Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

(Jn. 20: 23)

Sobre la palabra “penitencia”, algunos dicen que deriva del latín poenam tenere (por llevar un castigo), porque el penitente recibe o se impone un castigo para satisfacer a Dios. Otros afirman que su origen es el término penitus (profundo – dentro) que es, algo íntimo, profundo, que aflige al corazón. En griego, la palabra apropiada podría ser μετάνοια o metanoia, un cambio de mente o alma.

Confesión sacramental

La confesión sacramental es la acusación de pecados cometidos después del bautismo, hechos ante un sacerdote para recibir su absolución. Esto es también afirmado por el Concilio de Trento.

Condiciones

Los autores antiguos seguidos enumeraron ciertas condiciones para la confesión, algunas necesarias y otras convenientes. Una buena confesión debe ser:

Vocal: Que significa hablada y no por signos o escritura, a menos que haya una causa justa.

Secreta: Nadie está obligado a confesar públicamente sus pecados o a usar un intérprete.

Simple: Es decir, libre de toda narración inútil y sólo de los propios pecados.

Humilde: Pura, es decir, con la intención de recibir la absolución.

Discreta: Que significa no exponer o hacer conocido a ningún cómplice del pecado sin necesidad.

Fuerte y acusatoria: Es decir, sin vacilación ni vanagloria por los pecados.

Verdadera: Ausente de toda mentira.

Respecto a este último punto, es bueno recordar que el que miente en confesión sobre un pecado grave que debe declarar necesariamente, comete un grave sacrilegio y hace la confesión inválida. Mentir sobre algo que no necesita ser confesado es un pecado leve o grave, dependiendo de la materia.

Materia

Al confesar pecados, es necesario tener en cuenta lo siguiente:

  • ¿Qué pecados ha cometido el penitente?
  • ¿Cuantas veces ha cometido ese pecado?

También se han de tener en cuenta todas las circunstancias relevantes que pueden aumentar la severidad del pecado. Por ejemplo, cada uno de estos casos es diferente:

a. Se escandalizó a una persona o a muchas.

b. Se dijo malas palabras descuidadamente o se blasfemó contra Dios intencionalmente.

El que involuntariamente se olvida de algún pecado mortal no hacer una mala confesión y se le perdonan sus pecados, pero tiene la obligación de confesarlos en la próxima confesión que hace.

Contrición

La contrición, que ocupa el primer lugar entre los actos del penitente, es el dolor del alma y la detestación del pecado cometido con la intención de no pecar en el futuro. La contrición es, por lo tanto, el arrepentimiento y el propósito de enmienda. Para tener arrepentimiento es necesario:

1. Tener dolor por los pecados cometidos.

El dolor por los pecados es la abominación del mal por haber ofendido a Dios o porque podemos ir al infierno.  Decimos que el penitente tiene contrición cuando se arrepiente movido por el dolor por haber ofendido a Dios. Decimos que el penitente tiene atrición cuando se arrepiente movido por el temor exclusivo del Infierno. La contrición perfecta permite al penitente ir al cielo sin confesión sacramental. La atrición de requiere la absolución sacramental del sacerdote para tener el mismo efecto.

La Sagradas Escrituras se requiere que el pecador haga penitencia por los pecados que ha cometido. Pide el sentimiento interior de dolor y también alienta las obras externas de penitencia.

El Concilio de Trento, a su vez, enseña: “La contrición, generalmente considerada, es la tristeza del alma con la detestación del pecado cometido y el propósito de no pecar más“.

La doctrina perenne de la Iglesia nos dice que el dolor por el pecado es de naturaleza espiritual, de modo que generalmente trasciende la capacidad de los sentidos y sólo es percibido por las facultades de la inteligencia y de la voluntad. Por lo tanto, aun cuando el pecador debe estar internamente apenado por su pecado para hacer una buena confesión, no siempre y necesariamente experimenta intensitas doloris (dolor intenso). Así, para aclarar este punto, los teólogos enseñan que para reconocer esta tristeza interior, basta con expresar sinceramente la contrición.

El penitente no sólo debe tener dolor, sino también aborrecimiento, porque es el odio al pecado lo que produce el dolor. Sin embargo, puede haber detestación del pecado sin pena ni dolor, como existe entre los bienaventurados. El dolor es la abominación del mal externo o interno que nos aflige. La tristeza es uno de los tipos de dolor y se caracteriza por la detestación de la aprehensión interna del mal. En conclusión, una parte indispensable del dolor por el pecado es la detestación del mal.

2. Tener un propósito firme de enmienda.

Para la validez del sacramento es necesario por lo menos un propósito implícito de enmienda. Este propósito es parte de la contrición. El Concilio de Trento considera el propósito de no pecar nuevamente implícitamente incluido en la contrición. De hecho, según él, el propósito de la enmienda debe ser:

Firme: Esto significa el deseo de evitar firmemente el pecado de ahora en adelante. Lo que se requiere, entonces, es un hic et nunc [aquí y ahora], sincera y firme intención de no pecar de nuevo. Una recaída generalmente no significa una falta de firmeza en el momento de la confesión.

Efectivo: Esto significa efectividad de propósito, lo que implica:
a. Adoptar los medios necesarios para evitar el pecado; segundo.
b. Evitando las ocasiones posibles de pecado.
c. Reparando los daños causados al prójimo por nuestro pecado.

Universal: Esta es la intención de no cometer ningún pecado mortal.

 

Cómo hacer una confesión

Antes de visitar el confesionario es necesario ponernos en presencia de Dios, quien  nos ama y quiere ayudarnos. Es necesario analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños por medio de un examen de conciencia.

¿Cómo debemos hacer el examen de conciencia?

1) Pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine y nos recuerde cuáles son los pecados nuestros que más le están disgustando a Dios.

2) Vamos repasando los diez mandamientos para saber qué faltas hemos cometido contra ellos. Por ejemplo:

1er Mandamiento: ¿Me acuesto o me levanto sin rezar? ¿Me avergüenzo de aparecer creyente ante los demás? ¿He creído en supersticiones, por ejemplo; amuletos, sales, brujas, lectura de naipes o de humo de cigarrillo, o espiritistas?

2ndo Mandamiento: ¿He dicho el Nombre de Dios sin respeto y por cualquier tontería?

3er Mandamiento: ¿He faltado a misa los domingos? ¿Cuántas veces? ¿Cuántos domingos voy a misa cada mes?

4rto Mandamiento: ¿He desobedecido a mis padres? ¿No les he querido ayudar? ¿Los he tratado mal? ¿He perdido el tiempo en vez de estudiar o trabajar?

5to Mandamiento: ¿He deseado que a otros les vaya mal? ¿He peleado? ¿He dicho groserías? ¿Tengo resentimientos contra alguna persona y no le quiero perdonar? ¿No rezo por los que me han tratado mal? ¿Me he burlado de alguien? ¿He puesto sobrenombres? ¿He tratado con dureza? ¿He dicho palabras ofensivas? ¿He hablado mal de otras personas? ¿He contado lo malo que han hecho o lo que dicen de ellos? ¿He escandalizado? (o sea, ¿he enseñado lo malo a los que no lo saben?) ¿Cuántas veces? ¿Me he aprovechado de los más débiles para golpearlos o humillarlos?

6to Mandamiento: ¿He detenido en mi cerebro por varios minutos pensamientos o deseos impuros? ¿He mirado películas impuras, o revistas pornográficas o escenas impuras por televisión? ¿He dicho o celebrado chistes malos? ¿He hecho acciones impuras conmigo mismo o con algunas personas? ¿Tengo alguna amistad que me hace pecar?

7mo Mandamiento: ¿He robado? ¿Cuánto vale lo que he robado? ¿Pienso devolverlo o dar eso a los pobres? ¿He devuelto lo prestado? ¿He tenido pereza en cumplir los deberes?

8vo Mandamiento: ¿He dicho mentiras? ¿He inventado de otros lo que no han hecho o dicho? ¿He hecho trampas en negocios o estudios? ¿He creído que Dios no me va a ayudar?

9no Mandamiento: ¿He codiciado la mujer o el esposo de mi prójimo? ¿He mirado a un hombre a una mujer de manera impura?

10mo Mandamiento: ¿He deseado los bienes ajenos? ¿He sido envidioso? ¿He sido avaro? ¿He comido más de lo que necesito? ¿He sido orgulloso?

Arrepentidos de nuestros pecados, sintiendo tristeza y pesar por ellos, procedemos entonces a acercarnos a un confesionario.

El penitente comienza haciendo el Signo de la Cruz. Una fórmula sencilla es buena para empezar: “Perdóneme, Padre, porque he pecado. Mi última confesión fue … días / meses / años y estos son mis pecados “. El penitente, entonces, lista el número aproximado de sus pecados (por ejemplo, perdí misa 3 veces y mentí 20 veces). Si es necesario, el sacerdote puede hacerle preguntas. El sacerdote le dará una penitencia apropiada. El sacerdote, entonces, le pide al penitente que haga un acto de contrición.

Acto de contrición

Después de confesar todos los pecados, si se concede la absolución, el sacerdote indicará que es hora de rezar el Acto de Contrición. Se puede rezar ya sea el Acto de Contrición o el Yo pecador.

Acto de Contrición

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar.

Confiteor (Yo pecador)

Yo, pecador me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado san Miguel Arcángel, al bienaventurado san Juan Bautista, a los santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos, y a vosotros, hermanos, que pequé gravemente de pensamiento, palabra y obra; por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa. Por eso, ruego a Santa María siempre Virgen, al bienaventurado san Miguel  Arcángel, al bienaventurado san Juan Bautista, a los santos Apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos, y a vosotros, hermanos, que roguéis por mí a Dios nuestro Señor. Amén.

Penitencia

Es imperativo cumplir con la pena impuesta por el sacerdote lo antes posible. Las reglas para que un sacerdote determine el tipo y la cantidad de la penitencia dependen de la gravedad y el número de pecados cometidos por el penitente, así como de la capacidad del penitente para cumplirla.

El Concilio de Trento dice al respecto:

Los sacerdotes del Señor deben, tan pronto como su espíritu y su prudencia sugieran, de acuerdo con la condición y las posibilidades de los penitentes, imponer penitencias adecuadas y saludables, y no cerrar los ojos a los pecados o actuar con demasiada Indulgencia con los penitentes, haciéndose partícipes de los pecados de los demás imponiendo ciertas penitencias muy ligeras por delitos muy graves. Y deben considerar que la satisfacción (penitencia) que imponen debe ser no sólo para dar una nueva vida y un medicamento para la enfermedad, sino también para estar en reparación y castigo por los pecados pasados.

Del mismo modo, el Código de Derecho Canónico (1917) dice:

El confesor debe imponer penitencias sanas y convenientes, proporcionales a la clase, al número de pecados y a las condiciones del penitente, y éste tiene la obligación de aceptarlas con buena voluntad y para cumplirlas personalmente.

Ciertamente, los resultados catastróficos de la teología moderna pueden observarse con mayor claridad en el área de la moral. Hoy en día, su estudio académico está casi completamente distorsionado; más aún lo es la aplicación práctica de los principios de la Teología Moral. La confesión sacramental, en este sentido, ha sido prácticamente descuidada (el concepto mismo de pecado fue despojado de claridad y objetividad).

Y si un sacerdote -por un milagro- sigue escuchando confesiones, las penitencias difícilmente corresponden adecuadamente a la gravedad de ciertos pecados. Nada es más opuesto y contrario a la batalla diaria para aumentar en la virtud católica; nada va tan drásticamente en contra de la orden de pelear diariamente la buena batalla de la fe que llevar a los fieles a creer que no es necesario esforzarse por cumplir una penitencia justa en reparación por ofensas hechas a Dios.

En cuanto a los tipos de penitencia, Santo Tomás nos enseña que la regla general es que debemos privarnos de algo en honor a Dios. Sólo tenemos tres bienes: bienes del alma, bienes del cuerpo y bienes de la fortuna. Entregamos el último por medio de la limosna y los del cuerpo, por el ayuno. Los bienes del alma, tales como la paz, no deben ser sustraídos de lo esencial o disminuidos, ya que es por medio de ellos que nos hacemos agradables a Dios. Más bien, pueden servir para dar mayor gloria a Dios, por medio de las oraciones.

Aunque es verdad que nada puede ser tomado de Dios, sin embargo, el pecador, por su pecado, disminuye la gloria que Dios merece y en este sentido toma algo de Él. Por lo tanto, para compensar esta pérdida, es necesario que el pecador dé algo para honrar a Dios. La oración de aquel que – humilde y arrepentido – recibe la absolución es aceptada por Dios como penitencia justa.

No olvidemos que cada confesión puede ser nuestra última confesión. ¿No deberíamos entonces tener cuidado de hacerla de la mejor manera posible siendo que nuestra salvación eterna depende de ella?

El Valor de la confesión

Ahora, la confesión realizada en las condiciones solicitadas por la Iglesia es un medio de gran eficacia santificadora, ya que el Sacramento purifica nuestras almas, da aumento de gracia, genera una disposición psicológica de paz que nos ayuda en la lucha para la perfección, y nos da mayores luces espirituales para nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, mejor entendemos la necesidad de perdonar las ofensas, viendo cuán misericordiosamente Nuestro Señor nos ha perdonado, o somos capaces de ver más claramente la malicia del pecado. La confesión también aumenta la fuerza de las almas para vencer las tentaciones y la fortalece para el cumplimiento del deber.

 

Fuentes

Publicado originalmente en: “http://traditioninaction.org/religious/i027_Penance.htm”
Autor original es: Fr. Paulo Álvarez
Traducido y adaptado por Proyecto Emaús.