven se santiguaba… Hice la señal de la cruz y recé con la joven… Mientras yo rezaba, ella iba pasando las cuentas del rosario (…) Terminado el rosario, me sonrió otra vez. (…) Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez.

Bernardita Soubirous