En una reciente reunión con sacerdotes de la Arquidiócesis de Filadelfia, el arzobispo de Glasgow, Philip Tartaglia, habló sobre las lecciones que la Iglesia de Estados Unidos podría aprender basándose en las experiencias de la Iglesia en Escocia y del resto del Reino Unido.

Dijo además que la Iglesia en Los Estados Unidos tiene razones para conservar la esperanza, pues después de todo, “las bancas en las Iglesias, aún no están vacías”.

 


Siendo ajeno a la Iglesia de los Estados Unidos, la miro con cierta envidia, comparados con el Reino Unido, ustedes son más fuertes y más bendecidos de lo que probablemente crean.

Sin embargo, a pesar de la distancia entre nuestros dos países, compartimos muchos de los mismos retos. Por el bien de las personas que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado, debemos entendernos y apoyarnos mutuamente.

Las realidades que enfrentamos en Escocia ofrecen algunas lecciones para la Iglesia en América. La historia de la Iglesia católica en escocia, se remonta largo tiempo atrás. Da inicio con las misiones de San Niniano a los Pictos, un antiguo pueblo escocés del siglo V. Creció firmemente, convirtiéndose en una fe vigorosa en la Alta Edad Media.

La Iglesia Católica medieval comenzó las grandes universidades escocesas en Saint Andréws, en Glasgow, y en Aberdeen. A través de la Declaración de Arbroath en 1320, la Iglesia fue instrumental en la confirmación del estatus de Escocia como un estado soberano e independiente.
La Reforma Escocesa cambió dramáticamente el papel de la Iglesia. Suprimió completamente el patrimonio católico del país, tanto en el aspecto religioso como en el cultural.

A finales del siglo XVIII, apenas una docena de católicos vivían en Glasgow. Pero las fábricas necesitan trabajadores, y con la Revolución Industrial, los inmigrantes comenzaron a llegar desde Irlanda e Italia. (La familia Tartaglia, como ya habrán adivinado, no proviene de ningún antiguo clan escocés).

A medida que el número de católicos creció durante el siglo XIX, las restricciones a la Iglesia comenzaron a aliviarse. La Ley de Emancipación Católica fue aprobada en Westminster en 1829. Y el Papa León XIII restauró la jerarquía católica escocesa en 1878.

Sin embargo, la antigua hostilidad religiosa sigue existiendo aquí y allá a lo largo de todo el país. Y, aunque este tipo de discriminación ha desaparecido en gran medida, todavía subsiste la vaga impresión de que los católicos son ajenos, y si están allí, no deberían hacer mucho ruido sobre su fe.

Hoy en día hay alrededor de 750.000 católicos, aproximadamente el 17 por ciento de una población de 5 millones. Es la misma proporción de católicos en todo el mundo. Y puesto que las iglesias protestantes han declinado muy fuertemente en Escocia durante los últimos cincuenta años, los católicos son ahora, irónicamente, la comunidad religiosa más activa en el país, en el sentido de que son los católicos, más que cualquier otra denominación cristiana dominante de Escocia, los que más rinden culto un día Domingo.

Ahora puede sonar extraño. Pero vale la pena examinarlo. Superficialmente, Gran Bretaña siempre ha parecido ser una nación profundamente cristiana – y desde la época de Isabel I, profundamente protestante-, donde la Iglesia trabajaba estrechamente apoyada por el Estado.

De hecho, al final de la Segunda Guerra Mundial, la religión en el Reino Unido gozó alrededor de 15 años de un gran renacimiento.

Cuando Billy Graham predicaba en Londres en 1954, casi 2 millones de personas lo escuchaban. Cuando dirigió una cruzada en Glasgow el año siguiente, otro millón le oyó hablar, y 100,000 llenaron un estadio de fútbol para un solo servicio de adoración.

Entonces, en la década de 1960, todo comenzó a colapsar.

Callum Brown, de la Universidad de Glasgow, señala en su libro The Death of Christian Britain (La muerte de la Bretaña Cristiana) que menos del 8% de las personas asisten al culto del día domingo, de estos, menos de la cuarta parte son miembros de cualquier iglesia y menos de una décima parte atienden la Escuela Dominical.

Menos de la mitad de las parejas se casan por la iglesia, y cerca de un tercio de las parejas cohabitan sin estar unidas en matrimonio. En Inglaterra sólo una quinta parte de los bebés son bautizados en la Iglesia de Inglaterra, y en Escocia, se estima que sólo una quinta parte son bautizados en la Iglesia de Escocia o en la Iglesia Católica.

También hubo un colapso de la cultura cristiana y de las creencias cristianas básicas que fueron interiorizadas por casi todos los individuos en el Reino Unido durante siglos, formando sus identidades, asistiesen o no la Iglesia.

Los seres humanos son instintivamente criaturas religiosas. Cuando descartamos una religión, ponemos otra en su lugar.

El nuevo consenso “religioso” en el Reino Unido es una combinación de escepticismo, consumismo e intolerancia política. Se enmascara con vocabulario progresivo, pero su objetivo, suelen ser los cristianos practicantes.

Es posible que los lemas protestantes de “No queremos papismo aquí” se hayan desvanecido, pero la discriminación de hoy es mucho más sofisticada. Los ateos y secularistas de los años sesenta y setenta se contentaban simplemente con ignorar o burlarse de la Iglesia Católica, pero hoy en día, muchos la perciben como a la más formidable amenaza a sus nociones de justicia e igualdad, particularmente cuando se trata de cuestiones de sexualidad humana.

Esta hostilidad es manifestada de diferentes maneras en el Reino Unido y en los Estados Unidos. Las protestas en los campus son peores en Estados Unidos, pero su Constitución garantiza la libertad de religión y la libertad de expresión de manera mucho más concreta que la nuestra.

Sin embargo, una versión de los problemas que enfrentamos hoy en Escocia llegará a ustedes el día de mañana. El Reino Unido se puede comparar al canario de una mina de carbón.

Los principales errores de nuestro tiempo son antropológicos, y cuando una cultura se vuelve global, también lo hacen sus problemas. Si la Iglesia disiente de estos nuevos reglamentos establecidos para la persona humana -y tiene que hacerlo- entonces deberá esperar un tratamiento un tanto áspero.

Entonces, ¿cuáles son las fortalezas y debilidades de la Iglesia en nuestro entorno actual? ¿Dónde necesitamos reconstruir la casa del Señor?

El filósofo escocés John Haldane ve tres rasgos comunes en la vida católica actual que necesitan ser remediados para que la Iglesia se fortalezca.

Primero, muchos creyentes de hoy, no actúan como si realmente creyeran en algo sobrenatural; en todo lo que no pueden ver, tocar o experimentar; o en nada que esté más allá de modelar y animar el comportamiento decente.

Son demasiados los creyentes que ya no hablan de Jesús como aquel que ha ganado la salvación para los pecadores, sino que en lugar de ello, se refieren a Él como a un ideal moral que los seres humanos deben esforzarse por alcanzar.
Esto no es malo pero podría ser mejor. El problema es que no ha llegado ni siquiera lo suficientemente lejos. La fe católica enseña que somos salvados por la gracia de Dios. Cualquier mérito presente en nuestras obras, es en sí mismo el fruto de un don gratuito, inmerecido de la gracia. Pero, ¿cuántos creyentes hoy pueden definir esta palabra “gracia”?

En segundo lugar, Haldane observa un sentimentalismo crónico en la manera en la que tratamos asuntos morales que demandan un pensamiento claro y exigente.

Finalmente, para Haldane, demasiados de nosotros nos hemos “preocupado por evitar la crítica secular en lugar de lidiar confiadamente con ella, en parte, mediante el congraciarnos con grupos y clases dominantes”. Nos acomodamos. Evitamos el conflicto, incluso cuando el conflicto es el único camino correcto. Somos demasiado insípidos, como diríamos en Escocia.

Hace algún tiempo atrás, los católicos anhelaban y trabajaban por la conversión de otros, incluyendo las élites culturales de la nación. Ahora muchos de nuestros líderes católicos, intelectuales e instituciones académicas, se abajan con tal de asegurar a los guardianes de la cultura y el prestigio, que sus convicciones son las mismas.

Para Haldane esto da como resultado “el desplazamiento de la fe católica y de la práctica sacramental entendida en términos de una rigurosa teología de la gracia y de la salvación, y su sustitución por las buenas obras, identificadas y sostenidas típicamente a través de una retórica emotiva, buscando la aprobación, o por lo menos minimizando la exposición al criticismo secular”.

Entonces, ¿hay buenas nuevas? ¿O deberíamos acaso tomar “la Opción Benedictina” y dirigirnos rumbo a un refugio religioso a prueba de bombas escondido en las montañas? Tengo dos respuestas.

Primero, hay bastantes buenas noticias. Y en segundo lugar, Agustín para nuestros tiempos y nuestro trabajo como pastores, es un mucho mejor modelo que Benedicto.

Como el gran pastor que era Agustín permanecía con su pueblo. Cuando el mundo romano se desmoronaba, los amaba, los alimentaba y los guiaba, incluso con un ejército de bárbaros a las puertas.

La Iglesia en los Estados Unidos está en una forma mucho mejor de la que Agustín pudiera haber imaginado, pero su vida sigue siendo una lección. Un buen pastor nunca abandona a sus ovejas. Ama y defiende a su pueblo, incluso si algunos de entre ellos no le aman de manera reciproca.

En cuanto a la buena noticia: La Iglesia en los Estados Unidos está excepcionalmente bien.

En Europa, en los tan llamados países católicos como Italia, España, Francia, Bélgica, Irlanda y partes de Alemania, la Iglesia a menudo dominaba la sociedad. Incluso muy a menudo, se ataba al estado.

Con el tiempo, esto consiguió tres cosas. Invitó al abuso del privilegio de la Iglesia. Creó resentimiento e indiferencia entre muchos de nuestros pueblos. Permitió al estado el mal utilizar a la Iglesia para sus propios fines. (Este puede haber sido el caso en Escocia e Inglaterra antes de la Reforma, pero probablemente no desde entonces).

En América, el cristianismo sigue siendo una fuerza viva. Puede ser atacado, pero no puede ser ignorado. Los cristianos todavía practican su fe con altos niveles de participación.

Los cristianos tienen importancia -a veces decisiva- en la vida política, económica y social de la nación.

Los católicos fueron siempre una minoría, pero se vieron renovados por los inmigrantes, siempre construyendo, siempre creciendo, nunca predominantes, y nunca cautivados por el Estado.

El resultado es que ustedes tienen ahora los recursos, la organización, la libertad bajo la ley y la más amplia imaginación que no existen casi en ningún otro lugar del mundo cristiano.

Durante 15 años en este país, los medios de comunicación han golpeado a la Iglesia con el tema del abuso bastante a menudo, algunas veces de manera justa, otras no tanto.

Pero la mayoría de su gente no ha vacilado. Apoyan a las escuelas católicas. Apoyan a las obras caritativas católicas. Aman a sus parroquias, y confían y respetan a sus pastores con un alto grado de confianza. Eso no les impide quejarse, pues la gente se queja cuando quiere pertenecer y cuando cree que vale la pena quedarse. Es parte de una vida familiar normal.

La Iglesia en los Estados Unidos, así como la Iglesia en Europa, enfrenta una serie de retos muy serios para los próximos 20 años. Pero para hacerles frente, goza de esta capacidad única que proviene de sus fuerzas y energías, que le permiten influenciar de una manera profundamente positiva y a un nivel mucho más amplio sobre la vida de la Iglesia Católica.

El Reverendo Philip Tartaglia es Arzobispo de Glasgow. Este artículo ha sido adaptado de una conferencia que el arzobispo diese en la Convocación de los Sacerdotes de la Arquidiócesis de Filadelfia en mayo del 2017.

Artículo publicado originalmente en:

Scottish lessons for the Church in the United States