Dos breves historias que demuestran el poder de una imagen de Nuestra Señora.

Por San Alfonso María de Ligorio

LLegó una mujer a una de las casas de la pequeña congregación [los Redentoristas], para decirle a uno de los Padres que su esposo no había hecho confesión durante muchos años, y que ella no sabía cómo llevarlo, pues cada vez que ella le hablaba de confesión, él amenazaba con golpearla.

El Padre le dijo que le diera una pequeña imagen de María Inmaculada. Llegó la noche y la mujer nuevamente le suplicó a su esposo que se confesara. Pero el hombre estaba tan sordo a sus súplicas como antes. Entonces ella le dio la imagen.

Apenas la recibió, dijo: “¿Cuándo me llevarás a la confesión, porque estoy listo?”

La esposa, ante ese cambio repentino, lloró de alegría. Por la mañana vino a nuestra iglesia, y cuando el Padre le preguntó cuánto tiempo había pasado desde que había confesado, él respondió: “Veintiocho años”.

-“¿Y qué te ha traído a la confesión esta mañana?” preguntó el Padre.

-“Padre”, dijo, “fui obstinado, pero ayer mi esposa me dio una imagen de la Virgen, e inmediatamente sentí que mi corazón había cambiado, por lo que la noche anterior me pareció duró mil años, y pensé que el día en que finalmente pudiese confesarme, nunca vendría“.

Hizo su confesión con gran remordimiento, cambió su vida y continuó durante mucho tiempo confesándose con frecuencia al mismo padre.

***

En otro lugar, en la Diócesis de Salerno, durante una de nuestras misiones, había cierto hombre que tenía una gran enemistad contra alguien que lo había ofendido. Uno de nuestros Padres le habló y lo exhortó a perdonar a quien lo había ofendido.

El hombre respondió: “Padre, ¿alguna vez me ha visto en el sermón [de la misión]? No, no lo ha hecho, y es por esta razón me mantengo alejado: Veo que estoy condenado, pero no lo deseo de otra manera, pues yo quiero tener mi venganza“.

El padre hizo todo lo posible por convertirlo, pero al ver que estaba desperdiciando sus palabras, tomó una pequeña imagen de la Virgen y se la ofreció al hombre, diciendo: -“Toma esta imagen“.

-“¿De qué me sirve esta imagen?” el hombre preguntó.

Pero de todas formas la tomó. Y como si nunca se hubiera negado a perdonar a su enemigo, le dijo al misionero: “Padre, ¿desea algo más que la reconciliación? Pues estoy listo“. La mañana siguiente fue establecida para llevar a cabo la reconciliación. Pero cuando llegó la mañana, su mente, nuevamente cambió para mal, y ya no se reconciliaría.

El Padre entonces le ofreció otra imagen. Él no la quería, y la tomó de mala gana; pero he aquí, tan pronto como lo tomó, inmediatamente dijo: “Reconciliémonos. ¿Dónde está Mastrodatti?”. Perdonó a su enemigo, y luego hizo la confesión.

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