En el suroeste de los Estados Unidos se encuentra la ciudad de Santa Fe, en la que en el siglo XIX, siete monjas establecieron una pequeña escuela para niñas. Posteriormente, añadieron a la edificación una pequeña capilla construida al más puro estilo del renacimiento gótico, que en su totalidad fue diseñada por el renombrado arquitecto francés Antoine Mouly. Desafortunadamente, Mouly no vivió lo suficiente para ver la conclusión de su obra.

La estructura aunque hermosa y sólida, carecía de un medio que les permitiese llegar al segundo piso, donde se había implementado un lugar para el coro. Como la pequeña capilla dista mucho de ser el santuario más grande del mundo, la propuesta de construir una escalera regular fue descartada, pues esta resultaría demasiado grande y reduciría en mucho el espacio útil.

La que parecía la solución más lógica, una escalera vertical, como aquellas empleadas por los pintores o albañiles, fue también desdeñada por las monjas, pero esta vez debido a cuestiones de indumentaria.

Un problema de aparente sencilla solución, comenzó a complicarse y aunque otras propuestas e ideas eran debatidas, las Hermanas consideraban este asunto como una prueba para su fe.

Alrededor de 1880, toda la orden empezó a rezar una Novena en honor a San José, el santo patrono de los carpinteros, para pedirle les ayudara a encontrar una solución al problema de las escaleras de la capilla.

En el noveno día de oración, un visitante quien había llegado montado en una mula, misma que cargaba con su un baúl de herramientas, llamó a su puerta. Lo primero que el hombre reveló a las Hermanas fue que era un carpintero de oficio. Se le invitó y descubrió el dilema en el que habían quedado debido al fallecimiento prematuro del arquitecto original.

El solitario trabajador, a diferencia de los muchos otros que habían echado vistazo al problema antes que él, dijo que era totalmente factible el construir una escalera de acceso al coro, sin que se convertirse en una monstruosidad devoradora del poco espacio disponible.

La única condición que les impuso a las Hermanas, fue la de trabajar en privado. Las Hermanas no pusieron objeción alguna a estos términos, sabedoras de que significaban la solución a sus problemas.

Cuando las hermanas debido a sus actividades necesitaban hacer uso de la capilla, el solitario carpintero se retiraba, volviendo sólo cuando la capilla estaba vacía.

Algunas de las hermanas afirman haber visto tablones de madera puestos a remojar en tinas que ellas mismas le proporcionaron, pero en honor a la verdad, es justo aclarar que los informes presentados por las hermanas eran bastante contradictorios entre sí. Algunos insisten en que la construcción se completó rápidamente, mientras que otros informan que tomó más tiempo del que podría haber sido necesario.

Tan pronto como el misterioso carpintero terminó la escalera de caracol, desapareció sin dejar rastro alguno, sin avisar a las monjas y sin cobrar un centavo por su trabajo. Las hermanas estaban encantadas con el resultado tanto así, que organizaron un banquete en honor del carpintero. Es solamente así que descubren que el hombre había desaparecido.

En ningún momento durante su trabajo se identificó. Nunca pidió, ni recibió el pago por su trabajo o incluso por los suministros. Exactamente… ¿quién era este hombre? Es sólo uno de los muchos misterios que rodean a la escalera de la Capilla de Loretto.

Exterior de la capilla de Loretto en Santa Fe. Wikimedia Commons.

Misterios en su construcción

Otro misterio es la construcción de la escalera de Loretto en sí. No hay columna central ni vigas de apoyo, y parece que todo el peso es descansa en la base. El artesano no usaba clavos ni pegamento; sólo utilizaba clavijas de madera para asegurar los escalones.

Tiene sólo 33 pasos o peldaños, sin embargo, la escalera hace dos vueltas completas de 360 grados. El número 33 es un número significativo, siendo la edad de Jesús en su crucifixión. Las Hermanas tienen la total certeza e insisten en que fue el mismísimo San José quien vino en su rescate. Es por esta razón que las personas han dado a las escaleras el apodo de “Escalera de San José”.

Cuando en un esfuerzo por ubicar al misterioso carpintero se contactó a los proveedores y comercios locales, ninguno de ellos reconoció o identificó al artesano, ni mucho menos fue capaz de ayudar en lo absoluto. No se pudo recuperar ninguna factura de ventas que incluyese una lista de materiales similares a los empleados en la construcción de la escalera. Peor aún, se descubrió que la madera utilizaba era de un tipo desconocido. Cualquiera que haya sido el tipo de madera utilizada, no era producía en el área de Santa Fe.

Un análisis moderno reveló que la madera era Picea, comúnmente empleada para la manufactura de instrumentos musicales como guitarras y pianos, pero que sin embargo, pertenecía a una variedad que nadie conocía.

Se concluyó que la ubicación más próxima posible que pudiese haber servido como fuente para madera de este tipo, habría estado en alguna parte de Alaska. ¿Por qué un carpintero victoriano transportaba una cantidad considerable de madera con nada más que una mula, justo en la improbabilidad de que pudiera ser necesario construir una escalera a miles de kilómetros de distancia?