Jacinta de Fátima: El sufrimiento para salvar a los pecadores

Cualquier lector, bien podría preguntarse  ¿por qué he de leer un artículo más sobre Fátima? ¿por qué he de leer un artículo sobre Jacinta? ¿qué podría sacar de leerlo? o simple y llanamente decir ¡Sé todo lo que necesito saber sobre Fátima: En 1917 Nuestra Señora se les apareció a tres pequeños pastorcitos y les pidió rezar el Santo Rosario! ¿De qué manera un evento que tuvo lugar hace 100 años concierne hoy a mí vida?

Al leer este artículo, usted descubrirá la razón por la que Nuestra Señora, durante la aparición de Julio 13 de 1917, les enseño el Infierno a los tres pequeños niños y aprenderá -le garantizo – a ver las vicisitudes diarias y las dificultades de la vida, de una manera muy distinta.

Sí. Nuestra Señora les enseñó el Infierno a tres niñitos de 10 (Lucía), 9(Francisco) y 7 años (Jacinta): Demonios bajo la forma de horribles monstruos y las almas de aquellos condenados, ardiendo en aquel inmenso fuego. Pero, ¿por qué haría Nuestra Señora semejante cosa?

Esta visión del Infierno, transformó por completo la vida de la pequeña Jacinta. Desde aquel mismo día, ella se comprometió a sufrir y a ofrecer todas sus vicisitudes y padecimientos, por la conversión de los pecadores, así, de esta manera, sus almas no terminarían en aquel terrible lugar, perdidas para siempre…

Al leer estas páginas, sabrá como el amor hacia el prójimo, incluidos los pecadores, puede llevar a una pequeña niña, a una aceptación heroica del dolor y el sufrimiento.

¡Y vaya que la pequeña Jacinta sufrió! Pequeña, sin educación, pobre y enferma, a través del sufrimiento, Jacinta es transformada en un gigante lleno de virtudes, de riqueza y fortaleza interior, modelo universal de juicio y sabiduría. Estoy plenamente convencido de que Jacinta tiene algo muy especial para usted.

Yo le garantizo que después de haber leído todo el artículo completo, no volverá a ser la misma persona.

 

Tengo lástima por las almas que van al Infierno!

A consecuencia de la visión del Infierno, fue el concepto de eternidad, uno de los que más impresionó la vida de la pequeña Jacinta. Algunas veces, Jacinta interrumpiría sus juegos infantiles para preguntar a su prima:

-Pero mira. Tantos y tantos y tantos años y ¿el infierno nunca se termina?

-No.

-¿Incluso si son muchos muchos años?

-No. El Infierno nunca termina. Tampoco se termina el Cielo. El que va al Cielo se queda ahí para siempre. Igual pasa con los que van al Infierno. ¿No ves que son eternos y que nunca se acaban?

-¿Esas personas ardiendo en el Infierno entonces nunca mueren? ¿Nunca se convierten en cenizas? Si rezamos un montón por los pecadores: ¿Dios los sacará de ahí?, ¿ni con sacrificios?
¡Pobres! Rezaremos y haremos muchos sacrificios por ellos. ¡Que buena es Nuestra Señora. Nos ha prometido llevarnos al Cielo!

La visión del Infierno causó en Jacinta tal horror, que todas los sufrimientos y penitencias que pudiera ofrecer, parecían muy poca cosa para salvar siquiera, algunas cuantas almas de la condenación perpetua.

¿Como es que Jacinta, siendo tan pequeña, fue capaz de comprender plenamente y aceptar el espíritu de mortificación y penitencia? Lucía lo explica:

“A mi parecer, primero se debió a una gracia muy especial concedida por Dios por medio de la intercesión del Inmaculado Corazón de María, y en segundo lugar, fue a consecuencia de la visión del Infierno y lo terrible del estado de las almas que allí caían.
Hay personas muy piadosas, que no quieren hablar a los niños sobre el Infierno para no asustarlos. Pero Dios no vaciló en mostrárselo a una pequeña de 7 años, sabiendo que se sentiría aterrorizada. Me atrevería decir, que hasta el punto de sentirse morir de terror”.

Frecuentemente, Jacinta solía sentarse sobre una piedra, sumergirse en sus pensamientos y decir:

“Infierno, Infierno. ¡Qué lástima siento por las almas que van al Infierno! Las personas son quemadas vivas como en una hoguera.

Luego, se pondría de rodillas y juntando sus manitos, recitaría en voz alta la oración que la Santísima Virgen les enseñase:

“Oh Jesús mio, perdona nuestros pecados, líbranos de los fuegos del Infierno, lleva todas las almas al Cielo, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.
Hay tantas que van allí”.

Jacinta permanecía de rodillas por largo rato, repitiendo la misma oración. De rato en rato, hacía una pausa para llamar a Lucía y Francisco:

!Francisco, Francisco. ¿Estás rezando conmigo? Necesitamos rezar mucho para salvar un montón de almas del Infierno. Son tantas las que van allí.

Un día, Lucía fue de visita a la casa de Jacinta, y la encontró sentada sobre su cama, muy pensativa:

-¿Jacinta en que estas pensando?

-En la guerra que va a venir. Mucha gente va a morir e irá al Infierno. Muchas casas serán destruidas y muchos sacerdotes serán asesinados. Mira, yo voy a ir al Cielo, pero tan pronto veas esa luz en la noche, que Nuestra Señora nos dijo sería la señal de que la guerra esta cerca, asegurate de escapar allí también.

-¿No sabes que uno no puede huir al Cielo?

-¡Es verdad! Pero no te asustes. En el Cielo yo rezaré mucho mucho por ti, por el Santo Padre y por Portugal. Así la guerra no llegará hasta aquí y no morirán los sacerdotes.

Algunas veces Jacinta se hacia la pregunta que – muy seguramente – muchos nos hemos hecho:

¿Por qué Nuestra Señora no les enseña el Infierno a los pecadores? Si ellos lo ven, muy seguramente dejarían de pecar para evitar ir allí. Tienes que decirle a Nuestra Señora que le muestre a estas personas (la multitud que se reunía mes a mes en Cova da Iria). Ya verás como se convierten.

Entonces, un tanto insatisfecha, preguntaría a Lucía.

-¿Por que no le dijiste a Nuestra Señora que les enseñe el Infierno?
A lo que con tristeza respondió:

-Es que me olvidé.

-¿Cuales son los pecados que cometen estas personas para ir al Infierno?

-No lo sé. Quizás no van a Misa los Domingos, roban, dicen palabras feas, maldicen, juran en vano.

-¿Y van al Infierno solo por alguna palabra?

-Claro, sí es un pecado.

-Qué les costaría mantenerse callados e ir a Misa los Domingos. Qué lástima siento por los pecadores. Sí les pudiese mostrar el Infierno…
Yo voy a ir al Cielo, pero tú que aún te vas a quedar aquí, tienes que decirles a todos como es el Infierno, así no pecan más y no tendrán por qué ir ahí. Son tantas las personas que van al infierno.

-No temas. Tu irás al Cielo.

-Yo lo sé. Pero quiero que todas estas personas también vayan.

Sufriendo por salvar a los pecadores

Jacinta no perdería ninguna oportunidad para hacer sacrificios y ofrecerlos por los pecadores. Así, a manera de mortificarse, evitaría comer algunos de sus alimentos. Lucía al percatarse, le diría:

-¡Jacinta, ven y come ahora!

-¡No! Ofrezco esto en sacrificio de los que hacen gula.

Cuando Jacinta se sentía afectada por su enfermedad, no vacilaba en asistir a Misa durante la semana. Lucía la reprochaba:

-Jacinta, no tienes por qué ir. No es Domingo.

Y cuando la pobre Jacinta, escuchaba improperios lanzados por algunas personas, llevándose ambas manos al rostro, se lamentaba:

Dios mio. Que no saben que por decir estas palabras pueden ir al Infierno. Perdonalas Señor Mio Jesucristo y conviértelas. Seguramente no saben que con esto ellos ofenden a Dios. Que lástima. Jesús yo rezaré por ellas.

Los tres pequeños pastorcitos conocían a dos familias muy pobres, que tocando de puerta en puerta, mendigaban algo que poder comer. Un día mientras apacentaba su rebaño, Jacinta propuso a Lucía y Francisco:

-¿Y si les damos nuestros alimentos a estas pobres personas por la conversión de los pecadores?

Y habiendo dicho esto, tomó sus provisiones para aquel día, y corriendo fue a entregárselas a aquellas hambrientas personas. De inmediato, Lucía y Francisco harían los mismo corriendo detrás de Jacinta.
Por supuesto que al caer aquella tarde, los tres pastorcitos sintieron hambre. Para remediarla, Francisco subió a un pequeño árbol y llenó sus bolsillo de pequeñas y dulces bellotas. Pero Jacinta sugirió que deberían comer en su lugar las del roble verde, que por su amargura, podrían convertirse en un pequeño sacrificio más.

Este se convertiría en uno de sus sacrificios más habituales. También recolectaban aceitunas, las que puestas en salmuera, tenían un sabor menos amargo. Tanto bellotas como aceitunas, eran tan amargas de comer, que Lucia le dijo a Jacinta un día:

-Jacinta. No las comas. Son muy amargas.

-Es por eso que me las como. Para convertir a los pecadores.

Así, Jacinta parecía insaciable en sus ofrendas y sacrificios. En su generosidad como pequeña víctima, sólo quería sufrir por la conversión de los pecadores. A este fin, usualmente ella aceptaría las más duras condiciones de vida, impuestas por ella misma.

Sacrificios a diario para salvar a los pecadores

La mamá de Jacinta, sabía muy bien sobre su repugnancia por la leche. Un día le ofreció a la pequeña niña un buen vaso con leche y un racimo de uvas:

-Oye Jacinta, si no puedes tomar la leche, déjala pero cómete las uvas.

-No mamá. No quiero las uvas. Puedes comerlas tu si quieres. Yo tomaré la leche.

Y diciendo así, y sin mostrar la más mínima señal de repugnancia, la bebió toda. Su madre estaba contenta creyendo que la repugnancia de Jacinta por la leche, había llegado a su fin. Sólo poco después, Jacinta le confesaría a Lucía:

“Tenía tantas ganas de comerme esas uvas y me fue tan difícil beber la leche. Quise ofrecerlo como sacrificio a Nuestro Señor”.

Una mañana Lucía encontró que Jacinta padecía las consecuencias de su intolerancia por la leche:

-¿Te sientes mejor?

-Anoche sentí mucho dolor y quise ofrecer a Nuestro Señor el sacrificio de no volver a la cama. No dormí nada anoche.
Cuando estoy sola, me levanto de la cama para rezar las oraciones del Ángel, pero ahora ya no puedo llegar a tocar el suelo con la cabeza porque me caigo. Por eso ahora sólo rezo de rodillas.

Preocupada por Jacinta, Lucía decide contárselo a su confesor quien sabía siempre como orientarla. El ordenó que Jacinta no debería levantarse de su cama para rezar. Podría decir todas las oraciones que quisiera desde su cama y sin cansarse mucho. De inmediato se lo hizo saber así a Jacinta.

-¿Será del agrado de Nuestro Señor?

-Lo será. Nuestro Señor quiere que hagamos caso a lo que nuestro pastor nos dice.

-Está bien entonces. No me levantaré de la cama en la noche para rezar.

La pequeña Jacinta y su amor al Santo Padre

Un día muy caluroso, los niños tomaban la siesta cerca del pozo que se encontraba en la parte posterior del jardín de la casa de Lucia. Entonces Jacinta preguntó a su prima:

-¿Haz visto alguna vez al Papa?

-No.

-No sé cómo ha pasado. He visto al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, frente a una mesa, con las manos en su cara, llorando.
Afuera de la casa, habían muchas personas, algunas tirándole piedras, otros insultándole y maldiciéndole, diciéndole malas palabras. Pobrecito Santo Padre. Tenemos que rezar mucho por él.

No mucho después, dos sacerdotes que habían ido a interrogar a los niños sobre el tema de las apariciones, tomaron a bien explicarles a los pequeños, quién era el Santo Padre y les pidieron que rezaran por él. Entonces Jacinta le preguntó a Lucía:

-¿Es el mismo que vi llorando, el mismo del que Nuestra Señora nos habló en ese secreto?

-Sí.

De hecho Jacinta llegó a sentir tanto amor por el Santo Padre, que cada vez que ofrecía un sacrificio a Jesús agregaba: “Y por el Santo Padre”.

Al final de cada Santo Rosario, ella recitaba tres Avemarías por el Papa agregando:

“Me gustaría mucho ver al Santo Padre. Tanta gente viene aquí, pero nunca viene el Santo Padre”.

Posteriormente en otra oportunidad, los tres pequeños habían ido a su lugar favorito en Loca da Cabeco, en donde el Ángel se les había aparecido la primera vez. Se postraron con sus frentes tocando el suelo, recitando muy fervientemente la oración que les había enseñado. Luego de unos momentos, Jacinta se puso de pie y preguntó:

¿No ven todos los caminos llenos de gente llorando de hambre y que no tiene nada que comer? ¿Y al Santo Padre en una iglesia rezando frente al Inmaculado Corazón de María y mucha gente rezando con él?

Después de varios días, le preguntaría a Lucía:

-¿Puedo decir que he visto a toda esa gente y al Santo Padre?

-No. ¿Que no te das cuenta que es parte del secreto y si lo dices pronto lo descubrirían?

-Está bien. No diré nada entonces.

La Enfermedad de Jacinta

Un año después de la última aparición y hacia fines de Octubre de 1918, Jacinta cayó enferma, seguida por Francisco. La epidemia de Influenza que había afectado a tanta gente, era indudablemente la causa de su severa bronconeumonía, de la que no se habría de curar, sino que por el contrario, empeoraría paulatinamente, degenerando en pleuresía con abscesos externos y ultimadamente, en tuberculosis.

Un día dijo a Lucía:

Mi cabeza me duele mucho y tengo tanta sed, pero no le digas nada a mi mamá. Quiero sufrir en acto de reparación a Nuestro Señor en reparación de las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María, por el Santo Padre y por la conversión de los pecadores.

Otra mañana en que Lucía había ido a verla, le pregunto:

-¿Cuantos sacrificios le ofreciste a Nuestro Señor anoche?

-Tres. Me levanté tres veces y rece la oración del Ángel.

-Yo le he ofrecido muchas muchas, no sé cuentas. Tuve muchos dolores y no me quejé.

“No voy allá para ser curada”

El primero de Julio de 1919, Jacinta había estado enferma por casi un año y fue llevada al hospital de Vila Nova de Ourém, el mismo pueblo en el que había sido aprisionada por el alcalde, en agosto de 1917.

Con extremo cuidado, su padre acomodo su delgado y delicado cuerpo sobre el lomo de una mula, misma que la llevaría en un trayecto de 6 kilometros hasta el pequeño pueblo.
La niña sabía muy bien que no se dirigía al hospital para ser curada, sino, para sufrir por la conversión de los pecadores. Nuestra Señora, así se lo había hecho saber.

A lo largo del camino, ella recordó las visitas que Nuestra Señora les hiciera a ella y a Francisco, aquella vez que se había sentido un poco mejor y había podido ir a la cama de Francisco para acompañarlo todo un día. Inmediatamente después, había hecho llamar a Lucía para decirle:

Nuestra Señora vino a vernos y dijo que pronto regresaría para llevarse a Francisco al Cielo. Me preguntó si quería convertir a más pecadores. Yo le respondí que sí. Entonces me dijo que pronto iría a un hospital y que sufriría mucho allí, que debería de sufrir por la conversión de los pecadores, en reparación de las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María y por amor a Jesús. Le pregunté si vendrías conmigo. Ella respondió que no. Para mí esta es la parte más difícil. Me dijo que mi madre me llevaría, pero que después estaría allí sola.

La pequeña niña se sentía extremadamente asustada de quedarse sola en aquel lugar, que imaginaba iba a ser muy terrible.
Entonces agregó:

¡Sí solamente fueses conmigo. Lo más duro para mí es ir sin ti. Quizás el hospital es una casa muy grande y obscura donde no podré ver nada y estaré allí sufriendo sola!

Y de pronto, se volvió hacia la única cosa que realmente importaba:

“Pero está bien. Sufriré en reparación al Inmaculado Corazón de María, por la conversión de los pecadores y por el Santo Padre”.

Por el contrario a lo que temía la pobre Jacinta, el hospital de Vila Nova de Ourém era todo blanco y lleno de luz. Pero el tratamiento que recibiese allí Jacinta durante dos meses, pudo hacer muy poco para mejorar su salud. Ella sufrió grandemente.

Lo que comenzó como una pesada gripe en octubre de 1918, se había ahora convertido en una terrible tuberculosis, que había afectado uno de sus pulmones. Un absceso había degenerado en una herida abierta en su lado izquierdo, por el que emanaba un maloliente pus.

Ella recibió pocas visitas, pues tanto la distancia como las ocupaciones diarias, evitaban que su atareada madre, la visitase tan frecuentemente como hubiese querido. Cuando llegaba a ver a Jacinta, le preguntaba si quería algo. Por supuesto la pequeña respondía siempre, que lo que más quería era ver a su prima Lucía para conversar con ella.

Tan pronto como se presentaba la oportunidad, su madre llevaba consigo a Lucía, uno cosa nada sencilla, pues esto la obligaba a hacer un viaje redondo de 24 kilómetros cada vez. El viaje no se hacia en auto. Se hacía como acostumbraban los pobres: en una carreta tirada por una mula.

Tan pronto como Jacinta veía a Lucía, llena de gozo la inundaba de besos y le pedía a su madre que las dejara solas. Así lo hacía la mamá, quien aprovechaba la estancia en el pueblo para hacer algunas compras.

-¿Sufres mucho?

-Sí. Sufro mucho. Pero todo lo hago en reparación al Inmaculado Corazón de María.

Así, comenzaba a hablar entusiasmada sobre Nuestro Señor y la Santísima Virgen:

-¡Estoy tan contenta de sufrir por Su amor. De agradarles. Ellos aman mucho a quienes sufren por la conversión de los pecadores!

Como suele suceder, el tiempo para visitas se acababa bien pronto. Antes de retirarse, su madre insiste ne preguntar si se le ofrecía algo, a lo que Jacinta respondía afirmativamente, solicitándole que lleve a Lucía en su próxima visita.

Durante la segunda visita, Lucía encontró a Jacinta, sufriendo como el mismo gozo de aquella primera vez, por amor a Jesús, por el Inmaculado Corazón de María y por el Santo Padre. Lucía escribió:

“Era su ideal. Era de todo lo que hablaba. Era solamente una niña de diez años. Por lo demás, ella sabía como practicar la virtud y demostrar su amor por Dios y la Santísima Virgen María por medio del sacrificio”.

En opinión personal de Lucía, Jacinta tenía un íntimo conocimiento del profundo significado que los tres recibiesen:

Me parece a mí, que fue a Jacinta a quien Nuestra Señora comunicó la mayor abundancia de gracia, conocimiento de Dios y virtud.

De regreso del hospital

Luego de dos largos meses en el hospital de Vila Nova da Ourém, Jacinta regresó a casa. Nunca se quejó ni mostró impaciencia durante el cuidado diario de la herida infectada en su espalda.

En Septiembre de 1919, a pesar de su lamentable estado, Jacinta era aún capaz de moverse un poco. Debilitada y demacrada, asistió a Misa en la iglesia de Fátima, pues Cova de Iria estaba ahora más allá de sus escasas fuerzas.

En Octubre, un amigo de la familia la encontró en un estado lamentable, recalcando:

La pequeña era un esqueleto. Sus brazos estaban demasiado delgados. Ardía continuamente en fiebre. Su apariencia inspiraba compasión.

Ella fue nuevamente objeto de numerosas e interminables visitas de personas que llegaban a preguntar y ver aquello que ya no era posible ocultar.

“Ofrezco también este sacrificio por los pecadores” decía ella con resignación. “me gustaría ir a Cabeco para rezar una coronilla en nuestra gruta, pero ya no me siento capaz de hacerlo”.

Una nueva visita de la Santísima Virgen

Nuevamente la Santísima Virgen María fue a visitar a Jacinta, postrada en cama, para anunciarle nuevas cruces y sacrificios. Así se lo haría saber a su prima Lucía:

“Me dijo que iré a Lisboa a otro hospital, que no te volvería a ver a ti ni a mis padres, después de haber sufrido mucho, moriré sola pero no debo de temer, pues Ella me va a llevar al Cielo”.

Jacinta llorando le dio un beso a su prima.

-No te volveré a ver. No podrás irme a visitar allá. Reza mucho por mí por que voy a morir sola.

-No pienses en eso.

-Quiero pensar en eso. Mientras más lo hago, más sufro por amor de Nuestro Señor y por los pecadores. No me importa. Nuestra Señora irá a recogerme para llevarme al Cielo.

Jacinta también estaba preocupada de no poder ser capaz de recibir la comunión.

“¿Moriré sin poder recibir a Jesús? !Si tan sólo Nuestra Señora pudiese pudiese traerlo cuando venga a buscarme!

Y cuando Lucía le preguntó que haría en el Cielo, Jacinta respondió:

“Voy a amar un montón a Jesús y al Inmaculado Corazón de María. Voy a rezar mucho por ti, por los pecadores, por el Santo Padre, por mis padres, hermanos y por todos aquellos que me han pedido que rece por ellos”.

Cuando Lucía preguntó si necesitaba algo, Jacinta respondió:

No gracias. No necesito nada. Tengo mucha sed pero no quiero agua. Lo ofrezco a Jesús por los pecadores.

En otra ocasión, Lucía la encontró besando una imagen de la Santísima Virgen y diciendo:

Oh mi dulce madre del Cielo, ¿entonces moriré sola?

La pequeña niña parecía sumamente asustada por la idea de morir sola. Para aliviarla, Lucía le recordó:

-¿Qué importa si mueres sola si Nuestra Señora va a venir a recogerte?

-¡Es cierto! ¡Ya no me importa! No sé que me pasa. Algunas veces me olvido de que Ella vendrá por mi y solo recuerdo que moriré sin tenerte a mi lado.

Los padres de Jacinta toman una difícil decisión

A mediados de Enero de 1920, Canon Formigao, un sacerdote que había estado presente durante muchas de las apariciones y que había sido capaz de interrogar a los tres pequeños con tacto y precisión, regresó desde Lisboa con un médico, un alma piadosa que llegó a Cova da Iria para rezar con Lucía.
El padre Formigao presentó al médico a los padres de Jacinta, quienes le advirtieron que a pesar de los dos meses de hospitalización,  no había demostrado mejora alguna y que estaban al tanto de que la Santísima Virgen, pronto llevaría a la pequeña al Cielo. El médico atento a las palabras de los padres, logra finalmente convencerlos de internar a Jacinta en un hospital de Lisboa.

Sabiendo que el uso de la medicina y todos los tratamientos de los que pudieran echar mano no iban en contra de la voluntad de Dios, los padres se ponen de acuerdo y deciden enviar a Jacinta cuanto antes. Fue el papá quien entrando en su pequeña habitación, así se lo dejó saber. Jacinta se entristeció por la noticia pero la aceptó con resignación. El papá le explicaría que tenían que hacerlo de esa manera, pues así, las personas no podrían decir que se le había negado el tratamiento.

Papá, aún así me recobrase, otra enfermedad vendrá y yo moriré. Si voy a Lisboa, te tendrás que despedir de mi.

Poco antes de que Jacinta saliera rumbo a Lisboa, donde sabía moriría de todas maneras lejos de su familia, se encontraba inmersa en sus recuerdos cuando Lucía le dice:

-No estés tiste porque no voy contigo. Será por poco tiempo. Puedes pensar en Nuestro Señor, Nuestra Señora y decir “¡Dios mio yo te amo!, ¡Inmaculado Corazón de María!, ¡Dulce Corazón de María!

-¡Es cierto! No me cansaré de repetirlo hasta que muera, y después, lo cantaré en el Cielo.

Antes de salir por última de su pequeña casa rumbo a Lisboa, Jacinta le pidió a su madre que la llevase a la Cova da Iria, donde quería rezar y ver el lugar donde la Santísima Virgen María se les había aparecido.
Con la ayuda de un vecino, quien les prestó una mula, hicieron la ruta que habían recorrido tantas veces, tan sólo un poco tiempo atrás.

Antes de llegar, la pequeña pidió ser bajada de la carreta para así poder recoger algunas flores, las que colocó en la pequeña capilla que se había levantado, en el exacto lugar donde Nuestra Señora se les había aparecido.

Luego se arrodilló por un rato para rezar y levantándose, le enseño a su madre, los arboles sobre los que Nuestra Señora pasaba cuando regresaba al Cielo.

Salida de Fátima

El día en que salieron de Fátima, fue el 21 de Enero de 1920. La despedida entre Jacinta y Lucía fue larga y conmovedora, se abrazaron por largo tiempo. Jacinta le dijo a su querida prima:

Nunca nos veremos de nuevo. Reza mucho por mí hasta que llegue al Cielo. Allí yo rezare por ti. Nunca le digas a nadie el secreto, aún si quieren matarte. Ama a Jesús y al Inmaculado Corazón de María mucho mucho y haz muchos sacrificios por los pecadores.

Momentos después, Jacinta y su madre saldrían rumbo a la estación para tomar el tren que las llevaría a la capital.

El orfanatorio de Madre Godinho

Habiendo llegado a la ciudad de Lisboa, tres damas del orfanatorio “Nuestra Señora de los Milagros” fundado y dirigido por la madre Godinho, fueron a recogerlas. Las llevaron al hospital donde Jacinta tuvo que esperar un poco para ser admitida.
Su mamá permaneció con ella durante una semana, luego de la cual, tuvo que regresar al pueblo, dejando a su pequeña Jacinta bajo los cuidados de la madre Godinho, a quienes los huérfanos llamaban afectuosamente “madrina”.

Fue una gran consolación para Jacinta el saber que en la casa donde la habían instalado, había un corredor que llegaba hasta la parte posterior de la iglesia, contigua al púlpito.
Sentada desde una pequeña silla, podía ver el tabernáculo y el altar. Allí podía permanecer tanto tiempo como se lo permitieran.

Durante su estadía en el orfanato, se le permitió recibir la Santa Comunión casi a diario, así pudo finalmente saciar aquel anhelo de recibir como dueño de su corazón, a aquel Jesús que se “escondía en la Hostia”.

Dándose cuenta de la gran cantidad de visitantes que conversaban y reían en el interior de la capilla del hospital, Jacinta pide a la madre Godinho amonestarlos, debido a la falta de respecto que suponía a la presencia Real de Nuestro Señor.
Al ver que las personas no hacían caso, Jacinta pidió que el Cardenal fuese advertido de que “a Nuestra Señora no le gusta que se hable en la iglesia”.

Conversaciones con Nuestra Señora

Nuestra Señora visitó a Jacinta muchas veces, conversando con ella y anunciándole el día y hora de su muerte. Jacinta pidió a alguien que escribiera esto, recomendando nuevamente a Lucía que fuese muy buena.

Nadie puede imaginar lo profundo de las conversaciones entre Jacinta y la Reina del Cielo. El conocimiento de acontecimientos futuros y el discernimiento de las almas, son sólo pequeños indicios de lo que estas conversaciones podrían haber sido. Aquí algunos ejemplos:

Ella le confió a la “madrina” que la Santísima Virgen María, quería que sus dos hermanas (de 7 y 16 años) se convirtiesen en monjas. Pero como su madre se opuso, pronto se las llevaría al Cielo, algo que sucedió poco después de la muerte de Jacinta.

El médico asignado a la niña, le pidió en una oportunidad, que rezase por él cuando estuviese en el Cielo, Jacinta respondió “sí”, pero le advirtió que se preparase pues moriría pronto.

Luego de escuchar el sermón de un sacerdote que todos admiraban, Jacinta le dijo a su “madrina”, que pronto, en el momento menos esperado, vería en realidad cuan malo era ese sacerdote. Efectivamente. Poco después abandonaría el sacerdocio y empezaría a vivir una vida de escándalo.

Ella sabía muy bien que aún si rezaba por los pecadores, la conversión dependía de ellos mismos y si persistían en vivir en pecado, era su total responsabilidad. Por eso cuando la “madrina” le pidió rezar por algunas personas en un estado espiritual miserable, ella respondió: “Si madrina, pero aquellos están más allá de toda esperanza”.

Sus últimos días

Jacinta fue finalmente admitida en el hospital el día 2 de Febrero de 1920, con dos costillas en condición necrótica, que estaban a punto de ser removidas con la esperanza de poder contener la infección en sus pulmones.

Allí fue separada de la compañía de su buena “madrina”, pero especialmente, de su Jesús “escondido en la Sagrada Comunión”.
Jacinta fue colocada en una grande, larga y fría sala de enfermería con muchas camas. Como siempre, se lamentaba por los pecadores. Denunciaba la poca modestia y frivolidad de algunas enfermeras y de los visitantes:

“¿De qué se trata todo esto?…¡Si supieran lo que es la eternidad!

La cirugía de Jacinta se llevó a cabo el 10 de Febrero. No se empleó cloroformo para hacerla dormir, solamente la anestesia local disponible en aquellos días. Su mayor sufrimiento fue sin embargo, el tener su cuerpecito desnudo frente a los doctores, que no se percataban de la modestia de la pequeña niña. La pequeña sufrió y lloró a mares.

Todos los días era necesario tratar la herida, lo que producía en Jacinta muy agudo dolor. Mientras era atendida, Jacinta gritaba “Ai Nossa Senhora!” (¡Ay Nuestra Señora!) y luego agregaría “Paciencia…todos debemos sufrir para ir al Cielo”. Después de ese día, nunca más se le escuchó queja alguna.
La Santísima Madre de Dios, quien vino a verla varias veces en la enfermería, removió su dolor por completo cuatro días antes de llevársela.
A su “madrina”, la madre Godinho quien la visitaba a diario le dijo:

“Nuestra Señora se me apareció otra vez, pronto vendrá por mí. Ya se ha llevado todos mis dolores”.

Al ver que la madre Godinho acomodaba una silla para sentarse a su costado, Jacinta protestó: “¡Allí no madre. Es ahí donde se sentó Nuestra Señora!”

Poco antes de un muerte se le preguntó a Jacinta si quería ver a su madre, a lo que Jacinta respondió:

“Mi familia sólo durará por poco tiempo, además nos encontraremos nuevamente en el Cielo. Nuestra Señora se aparecerá una vez más, pero no a mí, pues sin duda ya habré muerto como Ella me dijo”.

El día establecido para su partida al Cielo finalmente había llegado. Alrededor de las 6 de la tarde, sintiéndose enferma, pidió recibir los últimos sacramentos. Un sacerdote llegó desde una parroquia cercana y escuchó su confesión. Ella insistió en pedir la Comunión pero el sacerdote le dijo que se la llevaría el día siguiente.
Cuando se fue, Jacinta insistió nuevamente en recibir la Comunión, pues sentía que iba a morir.
Treinta minutos después de las 10pm, Jacinta falleció muy tranquila pero sin comulgar. Sólo una joven enfermera a quien afectuosamente llamaba “mi pequeña aurora”, se quedó de pie y veló sus cuerpecito por el resto de la noche.

¡En el Cielo rezaré mucho mucho!

“Regresaré a Fátima pero sólo después de mi muerte” dijo Jacinta a su “madrina”. Primero, el cuerpo de Jacinta fue enterrado en Vila Nova de Ourém, en la bóveda perteneciente al Barón de Alvaiázere, protector de su familia.

Francisco fue enterrado en el cementerio de Fátima el 12 de Septiembre de 1935. Los restos de Jacinta fueron posteriormente trasladados a Fátima y colocados en un lugar especialmente preparado para ella y su hermano. En la lápida se puede leer esta simple inscripción: “Aquí yacen los restos de Francisco y Jacinta a quienes Nuestra Señora se les apareció.
Posteriormente entre 1951 y 1952, sus restos fueron llevados a la nueva Basílica de Fátima donde descansan ahora.

Cuerpo incorrupto de Jacinta antes de ser llevada a Fátima para su reposo final.

La historia de Jacinta Marto, no es una historia para aquellos inclinados al sentimentalismo. Es la historia de una pequeña niña que vio a la Madre de Dios con sus propios ojos, pero que también vio el Infierno. Como consecuencia de estos hechos y en correspondencia a las gracias recibidas, Jacinta dejó de ser una humilde pastorcita de las praderas de Portugal, para convertirse en una gran Santa.

Ella entendió que lo que realmente importa en esta vida, es tomar conciencia de la realidad de la eternidad. Ella fue llamada a ser lo que en la Iglesia de llama una “víctima expiatoria” y aceptó este llamado con amor y generosidad.
Su vida y su ejemplo contrastan notoriamente con el siglo XXI, es por eso que su historia es tan relevante hoy en día.

Santa Jacinta. ¡Reza por nosotros!

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Crusade de Julio/Agosto del 2017 y cuyo autor es Benoit Bemelmans.

Traducido y adaptado por Proyecto Emaús.

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