En uno de los días del mes de agosto, se ha de confesar y comulgar con la mayor preparación y disposición que fuese posible; y será bueno ayunar algún día a la honra de Nuestra Señora. Y procure mantenerse con una gran pureza de cuerpo y alma, andando con especial cuidado de evitar toda culpa y particularmente contraria a la castidad, que es virtud angélica. Quien fuera de esto hiciere limosnas y otras buenas obras en reverencia a esta gran Señora, la obligará más a que interceda ante Dios para que alcance lo que desea, si conviniere para su salvación, y sino le alcanzará de su Majestad otra cosa mejor y más conveniente para la Bienaventuranza eterna.

Acto de reparación al Inmaculado Corazón de María

(para todos los días)

¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas!, aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados. Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto Nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres.

Oraciones para cada día del mes

“Que al Corazón de la Santísima Virgen se le llama con propiedad Corazón admirable, por ser un abismo de maravillas. Que nadie, a excepción de su Hijo Jesús, las conoce perfectamente, ni puede hablar dignamente de ellas”.
Día 1

Jesús, Hijo único de Dios e Hijo único de María, al escoger a esta Virgen incomparable entre las demás criaturas por Madre nutricia y Señora, y al dárnosla, en su infinita bondad, por Reina, Madre y refugio en toda necesidad, ha querido que la honremos como Él la honra y que la amemos con el amor con que Él la ama. Y, pues, la ha exaltado y honrado sobre todos los hombres y sobre todos los Ángeles, quiere que también nosotros la rindamos mayor respeto y veneración que a los Ángeles y a los hombres. Y, pues, es nuestra cabeza y nosotros miembros suyos que debemos estar animados de su espíritu, seguir sus inclinaciones, caminar por sus sendas, y continuar su vida en la tierra cultivando las virtudes por Él practicadas, desea igualmente que nuestra devoción hacia su divina Madre sea una prolongación de la que El le profesó, es decir, que procuremos en nosotros los sentimientos de honra, de sumisión Y amor que en este mundo observó para con Ella y que ha de observar por toda la eternidad en el Cielo. La Virgen ha ocupado y ocupará siempre el primer puesto en su Corazón siendo, como hasta ahora por toda la eternidad, el objeto primero de su amor, después del Padre Eterno. Y ansía, por tanto, que después de Dios, sea ella el principal objeto de nuestras devociones y el primero de nuestra veneración. Así es que, después de los servicios que a su Divina Majestad debemos, ninguno tan grato ni mejor podemos hacerle que servir y honrar a su dignísima Madre.

Día 2

Como nuestra razón no sabe inclinarse a apreciar y amar una cosa sin conocer el motivo que la hace digna de estima y amor, el infinito celo en que se ve abrasado este único Hijo de María por los intereses de su queridísima Madre, le estimula grandemente a manifestarnos por boca de los Santos Padres y por los oráculos de las divinas Escrituras, aun en este valle de tinieblas, algo de las excelencias incomparables con que se ve enriquecida, reservándonos la parte que excede infinitamente a todo esto para el país de las luces, el Cielo.

Entre estos divinos oráculos, me ha parecido hallar uno en el capitulo doce del Apocalipsis, que viene a ser como un compendio de cuanto más grande y magnífico puede decirse y pensarse sobre esta maravillosa Princesa. Me refiero al expresado en estas palabras: “Apareció en el cielo una señal grande, un prodigio maravilloso, un milagro prodigioso: una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas“. ¿Cuál es este inmenso prodigio? Y ¿quién es esa prodigiosa mujer? San Epifanio, San Agustín, San Bernardo y multitud de Santos Doctores están de acuerdo en que se trata de la Reina de las mujeres, la Emperatriz de los hombres y de los Ángeles, la Virgen de las vírgenes; la mujer que ha llevado en sus virginales entrañas a un hombre perfecto, al Hombre-Dios. Y aparece en el cielo, porque del Cielo procede, y es su obra maestra, la Emperatriz, su gloria y felicidad; y porque nada hay en Ella que no sea celestial; y aun cuando estuvo con el cuerpo en la tierra, con su alma, con su pensamiento, con su corazón y amor estaba en el Cielo.

Día 3

María está envuelta en el sol eterno de la divinidad, en las perfecciones de la divina esencia que de tal manera la invade, llena y compenetra, que se ve plenamente transformada en la luz, sabiduría, poder, bondad, santidad de Dios, y en todas las otras grandezas, como vamos a ver luego ampliamente.

Tiene la luna bajo sus pies, para indicar que todo el Universo está debajo de Ella, no teniendo más que a Dios por encima de sí, y que todas las cosas están bajo su absoluto dominio.

La corona de doce estrellas representa las virtudes que en ella resplandecen soberanamente; los misterios de su vida, que vienen a ser otros tantos astros que brillan con mayor luminosidad que las lumbreras del firmamento; figura también los privilegios y prerrogativas con que Dios la ha distinguido, la menor de las cuales sobrepasa sin comparación cuanto de más brillante pueda haber en el Cielo; asimismo representa a todos los Santos del Cielo y de la tierra, que son su gloria y su corona con más razón aún que los Filipenses eran el gozo y la corona de San Pablo (Filip. 4, 1).

Pero ¿por qué motivo le ha dado el Espíritu Santo esta cualidad: “Signum magnum”, “un gran prodigio”? Sin duda para darnos a entender que es del todo milagrosa; para publicar por doquier las maravillas de que está llena; para exponerla a los ojos de los moradores de Cielos y tierra como un espectáculo de admiración, y hacerla objeto de embeleso a los Ángeles y a los hombres.

Con idéntico fin este divino Espíritu hace prorrumpir en su honor por el mundo entero y por boca de todos los fieles, este glorioso elogio: Mater admirabilis. ¡Oh Madre admirable, con cuánta razón sois así llamada! Porque realmente sois admirable en todas las cosas y de todas las formas.

Día 4

¿No es cosa singularmente admirable y admirablemente singular ver a una criatura producir a quien le ha creado, dar el ser a quien es el Ser, y la vida a aquél de quien la recibió? ¿Ver una estrella que produce al sol, una Virgen que da a luz y es Virgen antes del parto, en el parto y después del parto, siendo a la vez Hermana y Esposa, Hija y Madre de su Padre? ¿No es extraordinariamente prodigioso ver a una hija de Adán pecador engendrar al Santo de los Santos, engendrar a Dios, ser Madre del mismo Hijo que tiene a Dios por Padre y puede decirle: “Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado?” (Hebr. 5, 5.). ¿No excede toda admiración el ver a una criatura mortal y pasible hacer lo que para Dios es imposible? ¿No es cierto que Dios no puede, de por sí y por propia y natural virtud, engendrar a un Hijo que sea Dios como Él y hombre como nosotros: Dios infinito, inmenso, inmortal, inmutable, eterno, invisible, impasible, y hombre mortal, visible y pasible? Ciertamente. Sin género de duda, Dios no puede hacer esto. Y sin embargo, ¿no es verdad que nuestra admirable María al engendrar este mismo Hijo, engendra a un tiempo a un Dios y a un hombre: Dios igual a su Padre en dignidad, poder y majestad; y un hombre semejante a nosotros en impotencia, indigencia y debilidad? ¿No es para extasiar a Cielos y tierra eternamente ver a una Virgen de quince años recluir en sus entrañas a Quien los cielos no bastan para comprender; amamantar con su virginal leche al que es la vida eterna y principio de toda vida; reposar en su seno al que es la virtud, el poder de Dios, y que eternamente está reposando en el seno adorable de su Padre; llevar en sus brazos a quien da origen a todas las cosas con la virtud de su palabra; conservar, regir y gobernar al que es Criador, conservador y gobernador del universo; y tener poder y autoridad de Madre sobre el Hijo único de Dios, que es Dios como su Padre, y que por toda la eternidad ha estado sin dependencia alguna de su Padre?: porque si a partir de la Encarnación quedó sometido al Padre como lo está a su Madre, fue la misma Encarnación la que dio a este Padre divino la autoridad de que antes carecía sobre Él; y por ello ha sido entregado, sometido al poder de su Padre. ¡Cuántos prodigios y milagros! ¡Cuántas cosas grandes y maravillosas!

Día 5

No sin motivo, ciertamente, llama el Espíritu Santo a la Virgen bienaventurada: “Signum magnum”, milagro estupendo. Y con toda propiedad los Santos Padres la atribuyen y refieren de Ella un sin fin de parecidas cualidades. San Ignacio mártir, la llama prodigio del Cielo, sagrado y muy sagrado espectáculo, digno de los ojos de Dios y de la justa admiración de los hombres y de los Ángeles”. San Germán, patriarca de Constantinopla se expresa en estos términos: Todo es en vos maravilloso, todo grande. ¡Oh Madre de Dios!, y vuestras maravillas superan todo pensar y decir. ¿No oís a San Juan Crisóstomo publicar a todos los vientos que esta divina Virgen ha sido y será eternamente Magnum miraculum, “un magno milagro”? (Sermo De Virgine). San Epifanio nos anuncia que María es “maravilloso misterio de Cielos y tierra, y prodigioso milagro” digno de extasiar al universo mundo. “¡Oh Virgen sacratísima -sigue diciendo este Santo Padre-, Vos habéis puesto en arrobamiento a los ejércitos todos de Ángeles; porque ver una mujer vestida de sol en el cielo, es un prodigio que arroba a todos los habitantes del Cielo; ver a una mujer en la tierra llevar al sol entre sus brazos es una maravilla digna de extasiar a todo el universo» (Sermo De Laudibus Deiparae). San Basilio, Obispo de Seleucia, habla de este modo: “Jamás vi -dice- sobre la tierra un prodigio que haya tenido algún parecido: un Hijo que es Padre de su Madre, un Hijo que es infinitamente de más edad que la Madre que lo dio a luz”. Están resonando en mis oídos las palabras de San Juan Damasceno, cuando nos declara que la Madre del Salvador es “El milagro de los milagros”; “tesoro y fuente de milagros”; “abismo de prodigios”; y que si el divino Poder ha hecho infinidad de obras maravillosas anteriormente a la Virgen, no venían a ser, por así decirlo, más que pequeños ensayos y preparativos hasta llegar al milagro de los milagros que se ha cumplido en esta divina Virgen. Era menester que se sucediesen todos estos milagros para llegar a la maravilla de las maravillas. Y por fin San Andrés, Arzobispo de Candía, nos asevera que, después de Dios, María es el hontanar de todas las maravillas que han venido verificándose en el universo; y que Dios ha hecho en Ella tales y tan numerosas maravillas, que sólo Él es capaz de conocerlas perfectamente y alabarlas como se merecen.

Día 6

Entre todas las maravillas de María, hay una que supera a las demás: el Corazón incomparable de esta gran Reina; que es lo que más cabe admirar en Ella. Porque es un mundo de maravillas; un océano de prodigios; un abismo de milagros; principio y fuente de cuantas raras y extraordinarias cosas se admiran en esta gloriosa Princesa (Salmo 44, 14). Ha sido la humildad, la pureza y el amor de su Santísimo Corazón lo que en definitiva la ha elevado a la tan sublime dignidad de Madre de Dios; lo que la ha hecho digna en consecuencia de cuantos favores, gracias y privilegios de que la ha colmado Dios sobre la tierra; de cuantas glorias, gozos, felicidades y grandezas ha sido colmada en el Cielo, y de cuantas cosas grandes y maravillosas Dios ha operado y operará por toda la eternidad en Ella y por Ella. No os maravilléis, por consiguiente, de que os diga que el Corazón virginal de esta Madre de amor es un Corazón admirable. Cierto que es admirable en su Maternidad, pues ser Madre de Dios dice San Bernardo es “el milagro de los milagros”. Pero es asimismo incuestionable que su augustísimo Corazón es un Corazón admirable, por ser principio de su dignísima Maternidad y de cuantas maravillas la acompañan. ¡Oh admirable Corazón de Madre tan incomparable!, ¡qué pena que las criaturas todas del universo no sean otros tantos corazones que os admiren, os amen y eternamente os glorifiquen! Pero sería preciso ser todo corazón para hablar y escribir como es debido del Corazón divinísimo de la Madre de Dios. Convendría tener los espíritus todos y los corazones de los Querubines y los Serafines para conocer perfectamente las perfecciones, y para anunciar dignamente las excelencias del nobilísimo Corazón de la Reina de los Ángeles. Pero ¿qué estoy diciendo? No basta esto. Sería necesario tener la mente, el corazón, la lengua y la mano de Jesús, Rey de los corazones, para poder comprender, honrar y anunciar, y consignar por escrito las inefables maravillas encerradas en este sagrado Corazón, el más digno, real y maravilloso de todos los corazones, después del adorable Corazón del Salvador.

Día 7

Por eso no he de ser yo tan temerario que pretenda encerrar en este libro los inmensos tesoros y numerosos milagros que se encierran en este Corazón incomparable, que es y será eternamente motivo de embeleso para todos los habitantes del Cielo. Porque si los Ángeles, al contemplar a su Reina y nuestra Reina, en el momento de la Concepción inmaculada, y verla tan llena de gracia, hermosura y majestad, quedan en completo arrobamiento y se preguntan entre sí maravillados: “¿Quién es ésta que avanza y sube como el alba del día, hermosa como la luna, elegida como el sol, terrible como un ejército en formación?” (Cant. 6, 9), dejo a vuestra consideración imaginar cuáles sean sus transportes y arrobamiento cuando ven en el Cielo el sin número de maravillas realizadas en su virginal Corazón, a partir de su aparición en la tierra hasta el último instante de su vida.

Si el Dios de los Ángeles, halla tan santos y agradables a su divina Majestad, los pasos y andares de esta gran Princesa, que llega a expresarse en estos términos: iOh, qué bellos son tus pies, Hija del soberano Príncipe! (Cant. 7, 1). Y Si invita a la Iglesia triunfante y militante por igual, a celebrar a lo largo de los siglos en la tierra, y por toda la eternidad en el Cielo, los pasos que dio María en su visita a su prima Santa Isabel, ya podéis deducir de qué forma la admira y la honra Él, y de qué manera quiere que nosotros admiremos y honremos con Él los movimientos y afectos de su amabilísimo Corazón.

Si el menor acto de virtud de esta divina Virgen, representado por uno de sus cabellos, es tan agradable a Dios, hasta el punto de declarar Él mismo, que ha sido herido por ella en su Corazón y que le ha cautivado con uno de sus cabellos (Cant. 4. 9), ¿qué cabe pensar de tantos millones de actos de amor que, cual llamas sagradas, brotaban de continuo del horno ardiente de su virginal Corazón totalmente incendiado de amor divino, lanzándose sin cesar hacia el Cielo, hacia el Corazón adorable de la Santísima Trinidad?

Día 8

Si la Santa Iglesia, guiada en todo lo que hace por el Espíritu Santo, viene celebrando por tanto tiempo en la tierra y celebrará por toda la eternidad en el Cielo, tanta variedad de fiestas en honor de algunas acciones particulares de la Madre de Dios, de tan corta duración muchas de ellas, como la fiesta de la Presentación, en honra de la acción que realiza presentándose a Dios en el templo de Jerusalén; la fiesta de la Purificación, en honor de su acto de obediencia a una ley de la que estaba exenta; la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves, en memoria de la dedicación del primer templo construido en su honor y por indicación suya; si algunas iglesias particulares dedican especiales fiestas -como veremos en otro lugar- a honrar los vestidos que cubrieron su santo cuerpo: ¿qué honras, qué loas, qué solemnidades no merece su divino Corazón, que ha hecho tantos y tales actos de fe, de esperanza y de caridad a Dios, de amor a los hombres, de humildad, de obediencia y de toda especie de virtud; que es el principio y hontanar, como dentro de poco, declararemos, de todos los santos pensamientos, afectos, palabras y acciones de su vida? ¿Qué entendimiento podría comprender, y qué lengua explicar las inestimables riquezas y prodigiosos privilegios encerrados en ese sin par Corazón, Rey de todos los corazones consagrados a Jesús? Es un mar de gracias, sin fondo ni riberas; un océano de perfecciones sin barrunto de límites; una hoguera inmensa de amor. ¡Oh! ¡Quién me diera que como una gota de agua me perdiese dentro de este mar; que me consumiese como una pajita en esta hoguera, a fin de que nada mío quedase en él ,sino que él lo sea todo, pues es único principio de todo bien! Ha sido vuestro Hijo Jesús, divina Virgen, el autor de este océano: y nadie como Él puede conocer los tesoros infinitos en Él escondidos. Él fue quien prendió el fuego que arde en esta hoguera: y sólo Él puede ver la altura que alcanzan las llamas que de ella brotan; nadie como Él para medir las perfecciones inmensas con que ha enriquecido esta obra maestra de su omnipotente bondad; ningún otro puede contar las innúmeras gracias por Él volcadas en este abismo de gracia (Eccl. 1, 9).

Día 9
Qué entendemos por Corazón de la Santísima Virgen.

Siendo mi intención hablar de las prodigiosas excelencias y de las incomparables maravillas del Corazón admirable de la Santísima Madre de Dios conforme a las luces que plazca comunicarme el que es luz esencial y fuente de toda luz, a través de las divinas Escrituras y textos de los Santos Padres, comenzaré diciendo en primer término que la palabra CORAZÓN goza de numerosas significaciones en la Sagrada Escritura. En Ella tiene la acepción del corazón material y corporal que llevamos en el pecho, y que es la parte más noble del cuerpo humano, el principio de la vida, el primero en vivir y el último que muere, la sede del amor, del odio, de la alegría, de la tristeza, de la ira, del temor y demás pasiones del alma. A este corazón hace alusión el Espíritu Santo cuando dice: “Guarda tu corazón con toda cautela porque es manantial de vida”‘, como si dijese: Pon sumo cuidado en dominar y regir las pasiones de tu corazón, porque si las tienes bien sometidas a la razón y al espíritu de Dios, gozarás de una larga y tranquila vida en el cuerpo, y honrosa y santa vida en el alma; pero, al contrario, si ellas dominan y gobiernan tu corazón a su placer, te conducirán a la muerte temporal y eterna por sus desarreglos.

La palabra corazón se emplea en las Sagradas Escrituras también para significar la memoria. En este sentido puede verse aplicada en la expresión del Señor a sus Apóstoles: “Tened presente en vuestros corazones” -es decir- acordaos cuando se os conduzca por mi causa delante de los reyes y de los jueces “de no preocuparos de vuestra defensa” (Luc. 21, 14).

Día 10

El Corazón denota también el entendimiento, por medio del cual se hace la meditación, que consiste en un discurso y razonamiento de nuestra mente sobre las cosas de Dios, para tratar de persuadirnos y convencernos a nosotros mismos de las verdades cristianas. Es el corazón lo que se indica con estas palabras: “Mi corazón, es decir, mi mente está de continuo aplicada a meditar y considerar vuestras grandezas, vuestros misterios y vuestras obras” (Salmo 18, 25).

Expresa, además, la voluntad libre de la parte superior y racional del alma, que es la más noble de sus potencias, la reina de las otras restantes facultades, la raíz del bien o del mal, la madre del vicio o de la virtud. A este corazón se refiere Nuestro Señor cuando dice: “El hombre bueno – es decir- la buena voluntad del hombre justo, es un rico tesoro del cual no puede salir más que toda clase de bien; pero el mal corazón, o sea, la mala voluntad del hombre perverso, es fuente de toda clase de males” (Luc. 6, 45).

Se entiende por él la parte suprema del alma que los teólogos llaman “punta del espíritu” mediante la cual se realiza la contemplación que consiste en una sola mirada, una simplicísima visión de Dios, sin discurso ni razonamiento, ni multiplicidad de pensamientos. A esta parte del alma entienden los Santos Padres que se refieren las palabras que el Espíritu Santo pone en boca de la Santísima Virgen: “Yo duermo, y mi corazón está en vela” (Cant. 5, 2). Porque el descanso y sueño de su cuerpo no impedía, afirma San Bernardino de Sena, y otros muchos, que su Corazón, es decir, la parte superior de su espíritu, estuviese siempre unido a Dios en altísima contemplación.

Día 11

A veces se quiere dar a entender todo el interior del hombre; quiero decir, todo lo que con el alma se relaciona, lo mismo que la vida interior y espiritual, de conformidad con las palabras del Hijo de Dios al alma fiel: “Ponedme como un sello sobre vuestro corazón y sobre vuestro brazo” (Cant. 8, 6); es decir, imprimid por una perfecta imitación, la imagen de mi vida interior y exterior en vuestro interior y en vuestro exterior, en vuestra alma y en vuestro cuerpo.

Significa también al Espíritu divino, que es el Corazón del Padre y del Hijo, y que ellos nos quieren dar para que sea espíritu y corazón nuestro: “Yo os daré un corazón nuevo, e infundiré un espíritu nuevo en vuestro pecho” (Ezeq. 36, 26).

Al Hijo de Dios se le llama en la Sagrada Escritura, Corazón del Padre eterno; y de este Corazón habla el Padre a su divina Esposa, la purísima Virgen, cuando le dice: “Llagaste mi corazón, hermana y esposa” (Cant. 4, 9). 0 como traducen los Setenta: Prendiste mi corazón. Este mismo Hijo de Dios es también llamado en la misma Escritura, “espíritu nuestro”, o sea, alma de nuestra alma, Corazón de nuestro corazón. Todos estos corazones se encuentran en la Madre del amor, en la que forman un Corazón único, ya porque las facultades de la parte superior e interior de su alma han estado siempre perfectamente compenetradas, ya porque Jesús, -Corazón de su Padre-, y el Espíritu Santo -Corazón del Padre y del Hijo-, le han sido entregados como espíritu de su espíritu, alma de su alma, y Corazón de su Corazón.

Día 12

Con objeto, sin embargo, de conocer mejor lo que entendemos por Corazón de la Santísima Virgen, bueno será tener en cuenta que, así como, en Dios adoramos tres Corazones, siendo en realidad un solo Corazón lo que adoramos; así como en el Hombre-Dios adoramos tres Corazones que no forman más que un único Corazón, de parecida manera veneramos tres Corazones en la Madre de Dios, que no son más que un solo Corazón. El primer Corazón que reside en la Santísima Trinidad, es el Hijo de Dios, que es el Corazón del Padre, como queda dicho más arriba. El segundo es el Espíritu Santo, que es el Corazón del Padre y del Hijo. El tercero, es el Amor divino, uno de los atributos de la esencia divina, que constituye el Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; tres Corazones que vienen a constituir tan sólo un único y mismo Corazón, con el que las Tres divinas Personas se aman entre sí con amor tan grande como se merecen, amándonos igualmente a nosotros con una caridad incomparable.

El primer Corazón del Hombre-Dios es un Corazón corporal, deificado, al igual que las demás partes de su sagrado cuerpo, por la unión hipostática que mantiene con la divina persona del Verbo eterno. El segundo, es su Corazón espiritual, la parte superior de su santa alma, que comprende su memoria, entendimiento y voluntad, y que se halla especialmente deificado por la misma unión hipostática. El tercero, es su corazón divino, que es el Espíritu Santo, que ha animado eternamente su adorable humanidad en forma más vívida que su misma alma y su propio Corazón; tres Corazones en este admirable Hombre-Dios que no son más que un solo Corazón, pues por ser su Corazón divino, alma, corazón y vida de su Corazón espiritual y corporal, los instala en una unidad tan perfecta con Él, que los tres Corazones no forman sino un único corazón, desbordante de amor infinito hacia la Santísima Trinidad, y de una incomprensible caridad hacia los hombres.

Día 13

El primer Corazón de la Madre de Dios, es su Corazón corporal encerrado en su pecho virginal. El segundo, su Corazón espiritual, el Corazón de su alma, indicado en las palabras del Espíritu Santo: “Toda la gloria de la Hija del Rey se difunde desde su interior”, es decir, en el corazón y en lo más íntimo de su alma, de que hablaremos ampliamente más adelante. El tercer Corazón de esta Virgen divina es el que ella nos muestra cuando dice: “Yo duermo, pero mi Corazón vela”; es decir, según la explicación de muchos Santos Doctores, mientras concedo a mi cuerpo el descanso que necesita, mi Hijo Jesús, que es mi Corazón y como a tal le amo, está de continuo velando por mí y sobre mí.

El primero de estos Corazones es el corporal, aunque plenamente espiritualizado por el espíritu de gracia y por el Espíritu de Dios de que rebosa. El segundo es el espiritual, pero divinizado, no por la unión hipostática como el Corazón espiritual de Jesús, a que antes nos referimos, sino por una eminentísima participación de las divinas perfecciones, como podremos ir viendo a lo largo de esta obra. El tercero es divino, Dios mismo, ya que es el Hijo de Dios.

Estos tres corazones de la Madre de Dios no son más que un solo Corazón, en la unión más santa y más estrecha que ha podido o pueda darse jamás, después de la unión hipostática. A estos tres Corazones, mejor aún, a este único Corazón se refieren las palabras por dos veces pronunciadas, del Espíritu Santo: “María conservaba todas estas cosas en su Corazón” (Luc. 2, 19, 41).

Pues, ante todo, María conservaba todos los misterios y maravillas de la vida de su Hijo hasta cierto punto en su Corazón sensible y corporal, principio de la vida y asiento del amor y demás pasiones; porque todos los movimientos y latidos de este virginal Corazón, todas las funciones de la vida sensible que de Él procedían, las aplicaciones todas de las pasiones sus dichas, estaban dedicadas a Jesús y a todo cuanto en él tenía lugar: el amor, para amarle; el odio, para odiar cuanto le era contrario, a saber, el pecado; la alegría, para gozarse en su gloria, en sus grandezas; la tristeza, para condolerse por sus trabajos y sufrimientos; y así de todos los demás sentidos.

Día 14

En segundo término, las conservaba en su Corazón, es decir, en la parte más noble de su alma, en lo más intimo de su espíritu. Porque todas las facultades de la parte superior de su alma se hallaban ininterrumpidamente aplicadas a la contemplación y adoración de cuanto acontecía en la vida de su Hijo, aun lo más insignificante. En tercer lugar, las conservaba en su Corazón, en su Hijo, espíritu de su espíritu y corazón de su Corazón: Jesús las conservaba para ella, sugiriéndoselas y confiándoselas a su memoria cuando lo creía conveniente, ya para que le sirviesen de alimento a su alma para la contemplación, en la que le rendía los honores y adoraciones debidas, ya para que pudiese referirlas a los Apóstoles y Discípulos, que habían de predicarlas a los fieles. Esto es lo que entendemos por Corazón admirable de la predilecta de Dios, que viene a ser imagen exacta del adorable Corazón de Dios y del Dios-Hombre, como vamos a ver con mayor claridad inmediatamente. Tal es el tema egregio de que voy a tratar en este libro. Los tres siguientes capítulos os evidenciarán con toda claridad lo que es en particular el Corazón corporal de la Madre del Salvador, lo que representa su Corazón espiritual, y su Corazón divino. A lo largo de toda la obra podréis ir encontrando infinidad de asuntos referidos a su Corazón corporal, otros que convienen al Corazón espiritual, cosas que se refieren tan sólo a su corazón divino, y otras que hacen alusión a los tres. De todas ellas podrá beneficiarse vuestra alma si las leéis después de haber elevado vuestro espíritu al Espíritu de Dios, con intención de aprovecharos. A este fin, tendréis que tener presente en la lectura el levantar de vez en cuando vuestro corazón a Dios, para alabarle por la gloria que se da y se estará dando por toda la eternidad a Sí mismo por esta maravillosa obra maestra de su divino amor; para bendecirle por todos los favores con que ha enriquecido este augustísimo Corazón; para darle gracias por las incontables gracias que por su medio ha otorgado a los hombres; y para ofrecerle vuestro corazón pidiéndole a un tiempo que lo modele según este Corazón, destruyendo cuanto le desagrada en él, y esculpiendo en él una imagen del Santísimo Corazón de la Madre del Santo de los Santos, a quien os exhorto ofrecer con frecuencia vuestro corazón con idéntico fin.

Día 15

¡Oh Jesús, Hijo único de Dios, Hijo único de María! Bien veis que estoy trabajando en una empresa que escapa infinitamente a mis alcances; pero la he emprendido por amor vuestro y de vuestra dignísima Madre, por la confianza que tengo en la bondad del Hijo y en la caridad de la Madre.

Bien sabéis, Salvador mío, que no pretendo otros fines que los de agradaros, y rendiros a Vos y a vuestra divina Madre, un insignificante reconocimiento de tantas y tan grandes misericordias como he recibido de vuestro paternal Corazón, por intercesión de su benignísimo Corazón. Veis asimismo que de mi parte no soy más que un abismo de indignidad, de ineptitud, de tinieblas, de ignorancia y de pecado, por lo cual renuncio con toda mi alma a cuanto me pertenece; me entrego a vuestro divino espíritu y santa iluminación, me entrego al inmenso amor que tenéis a vuestra querida Madre; me entrego al celo ardentísimo que tenéis por vuestra gloria y por su honor. Sostened y animad mi espíritu, esclareced mis tinieblas, consumid mi corazón, conducid mi mano, dirigid mi pluma, bendecid mi trabajo, y dignaos serviros de él para acrecimiento de vuestra gloria, honor de vuestra bendita Madre, e imprimir en los corazones de los lectores de estas meditaciones una devoción sincera a su amabilísimo Corazón.

Día 16

Para mejor conocer qué sea el Corazón sensible y corpóreo de la Santísima Virgen, será bueno aclarar antes algo de las excelencias de su Santo Cuerpo, del cual es parte primerísima el Corazón. A este respecto he de afirmaros que así como nada existe en Jesús que no sea grande y admirable; tampoco hay nada en la Madre de Jesús que no esté lleno de maravillas y grandezas. Cuanto existe en la santa humanidad de Jesús, se halla deificado y elevado a una dignidad infinita por su unión con la divinidad. Y todo lo que existe en María se ve enaltecido y santificado hasta lo incomprensible por su divina Maternidad. Ninguna parte hay en el Sagrado Cuerpo de Jesús que no sea digna de la eterna admiración de los hombres y de los Ángeles. Y nada hay en absoluto en el Cuerpo virginal de la Madre de Dios, que no merezca las inmortales alabanzas de la creación entera.

Con razón dice San Pablo: que en modo alguno somos deudores a la carne ni a la sangre; que cuantos viven según las tendencias de la carne y de la sangre perecerán y morirán de muerte eterna; que la prudencia de la carne es la peste y muerte del alma; que la sabiduría de la carne, es enemistad con Dios; que los hijos de la carne no son hijos de Dios; que ni la carne ni la sangre poseerán el reino de Dios; que el bien no es patrimonio de nuestro cuerpo, sino todo lo contrario, lo es toda clase de mal; que es un cuerpo de muerte, y una carne de pecado; y que cuantos son de Jesucristo han crucificado su carne con todos sus vicios y perversos inclinaciones.

Sin embargo, cuanto mayor debe ser nuestro desprecio y mortificación de este cuerpo de muerte y de esta carne de pecado que llevamos con nosotros, y que viene a ser un vertedero de inmundicias, masa de corrupción, un muladar pútrido e infierno de abominación, tanto mayor debe ser nuestro respeto y veneración del Purísimo y Santísimo Cuerpo de la Madre del Redentor, por sus maravillosas excelencias de que está dotado, entre las cuales voy a señalar cinco principales que vienen a constituir el permanente objeto de veneración de los Espíritus bienaventurados.

Día 17

La excelencia primera, es la de haber sido formado este Cuerpo, en las entrañas benditas de Santa Ana, no ciertamente por la ordinaria virtud de la naturaleza, sino por el extraordinario poder de Dios, ya que la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, sólo a base de un gran milagro de naturaleza y de gracia pudo realizarse. En este sentido se puede aseverar que su Cuerpo ha sido formado por mano del Espíritu Santo, y que es obra del Altísimo. Por eso después del Cuerpo deificado de Jesucristo Nuestro Señor, no ha habido ni habrá nunca en la tierra cuerpo alguno tan perfecto en toda suerte de ventajosas cualidades como el Sagrado Cuerpo de la Purísima Madre. Pues Dios le formó de propia mano y para altísimos destinos de su eterno juicio, ¿quién va a dudar de que le haya dotado de cualidades convenientes al fin tan sublime a que lo ha destinado, y a las funciones en que ha de ocuparse? ¿Queréis saber algo de las raras perfecciones del Santo Cuerpo de la Virgen de las vírgenes? Leed lo que los Santos Padres y eclesiásticos historiadores dicen de Él. Leed lo que nos dicen San Epifanio, Nicéforo, Calixto y tantos otros.

Su Cuerpo se veía adornado de cuantas perfecciones se requieren para la perfección de una soberana hermosura. Su andar reposado y compuesto, lleno de modestia, con la cabeza algo inclinada al andar como una virgen humilde y pudorosa; su voz argentina, dulce, casta y graciosa. Toda su compostura exterior llena de majestad y bondad. En una palabra: era imagen viviente del pudor, de la humildad, de la mortificación, de la modestia y demás virtudes. El vestido era limpio y apropiado; siempre, con todo, modesto, sin ostentación, ni más color que el de la lana; su manto de color celeste. Era de santísimas costumbres y en su conversación se mezclaban la dulzura y la gravedad, la humildad y la caridad: todo lo cual la hacía amable y respetable a cuantos la veían. Era amante del silencio, hablaba poco y raras veces, nunca se dejó llevar de ira, de impaciencia, de risas inmoderadas, ni pronunciaba jamás palabras ociosas.

De esta forma nos describe Nicéforo en su Historia a la Santísima Virgen. Y parecidamente San Epifanio, presbítero de Jerusalén, que asegura haber puesto toda la diligencia posible en la búsqueda de antiguos autores griegos que describieron las costumbres de la Madre de Dios, para escoger cuanto hubiese de más exacto.

Prestemos oído ahora a los demás Santos Padres.

“Sois toda hermosa, Virgen de las Vírgenes, exclama San Agustín; sois toda agradable, inmaculada, luminosa, gloriosa, adornada de toda perfección, enriquecida con toda santidad; sois más santa y más pura -aun en vuestro mismo cuerpo- que todas las Virtudes angélicas”.

“i Oh hermosura de hermosuras!, exclama San Jorge, Arzobispo de Nicomedia. ¡Oh madre de Dios!, sois el ornato y la corona de cuanto hay de más bello y resplandeciente en el universo”.

“iOh Virgen santa, dice San Anselmo, vos sois tan soberanamente bella y tan perfectamente admirable, que encantáis los ojos y robáis los corazones de cuantos os contemplan!”.

Día 18

La segunda excelencia del virginal Cuerpo de la Reina del Cielo es la de haber sido expresamente formado para Nuestro Señor Jesucristo, y para Él sólo. Fue creado el Cielo para ser morada de los Ángeles y de los Santos; pero el Cuerpo glorioso de María es un cielo creado exclusivamente para morada del Rey de los Ángeles y del Santo de los Santos. iOh divina Virgen, vuestra purísima sangre ha sido creada para materia del Cuerpo adorable de Jesús; vuestro sagrado seno, para recibirle durante nueve meses; vuestros benditos pechos para amamantarle; vuestros santos brazos para sostenerle; vuestro seno y virginal pecho para hacerle reposar; vuestros ojos, para mirarle y cubrirle con sus lágrimas dolientes y amorosas; vuestros oídos, para escuchar sus divinas palabras; vuestro cerebro para emplearse en la contemplación de su vida y de sus misterios; vuestros pies, para conducirle y acompañarle a Egipto, Nazaret, Jerusalén, al Calvario, y demás lugares por los que anduvo; vuestro divino Corazón, para amarle, y amar cuanto Él amaba.

La tercera excelencia del Sagrado Cuerpo de la Madre admirable, es la de haber sido animado por el Alma más santa que haya existido, después del Alma adorable de Jesús. Con respecto a lo cual puede afirmarse que los órganos de este Santo Cuerpo han servido para las más altas y excelentes funciones que pueden darse, después de las del Alma deificada del Hijo de Dios.

Paréceme oír al gran Apóstol San Pablo cuando protesta con orgullo que, sea en vida, sea en muerte, Jesucristo será siempre glorificado en su cuerpo. Si Cristo es glorificado en el cuerpo de un Apóstol, que llama a su mismo cuerpo, cuerpo… de pecado y de muerte, ¡qué gloria no recibirá en el Cuerpo de su divina Madre, que es fuente de vida inmortal, y en el cual no tuvo entrada el pecado, por haber sido santificado juntamente con el alma desde el mismo instante de su Concepción inmaculada! Con tal motivo la llama en su liturgia, el Apóstol Santiago, apellidado hermano del Señor: “Virgen santísima, inmaculada, bendita sobre todas las cosas, siempre dichosa e irreprensible en todos sus modales”.

Día 19

Y he aquí la cuarta excelencia del Sagrado Cuerpo de la Madre del Santo de los santos, que consiste en haber cumplido a perfección el mandamiento que Dios nos enseña por su Apóstol con estas palabras: “Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo”; y que Ella comenzó a poner en práctica mucho antes de que se pronunciasen.

Queriendo dar a conocer el Espíritu Santo a todos los cristianos que la voluntad de Dios es su santificación, no sólo en sus almas mas también en sus cuerpos, en los que han de llevarle y glorificarle, les comunica por boca de San Pablo: “Que deben ser en cuerpo y alma, como vasos honorables y santos, útiles al servicio del soberano Señor de todas las cosas, y dispuestos a toda clase de buenas obras”.

Que sus miembros deben ser como armas de justicia y de santidad en manos de Dios, de que pueda servirse Él para combatir y vencer a su enemigo, el pecado, y para santificarles.

Que sus cuerpos deben ser hostias vivas, santas, agradables a Dios y dignas de ser inmoladas a gloria de su Divina Majestad.

Que esos mismos cuerpos deben ser templos del Dios vivo.

Que son miembros de Jesucristo, hueso de sus huesos, carne de su carne, porción del mismo, y sus santas reliquias; y en consecuencia, deben vivir animados de su espíritu, vivir su vida, y hallarse revestidos de su santidad; y que el Hijo de Dios debe vivir no sólo en sus almas, sino también en sus cuerpos; y que debe aparecer su vida en nuestra carne mortal.

Ahora bien; si un cuerpo de muerte, y una carne de pecado como es la nuestra, están obligados a llevar realmente todas estas santas cualidades y estar adornados de tan grande santidad, ¿cómo puede dudarse que el virginal Cuerpo de la Madre de Dios no se halle poseído de tan sublime perfección, y que no haya experimentado tales efectos en sumo grado?

¿No es cierto que este Cuerpo Bienaventurado es vaso purísimo y utilísimo para gloria de su Hacedor, y es asimismo el más cumplido en frutos de buenas obras como jamás se hayan dado?

¿No es cierto que después de la Víctima adorable, inmolada en la Cruz, nada más santo ha podido ofrecerse nunca a Dios que el purísimo Cuerpo de la Reina de los Santos?

¿No es cierto que es el más augusto y el más digno templo de la divinidad, después del Sacratísimo Cuerpo del Hijo de Dios?

¿No es cierto que es el primero y más noble miembro del Cuerpo Místico de Jesús?

Y ¿quién podrá referir el ornato y lustre que la casa de Dios recibe de este precioso y admirable vaso? ¿Quién podrá pensar en la gloria que recibe la Santísima Trinidad en este santo templo, con el sacrificio de esta hostia incomparable?

Día 20

¿Quién dudará de que el Espíritu de Jesús no se halle plenamente viviente en todas las partes del Cuerpo de su divina Madre -la más noble y perfecta de las vidas-, como en el más noble y excelente de entre sus miembros? ¿A quién le cabe dudar de que este Sagrado Cuerpo no se vea amado, poseído y regido por este mismo Espíritu como por su propia alma? ¿Quién puede dudar de que Dios no se vea más honrado en este Cuerpo de la Virgen Madre, que en todos los cuerpos restantes y en todos los espíritus aun los más santos del Cielo y de la tierra? ¿Quién puede dudar, en fin, de que esta fidelísima Virgen no haya glorificado a Dios en su Cuerpo, de todas las formas posibles?

Le ha glorificado con la práctica de las palabras de San Pablo, mucho antes de que fuesen proferidas: “Mortificad vuestros miembros”; pues la Virgen ha mortificado de continuo los suyos con ayunos, abstinencias y otras maceraciones, y por una perfecta privación de las satisfacciones de la naturaleza: no comiendo, no bebiendo, ni durmiendo, ni tomando recreación alguna para satisfacción de los sentidos, sino por sola necesidad, y para obedecer a la divina Voluntad, que gobernaba enteramente su Alma y su Cuerpo y en todas las cosas.

Le ha glorificado por el santísimo empleo que hizo de sus miembros y sentimientos, sirviéndose de ellos tan sólo para gloria de Dios y cumplimiento de su santísima Voluntad.

Le ha glorificado por el ejercicio continuo en toda clase de virtudes de toda especie, que tenían puesto sus reales no sólo en su Alma, sino también en sus sentidos y en los miembros todos de su Cuerpo.

“Bien la habéis podido ver siempre gozosa en sus sufrimientos -dice San Ignacio Mártir-, fuerte en las aflicciones, contenta en la pobreza, dispuesta a servir a todos, aun a los mismos que la afligían, sin darles muestras nunca de frialdad y alejamiento. Era moderada en la prosperidad, tranquila y ecuánime siempre. Su compasión compasiva con los apenados, esforzada en oponerse a los vicios, constante en sus santas empresas, infatigable en sus trabajos, invencible en la defensa de la religión”.

¿Qué palabras habría yo de emplear -exclama San Juan Damasceno- para expresar la gravedad de vuestro andar, la modestia de vuestros vestidos, lo gracioso de vuestro semblante? Vuestro vestido era siempre honesto, vuestro andar grave y acompasado, muy lejos de la ligereza; vuestra conversación era dulcemente grave y dulce con gravedad; vos huíais en lo posible el trato con los hombres, erais obedientísima y humildísima, no obstante vuestra contemplación tan elevada; en una palabra, fuiste siempre la mansión de la Divinidad”.

Día 21

Así es como la Bienaventurada Virgen ha llevado y glorificado a Dios en su Cuerpo, por lo que debe ser alabada y glorificada por todos los cuerpos y todos los espíritus que existen en el universo.

La quinta excelencia de este nobilísimo Cuerpo se halla comprendida en estas divinas palabras que tanto venera la Santa Iglesia, hasta el punto de no pronunciarlas sin doblar antes las rodillas en tierra: palabras que colman al Cielo de alegría, la tierra de consuelo y al infierno de terror; palabras que constituyen el fundamento de nuestra religión y el manantial de nuestra eterna salvación: “Verbum caro factum est»: El Verbo se hizo carne”. ¿Qué carne es ésta que con tanto respeto se menciona? Es la carne purísima de la Virgen Madre, que el Verbo eterno ha distinguido de tal manera que la ha unido personalmente a Él y la ha juntado a su propia Carne, hasta el punto de poderse afirmar con San Agustín, que la Carne de María es Carne de Jesús, y que la Carne de Jesús es Carne de María: “Caro Jesu est caro Mariae».

¡Oh incomprensible dignidad de la Carne de María! ¡Oh excelencia admirable de su Cuerpo virginal! ¡Oh, cuánta veneración se merece un Cuerpo adornado de tantas y tan extraordinarias perfecciones! ¡Oh, qué honor se merece un Cuerpo tan honrado por Dios!

Día 22

Oración divinamente inspirada a Santa Brígida, en la que se honran y veneran de modo admirable los santos miembros del Sagrado Cuerpo de la Virgen Madre, y el santo empleo que de los mismos hizo:

¡Dignísima Señora y queridísima vida mía, Reina del Cielo y Madre de Dios!, cierto estoy de que los moradores del Cielo se ocupan incesantemente en cantar con espléndido gozo las alabanzas de vuestro glorioso Cuerpo, y que por mi parte soy indignísima de pensar en Vos; deseo, sin embargo, con toda mi alma alabar y bendecir en la tierra cuanto me sea dado, vuestros preciosos miembros.

¡Bendita sea, por tanto, oh sacratísima Virgen María, dignísima Señora mía, vuestra Sagrada Cabeza aureolada de gloria inmortal, y más esplendente, sin comparación, que el sol; y benditos sean vuestros hermosos cabellos, rayos todos ellos más luminosos que los del sol, que representan vuestras divinas virtudes, las cuales tenéis en tan gran número que no pueden ser enumeradas como no pueden serio los cabellos de la cabeza!

¡Bendita sea, Santísima Virgen, adorabilísima Señora mía, vuestra modestísima Faz, más blanca y brillante que la luna, pues nunca alzó fiel alguno la vista hacia Vos en este mundo tenebroso, que dejase de experimentar en su alma alguna consolación espiritual!

¡Benditas sean, oh sacratísima Virgen María, queridísima Señora mía, vuestras cejas y vuestros párpados, más brillantes que los rayos del sol!

¡Benditos vuestros ojos tan pudorosos, que nunca jamás apetecieron nada de las cosas perecederas que en este mundo vieron; y además cuando los elevabais al Cielo, vuestras miradas eclipsaban la claridad de las estrellas delante de la corte celestial!

¡Benditas, oh sacratísima Virgen, mi soberana Señora, sean vuestras bienaventuradas mejillas, más blancas y encendidas que el alba, que aparece en su salida de una albura y rosicler tan agradables; y así, durante vuestra permanencia en este mundo, vuestras mejillas castísimas se coloreaban de una belleza en extremo brillante a los ojos de Dios y de los Ángeles, ya que ni la vanagloria ni la pompa mundana os alcanzaron!

¡Benditas y adoradas sean, oh amabilísima María, y queridísima Señora mía, vuestros casticismos oídos, cerrados siempre a las palabras mundanas que pudieran profanarlos!

¡Bendita, oh Virgen Santa, divina María, soberana Señora mía!, vuestra nariz sagrada, cuyas respiraciones todas se acompañaron de un suspiro de vuestro Corazón y de elevaciones de vuestra alma hacia Dios, aun durante vuestro sueño. Suba hasta vuestro santo olfato el suavísimo olor de toda clase de alabanzas y bendiciones, ¡más excelente que el de olorosísimas hierbas, y delicados perfumes!

Día 23

Loada sea infinidad de veces, oh Virgen Sagrada, divina María, Santísima Señora mía, vuestra bendita lengua, incomparablemente más agradable a Dios que todos los árboles frutales. Pues no solamente no pronunció jamás palabra ofensiva a nadie, sino que ni profirió palabra siquiera que no aprovechase a otros.

Cuantas palabras pronunciaba iban sazonadas con una prudencia y dulzura tan grandes, que nunca hubo fruto tan delicioso al gusto, ¡tan agradable era escucharlas! Alabada sea eternamente, oh preciosísima Virgen, oh divina María, Reina y Soberana mía, alabada sea vuestra digna boca con sus santos labios, más bellos sin comparación que todas las rosas y las más placenteras flores; singularmente por aquella benditísima y humildísima palabra que pronunció, ante el Ángel venido del Cielo a Vos, cuando puso Dios por obra el decreto de la Encarnación en el mundo, predicho antes por boca de los Profetas. Ya que en virtud de esta santa palabra debilitasteis el poder del demonio en el infierno, y fortificasteis los coros angélicos en el Cielo.

Oh María, Virgen de las vírgenes, Reina mía y única consolación después de Dios, benditos sean por siempre, ya que ningún otro empleo hicisteis de estos santos miembros que no se dirigiese a honrar a Dios o al amor del prójimo. Y como los lirios se mueven al soplo del viento, así vuestros sagrados miembros tan sólo se movían y actuaban bajo el impulso y dirección del Espíritu Santo.

Benditos sean de todo corazón, Princesa mía, fortaleza y delicia mías, benditos sean vuestros santísimos brazos, benditos vuestros sagrados dedos y purísimas manos, adornadas de tantas piedras preciosas como acciones realizaron; ya que por la santidad de vuestras acciones atrajisteis fuertemente a Vos al Hijo de Dios, al par que vuestros brazos y manos le estrecharon fuertemente contra el Corazón, con el más ardiente amor de madre que imaginarse pueda.

Benditos sean con todo mi afecto, Reina de mi corazón, luz de mis ojos, benditos y glorificados sean vuestros sagrados pechos, dulcísimas fuentes ambos de agua viva, y aun mejor, de leche y miel, que alimentaron y dieron la vida al Creador y a las criaturas, que nos procuran continuamente los remedios necesarios a nuestros males, y refrigerio en nuestras aflicciones.

Día 24

Bendito sea, oh María, Virgen gloriosa, gloriosísima Reina mía, bendito sea vuestro precioso pecho, más puro que el oro fino; pues que vivió oprimido bajo el dolor de violentísimos dolores, cuando en el Calvario, escuchabais los golpes de los esbirros con el martillo sobre los clavos con que taladraban las manos y pies de vuestro amadísimo Hijo. Y, aunque tan ardientemente lo amabais, preferisteis sin embargo sobrellevar aquel terrible suplicio y verle morir por la salvación de las almas, antes que verle vivir dejando morir a las almas con muerte y perdición eternas. Por lo cual permanecisteis firme y constante en medio de los más crudos tormentos, con una plena conformidad con la divina Voluntad.

Amo, venero y glorifico, Virgen incomparable, amabilísima María, vida y alegría de mi corazón, con toda mi alma, vuestro dignísimo Corazón, tan encendido en ardentísimo celo de la gloria de Dios, que las llamas celestiales de vuestro amor se elevaban hasta el Corazón del Padre eterno, atrayendo a su Hijo unigénito, con el fuego del Espíritu Santo, a vuestras purísimas entrañas, quedando no obstante, en el seno del Padre.

Alabanza y bendición eternas, oh María, adorabilísima Señora, Virgen a la vez purísima y fecundísima, a vuestras benditas entrañas que produjeron el fruto admirable, que da infinita gloria a Dios, y es la incomprensible alegría de los Ángeles y la vida eterna de los hombres.

Alabanza inmortal, sapientísima Virgen, Soberana Señora mía, alabanza inmortal a vuestros sacratísimos pies, que llevaron al Hijo de Dios, y Rey de la gloria en el período en que vivió encerrado en vuestro virginal vientre. ¡Oh! ¡Qué hermoso sería contemplar la modestia, majestad y santidad con que Vos caminabais! Sin duda que no disteis paso alguno que no contribuyese a contentar de modo especialísimo al Rey del cielo, y a llenar de dicha a la celestial corte.

Adorados, alabados y glorificados sean, ioh admirable María, divina Virgen, Amabilísima Madre!, adorados sean el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en su incomprensible majestad, por cuantos favores dispensaron a vuestro santísimo Cuerpo, agradabilísima morada del que alaban los Ángeles todos en el Cielo y venera la Iglesia entera sobre la tierra.

Honor por siempre, alabanza perpetua, bendición, gloria e infinitas acciones de gracias a Vos, mi Señor, Rey y Dios mío, que creasteis esta nobilísima y purísima Virgen, y la hicisteis vuestra digna Madre, por todas las alegrías con que, por su medio, habéis colmado a los Ángeles y Santos del Cielo, por todas las gracias que habéis distribuido a los hombres en la tierra, y por cuantas consolaciones habéis departido a las almas que penan en el Purgatorio.

Se piden las gracias que se desean alcanzar durante este mes.

 

Deprecaciones para todos los días

Oh Corazón de María, compadeceos de los incrédulos; despertad a los indiferentes; dad la mano a los desesperados; convertid a los blasfemos y profanadores de los días del Señor.
Avemaría.

Oh Corazón de María, aumentad la fe de los pueblos; fomentad la piedad; sostened las familias verdaderamente católicas; apagad los odios y venganzas en que se abrasa el mundo.
Avemaría.

Oh Corazón de María, convertid a los mundanos, purificad a los deshonestos, volved al buen camino a tantas víctimas del vicio y del error.
Avemaría.

Oh Corazón de María, convertid a todos los pecadores de la Iglesia; dirigid a patronos y obreros; iluminad con luz celestial a los malos escritores y gobernantes para que vengan a la luz de Cristo; convertid y santificad a los malos católicos.
Avemaría.

Oh Corazón de María, suscitad muchos y santos Sacerdotes y Misioneros que trabajen en la conversión de los pecadores y en la salvación de las almas de todo el mundo, y dadnos a todos la perseverancia final en el santo amor y temor de Dios. Así sea.
Avemaría.

Oración Final para todos los días

Oh Inmaculado Corazón de María, en Vos confiamos; no nos dejéis en este valle de lágrimas hasta vernos seguros junto a Vos en el Cielo. Así sea.