Una hermosa historia que sirve para ilustrar como el Demonio se vale de diversas argucias para confundir a los fieles católicos a fin de hacerlos caer en el error y la confusión.

Los hechos que ilustran esta historia, tienen lugar en un castillo de la localidad francesa de Lyon, en el que un acaudalado caballero francés, quien para poder salir de caza, decide dejar a su pequeño hijo, bajo la protección de su leal perro, un galgo de nombre Guinefort.
Al regresar de su exitosa cacería, queda perplejo debido a lo caótico de la escena que se dibujaba frente a sus ojos: Un charco de sangre, su fiel perro Guinefort con el hocico teñido de rojo y el pequeño niño no estaba más en la cuna.

El caballero rápidamente concluyó que el perro, muy seguramente, habría matado y devorado a su hijo. Sin mediar más y muy enfurecido, desenvainó su pesada espada y atravesó al pobre Guinefort, quien dio alaridos tan fuertes que terminaron por despertar al pequeño niño que se encontraba debajo de la cuna. Al descubrirlo su padre, encontró a su lado el origen del charco de sangre: Los restos de una gran serpiente, despedazada y muerta por el valiente Guinefort.
Al darse cuenta del craso error que acababa de cometer, el caballero decide entonces honrar a su fiel compañero, colocando su cuerpo dentro de un pozo que llenó con piedras y decorando el lugar con algunos arboles convirtiéndolo en un santuario.

La historia bien pronto se extendió por las comarcas vecinas y alrededores, cuyos pobladores comenzaron a venerar a Guinefort como si fuera un santo. Muchos viajaban para visitar el santuario para pedir por la salud de sus hijos, inclusive dejándolos toda la noche para que sean curados por el canino…

Durante más de 700 años los residentes de Lyon, Francia, rezaron a “San Guinefort” pidiendo su intercesión para evitar la enfermedad y para proteger a sus hijos de los peligros y de los idiotas (esta ultima petición muy seguramente se vio motivada por la “precipitada” decisión del caballero al dar muerte al perro).

Es después de todo este tiempo que la historia de la devoción a “San Guinefort” llega finalmente a oídos del inquisidor dominico  Etienne de Bourbon, un reconocido historiador de herejías medievales, quien la declara herética, ordenando la exhumación, quemado de los restos perro y la destrucción del lugar.

“Los campesinos locales oyendo hablar de la noble acción y la muerte inocente del perro, comenzaron a visitar el lugar y honrar al perro como un mártir en busca de ayuda para sus enfermedades y otras necesidades. Fueron seducidos y muchas veces engañados por el Diablo para que así pudiera conducir a los hombres al error”.

– Etienne de Bourbon.

A pesar de las acciones de Etienne, la leyenda persistió hasta principios del siglo pasado. Por increíble que parezca, algunos todavía veneraban al supuesto santo-perro.

Formalmente, “Saint Guinefort” no fue canonizado nunca ni nunca podrá serlo y la razón es muy sencilla: Los perros no tienen alma inmortal, muere con ellos y como su alma no puede llegar al Cielo, no pueden ser santos, ni llegar a la santidad, ni mucho menos interceder por nosotros.

Como nota final, cabe resaltar que esta historia es bastante similar a la de otro perro de nombre Gelert, con la diferencia de que los eventos suceden en la villa de Beddgelert en Gales y el perro pelea no contra una serpiente sino contra un feroz lobo.