Las familias campesinas cargaban sus canastas de mimbre sobre sus hombros o las colgaban sobre las espaldas de burros y así comenzaron su marcha bajo el cielo lluvioso. Los padres y madres caminando distancias increíbles, cargaban sobre sus hombros a sus niños enfermos o cojos. Los pescadores dejaron las redes y los barcos en las playas y tomaron las carreteras. Jornaleros, Marineros, trabajadores de fábricas, damas y caballeros, criadas, camareros, jóvenes, viejos, ricos y pobres, toda clase de persona, caminaba pesadamente sobre el lodo, bajo la lluvia torrencial de la noche como un gran ejercito disperso que convergía en Fátima. Hubo de hecho entre 70,000 a 1000,000 personas que acudieron al lugar con la esperanza de encontrar allí algún favor del cielo. Todos se abrían paso sobre el terreno fangoso y las carreteras en mal estado. La risa se escuchaba entre los miembros de algunas familias que caminaban juntas. Fragmentos de antiguos cantos hacían eco en los montes húmedos. Habían periodistas laicos para informar sobre el evento.

fatima1

Casi todos, hombres y mujeres tienen los pies descalzos, las mujeres llevan su calzado en bolsas sobre sus cabezas. Los hombres se apoyaban en bastones grandes y también agarrando cuidadosamente sus paraguas. Se podría decir que todos eran ajenos a lo que sucedía al rededor de ellos, recitando el rosario en un canto rítmico triste. Avanzaban penosamente por el camino que se extiende entre los pinares y los olivares para poder llegar así al lugar de la aparición, donde bajo la luz serena y fría de las estrellas esperaban poder dormir, manteniendo los primeros lugares cerca de la encina bendita (el árbol donde se aparecía Nuestra Señora).

La misma escena se repetía afuera de las casas de los niños. Pedían a gritos ver a los niños y sin consideración, entraron a la fuerza sin esperar ser invitados. La madre de Francisco y Jacinta estaba furiosa por la manera en que ensuciaban todo el piso con charcos de agua y lodo rojo de los campos.
Fue el colmo cuando todos estos extranjeros comenzaron a acomodarse en sus camas obligando a su madre a echarlos afuera grito en cuello.

fatima2

Que espectáculo cuando por fin llegaron cerca del lugar de las apariciones. Todas las personas habían esperado pacientemente de pie y bajo la lluvia a los 3 niños.
Una verdadera muchedumbre oculta debajo de un mar de paraguas negros, sombreros y mantos empapados, estaban tan amontonados entre la carretera y la encina, esperando a los niños que lograron pasar solo con la ayuda de un chófer que tomó a Jacinta y la cargó entre sus brazos.
Un sacerdote que durante toda la noche había estado rezando, leía el breviario y de vez en cuando miraba nerviosamente su reloj. Luego se volvió hacia los niños y les preguntó a que hora iba la Virgen a llegar. “Al mediodía” respondió Lucía. Volvió a mirar su reloj con un gesto de desaprobación y exclamó “ya es mediodía, Nuestra Señora no es una mentirosa”.
Todo esto sucedía mientras la multitud rezaba el rosario.

“Bajen sus paraguas” gritó Lucía, pero el gentío no sabía por qué. Luego de unos minutos más, el sacerdote volvió a mirar su reloj y dijo “ya se pasó el mediodía. Fuera con todo esto, es todo una ilusión!”.

Lucía dijo entonces “El que quiera irse puede irse. Nosotros nos quedamos. Nuestra Señora nos dijo que viniéramos”. De inmediato, murmuraciones y gruñidos comenzaron a escucharse entre los decepcionados espectadores. Entonces de repente, Lucía miró hacia el oriente y gritó:

-“Jacinta, hincate que ya veo a Nuestra Señora ahí”.

Quienes estaban más próximos a los niños, notaron que sus rostros se habían enrojecido y lucían ahora transparentemente hermosos.

-“Qué quiere Vuestra Merced de mi” dijo Lucia.

Nuestra Señora respondió:

-“Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor, que soy la Señora del Rosario y que continúes rezando el Rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas”.

Lucía intercedió por la multitud:
-“quería pedirle muchas cosas: Si curaba a algunos enfermos o convertía a algunos pecadores”.

La Virgen respondió
-“A alguno sí, a otros no. Es preciso que se enmienden. Que pidan perdón por sus pecados”.

Tomando un aspecto muy triste, Nuestra Señora agregó:
-“No ofendan más a Dios nuestro Señor que ya está muy ofendido.”

Luego, abriendo sus manos como en apariciones anteriores, el milagro del sol sucedió, pero antes de esto, Lucía vio algunas cosas que la multitud no vio:

“Habiendo desaparecido la Santísima Virgen en esa luz que ella misma irradiaba, se sucedieron en el cielo tres nuevas visiones en forma de cuadros que representaban los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos del Santo Rosario. Junto al sol, apareció la Sagrada Familia. San José con el niño Jesús en los brazos y Nuestra Señora del Rosario. La virgen vestía una túnica blanca y un manto azul”.

Lo que si vieron sin embargo, fue algo estupendo y casi apocalíptico. Se entreabrieron las nubes y apareció el sol como un inmenso disco de plata. A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego, se detuvo de repente y luego nuevamente comenzó a girar sobre si mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones. Estas se reflejaban en los arboles, en el suelo en los arboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco-iris. El disco de fuego giró locamente 3 veces con colores cada vez más intensos, tembló espontáneamente y describiendo un inmenso zigzag, se precipitó sobre la multitud atemorizada. Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas sobre el lodo pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos y poco a poco el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zigzag hasta el punto en el horizonte desde el cual había descendido. Se hizo entonces fijar la vista en el. Era de nuevo el sol normal de todos los días.