He aquí la segunda historia relacionada con el Icono de Nuestra Señora de Kazán o la Theotokos de Kazán, conocida más popularmente como la “Kazanskaya” la “Protectora de Rusia”.

En Junio de 1812, el emperador francés Napoleón Bonaparte, inicia la invasión militar de Rusia dentro del contexto al que se conoce históricamente como “las guerras napoleónicas”. El avance del ejercito francés, hacia la capital de Rusia, Moscú, fue inexorable a tal punto que parecía incontenible.

El 7 de Septiembre de 1812, Napoleón y sus fuerzas se disponían a atacar el último bastión ruso que los separaba de la conquista de Moscú: Borrodino. Lo que no sabía el ejército invasor, es que estaba a punto de ser parte y testigo de una serie de eventos providenciales, considerados como “la respuesta Madre Protectora de Rusia” a las desesperadas plegarias de quienes a Ella acudieron.

En retirada constante y después de una serie de combates que habían dejado al borde de la extenuación a ambos ejércitos, los remanentes rusos, luego de muchas dificultades logran finalmente reagruparse. Bajo el mando del general Mikhail Kutuzov, deciden presentar combate una vez más. Enfrentarían al invasor en la Villa de Borrodino. Allí fortificaron las posiciones más estratégicas del lugar y se dispusieron a esperar el asalto enemigo.

Al amanecer del 7 de Septiembre, antes de la batalla, una ceremonia religiosa tuvo lugar. La procesión, que había salido de la iglesia de Borrodino, descendía la cuesta. Delante de todos, por la polvorienta carretera, marchaba la infantería, con la cabeza descubierta y los fusiles a la funerala. Detrás de la infantería se oía el canto de los sacerdotes. Los soldados y los milicianos corrieron con la cabeza descubierta.

– Traen a la Madre de Dios. ¡La protectora!
– Es Nuestra Señora!

Los milicianos, tanto aquellos que se hallaban en el pueblo como los que trabajaban en la batería, dejaron las palas y los picos para correr hacia la procesión. Detrás del batallón que avanzaba por la polvorienta carretera seguían los sacerdotes con sus casullas. El uno era viejo y usaba hábito; le acompañaban los asistentes y los chantres. Detrás de ellos, soldados y oficiales transportaban una gran imagen de cara morena, muy decorada. Era la imagen que se habían llevado de Smolensk y que desde entonces seguía al ejército. Alrededor de la imagen andaban, corrían y saludaban haciendo reverencias, con la cabeza descubierta, multitud de militares.
De pronto, la multitud que rodeaba a la imagen se apartó y alguien, probablemente algún personaje importante a juzgar por la prisa con que todos le dejaban sitio, se acercó. Era Kutuzov, que inspeccionaba la posición. Al entrar en Tatarinovo se había acercado para asistir a la acción de gracias. Kutuzov, con su paso cansado y vacilante, penetró dentro del círculo y se detuvo ante el sacerdote. Se persignó con un movimiento maquinal, con la mano tocó hasta el suelo y, suspirando muy profundamente, inclinó su blanca cabeza.  A pesar de la presencia del comandante en jefe, que atraía toda la atención de los oficiales superiores, los soldados y los milicianos continuaron rezando sin mirarlo.

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Kutuzov arrodillándose ante la imagen de Nuestra Señora de Kazán antes de la Batalla de Borrodino

Cuando la ceremonia terminó, Kutuzov se acercó a la imagen y se arrodilló pesadamente con una gran reverencia, costándole después mucho levantarse, debido a su obesidad y a su debilidad; su blanca cabeza se congestionaba con los esfuerzos. Finalmente se levantó y con expresión infantil e inocente fue a besar la imagen, y de nuevo saludó con la mano hasta tocar la tierra. Los generales siguieron su ejemplo, después los oficiales y después de éstos, empujándose los unos a los otros, resoplando y con la cara congestionada, los soldados y los milicianos, a los que por fin les llegó el turno.
La ceremonia había terminado y los defensores habían puesto todas sus esperanzas en la Madre de Dios.

En las horas siguientes, 250,000 soldados se verían involucrados en la que es considerada la batalla más sangrienta de las guerras napoleónicas y que cobraría las vidas de un total de 70,000 hombres.
Siendo el ala derecha una posición estratégica bien defendida por los rusos, Napoleón decide enfocarse su ataque en el ala opuesta, sector conocido como el “Reducto de Raevsky”. En realidad, los combates se dieron a lo largo de un frente de 5 kilómetros, pero los franceses ejercieron especial presión en el flanco que asumieron como el más vulnerable. Considerando la valentía de los defensores que vendían cara su derrota, y temiendo Napoleón el fracaso del avance por aquel sector, decide en su lugar iniciar un ataque frontal. Aún así, los ataques no fueron lo suficientemente poderosos para doblegar a los rusos. Finalmente durante la tarde, los franceses logran, luego de sangrientos combates, capturar el reducto. Esto da lugar al intercambio de disparos de artillería. Los extenuados combatientes franceses no logran recibir ayuda oportuna que les hubiera permitido asegurar la victoria, pues el ahora obscurecido campo de batalla (por el humo de la artillería) impidió a Napoleón hacer una clara evaluación de la situación, quien decide finalmente ser precavido y no enviar a la guardia imperial (10,000 hombres adicionales). Quiera que no, Borrodino fue finalmente capturado por los franceses, pero permitió a los rusos el ganar tiempo para poder reagruparse.

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Kutuzov y sus oficiales deliberando frente a la imagen de Nuestra Señora de Kazán y diversos iconos marianos.

 

Luego de una serie de retiradas estratégicas por parte de los rusos, los franceses llegan finalmente a una abandonada Moscú, en donde Napoleón decide en represalia, hacer volar en pedazos la catedral de San Basilio, para lo cual,  manda colocar explosivos. Sus planes se verían arruinados pues una torrencial lluvia no permitió que estos se concretaran.

En Diciembre de 1812, Rusia se ve afectada por lo  que después se conocería como “el invierno más frío del siglo”, este, jugó a favor de los rusos quienes bajo el mando de Kutuzov, logran finalmente expulsar a las fuerzas napoleónicas de su territorio. Al parecer, Dios había finalmente escuchado sus plegarias.

El emperador Alejandro I, ordena entonces la construcción de una magnifica Catedral en honor de Cristo Salvador en Moscú como agradecimiento a Dios y a Nuestra Señora de Kazán por haber intervenido notoriamente en la victoria del ejercito ruso.