El día de la famosa batalla de Bull Run (durante la guerra de secesión de los Estados Unidos), el general Smith, que comandaba el ejército del sur, arribó al lugar demasiado tarde con su división para conocer la contraseña necesaria que le permitiese continuar el avance. Sabía que si proseguía sin él, sería atacado por su propio ejército, y si permanecía en el lugar, aislado del grueso de sus fuerzas, sería aniquilado por el enemigo.

Viendo el peligro en el que se encontraban él y sus hombres, se plantó al frente de su división y preguntó si había alguien que quisiera voluntariamente quisiera entregar la vida propia para salvar la de sus compañeros. Casi de inmediato, un muy joven soldado dio el paso adelante ofreciéndose asimismo para la misión.

Segundos después, el general se planta frente al soldado y tiene lugar esta breve conversación:

-¿Sabes lo que te sucederá?
-Sí mi general.
-Te van a disparar.
-Eso lo sé.

Entonces el General escribió estas palabras en un pedazo de papel:”Envíenme la contraseña. El General Smith.” y se lo entregó al heroico soldado, pues sabía que tan pronto le disparan, revisarían su cuerpo, encontrarían la nota y se la entregarían al General Pierre Gustave Toutant-Beauregard.

El joven soldado guardó el mensaje entre sus ropas, montó en su caballo y a todo galope se alejó del lugar entre los saludos y respetos de sus camaradas, quienes admiraron su valentía.

El muchacho era un buen católico. Se preparó asimismo a morir repitiendo el Acto de Contrición varías veces para luego encomendar su alma a Dios. Cuando llegó al puesto de avanzada de su ejército, escuchó un grito:

-¿Quién anda allí?

A lo que el muchacho respondido:
-Un amigo.

-Danos la contraseña.

Como no la tenía, avanzó lentamente aún montado sobre su caballo, mientras todos los fusiles se levantaban, apuntándole listos a disparar. El muchacho sabedor de que su hora había llegado, desmontó y levantando su mano, se hizo la Señal de la Cruz. De pronto, todos los fusiles fueron puestos en descanso y al soldado se le permitió pasar.

Esa misma mañana, el General Gustave Toutant-Beauregard, buen católico el también, había establecido que la contraseña para obtener el paso libre, sería Señal de la Cruz. Así y sin saberlo, había salvado la vida del pio y valeroso soldado.

Fuentes

Publicado originalmente en la revista Crusade de Enero/Febrero 2016 Traducido y adaptado por Proyecto Emaús.