El triunfo de la voluntad sobre la fe y la razón

El reciente despido del Profesor Josef Seifert, destacado estudioso católico, puede ser visto como un síntoma particularmente agudo de al menos tres enfermedades distintas, pero interdependientes, que han estado afligiendo a la Iglesia desde hace muchas décadas, pero que se están volviendo críticas bajo el inédito pontificado del Papa Francisco.

En primer lugar, a nivel de la propia esfera profesional del doctor Seifert, la filosofía, estamos viendo la crisis de la verdad natural, racionalmente cognoscible. Cuando un filósofo es destituido por señalar que las premisas producen inexorablemente conclusiones lógicas, los fundamentos mismos de toda filosofía están siendo socavados, y en este caso por los propios líderes de la Iglesia. A diferencia de Lutero, quien se burló de la razón humana refiriéndose a ella como “la ramera del diablo“, la Iglesia Católica siempre ha entendido que la credibilidad de la doctrina católica descansa en su armonía con una filosofía sólida. Por lo tanto, al guiar a los prelados a dejar de lado la importancia de la lógica, la verdad revelada también es socavada.

De hecho, esta es la segunda enfermedad que nos aflige. Si la Iglesia tuviera que formalmente contradecir lo que siempre ha enfáticamente enseñado sobre los principios morales y las normas específicas sobre el matrimonio y la vida sacramental, no sería una Iglesia infalible. Se reduciría a una comunidad protestante en la que el juicio privado del individuo finalmente reine supremo: una comunidad en la que el depositum fidei se relativiza cada vez más por algo a lo que el actual Pontífice gusta llamar el “depositum vitae“. Pero tal “depósito de vida” es por naturaleza indefinible e indeterminado. Apelar a el deja así a todos libres para aplicar subjetivamente, adaptar o re interpretar la ley moral de acuerdo con la forma en que cada persona evalúa sus “circunstancias de la vida real”.

En el ensayo que provocó la ira de sus superiores, el profesor Seifert señaló que si Dios pudiese “pedir” a una persona viviendo en una “situación de vida” particular que siguiera violando una norma de ética sexual, que la Iglesia siempre ha enseñado no permite excepciones , ese principio novedoso fluiría catastróficamente para influir en otras áreas de conducta.

Tal vez aún más siniestro es el pasaje de Amoris Laetitia, que dice que bajo ciertas circunstancias una persona podría incurrir en “más pecado” (niños nacidos de una relación adúltera) en cumplimiento de la norma contra la intimidad sexual fuera del matrimonio válido. Pero decir que en algunas circunstancias uno podría ser culpable de pecado, y así ofender a Dios, precisamente por OBEDECER un Mandamiento del Decálogo divinamente revelado, no sólo sería ruinoso para toda moralidad cristiana; también se aproximaría a la blasfemia al parecer impugnar la veracidad de Dios mismo.

Las enfermedades filosóficas y teológicas antes mencionadas, tienen que ver con la función doctrinal, magisterial de la Iglesia, su papel como Ecclesia docens. La tercera enfermedad de la cual el despido del Dr. Seifert es sintomática se sitúa en la función pastoral, administrativa y disciplinaria de la Iglesia: la “Ecclesia gubernans“. Pero procede inevitablemente de las dos enfermedades anteriores. Si la coherencia lógica, la ley de contradicción propia y la coherencia doctrinal, ya no son normas absolutas para el pensamiento y la práctica católicos, sino que deben adaptarse continuamente a un supuesto “depósito de vida” mediante el cual se “re-interpreta” el depósito de la fe según circunstancias siempre cambiantes, entonces el orden y la unidad en la Iglesia tendrán que ser mantenidos por el simple ejercicio del poder, la autoridad y la jurisdicción.

Así surge el espectro de una nueva era de voluntarismo eclesial, en la que la primacía del intelecto, siempre reconocida por la filosofia perennis defendida por Santo Tomás de Aquino, puede dar lugar a la primacía de la Voluntad. El hecho de que el superior eclesiástico del profesor Seifert en España no sintiera la necesidad de ofrecer alguna refutación razonable de sus críticas a Amoris Laetitia es ominoso.

El mero hecho de haber acusado abiertamente al Sumo Pontífice de error, fue considerado causa suficiente para su destitución. Este era tradicionalmente un procedimiento razonable cuando la enseñanza del Sumo Pontífice estaba siempre respaldada por el macizo y sólido muro compuesto por todos sus predecesores. ¡Pero el Dr. Seifert estaba señalando que el Papa Francisco estaba apartándose de la enseñanza de sus predecesores! “No importa”, fue la respuesta implícita: “¡El actual papa dice lo que dice, y es asunto terminado!” Esto es convertir la autoridad papal legítima en positivismo papal: la pura voluntad del actual pontífice derrota a todos sus predecesores y derrota a todos argumentos contrarios. De hecho, hace que cualquier argumento contrario simplemente sea irrelevante.

¡Que el cielo nos preserve de este triunfo amenazador de la voluntad sobre la fe y la razón!

Padre Brian Harrison, O.S. Padre Brian Harrison.
Traducido por Proyecto Emaús.
Publicado originalmente en Onepeterfive.com

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