El cansado sacerdote acababa de llegar a la parroquia de Roussay para predicar. Subió al púlpito y luego de una breve oración, comenzó a hablar. Este pequeño pueblo al oeste de Francia, consistía de diferentes dilapidados edificios, entre los que el más prominente era justamente esta iglesia, misma que tenía al lado una bullicioso bar.

Sabedores de esto, sus bullangueros clientes, deciden hacerle una buena pasada al sacerdote, quienes para fastidiar e interrumpir su sermón, comienzan a proferir insultos y palabras bastante subidas de tono, con las que se burlaban de la decencia y hábitos más puros de aquella congregación.

El Sacerdote mantuvo la calma, terminó su sermón, dio a la gente la bendición y salió de la Iglesia. Lo hizo solo y sin compañía. Se enrumbó directamente hacia la puerta del vecino bar. Cual típica escena de película del viejo oeste, el sacerdote atravesó el umbral, irrumpiendo en la cantina.

Las palabras de uno de los testigos, describen mejor lo que sucedió a continuación:

El Sacerdote no dijo nada, no abrió la boca. Lo que dijo, lo dijo a puño limpio. Por primera vez, desde que llegó a Roussay, tuvimos la oportunidad de ver cuan grandes y sentir cuan fuertes eran sus puños.
Repartió golpes a diestra y siniestra. Los golpeó y los dejó en el suelo. Volteó sillas y mesas, rompió vasos. Cuando terminó, caminando sobre los cuerpos de aquellos pobres infelices y asombrados matones, se dirigió a la puerta y lentamente abandonó el lugar.

San Luis María Grignon de Monfort tenía 40 años cuando sucedió este evento. Debido a su vida de sacrificio y penitencia, su cuerpo podía lucir viejo y cansado, pero su alma estaba llena de amor y celo al servicio de Dios.
Sí, aunque parezca difícil de creer, este hombre capaz de enfrentarse a malvivientes a puño limpio, es autor de uno de los textos más hermosos dedicados a la Santísima Virgen María: El tratado de la verdadera devoción a María.

Y no todo quedó allí pues al día siguiente de aquella brutal golpiza, uno de aquellos borrachos, decide tomar venganza. Irrumpiendo e interrumpiendo la celebración de la Santa Misa, comienza a proferir improperios contra el sacerdote.
Los feligreses esperaban ser testigos de una nueva golpiza. El sacerdote lo haría “besar la lona” allí justo donde se hallaba parado.
San Luis María sin perder la calma, se acercó al hombre y poniéndose de rodillas, le pidió perdón por cualquier ofensa que pudiese haberle hecho. El borracho, sorprendido y avergonzado, abandonó presuroso la Iglesia, después de lo cual, el padre Montfort regresó a su púlpito como si nada hubiese pasado…