Noviembre: Mes de los Fieles Difuntos

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Noviembre es el mes de los fieles difuntos, aquellos quienes habiendo dejado este mundo, tienen la salvación asegurada, pero que aún han de ser purificados en el purgatorio, pues nada impuro puede entrar en presencia de Dios.

El catecismo de la iglesia católica define purgatorio como “purificación, para alcanzar la santidad necesaria para incorporarse a la alegría del cielo”, que es experimentada por ésos “que están en la tolerancia y la amistad de Dios, pero todavía purificados de forma imperfecta”.

En el Libro del Apocalipsis 21, 27, se nos enseña que la purificación es necesaria pues “ninguna voluntad sucia se incorpora a la presencia de Dios en el cielo” y, mientras que podemos morir con nuestros pecados mortales perdonados, pueden todavía quedar muchas impurezas en nosotros, pecados específicamente veniales y el castigo temporal, debido a los pecados ya perdonados.

La práctica religiosa de rezar por las almas de los difuntos es verdaderamente muy antigua. Del libro del profeta Jeremías en el Antiguo Testamento podemos leer:

“En paz morirás. Y como se quemaron perfumes por tus padres, los reyes antepasados que te precedieron, así los quemarán por ti, y con el «¡ay, señor!» te plañirán, porque lo digo yo — oráculo de Yahveh”.

(Jeremías 34,5).

También en el segundo libro 2° de los Macabeos se hace referencia a esta práctica:

Entonces encontraron bajo las túnicas de cada uno de los muertos objetos consagrados a los ídolos de Yamnia, que la Ley prohíbe a los judíos. Fue entonces evidente para todos por qué motivo habían sucumbido aquellos hombres.
Bendijeron, pues, todos las obras del Señor, juez justo, que manifiesta las cosas ocultas,
y pasaron a la súplica, rogando que quedara completamente borrado el pecado cometido. El valeroso Judas recomendó a la multitud que se mantuvieran limpios de pecado, a la vista de lo sucedido por el pecado de los que habían sucumbido.
Después de haber reunido entre sus hombres cerca de 2.000 dracmas, las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado, obrando muy hermosa y noblemente, pensando en la resurrección.
Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos; mas si consideraba que una magnífica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso.
Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado.

(2Mac. 12, 46)

Y por último, recordemos las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en el evangelio de San Lucas:

“Cuando vayas con tu adversario a presentarte ante la autoridad, haz todo lo posible por llegar a un acuerdo con él en el camino, para que no te lleve ante el juez, el juez te entregue a la policía, y la policía te meta en la cárcel. Yo te aseguro que no saldrás de ahí hasta que pagues el último centavo”.

Y es así que siguiendo esta tradición, en los primeros días de la Cristiandad se escribían los nombres de los hermanos que habían partido en la díptica, que es un conjunto formado por dos tablas plegables, con forma de libro, en las que la Iglesia primitiva acostumbraba a anotar en dos listas pareadas los nombres de los vivos y los muertos por quienes se había de orar.

Siglos más tarde ya en el siglo VI los Benedictinos (Orden de San Benito de Nursia), tenían la costumbre de orar por los difuntos al día siguiente de Pentecostés. En tiempos de san Isidoro († 636) en España había una celebración parecida el sábado anterior al sexagésimo día antes del Domingo de Pascua (domingo segundo de los tres que se contaban antes de la primera de Cuaresma) o antes de Pentecostés.

En Alemania cerca del año 980, según el testimonio del cronista medieval Viduquindo de Corvey, hubo una ceremonia consagrada a la oración de los difuntos primero el día 1 de noviembre, y posteriormente el 2, fecha aceptada y bendecida por la Iglesia en Milán que, y que se adoptó el siglo XII, como fecha en que la Iglesia celebraría esta fiesta

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