Es un hecho que todos, o por lo menos casi todos, tenemos en nuestros hogares (amén de billeteras, escritorios de la oficina, autos, etc.) retratos o fotografías de nuestros parientes, seres más queridos, de aquellos que ya no están más entre nosotros o incluso de nuestras mascotas. Y lo hacemos porque estas imágenes representan para nosotros, una serie de conceptos y emociones que se dan a nivel intimo y personal. Estas fotografías evocan más comúnmente momentos de dicha y felicidad, en los que disfrutábamos de la compañía de los seres que con ellas recordamos o queremos tener presentes.

iconojDe la misma manera en la Iglesia se emplean imágenes pero con la diferencia de que el concepto, va aún mucho más allá. Con ellas recordamos a Cristo, quien en su momento caminó entre nosotros dejándonos todas sus enseñanzas, bases de nuestra iglesia. Con ellas también recordamos a María, su santísima Madre y a un sinnúmero de santos, que han obtenido el bien ganado privilegio de estar más cerca de Dios que el común de los seres humanos. Ellas además cumplen la función de representar aquello que no hemos tenido la dicha de ver con nuestros propios ojos, ofreciéndonos la posibilidad, gracias al trabajo de innumerables artistas, de imaginar como podrían haber lucido Jesús, María, San José, etc. A diferencia de las fotografías que nosotros empleamos, estas imágenes se convierten entonces no sólo en el testimonio de alguien que caminó este mundo, sino que está presente y vivo entre nosotros.
Si queremos apreciarlo desde una perspectiva un tanto más pedagógica, no es ningún secreto que por medio de una imagen, se pueden entender ideas y conceptos de una manera mucho más fácil y clara que con el uso de palabras. Entonces vale decir, que por medio de estas imágenes, explicamos realidades celestiales, de la divinidad, de Dios, la Virgen y los Santos.

El origen divino

abgarrecibelinoEl tema -como es entendible- posee múltiples aristas de las que ya vimos una emocional o afectiva y otra pedagógica. Pero tiene además una tercera arista que llega a nosotros por medio de la tradición…
Cuenta la tradición que en aquellos días en los que nuestro Señor Jesucristo caminaba por este mundo, el rey Abgar de Edesa; quien estaba enfermo de lepra, se enteró de la existencia de Jesús y de sus curaciones milagrosas y vio entonces en Él, una suerte de sanador que podría ser capaz de curarlo de su terrible enfermedad.
Convencido de esto, el rey decide enviar una delegación en busca del nazareno. Esta delegación incluía a su pintor oficial. Su misión, era la de hacer un retrato de Jesucristo, pues siendo incapaz de llevar a cabo el largo viaje, el rey estaba totalmente convencido de que con sólo ver una imagen del Hijo de Dios, quedaría limpio.
Debido a lo grande de la multitud que siempre le seguía, era imposible para el pintor aproximarse lo suficiente a Jesús, quien sabiendo las intenciones de su corazón, le llama y le propone en cambio, hacer algo distinto. Luego de lavar su rostro, Jesús le pide al pintor un retazo de lino para secarse luego de lo cual, lo dobla y pide sea llevado tal cual al rey Abgar. Así fue hecho.
Cuando el rey lo desdobla, encuentra una imagen de Cristo milagrosamente pintada en la tela. En ese preciso momento, Abgar queda casi curado de su dolorosa enfermedad. El pintor intervino entonces y le dejó saber al rey que cuando crea totalmente en Cristo; no solo como un ser que puede sanar y hacer milagros sino también como su Rey y Salvador, sería sanado por completo.
Es así que un discípulo de Jesucristo es recibido y se le permite evangelizar a través del reino, convirtiéndose Edesa en breve, en el primer reino cristiano. Abgar entonces se convierte y queda totalmente sano.
Aquella milagrosa imagen del rostro de Jesucristo era expuesta en la puerta de la ciudad cuando países enemigos, iniciaban hostilidades y era además empleada como protección frente a desgracias y calamidades. Muchos siglos después, esta imagen se pierde pero antes de que esto sucediera, había servido de inspiración y modelo para la iconografía de aquellos días. Por eso, cuando observamos iconos de Jesús pertenecientes a aquellos días, encontraremos que son bastante similares entre si.