Dispersos a través de Roma, existen trece antiguos obeliscos egipcios, algunos de los cuales se elevan mas de cien pies de alto. De entre todos, no hay ninguno más prominente que aquel en el Vaticano. Más exactamente, en el centro de la Plaza de San Pedro.

Este obelisco hecho en granito rojo, se caracteriza pues a diferencia de otros, no tiene ni jeroglíficos ni inscripciones. Desde su base, decorada con leones de bronce, hasta el ápice, coronado con una Cruz , su altura total es de 134 pies. Fue erigido originalmente por un desconocido faraón en Heliopolis, Egipto.

El emperador romano Augusto, lo desmanteló y llevó al Foro de Alejandría, donde permaneció hasta el año 37. Posteriormente, Calígula ordenó que fuera demolido y luego reconstruido en la Spina, o línea central del Circo Romano, el edificio donde el Emperador Nerón a partir del año 65, celebrase las ejecuciones públicas de los primeros cristianos.

Dos años más tarde, la crucifixión de San Pedro tendría lugar en este mismo escenario. San Pedro pidió ser crucificado de cabeza, pues no se consideraba digno de morir de la misma manera que Nuestro Señor.
La tradición católica afirma, que este obelisco, habría sido la última visión de San Pedro antes de morir.

La Basílica de San Pedro fue construida originalmente sobre el Circo de Nerón y permaneció en el mismo lugar durante mil quinientos años, hasta que el Papa Sixto V, decidió trasladarlo a su ubicación actual. La tumba de San Pedro está ahora directamente debajo del altar mayor de la Basílica.

En la Edad Media, había una conocida leyenda relacionada con la esfera de bronce que adornaba el ápice del obelisco. Se creía que en su interior, se conservaban los huesos del gran Julio César. Durante los trabajos de re-colocación en la plaza del Vaticano, se le inspeccionó a fondo, sin encontrar nada, por lo que el Papa Sixto V, decidió reemplazarla por una cruz de bronce que se asienta sobre una estrella, a la que posteriormente en 1740, se le abrió una cavidad para colocar en su interior ciertas reliquias. Posteriormente en 1818 fueron instalados los leones que decoran la base.

Más de 4000 años de historia se encierran en el Obelisco Vaticano que hoy decora la Plaza de San Pedro, uno de los lugares claves de la Cristiandad y más visitados del mundo, que sigue siendo testigo mudo de los acontecimientos más importantes de la humanidad.