El Dr. Carrel fue un médico francés nacido en Lyon. Un buen día le tocó reemplazar a uno de sus compañeros para ir como médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de Lourdes, en julio de 1903.

Carrel era ateo: no creía ni en Dios ni mucho menos en los milagros. Como persona de ciencia, creía únicamente en aquello que podía ser explicado por la razón. Muy a pesar de todo esto, era considerado como un hombre sincero y de buen corazón.

Esta es la historia contada por el mismo Dr. Carrel. Nos llega gracias a las notas que dejase escritas bajo el nombre de Dr. Lerrac (Carrel escrito al revés), allí nos cuenta como un buen día, la conciencia de un científico ateo es impactada directamente y de lleno por la fe.

El tren se detuvo antes de entrar en la estación de Lourdes. Las ventanillas se llenaron de cabezas pálidas, extáticas, alegres, en un saludo a la tierra elegida, donde habrían de desaparecer los males… Un gran anhelo de esperanza surgía de estos deseos, de estas angustias y de este amor.

carrel1Cuando finalmente hubo llegado el Dr. Carrel a Lourdes, se encuentra con un viejo compañero de sus días de escuela, un católico practicante a quien únicamente identifica con las siglas A.B. Alli ambos tuvieron el siguiente dialogo.

“¿Sabes si esta mañana algún paciente se ha curado en las piscinas?” A lo que A.B. respondió negativamente, pero le contó un prodigio que había ocurrido delante te la gruta: Una religiosa que caminaba con muletas llegó, se hizo el signo de la cruz, bebió el agua de la fuente milagrosa y de pronto se le iluminó el rostro, tiró las muletas y caminó ágilmente hacia la gruta, donde se arrodilló ante la Virgen. “¿Curada?” respondió Carrel “Un caso interesante de autogestión”.

A.B. un poco incomodado por la actitud de Carrel pregunta: “¿Y con qué tipo de curación te convencerías finalmente de la existencia de los milagros?” El Dr. Carrel respondió “curación imprevista de una enfermedad orgánica”, como una pierna cortada que vuelve a crecer, un cáncer que desaparece, una deformidad congénita que de pronto desparece, etc. “Entonces sí que creería, si se me concediese ver un fenómeno de tal magnitud, sacrificaría todas mis teorías e hipótesis, pero no tengo miedo de llegar a ese punto… Hay una chica, Marie Ferrand, que he tenido que atender muchas veces durante el viajes y cuya vida peligra, tiene una peritonitis tuberculosa y su estado es crítico, temo que se me muera entre los brazos. Si ella se curase, sería un verdadero milagro, yo creería todo y me haría sacerdote” Así concluyó la conversación.

Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa… María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro, notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma clásica de la peritonitis tuberculosa… El padre y la madre de esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo; después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto. Morirá pronto, puede vivir tal vez unos días, pero está sentenciada.
Le puso una inyección de cafeína y dijo a los médicos presentes: “Es una peritonitis pulmonar en el último estadio. Ella es hija de padres muertos de tuberculosis cuando eran jóvenes y ella ha sido tísica desde los 15 años. Puede vivir todavía algún día, pero se acerca su fin”. Otro médico del lugar confirmó el diagnóstico y las pocas esperanzas de vida. No fue posible meterla en las piscinas, solamente le lavaron el vientre con el agua de allí y la llevaron ante la gruta, con un aspecto que ya era cadavérico. Eran las 14’30.
A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua milagrosa de la Virgen, porque su estado era sumamente grave y no se atrevieron a meterla en la piscina, la llevaron ante la imagen de la Virgen en la gruta.

Allí, el sacerdote a cargo prepara a María Ferrand para lo que parecía su ya muy próxima partida. Frente a la imagen de Nuestra Señora de Lourdes, con la ayuda de sus asistentes, logra adminístrale la comunión, en la forma de un pequeño fragmento de ostia que a duras penas logró colocar en su reseca boca…
Tan solo unos segundos después y ante los ojos de los allí presentes, María Ferrand comenzó a abrir los ojos.

La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos palidez… Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y la respiración y comentó: La respiración es más lenta. Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar por la emoción. Concentró su mirada en María Ferrand sin mirar a nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando modificaciones. Se había producido una importante y considerable mejoría. De pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre…

En la basílica acababan de dar las tres de la tarde. Algunos minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había desaparecido por completo… Lerrac no hablaba ni pensaba. Aquel suceso inesperado estaba en contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la menor muestra de dolor. Eran ya cerca de las cuatro. Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba casi curada.

Esto no puede ser una peritonitis nerviosa, pensaba. Ofrecía síntomas demasiado acusados y absolutamente claros… Hacia las siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y angustia…

Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama. Los ojos brillaban en su rostro, gris y demacrado aún, pero móvil y vibrante, con un color rosado en las mejillas. Las comisuras de sus labios en reposo, conservaban todavía un pliegue doloroso, impronta de tantos años de sufrimientos, pero de toda su persona emanaba una indefinible sensación de calma, que irradiando en torno suyo, iluminaba de alegría la triste sala.

– Doctor, estoy completamente curada, dijo a Lerrac, aunque me siento débil… La curación era completa. Aquella moribunda de rostro cianótico, vientre distendido y corazón agitado, se había convertido en cuestión de pocas horas en una joven casi normal, solamente demacrada y débil… ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que yo mejor conocía y a la que había observado largamente!

Y él se fue a la gruta, a contemplar atentamente la imagen de la Virgen. Allí se encontraban las muletas de aquellos fieles recientemente sanados. Ahora abandonadas en Lourdes e iluminadas por el resplandor de los enormes cirios cuya incesante humareda había ennegrecido la roca, eran mudos testigos de los portentos allí operados por el cielo. Lerrac entonces tomó asiento en una silla al lado de un campesino anciano y permaneció inmóvil largo rato con la cabeza entre las manos, mecido por los cánticos nocturnos, mientras del fondo de su alma brotaba esta plegaria:

lourdes3-197x300“Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo en ti, has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionada y ciegamente sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador, que con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas se agita, corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en ti y amarte como te aman los monjes de alma pura…”

Eran las tres de la madrugada y a Lerrac le pareció que la serenidad que presidía todas las cosas había descendido también a su alma, inundándola de calma y dulzura. Las preocupaciones de la vida cotidiana, las hipótesis, las teorías y las inquietudes intelectuales habían desaparecido de su mente. Tuvo la impresión de que bajo la mano de la Virgen, había alcanzado la certidumbre y hasta creyó sentir su admirable y pacificadora dulzura de una manera tan profunda que, sin la menor inquietud, alejó la amenaza de un retorno a la duda.

En su libro Meditaciones escribió: “Señor, te doy gracias por haberme conservado la vida hasta el día de hoy. Mi vida ha sido un desierto, porque no te he conocido. Haz que, a pesar del otoño, este desierto florezca.
Que cada minuto de los días que me queden esté consagrado a Ti. No quiero nada para mí, excepto tu gracia. Que cada minuto de mi vida esté consagrado a tu servicio. Señor, toma la dirección de mi vida, porque estoy perdido en las tinieblas. Todo lo que tu voluntad me inspire hacer, lo cumpliré. Es necesario acercarse a Ti, Señor, con toda pureza y humildad… Oh, Dios mío, cómo lamento no haber comprendido nada de la vida, haber intentado entender cosas que es inútil comprender. Y es que la vida no consiste en comprender sino en amar. Haz, Dios mío, que no sea para mí demasiado tarde. Haz que la última página del libro de mi vida no esté ya escrita. Que pueda añadirse otro capítulo a este libro tan malo. Habla, que tu indigno servidor te escucha. Te ofrezco todo cuanto me queda. Te hago el sacrificio voluntario de mi vida, como una plegaria. Te pido que me guíes por el camino verdadero, el de las gentes sencillas, el de los que aman y rezan. Perdóname todas las faltas de mi vida. Que cada minuto del tiempo, que aún me esté permitido vivir, transcurra cumpliendo tu voluntad en la senda que escojas para mí. Oh Dios mío, en este día me abandono totalmente a Ti, con el sentimiento infinito de haber pasado por la vida como un ciego. Haz, Señor, que pueda emplear el resto de mi vida en tu servicio y en el de los que sufren”.

Marie Ferrand, curada, fue llevada al hospital dirigido por el doctor Boissaire, un científico que defendía la veracidad de Lourdes. Carrel la visitó varias veces esa tarde con otros médicos y constató que la curación era completa. Llegó la noche y nuestro protagonista se acercó a la Basílica, donde vio a su amigo A.B., quien le dijo: “¿Te convences ahora, filósofo incrédulo? Ahora te tendrás que meter a cura” (Carrel le había apostado a modo de broma a A.B, que de haber un milagro del que el fuese testigo, se haría cura). Carrel se quedó solo en la basílica y pronunció aquella oración que se ha hecho famosa: “Dulce Virgen que socorres a los infelices, protégeme. Creo en ti (…) Tu nombre es más dulce que el sol de la mañana. Toma a este pecador inquieto de corazón atormentado que se consume en la búsqueda de quimeras.”