Los asustados apóstoles, quienes ahora temían por sus vidas, se habían escondido para no ser vistos por los soldados ni reconocidos por sus perseguidores. Mientras tanto en el mundo, los esbirros del infierno celebraban la supuesta derrota de Jesucristo, ignorando por completo que acababa de dar inicio a la glorificación de Dios Padre.

Tal y como rezamos en el credo, Jesús descendió a los infiernos para rescatar a todos los justos que aguardaban su victoria, misma que daría inicio a la “apertura” de los cielos. Pagando con el altísimo precio de su propia sangre, el hijo de Dios hecho hombre, ha reclamado la costosísima victoria sobre el mal, venciéndolo en sus propios dominios.

Mientras todo esto sucedía, María a pesar de estar acompañada de Juan, había quedado sola con el enorme dolor que causaba en su alma, el haber contemplado caer sobre el cuerpo de su hijo, el desenfrenado y violento odio con que sus enemigos le habían castigado (tal y como predijo el anciano Simeón en el templo). Por esto, a este día también se le conoce como el “Día de la soledad de María“.

Hoy la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa. La Sagrada Comunión puede darse solamente como viático. No se conceda celebrar el Matrimonio, ni administrar otros sacramentos, a excepción de la Penitencia y la Unción de los Enfermos.