Por tanto, he ahí, en la devoción a Nuestra Señora de El Buen Suceso, la tabla de salvación para el mundo contemporáneo, corrompido y descristianizado. He ahí también, la firme esperanza del triunfo de ella sobre Satanás y sus secuaces.

En Diciembre de 1610, el Niño Jesús, en brazos de su Madre Santísima, refería a la Madre Mariana de Jesús Torres lo siguiente:

“(La Imagen) será consagrada con el Sagrado Oleo, y en Ella, todos los pecadores y almas atormentadas encontrarán el perdón de sus pecados, el consuelo y remedio a todas sus necesidades y tribulaciones. Para eso, mi Madre Santísima quiere tomar tan dulce invocación de El Buen Suceso.”

También en 1628, la Madre Mariana vio al Ecuador rodeado por sus cuatro extremos por una nube negra, compuesta de innumerables demonios, los que con alaridos, gritos, risas diabólicas y horribles ademanes, procuraban apoderarse de la nueva República, para que fuese desde el principio, gobernada y regida por ellos.

Y allí, se asentaría la maldad de los siete pecados capitales, y el odio a Nuestro Señor y a su Bendita Madre, se acabarían todos los Conventos y Claustros, e impedirían la existencia de toda institución piadosa. Ellos soplaban y toda la atmósfera se llenaba de espeso humo, que oscurecía la luz preciosa de la fe en las almas, encendiendo la blasfemia y endureciendo los corazones.

Luego, el Cielo se abrió de par en par sobre la República, y una luz clara e irresistible, se apoderó de todo el Ecuador. Se oyó entonces la voz del Príncipe San Miguel que decía:”Descended inmediatamente al fondo de los abismos, malditas y negras legiones, porque aquí Dios vive, Dios triunfa, Dios reina en todo tiempo por medio de sus almas predilectas! ¡Y, cuando más triunfantes estuviesen, más próxima estará vuestra derrota!”.

Y por las cuatro extremidades de esta tierra, se cruzaron en ese momento rayos, tormentas, relámpagos y espadas de fuego, que caían a diestra y siniestra. Parecían manejadas por manos muy versadas en la guerra, y derrotaban a las diabólicas legiones, las que al desaparecer, lanzaban alaridos horribles, como de alguien mortalmente herido; al mismo tiempo, los espíritus malignos amenazaban con jamás dejar de promover cruel guerra contra esta pequeña porción de tierra, en la que será venerada y querida la Mujer, su Enemiga.

Decían los demonios:”Estas tierras serán nuestras cuando logremos extinguir la devoción del pueblo hacia Ella, ese día, la victoria será nuestra !

Y gritaban: “Vendrán tiempos en que tendremos muy buenos agentes que con fuerza y violencia ganarán para nosotros un buen pedazo de este territorio. Los ampararemos, y les proporcionaremos placeres, comodidades, riquezas; y después los atormentaremos en el Infierno, porque, ingratos, desconocerán los beneficios de su Creador”.

Lo conocido por la Madre Mariana hace cuatro siglos, es hoy en día más que una realidad. El demonio combate contra la devoción a Nuestra Señora, valiéndose de todos los medios, incluso de algunos que son o se suponen católicos. Más esta acción de las tinieblas es en vano.

Aquí y allá, María Santísima continúa -a pesar de la crisis moral universal que avanza desenfrenadamente- atrayendo a miles de almas, desenvolviendo un plan de regeneración, que evidentemente podrá conducir a un gran y espectacular desenlace.

La esperanza para el mundo: el triunfo de Nuestra Señora

El cuadro abrumador de decadencia e impiedad descrito en el presente artículo, no es sino tan sólo, el reflejo de aquello dicho por el Apóstol, de que las obras de la carne son: “fornicación, impureza, deshonestidad, lujuria, idolatría, maleficios, celos, iras, discordias, pleitos, envidias, homicidios, embriaguez, orgías, y otras cosas semejantes” (Gálatas, V, 19-21).

Por lo contrario, los frutos del espíritu son: “caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (idem, 22-23). No es necesario preguntarse si lo preponderante en nuestros días son las obras de la carne o los frutos del espíritu…

Viendo las cosas desde otra perspectiva, ¿osaríamos decir que la civilización contemporánea es preponderantemente cristiana?

En este caso, deberíamos reconocer que la corrupción de las costumbres, el lucro, las rivalidades, las luchas, el desorden general, que en la actualidad preponderan, son los frutos propios y típicos de la influencia de la Iglesia. Obviamente con esta afirmación, estaríamos blasfemando.

Así, es forzoso reconocer la verdad: nuestra civilización no es más formada por el espíritu de Jesucristo. Ella produce los frutos típicos de las civilizaciones dominadas por las tinieblas.

¿Y de esto, qué se puede esperar? Con algunas décadas más de guerras, de discordias, de luchas entre naciones y clases, ¿a dónde llegaremos? Si la corrupción de las costumbres se acentuase con la creciente velocidad con la que lo viene haciendo, cuál será la situación del mundo de aquí a algunos años, por ejemplo, en cuestión de modas inmorales, que casi ya alcanzan el nudismo, o en materia de unión de personas del mismo sexo?

Raciocinando correctamente, será necesario reconocer que muy poco nos separa de la catástrofe total, y que de continuar así, dentro de muy poco tiempo, sufriremos un eclipse cultural y de civilización, semejante a la caída del Imperio Romano de Occidente.

Y en medio de tal situación, ¿cuál será el futuro de la Iglesia? ¿Acaso se verá Ella condenada a vivir nuevamente en las catacumbas? ¿El número de fieles se verá reducido al tamaño de un remanente insignificante?

El futuro sólo Dios lo conoce. Nadie podría razonablemente sorprenderse, si toda la estructura de la civilización actual, se desmoronase estruendosamente, en un caos de consecuencias impredecibles. Pero hay una razón -y no es la única – para esperar que la providencia no permitirá que la Santa Iglesia vuelva a las catacumbas. Dicha razón es que, entre las desolaciones de la época presente, ya existe un prenuncio de victoria: la acción por así decir, visible ante los hombres, de la Virgen Santísima en la tierra.

Todas las circunstancias parecen adecuadas para un triunfo inmenso de la Reina de la Creación. La crisis es trágica. Diríamos que casi ha llegado a su auge. Los elementos humanos de salvación están a bien decir, inutilizados. Nos volvemos indignos de recibir cualquier gracia, pues sólo merecemos castigos y más castigos por nuestros pecados. Todas las características de una situación humanamente perdida, parecen acumularse, no sólo típica, sino también arquetípicamente en el momento actual.

¿Quién nos podrá socorrer? Solamente, alguien que tenga para con nosotros, una complacencia sin límites, una complacencia de Madre, de Madre ilimitadamente buena, generosa, exorable. Pero, sería necesario que esta Madre fuese al mismo tiempo, más poderosa que todas las fuerzas del mundo, del infierno y de la carne. Sería necesario que fuese omnipotente junto al propio Dios, justísimamente irritado por nuestros pecados. Salvarnos en esta situación, sería la más rutilante de las manifestaciones del poder de una Madre así.

Ora, una Madre así, nosotros sí la tenemos. Ella es Madre de Dios y Madre nuestra. ¿Cómo no darnos cuenta de que tantos desastres y tantos pecados claman por la intervención de María Santísima? Y ¿cómo no percibir que Ella atenderá nuestro clamor?

¿Cuándo lo atenderá? ¿En medio del grande drama que se aproxima? ¿Después del mismo? No lo sabemos. Sin embargo, una cosa parece absolutamente razonable. Lo que María Santísima prepara para la Santa Iglesia como desenlace de esta crisis, no son siglos de agonía y de dolor.
Por el contrario, Ella prepara una era de triunfo universal. Ella que es la Reina de la Paz, es por excelencia la Reina de las Victorias.

Es, hacia ese triunfo anunciado por Nuestra Señora de El Buen Suceso, que debemos tender y trabajar incansablemente, dedicándole toda nuestra existencia.

Las palabras del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, nos estimulan en este sentido:

“Nuestra Señora de El Buen Suceso, es la Patrona de todos los que buscan un buen suceso al servicio de Su buena causa, de todos quienes, en medio de la oscuridad del neopaganismo de nuestros días, se esfuerzan, para que nazca el sol del Reino de María. A Nuestra Señora de El Buen Suceso, bien se la puede considerar como la dichosa Patrona de la hora y del momento, en que Su Reino finalmente nazca en la tierra.”

Fuentes

Adaptado de una serie de documentos publicados originalmente en http://www.traditioninaction.org/OLGS/olgshome.htm

Traducción y Adaptación por Proyecto Emaús.