Santa Bernardita: El temple de una santa

La mansedumbre de esta Santa quedó más que demostrada en múltiples oportunidades, tanto durante, como después de las apariciones de Nuestra Señora en la gruta de Massabielle. Una situación muy particular, fue la que le tocó vivir en Enero de 1860, durante la entrevista que sostuviera con un sacerdote, quien había llegado al lugar a fin de informarse sobre las apariciones (pero no se confunda querido lector. Manso no quiere decir “menso”).

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Un inglés no católico, que visitó a Bernardita en 1859, un año después de las apariciones, nos dejó un interesante relato de la impresión que Bernardita producía en quienes imaginaban que se trataba de una histérica o de una impostora. Dicho relato está tomado de un diario y dice lo siguiente:

“Pero antes debería yo haber hablado de la chiquilla. Era una muchachita de catorce años (en realidad tenía quince años y medio), con grandes ojos soñadores y muy tranquila; su quietud hacía pensar que era menos joven y no cuadraba con una chiquilla de tan corta estatura. Bernardita nos recibió con la naturalidad de quien está acostumbrado a tratar con extraños y nos rogó que la siguiésemos a un cuarto del piso superior de la casucha que se levantaba junto al molino de su padre. Sus hermanos, dos alegres pilluelos, jugaban ahí alborozadamente y nuestra presencia no pareció afectarles . . . La chiquilla nos ofreció asiento. Ella se quedó de pie, junto a la ventana y respondió brevemente a todas mis preguntas, pero sin añadir comentarios . . . Le ofrecimos de regalo una nadería, pero ella se negó cortésmente a aceptarla y no nos permitió que diésemos tampoco nada a sus hermanitos. En pocas palabras, nos hizo comprender que, a pesar de su pobreza, la familia no aceptaría ningún regalo . . . Nuestra impresión fue que se trataba de una chiquilla muy agradable, superior a su edad y educación, por sus maneras y su cortesía. Cualquiera que sea el juicio que haya que dar sobre las apariciones, estamos persuadidos de que Bernardita cree sinceramente en ellas.”

Posteriormente, en enero de 1860, un sacerdote llegó al lugar a fin de entrevistar a Bernardita. Habiéndose hospedado en un hotel, hizo venir a la joven hasta su habitación. Allí la entrevistó durante dos horas, haciéndole una serie de preguntas sobre Nuestra Señora, la milagrosa fuente de agua y los tres secretos recibidos por ella de la Santísima Virgen. El mismo sacerdote describe el final de la entrevista de la siguiente manera:

“Hija mía, debes estar ya cansada de mis preguntas. Toma estos dos luises de oro para consolarte.”

—”No, señor, no necesito nada.”

Bernardita dijo esto con sequedad, por lo que comprendí que la había herido. Traté sin embargo de ponerle el dinero en la mano; pero su silencio, que era la mejor expresión de su disgusto e indignación, me convenció de que no debía yo seguir insistiendo. Así pues, metí el dinero en mi bolsa y proseguí:

“Hija mía, ¿quieres mostrarme las medallas de la virgen?”

—”Las tengo en la casa. Me las quitaron para imponerlas a unos enfermos y rompieron la cadenita.”

“Entonces, enséñame tu rosario.”

Bernardita me mostró un rosario muy sencillo, con una medalla en el extremo.

“¿Me permites guardar este rosario? Te daré exactamente lo que te costó.

—”No, señor, no quiero regalar mi rosario ni venderlo.”

“Pero, ¡me gustaría tanto tener un recuerdo tuyo! Piensa en el largo viaje que he hecho para venir a verte. Permíteme que me quede con tu rosario.”

Al fin cedió la niña. Yo acaricié ese rosario sobre el que la niña había llorado más de una vez y que había sido el instrumento de tantas fervorosas y agradecidas oraciones en presencia de la Virgen María; porque Bernardita había tenido entre las manos ese rosario en la gruta de Massabielle. Desde entonces me he sentido dueño de un tesoro muy precioso.

“¿Me permites que te ofrezca el precio del rosario? Por favor, acepta esta monedita sin valor.”

—”No, señor, yo me compraré otro con mi dinero.”

Pero no terminó todo ahí. El imprudente sacerdote prosiguió todavía:

“Te voy a enseñar mi escapulario. ¿Es como el tuyo?”

—No, señor, el mío es doble.”

“Enséñamelo”.

Bernardita dejó modestamente ver un extremo de su escapulario; como me lo había dicho, tenía dos cordones.

“Alabado sea Dios, hija mía. Yo conozco un alma muy piadosa, que se consideraría feliz de tener tu escapulario. Como ves, es muy fácil dividirlo en dos partes.”

—”Sí, pero . . .”

“¿No quieres hacerme el favor de regalarme la mitad? Con ello no pierdes nada, pues tu escapulario valdrá lo mismo.”

—”¿Va Ud. a reglar la mitad del rosario que acabo de darle?” 

“No”.

— “Pues tampoco yo quiero regalar la mitad de mi escapulario.”

Comprendí entonces que tenía yo que ceder y dejar las cosas como estaban. Le dije que le iba a dar mi bendición, y se arrodilló para recibirla, con la reverencia de un ángel.”

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Si Bernardita, que tenía entonces dieciséis años, no temblaba de indignación al fin de esa entrevista, debía ya haber alcanzado un grado muy alto de perfección o de resignación para aceptar el tipo de prueba en el que su alma estaba destinada a purificarse.

Fuentes

https://moimunanblog.com/2016/04/16/24540/

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