¿Por qué veneramos a María María?: Devoción o adoración

En nuestra relación con María, ella ayuda a dar nueva vida a nuestras almas, ora por nosotros, y nos proporciona lo que necesitamos para crecer en gracia. A cambio, ella se merece, al igual que sucede con nuestras madres terrenales, nuestro honor y amor. Ella se merece nuestra devoción.

Quiero dedicar un poco de tiempo a explicar lo que quiero decir con devoción. La palabra puede tener más de un significado, y la Iglesia usa términos latinos para ayudarnos a distinguir entre el tipo de devoción que damos a María, y el tipo de devoción que damos sólo a Dios. Estas palabras son dulia y latria.

Latria significa básicamente adoración. Tradicionalmente, se refiere al culto y homenaje que damos a Dios y solo a Dios. Cuando adoramos a Dios, lo reconocemos como una persona excelente, perfecta, increada y divina.

Dulia es muy diferente. Esencialmente, dulia significa amor y honor; es decir, elogiar la excelencia de una persona. Vemos este tipo particular de honrar cada día, cuando, por ejemplo, las personas son reconocidas por sus logros en los deportes, académicos y en las artes. Pero nunca, el hecho  honrar a un jugador de béisbol va contra o quita la adoración que damos a Dios.

Ahora, los católicos creemos que no sólo debemos honrar a los que sobresalen en las cosas de este mundo, sino que también debemos honrar a aquellos que sobresalen en las cosas del mundo espiritual (por ejemplo, en su devoción a Dios, su obediencia a Su Voluntad, y su caridad hacia otros). Es por eso que honramos a los santos, hombres y mujeres que, durante su vida terrenal, sobresalieron en su búsqueda de la santidad. Honrar a los santos no disminuye nuestro amor o respeto por Dios. De hecho, cuando honramos a los santos, estamos honrando a Dios también, porque en primer lugar, es por sus dones y para su gloria, que los santos pueden sobresalir en santidad. Cuando alabamos a aquellos que pasaron su vida persiguiendo una unión íntima con Dios, finalmente alabamos a Dios, que es a la vez el dador y el objeto de ese amor.

Ahora bien, si es apropiado venerar a aquellos que han alcanzado la excelencia espiritual, ¿no es aún más apropiado venerar a la mujer que lo alcanzó al más alto grado: la mujer a quien Dios eligió para convertirse en su madre en el orden de la naturaleza y nuestra Madre en el orden de la gracia? Por supuesto que sí. Y en reconocimiento a la santidad preeminente de María, el reconocimiento especial que damos a María se llama hiperdulia: la mayor honra que podemos otorgar a cualquier persona creada.

De nuevo, esta veneración especial de María es completamente diferente e inferior a la adoración que damos a Dios. Adoramos a Dios y sólo a Dios, y como María no es Dios, no la adoramos. Es tan simple como eso. No se confunda si usted ve la expresión “adoración de María” en un viejo libro católico. El idioma castellano es flexible, y la palabra adoración en muchos de estos libros antiguos puede significar hiperdulia o latria. En referencia a María, sin embargo, nunca significa el tipo de adoración debida únicamente a Dios.

La Iglesia católica, de hecho, prohíbe estricta y expresamente la adoración de María. Sin embargo, a causa de ser quién es, de lo que hizo durante su vida terrenal y de lo que sigue haciendo en la vida eterna, es más merecedora de la veneración que cualquier otra criatura creada -hombre o ángel- que exista jamás. Es por eso que el término hiperdulia se usa para describir sólo el tipo de honor que damos a María.

 

Por encima de los ángeles

Veamos un poco más,  por qué María merece su propio nivel de veneración. Como lo entiende la Iglesia Católica, hay tres razones fundamentales por las que María merece un mayor nivel de devoción que todos los demás hombres santos, mujeres y ángeles.

La primera razón, es que Dios escogió dar a María la plenitud de la gracia. Desde el primer momento de su concepción, María poseía la plenitud de la gracia -la plenitud de la vida- que Dios originalmente pensaba que todos los hombres y mujeres poseerían. Libre del Pecado Original, pasó su propia naturaleza humana inmaculada a su hijo Jesús. Esto no se puede decir de ninguna otra persona creada. Todos los demás santos que la Iglesia honra, y todos los hombres y mujeres cuya santidad sólo Dios conoce, recibieron mucha gracia en sus vidas, ciertamente, pero nunca recibieron la plenitud de la gracia. Todos ellos nacieron con naturalezas caídas, y sólo una naturaleza libre de toda mancha de pecado puede poseer esa plenitud. Sólo a María se le dio ese privilegio. Su posesión de un don tan singular la hace merecedora de un tipo singular de devoción.

En segundo lugar, y más significativamente, sólo María tuvo el privilegio de ser madre de Dios, de Jesucristo. Ella fue quien entregó carne al “Verbo hecho carne”. Ella fue quien lo llevó en su vientre y lo observó día a día mientras crecía “en sabiduría y en estatura y en gracia frente a Dios y a los hombres”. Ella estaba siempre en su presencia. La relación de María con Jesús era completamente diferente de la relación que cualquier otra persona ha tenido con Él. Sólo María tuvo un papel esencial e interior en Encarnación de Jesús y en convertirse en nuestro redentor. Sólo María tuvo un papel físico y espiritualmente intrínseco en la Encarnación. Todos los demás hombres y mujeres, incluso San José, no importa cuán estrechamente asociado esté con la Encarnación, sólo tenía una relación externa con Dios, convirtiéndose en hombre por el bien de nuestra salvación. Esta singularidad no puede ser subestimada. Subestimar el papel de María en el devenir de Dios, es, de hecho, subestimar el significado del devenir de Dios.

La tercera razón por la que los católicos creen que María merece un mayor grado de veneración que todas las otras criaturas, es por su obediencia. Las palabras que María pronunció en la Anunciación, las pronunció con su corazón todos los días de su vida. “Hágase en mí según tu palabra”. Ella vivió todos sus años en la tierra, en perfecta obediencia al Padre. Su voluntad era su voluntad. Sostenida por su gracia, María modeló y modela perfectamente una vida de virtud. Ella nos muestra lo que significa entregarnos a nosotros mismos y recibir todo como un regalo de Dios. Nos muestra el camino hacia la verdadera libertad, la verdadera felicidad, la verdadera vida. Y para eso también merece una devoción como ninguna otra.

Debido a que Dios le dio a María un papel tan importante en la historia de nuestra salvación, la devoción a María no debe ser algo arbitrario o extraordinario. Debería ser una parte normal de la vida de fe de todos los creyentes.

Nota del editor: Este artículo ha sido adaptado de un capítulo del libro: Meet Mary: Getting to Know the Mother of God Miravalle. Sophia Institute Press.

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