La respuesta corta es no. De hecho, en algunas situaciones el enojo es la respuesta apropiada. Jesús a lo largo de los Evangelios manifiesta muchas veces su ira y hace denuncias públicas a menudo acompañadas por la frase “¡Ay de ustedes!”, por lo que debemos ser un poco más reflexivos acerca de la ira y hacer algunas distinciones.

La experiencia interna o sentimiento de ira debe distinguirse de su manifestación externa.

La expresión de la ira como respuesta a algún estímulo externo no es pecaminosa porque normalmente no podemos controlar el surgimiento de sentimientos o pasiones. La ira generalmente surge cuando percibimos alguna amenaza. Sabemos que algo está mal, lo consideramos amenazante o inapropiado. A veces nuestras percepciones pueden ser erróneas, pero mayormente no lo son. En este sentido, la ira no sólo no es pecado, sino necesaria, ya que nos alerta sobre la necesidad de responder frente a una situación y nos da la energía para hacerlo. Es una pasión y una energía para hacer las cosas bien o para hacer frente a una situación amenazante.

La ira puede surgir por razones menos que santas.

Algunos de nuestros miedos están arraigados en el orgullo o una necesidad desmesurada de estatus y afirmación; algunos provienen de prioridades erróneas. Por ejemplo, podemos estar excesivamente preocupados por el dinero, la propiedad, la popularidad o las cosas materiales; esto desencadena temores desordenados sobre cosas que no deberían importar tanto. Este miedo da lugar a un sentimiento de pérdida o disminución el que a su vez desencadena la ira. En este caso, el enojo puede tener una dimensión pecaminosa.

Las manifestaciones externas de ira pueden tener una dimensión pecaminosa

Sucede así particularmente cuando estas manifestaciones van más allá de lo que es razonable. Por ejemplo, una anciana cruzando la calle muy despacio justo cuando nosotros vamos en auto y llevamos mucha prisa. Si expresamos la ira lanzando insultos o hiriendo físicamente a alguien, bien podemos haber pecado. Incluso aquí, sin embargo, pueden haber excepciones. Por ejemplo, es apropiado a veces defenderse físicamente. Sin embargo, sigue siendo cierto que vivimos en tiempos muy difíciles en los que las personas a menudo se ofenden cuando no deberían.

Por lo tanto, por sí misma, la ira no es un pecado. Las Escrituras dicen: “Enojaos, mas no pequéis” (Sal 4: 4). Así que la ira no es pecado, pero la forma en que la exteriorizamos lo puede ser. Además, es posible que parte de nuestra ira brote de fuentes menos que santas.

¿Cuándo es apropiada la manifestación externa de ira?

Para decirlo fácilmente, cuando su objetivo es apropiado y razonable. Por ejemplo, es apropiado enfadarse cuando somos testigos de una injusticia. El Dr. Martin Luther King, Jr. aprovechó la ira de los estadounidenses hacia la injusticia del racismo. Él enfocó su energía en maneras productivas. Sin embargo, tuvo mucho cuidado de enseñar contra la violencia y la venganza. La ira no le dio a los manifestantes de derechos civiles el derecho de odiar. Por el contrario, les dio la motivación para actuar de manera creativa y enérgica para resistir la injusticia y efectuar el cambio a través de la no violencia.
Este tipo de respuesta era apropiada, razonable e incluso santa. La tradición de resistencia no violenta a la injusticia, continúa siendo fuerte en aquellos que protestan contra el aborto y otros pecados, crímenes e injusticias sociales. Es la ira la que motiva dentro de nosotros el deseo de hablar y el celo de actuar para rectificar una injusticia.

Hay, sin embargo, también aquellas personas que tristemente responden a la injusticia con protestas violentas, y expresan mucho odio. En tales protestas, la ira ya no es una energía creativa. Por el contrario, se ventila como ira violenta que manifiesta el odio y con frecuencia termina en la destrucción de la propiedad, el daño a, e incluso la muerte de otros seres humanos. Esto no es digno de ninguna noción cristiana de cólera.

La ira también es apropiada e incluso necesaria en algunas formas de corrección fraterna. Dejar de manifestar cierto nivel de ira puede llevar a la falsa conclusión de que el delito en cuestión no es realmente tan significativo. Por ejemplo, si un niño golpea a su hermano en la boca y le saca un diente, el padre debe exhibir una cantidad apropiada de cólera para dejar muy claro que este comportamiento es inaceptable. Corregir suavemente al niño con una voz suave y desapasionada podría llevar a la impresión de que esta acción realmente no fue tan mala. La expresión de la ira debe darse en el nivel apropiado, ni excesivamente fuerte ni demasiado débil. Esto, por supuesto, requiere de buen auto-control.

Mansedumbre

Esta es una beatitud importante, fruto del Espíritu Santo que nos ayuda a dominar la ira. Hoy en día, pensamos en una persona mansa como alguien de la que podemos aprovecharnos fácilmente.

Pero la definición original de mansedumbre la describe como una vigorosa virtud a través de la cual uno obtiene autoridad sobre su ira. Aristóteles definió la mansedumbre (πραΰτης) como la media entre estar demasiado enojado y no estar suficientemente enojado. La persona mansa tiene autoridad sobre su ira y es así capaz de convocar su energía pero controlando sus extremos. Los mansos están lejos de ser débiles; de hecho, manifiestan su fuerza en su capacidad de controlar su cólera. San Juan Crisóstomo dijo esto con respecto a la ira:

El que no está enojado cuando tiene causa para estarlo, peca. Porque la paciencia no razonable es un hervidero de muchos vicios.

Santo Tomás de Aquino dijo:

Por consiguiente, la falta de la pasión de la ira es también un vicio, [es] una falta de movimiento en la voluntad dirigida al castigo por el juicio de la razón.

Jesús pareciera haber enseñado muy fuertemente contra la ira:

Ustedes han oído que se decía al pueblo hace mucho tiempo: “No matéis, y cualquiera que asesinare estará sujeto al juicio.” Pero yo les digo que cualquiera que se enoje contra su hermano estará sujeto a juicio. De nuevo, cualquiera que diga a su hermano, “Raca”, es responsable ante el Sanedrín. Pero cualquiera que diga: “¡Estúpido!” Estará en peligro del fuego del infierno.

(Mateo 5: 21-22).

Tomando el pasaje en su valor nominal, parece que Jesús condena la ira sin excepción. Sin embargo, si ese es el caso, entonces Jesús claramente hubiese roto su propia regla, porque como ye hemos dicho, en los Evangelios, Jesús en muchas oportunidades manifestó su ira. Lo que Jesús condena claramente aquí es ira injusta y iracunda.

Los dos ejemplos en este pasaje muestran el tipo de ira que Él quiere decir. El primer ejemplo es el uso del término Raca, un epíteto que muestra desprecio total por el receptor. Note que Jesús vincula este tipo de enojo con el asesinato porque al usar el término, la otra persona está tan despojada de cualquier dignidad humana que matarlo no sería diferente de matar a un buey o a una mula. Este tipo de ira despersonaliza al otro y lo desprecia como hijo de Dios. Usando el término tonto tiene un propósito similar, aunque menos atroz. Por lo tanto, parecería que el Señor no está condenando todo tipo de ira, sino más bien la ira del desprecio y la despersonalización. Por lo tanto no es posible absolutizar la enseñanza de Jesús.

La mayoría de la gente está familiarizada con la exhibición de ira de Jesús contra los cambistas en el templo, pero hubo otras veces cuando Él también manifestó ira de manera significativa:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: “Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!” Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?”

(Mateo 23: 29-33)

Y en este otro versículo también:

¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi Palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira. Pero a mí, como os digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios.»

(Juan 8:44-47)

Jesús estaba claramente enojado. Se entristeció ante la dureza de corazón de sus oponentes. Su tono fuerte era una invitación autorizada al arrepentimiento. Una voz suave y tenue seguramente podría no haber transmitido la urgencia de la situación. Estos eran hombres endurecidos que necesitaban una denuncia severa y apasionada. El enojo de Jesús fue justo. El juicio prudencial es un precursor necesario para el uso de tales tácticas.

En conclusión, la ira no es pecaminosa o equivocada per se. Es veces es la respuesta adecuada y necesaria. Sin embargo, hacemos bien en tener cuidado con nuestra ira, porque es una pasión desordenada. Por encima de todo, debemos buscar el fruto del Espíritu que es la mansedumbre y pedir al Señor que nos dé autoridad sobre nuestra ira y prudencia en su uso.

Fuentes

El autor original de este artículo es Monseñor Charles Pope.
EL artículo fue publicado originalmente en: “http://blog.adw.org/2017/08/is-anger-always-a-sin-3/”
Traducido y adaptado por Proyecto Emaús