Toda devoción, toda imagen, todo sacramental, todo arte y obras sacros son como canales que abren misteriosamente por impresión de gracia y por reflejo divino, una vía de comunicación directa con el Cielo. Por esto es importante, que estos canales sean los más bellos y adecuados posibles y también cuidados con la dignidad que merecen.
Si un rey viniera a nuestra hogar intentaríamos (de más está decirlo) decorar el ambiente acorde en todo lo que nos fuera posible a tan alta dignidad. Y también nos preocuparía atenderlo con todo el respeto, cuidado y ceremonia al nivel de la persona que nos está visitando.

No inventariamos lo que no hay por supuesto. Si somos pobres le daríamos lo mejor que estuviese a nuestro alcance, pero seguramente no le alcanzaríamos un vaso sucio ni le hablaríamos a los gritos, ni lo recibiríamos en paños menores. Esto es algo mínimo que cualquier persona ni siquiera necesita pensar.

Cada vez que tomamos el Santo Rosario entre las manos, nos preparamos a recibir a la Santísima Virgen en casa, con las mejores condiciones posibles. Por eso nos confesamos si podemos hacerlo o al menos pedimos disculpas a esperas de la primera oportunidad de poder limpiarnos correctamente. En términos humanos, este sería el baño que damos a nuestra alma para recibir relucientes a esta Regia visitante.

También intentamos ser amorosos, atentos, concentrados en nuestra actividad, por que como en el caso del rey, no podemos estar pensando en otra cosa diferente a él, para honrarlo como corresponde. Y así cuidadosamente, nos preparamos para poder recibir y agasajar a nuestra Amorosa Madre y como evidente consecuencia, a su adamismo hijo.

Sin embargo desde hace algún tiempo, se han producido una serie de modas y creencias que perjudican seriamente a esta devoción y que con absoluta seguridad contristan a los Sagrados Corazones. El más humilde Rosario de madera, como el utilizado por los monjes más pobres y desprendidos, llevado con dignidad y utilizado devotamente con regularidad, es un camino tan seguro hacia Dios a través del Inmaculado Corazón de su Madre, que Ella nos ha prometido su asistencia durante nuestra vida y en la hora de la muerte para poder dirigirnos a la gloria, nuestra morada eterna y no morir en el fuego del infierno.
Por eso poca excusa tendrá que a tan excelso, sagrado y preciado medio, lo tratemos con la indiferencia con que atendemos a cualquier objeto mundano.

Millones de Rosario de refulgente plástico, que brillan de noche y cambian de color con el tiempo, han tomado el lugar del austero Rosario de madera, del bello Rosario de piedras o del perfumado Rosario de rosas que se encuentran a la altura de la función que cumplen. Y millones de estos caminos que Dios tanto ama son usados en el cuello de forma supersticiosa, para tener suerte, o aun peor, porque está de moda utilizarlos, sin comentar los que son guardados en el mismo espacio que el dinero, los chicles o la suciedad de una cartera descuidada.

A diferencia de Alfonso IX que alcanzó la misericordia por su promoción silenciosa de Rosario, encontramos hoy un batallón de jóvenes y no tanto, que por el contrario vulgarizan y deforman a veces aún sin saberlo, el sagrado sentido de estas cuentas, dándoles una utilización que nada tiene que ver con la original, y mezclando en la mente de los demás el recuerdo de un pobre Rosario en el cuello de una cabeza violeta o con aros en la nariz… que cada cosa tenga su lugar.

Y así como a todo el que progresa le corresponde su reconocimiento, es aquí elemental en la vida de cada persona, dar el reconocimiento y por lo tanto el trato adecuado a uno de los medios más eficaces, elevados y más bellos que Dios nos ha dado para dirigirnos al cielo.
Hagamos al Inmaculado Corazón triunfar en nuestro comportamiento y en nuestra vida, cumpliendo con todo nuestro amor y toda la perfección que podamos, la obra amorosamente encomendada: Penitencia y oración.

 

Extracto del archivo de audio de Radio Cristiandad.