Cuenta la historia, que algunos días antes de la proclamación del dogma de la Asunción de María, el papa Pio XII (Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli – Papa entre 1919-1958) fue testigo, en los jardines del Vaticano, del milagro conocido como “el milagro del sol”, aquel milagro presenciado por los 3 pastorcitos de Fátima y los aproximadamente 70,000 testigos, un día 13 de Octubre de 1917, última aparición de la Virgen en aquel bendito lugar.
Y no se trata de ninguna especulación o invención antojadiza, pues de este hecho, el cardenal Federico Tedeschini, se había referido al evento durante su homilía del 13 de octubre de 1951. En ella, el cardenal afirmó que el Papa, había experimentado el “milagro del sol”.
Este hecho, fue ampliamente difundido por la prensa y representado por la imaginería religiosa, la que imprimió por miles, estampas representando aquel momento.

Ver una estampa de Pio XII y el Milagro del sol

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Visión de San Pío XII

En noviembre de 2008, uno de los biógrafos contemporáneos más conocidos del venerable Pío XII, Andrea Tornielli, reveló el descubrimiento, entre los papeles privados de la familia Pacelli, de un autógrafo del Papa, en el que se lee el relato de lo que vio más de una vez, en aquel otoño del año jubilar de 1950. El documento es de un extraordinario valor por ser de primera mano, por su inmediatez y por su lenguaje natural (alejado del gran estilo que caracterizaba la oratoria y los escritos oficiales de Pacelli), y confirma plenamente lo que ya se sabía por vía indirecta. Dejemos hablar al protagonista con sus propias palabras. Reproducimos a continuación el texto original en italiano, seguido de nuestra traducción castellana.

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«Era el 30 de octubre de 1.950, antevigilia del día, esperado con tantas ansias por todo el mundo católico, de la solemne definición de la Asunción al cielo de María Santísima. Hacia las 4 de la tarde, realizaba mi acostumbrado paseo por los jardines vaticanos, leyendo y estudiando, como siempre, varios documentos de despacho. Iba subiendo desde la plaza de la Virgen de Lourdes hacia la cima de la colina, por el camino a la derecha que discurre paralelo a lo largo de la muralla. De repente, habiendo alzado los ojos de los folios que tenía en la mano, fui sorprendido por un fenómeno que no había visto nunca hasta entonces. El sol, que todavía estaba bastante alto, aparecía como un globo opaco amarillento, rodeado completamente por un aro luminoso, que, sin embargo, no impedía en modo alguno mirar fijamente al sol, sin experimentar la mínima molestia. Sólo tenía delante una ligerísima nubecilla. El globo opaco se movía ligeramente hacia afuera, sea girando, sea yendo de izquierda a derecha y viceversa. Pero en el interior del globo se veían con toda claridad y sin interrupción movimientos fuertísimos.
El mismo fenómeno se repitió al día siguiente, 31 de octubre, y el 1º de noviembre, día de la definición; y, de nuevo más tarde el 8 de noviembre, octava de la misma solemnidad. Desde entonces no más. Varias veces, en los días siguientes, a la misma hora y con las mismas o similares condiciones atmosféricas, procuré mirar al sol para ver si aparecía el mismo fenómeno, pero fue en vano. No podía mirarlo ni siquiera por un instante pues la vista quedaba inmediatamente cegada. Durante los siguientes días di a conocer el hecho a pocos íntimos y a un pequeño grupo de cardenales (tal vez cuatro o cinco), entre los cuales estaba el cardenal Tedeschini. Cuando éste, antes de su partida para la misión de Fátima, vino a visitarme, me comunicó su propósito de hablar de ello en su homilía. Yo le respondí: “Déjalo estar, no es el caso”. Pero él insistió, defendiendo lo oportuno de semejante anuncio, y entonces le expliqué algunos detalles del acontecimiento. Ésta es, en breves y sencillos términos, la pura verdad».

Fuentes

Artículo adaptado de su publicación original
Crédito de las imágenes: Blog de MILES CHRISTI