Este Corazón es copia fiel y perfecta del Corazón de Jesús, riquísimo en sentimientos y afectos. En él hay hermosura, bondad, misericordia, dulzura, sacrificio, sabiduría, poder, humildad, constancia, pureza, compasión y amor: Amor de Madre.

Este Corazón amoroso de María lo ha creado Dios no sólo para ÉL; nos lo ha dado en la cruz antes de morir. Ha sido el regalo más hermoso, más rico y dichoso que nos dejó, después de la Eucaristía. En este Corazón debemos poner todas nuestras esperanzas y a Él debemos acudir para pedirle el triunfo de la Iglesia Católica. La Virgen ha dicho -en Fátima- que su Hijo ha puesto en esta devoción el medio para lograrlo. Encomendemos todas las necesidades de la Iglesia, de la Patria, de la familia y las nuestras personales a esa fuente de generosidad, para que interceda por nosotros ante el Señor, que no puede negarle nada que convenga a nuestras almas.

El 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen se le apareció a Lucía de Fátima, y a su lado, suspenso en una nube luminosa, estaba el Niño Jesús. La Santísima Virgen puso su mano en el hombro de Lucía, y mientras lo hacía, le mostró un Corazón rodeado de espinas que ella tenía en la otra mano. Al mismo tiempo, el Niño Jesús le dijo:

“Ten pena del Corazón de tu Santísima Madre, que está cubierto de espinas, que los hombres ingratos en cada momento le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para quitárselas”.

Luego la Santísima Virgen le dijo:

“Mira, hija mía, mi Corazón rodeado de espinas, que los hombres ingratos en cada momento le clavan, con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, haz por consolarme, y dí que a todos aquellos que durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen cinco decenas del Rosario y me hagan quince minutos de compañía meditando sobre los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”.

Breve historia de esta devoción

La devoción al Inmaculado Corazón de María, junto con la del Sagrado Corazón de Jesús, fue promovida por San Juan Eudes en el siglo 17. El Papa Pío VII y Pío IX sugirieron su celebración como Purísimo Corazón de María. En 1944, el Papa Pío extendió esta devoción a toda la Iglesia fijando la celebración del Inmaculado Corazón de María el 22 de agosto, ocho días después de la Asunción.
Con la renovación litúrgica, se cambió la fecha para un día después de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. El corazón expresa y es símbolo de la intimidad de la persona. La primera vez que se menciona en el Evangelio el Corazón de María es para expresar toda la riqueza de esa vida interior de la Virgen: “María conservaba estas cosas en su corazón” San Juan Eudes, decía que “…el Corazón de María es la fuente y el principio de todas las grandezas y excelencias que la adornan y que la hacen estar por encima de todas las criaturas; por ser hija predilecta de Dios Padre, madre muy amada de Jesús y esposa fiel del Espíritu Santo….”.
La devoción al Corazón de María no es una devoción más. Nos lleva a aprender a tratar a nuestra Madre con más confianza, con la sencillez de los niños pequeños que acuden a sus madres en todo momento: no sólo se dirigen a ellas cuando están en gravísimas necesidades, sino también en los pequeños apuros que le salen al paso. Las madres les ayudan a resolver los problemas más insignificantes. Y ellas – las madres – lo han aprendido de nuestra Madre del Cielo.