Hoy inicia la novena dedicada a la Visitación de María que corre desde el 22 al 30 de Mayo.

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de Contrición

Omnipotente y sempiterno Dios, cuya grandeza no cabe en los cielos , y ante cuya majestad tiemblan de pavor las potestades y se humillan los altos serafines: ¿qué deberé yo hacer en vuestra divina presencia, cuando no solo soy un vil y asqueroso gusanillo de la tierra, sino además, un pecador abominable, que tantas veces he provocado vuestra Justicia, con mis innumerables culpas y enormes delitos? Pero ¡ah, Dios y Señor mió! Yo sé que la grandeza de vuestra Bondad iguala a la grandeza de vuestro Ser, y que si mis pecados piden venganza y castigo, la sangre preciosísima de vuestro divino Hijo clama perdón y misericordia para este miserable. Perdonadme, pues, ¡oh Padre Eterno! por la pasión y muerte de vuestro Unigénito, en quien tenéis todas vuestras complacencias; miradle muriendo en una cruz por satisfacer los derechos de vuestra Justicia; atended a los sentimientos de su Sagrado Corazón, que Vos solo comprendéis: y en vista de una víctima tan inocente, tan santa y tan pura, soltad el azote con que merecí ser castigado y dadme el ósculo de vuestra paz, que me restituya a vuestra amistad y gracia, en la cual deseo vivir y morir, para ir a alabar eternamente vuestras misericordias en el cielo. Así os lo ruego por los méritos de mi Redentor Jesucristo, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración para todos los días

¡Oh Madre Santísima de la Luz, Virgen la más amable, dulce, tierna y benévola que ha salido de las manos del Creador, para consuelo, amparo y bien de todos los mortales! Nosotros os alabamos, bendecimos y tributamos el justo homenaje de las más rendidas gracias, por la dignación que habéis tenido de regalar a esta Ciudad vuestra soberana Imagen, bendita por esa vuestra misma mano, que con tan blando afecto acarició al niño Jesús en el pesebre, y con tan dolorosa compasión tocó sus llagas, cuando fue bajado de la Cruz y puesto en vuestro regazo. Al mismo tiempo, benignísima Señora, os agradecemos en lo íntimo del alma, el que hayáis escogido para hacernos este rico presente, el mismo día en que nuestra Madre la Santa Iglesia celebra vuestra Visitación a vuestra prima Santa Isabel; en lo cual entendieron nuestros padres, y hemos experimentado constantemente sus hijos que veníais a dispensarnos singulares favores, como los derramasteis a manos llenas en aquella ciudad de Judá. Con tan plausible motivo os consagramos este novenario, en el cual queremos refrescar la memoria de vuestras liberalidades, para perpetuo testimonio de ellas a las futuras generaciones e impetrar de vuestra bondad inagotable, la gracia de que a la hora de nuestra muerte, nos hagáis una visita, para entregar nuestra alma en vuestras maternales manos. Así os lo suplicamos por el divino Niño que tan graciosamente sostenéis en vuestro brazo izquierdo. Amén.

Primer Día de la Novena

Serenísima Reina y Señora del universo, que siendo Madre de Dios vivo, dejasteis vuestro apacible retiro y os levantásteis con santo apresuramiento, para ir personalmente a visitar a la anciana y dichosa Santa Isabel. Ah! sin duda que esta noble matrona jamás olvidaría tan alta distinción. Pues ¿cómo podremos olvidar la que nos habéis hecho, atravesando los mares para venir a nosotros desde Sicilia y fijar aquí vuestra morada? ¿qué visteis en nosotros para honrarnos con esta predilección? ¡Oh mil veces bendita vuestra inefable misericordia, pues como verdadera Madre allá corréis más solícita donde está el hijo más necesitado! Permitidnos pues, oh Madre Santísima de la Luz, que nos unamos al coro de los Ángeles para daros las debidas gracias por este singular favor, y que con ellos y especialmente con nuestros ángeles custodios os supliquemos nos visitéis en la hora de nuestra muerte y nos concedáis la gracia que en secreto os pedimos, si fuere así de vuestro agrado. Amén.

Segundo Día de la Novena

Piadosísima Virgen María, cuyas entrañas son tan compasivas para el miserable, que mereceis el nombre no solo de misericordiosa, sino aún de la misma misericordia. ¿Cuáles serían los afectuosos sentimientos de vuestra alma purísima y las dulces emociones de vuestro corazon cuando vuestros divinos ojos divisaron de lejos la habitación de vuestra prima, a donde os llevaban los impulsos del Espíritu Santo? Pues de la misma manera, oh gran Señora, nosotros comtemplamos hoy las amorosas ansias y maternal anhelo, con que os acercasteis a este humilde pueblo, por medio de vuestra portentosa imagen, que era la prenda segura de los insignes favores con que habíais resuelto beneficiarnos. Por tal motivo, nos postramos reverentemente a vuestras plantas, unidos con el coro de los Arcángeles, para significaros nuestro eterno reconocimiento y suplicaros que en nuestra última hora, consoléis nuestra agonía con vuestra deseadísima presencia, y entre tanto nos concedáis la gracia que ahora os pedimos. Amén.

Tercer Día de la Novena

Grande asombro es, Virgen María, considerar que Vos, la Esposa del Espíritu Santo, haya ido a Isabel, la esposa de Zacarías; y que el Hijo de Dios humanado en vuestro seno virginal, haya ido a Juan encarcelado en el vientre de su madre. ¡Oh qué misterio! ¡El Verbo divino rodeado de sus eternos e infinitos resplandores, se coloca hoy frente a frente de un niño envuelto en las tinieblas del pecado original! ¿Pero a quienes vinisteis, ¡oh Virgen Santa! cuando entró vuestra veneranda imagen en las calles de esta población, y llegó a la pobre casa en donde habia de permanecer entre nosotros? ¿Ante quienes se presentó ese vuestro divino Niño, que mostráis en vuestro brazo izquierdo, si no fue delante de unos pobres pecadores, mil veces más necesitados y miserables que Juan el Bautista? Os debemos, pues, por esta dignación tan excelente, todo el amor y gratitud de nuestra alma, y para satisfacer siquiera una pequeña parte de esta deuda, nos asociamos al coro de los Principados para alabaros y bendeciros, suplicándoos que cuando se anublen nuestros ojos por nuestra próxima partida de este mundo, veamos la serena luz de vuestro rostro, y si es conveniente para este fin, nos concedáis la gracia que ahora os pedimos. Amén.

Cuarto Día de la Novena

Purísima doncellita y dignísima Madre de Dios, cuya humildad fue tanto más profunda, cuanto más encumbrada fue vuestra grandeza: nosotros os admiramos, ensalzamos y bendecimos por haber sido la primera en saludar a Santa Isabel, regalando sus oídos con los acentos de vuestra voz dulce, que ahora regocija los cielos, con el inefable canto que sólo es dado entonar a las vírgenes que siguen al Cordero, y en cuya célica armonía dominan poderosísimamente las notas inimitables que salen de vuestra garganta. Así creemos que al presentaros en este nuestro afortunado suelo delante de nuestros antepasados, seriáis la primera en hablarles al corazón con esa voz interna y mística que oye en silencio nuestra alma, cuando contempla vuestra soberana imagen; y nosotros también confesamos, benignísima Protectora nuestra, que mil y mil veces os habéis anticipado a enviarnos saludables inspiraciones y a socorrer nuestras necesidades, aún antes de haber implorado vuestro patrocinio. Por esto nos unimos al coro de las Potestades para cantar vuestras misericordias, esperando que en los últimos momentos de nuestra vida, nos concederéis la dicha de oír vuestra voz dulcísima y la gracia que confiadamente, os pedimos ahora en esta novena. Amén.

Quinto Día de la Novena

¡Oh cuán grata y deseable es vuestra presencia, Virgen bondadosísima, pues basta ella sola para que huyan precipitadamente los males y afluyan abundantemente los bienes! Así aconteció en la dichosa casa de vuestra prima Isabel, pues tan luego como percibió la salutación que salió de vuestros graciosos labios, sintió que daba saltos de alegría el niño que llevaba en su vientre. ¡Oh mil veces venturoso niño, que en tales momentos, traspasando los términos de la naturaleza, anunció con sus gozosos movimientos que estaba presente el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo! Pero también felices nosotros, oh Madre Santísima de la Luz, pues desde que llegasteis a nosotros, todo este pueblo ha dado saltos de alegría, viéndose por vuestra intercesión, libre de los males que le han afligido, y colmado siempre de celestiales favores, así en el orden de la naturaleza como en el de la gracia. Justo es, pues, que os demos las debidas gracias, y a fin de suplir de algún modo nuestra insuficiencia, nos unimos al coro de las virtudes para tributaros nuestras alabanzas, y pediros al mismo tiempo que os dignéis asistir a nuestro último trance y nos lleneis de alegría, para salir en paz de este mundo. Y si es conducente a este objeto la gracia particular que deseamos conseguir en esta novena, os rogamos que os dignéis otorgárnosla. Amén.

Sexto Día de la Novena

Amantísima Virgen María, cuyas santas y preciosas manos son depositarias de todas las gracias que nos concede vuestro divino Hijo: nosotros nos alegramos al considerar que por vuestra mediación, no solo el niño Juan fue lleno del Espíritu Santo, sino que de él redundó en su bendita madre, para que iluminada por esta luz divina, pudiera celebrar vuestras inefables glorias, y cantar vuestra soberana excelsitud y grandeza. Y ¿quién, sino Vos, Señora, ha obtenido del Padre de las luces que en este pueblo arda inextinguible la fe católica, a pesar de los furiosos vientos de la incredulidad? ¿Quién sino Vos, nos ha alcanzado tantas ilustraciones para la vida eterna, las cuales, creciendo cada dia de claridad en claridad? ¡Oh insigne Bienhechora nuestra! ¡Cuán incapaces somos no solo de expresar, sino aun de concebir todo cuanto os debemos! Disimulad pues, nuestra pequeñez, y aceptad nuestras humildes gracias que con el coro de las Dominaciones os tributamos, esperando que a la hora de nuestra muerte, estando Vos presente, haréis con vuestros ruegos que la luz del Espíritu Santo se infunda en nuestros corazones, concediéndonos si conduce a este fin, la gracia que ahora os pedimos. Amén.

Séptimo Día de la Novena

Gloriosísima Virgen María, a quien después de Dios, se debe todo honor y alabanza, con absoluta preferencia a toda otra criatura: nosotros nos congratulamos por los magníficos encomios con que contestó a vuestra salutación la santa y nobilísima Isabel, pues obedeciendo no ya a los impulsos de la amistad y parentesco, sino a las inspiraciones del Espíritu Santo, abrió sus labios llena de alborozo, y exclamó en alta voz diciéndoos: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Estas mismas palabras, oh augusta Señora del universo, han sido repetidas en todos los siglos por todas las generaciones, y nosotros las hemos recogido de los labios de nuestros padres, cuando éramos todavía niños, y después, de la boca de los predicadores que nos han enseñado a honraros, en unión de vuestro tierno Niño, con estas expresiones, tan llenas de unción celestial y de sagrado fuego. Bien sabéis, Madre Santísima, que en vuestra devoción hemos cifrado nuestra dicha, especialmente desde que os dignasteis honrar este lugar con vuestra presencia; por lo cual celebramos hoy vuestras grandezas con el coro de los Tronos, suplicándoos que a la hora de nuestra muerte, no veamos a vuestro divino Hijo como Juez tremendo, sino que nos le presentéis en vuestros brazos como dulce Niño; y finalmente, que si la gracia que ahora os pedimos ha de conducirnos a nuestra salvación, nos la concedáis propicia. Amén.

Octavo Día de la Novena

Gloriosísima Virgen María, a quien después de Dios, se debe todo honor y alabanza, con absoluta preferencia a toda otra criatura: nosotros nos congratulamos por los magníficos encomios con que contestó a vuestra salutación la santa y nobilísima Isabel, pues obedeciendo no ya a los impulsos de la amistad y parentesco, sino a las inspiraciones del Espíritu Santo, abrió sus labios llena de alborozo, y exclamó en alta voz diciéndoos: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Estas mismas palabras, oh augusta Señora del universo, han sido repetidas en todos los siglos por todas las generaciones, y nosotros las hemos recogido de los labios de nuestros padres, cuando éramos todavía niños, y después, de la boca de los predicadores que nos han enseñado a honraros, en unión de vuestro tierno Niño, con estas expresiones, tan llenas de unción celestial y de sagrado fuego. Bien sabéis, Madre Santísima, que en vuestra devoción hemos cifrado nuestra dicha, especialmente desde que os dignasteis honrar este lugar con vuestra presencia; por lo cual celebramos hoy vuestras grandezas con el coro de los Tronos, suplicándoos que a la hora de nuestra muerte, no veamos a vuestro divino Hijo como Juez tremendo, sino que nos le presentéis en vuestros brazos como dulce Niño; y finalmente, que si la gracia que ahora os pedimos ha de conducirnos a nuestra salvación, nos la concedáis propicia. Amén.

Noveno Día de la Novena

¡Oh Madre Santísima de la Luz! Vos coronasteis vuestra visita a Santa Isabel, con un cántico tan divino, que sólo vuestros labios fueron dignos de entonarlo. ¿Cómo, pues, nos atreveríamos a pronunciarlo, si no es porque sabemos, que una madre gusta de que su hijo repita, aunque sea balbuceando, las palabras que ella le dicta? Concedednos, por tanto, Altísima Señora, que primero purifiquen los Serafines nuestra lengua con su sagrado fuego, para decir después con toda la efusión de nuestra alma:

Glorifica mi alma al Señor: y mi espíritu se regocijo en Dios mi Salvador.

Porque miró la bajeza de su esclava: pues ya desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Porque me ha hecho grandes cosas, el que es Todopoderoso-, y Santo el nombre de él. –

Y su misericordia de generación en generación sobre los que le temen.

Hizo valentía con su brazo; esparció a los soberbios del pensamiento de su corazón.

Destronó a los poderosos, y ensalzó a los humildes.

Hinchó de bienes a los hambrientos, y a los ricos dejó vacíos.

Recibió a Israel su siervo, acordándose de su misericordia.

Así como habló a nuestros padres, a Abraham, y a su descendencia por los siglos de los siglos.

¡Oh María! Por amor de la Sabiduría Eterna que os inspiró estas palabras, dignaos visitarnos á la hora de nuestra muerte y recibir en vuestras manos nuestro espíritu.

Se hace la petición y después se rezan tres Ave Marías en esta forma:

Dios te salve, María Santísima, poderosísima hija de Dios Padre, Virgen purísima antes del parto.
Avemaría.
¡Oh Madre de la Luz, Virgen María! Ahuyentad de tu pueblo la herejía.

Dios te salve, María Santísima, dignísima Madre de Dios Hijo, Virgen purísima en el parto.
Avemaría.
¡Oh Madre de la Luz, Virgen María! Asistidme piadosa en mi agonía.

Dios te salve María Santísima, castísima Esposa de Dios Espíritu Santo Virgen purísima después del parto.
Avemaría.
¡Oh Madre de la Luz, Virgen María! Que se salve por Vos el alma mía.

Oración Final

¡Oh Madre Santísima de la Luz y dulcísima Madre nuestra! El número de los favores, gracias y dones que os debemos excede a cuanto puede retener nuestra memoria, a cuanto se ha consignado en los anales de este pueblo, a todo en fin, cuanto puede expresar nuestra torpe lengua, y solo está escrito en vuestro amantísimo Corazón y en el de vuestro divino Hijo. ¡Ojalá os hubiéramos correspondido cada una de vuestras finezas con el amor y gratitud que justamente habéis merecido! Pero ¡ay! para confusión nuestra, confesamos que mil y mil veces, olvidando vuestras bondades, hemos perpetrado tantas culpas, iniquidades y crímenes, que a veces hemos obligado al Dios justo a descargar sobre nosotros el castigo; más apenas hemos recibido el primer azote, cuando Vos enternecida por nuestro llanto, os habéis interpuesto entre su Magestad y nosotros, y con vuestros maternales ruegos habéis desarmado su brazo. ¡Ah, Madre Santísima de la Luz! Nunca, nunca, por piedad, nos abandonéis, porque ¿a merced de quién se quedaría este Obispado? ¿con quién nos quedaríamos nosotros? ¿con quién nuestras familias y nuestros hijos? ¿con quién todo este pueblo que tanto habéis amado? No, Señora, creemos que no tendréis corazón para abandonarnos, porque una Madre como Vos, no puede olvidarse de sus hijos, aunque delincuentes. Alcanzadnos, pues, los sentimientos de una verdadera y eficaz penitencia de nuestros pecados; enjugad como siempre nuestras lágrimas, remediad nuestras necesidades, proteged a las personas que celebran vuestro advenimiento a esta ciudad, cubridnos a todos con vuestro manto, para vivir siempre bajo vuestra protección, y dignaos cortar Vos misma con vuestras manos, el hilo de nuestra vida, para entregar en ellas nuestra alma a nuestro Creador, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Fuentes:

Aciprensa