Uno de los terrenos más difíciles de navegar en el mundo moral es el sentimiento de culpa, en su sentido de dolor por el pecado.

Por un lado, es apropiado y beneficioso experimentar el dolor, pero por el otro, es necesario aprender a identificar que hay tipos de culpa que son autodestructivos e inauténticos; estos vienen ya sea de nuestra carne o del diablo.

Algunas formas de culpa pueden causar un gran daño y en la práctica, pueden incluso aumentar la frecuencia con la que se comete un pecado debido a que engendran el desánimo y el menosprecio de uno mismo, en lugar de una actitud de aflicción pero con plena confianza en la misericordia, la sanación y la ayuda.

Es valioso hacer algunas distinciones para que podamos discernir qué tipo de culpa es saludable y qué tipo no lo es.

San Pablo hace una importante distinción en la Segunda Carta a los Corintios. Pablo había reprendido a los corintios en una carta anterior (especialmente 1 Cor 5), tanto por pecar como por tolerar el pecado entre ellos. Evidentemente, su reprensión hirió a muchos de ellos y les causó una tristeza significativa. Pablo entonces escribe,

“Porque si os entristecí con mi carta, no me pesa. Y si me pesó – pues veo que aquella carta os entristeció, aunque no fuera más que por un momento – ahora me alegro. No por haberos entristecido, sino porque aquella tristeza os movió a arrepentimiento. Pues os entristecisteis según Dios, de manera que de nuestra parte no habéis sufrido perjuicio alguno. En efecto, la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación; mas la tristeza del mundo produce la muerte. Mirad qué ha producido entre vosotros esa tristeza según Dios: ¡qué interés y qué disculpas, qué enojo, qué temor, qué añoranza, qué celo, qué castigo! En todo habéis mostrado que erais inocentes en este asunto.”

(2 Cor 7, 8-11)

Observe cómo Pablo distingue entre “dolor que es según Dios” y “tristeza mundana”. La manera en que podemos distinguirlos, según Pablo, es por sus frutos.

El dolor que es según Dios tiene estos frutos:

-Arrepentimiento
-Honestidad para hacer lo correcto – la palabra griega usada es σπουδή (spoude), que también se refiere a una especie de rapidez arraigada en el entusiasmo.

-Anhelo de lo que es correcto – el texto griego habla de cómo este dolor de Dios les dio ἐπιπόθησις (epipothesis), que no es sólo un anhelo ansioso, sino también un fuerte afecto por lo que es bueno y justo.

-Indignación por el pecado

-Santo temor al pecado

El dolor que es según Dios produce cosas buenas y será conocido por sus frutos. Pablo continúa diciendo que la tristeza de Dios es un dolor que Dios quiere y que no nos daña de ninguna manera. Además, no deja remordimientos.

También podemos añadir que la tristeza de Dios está enraizada en el amor: el amor por Dios y los demás y nuestra experiencia del amor de Dios por nosotros. La tristeza es real y a menudo bastante aguda, pero como está arraigada en el amor, nos hace correr al amado a quien hemos ofendido.

El dolor que es según Dios también parece estar relacionado con la contrición perfecta a la que nos referimos en el acto de contrición cuando decimos: Detesto todos mis pecados, no sólo porque temo perder el cielo y los dolores del infierno, sino sobre todo, porque te he ofendido, mi Dios, que eres todo bueno y que mereces todo mi amor. La contrición perfecta se refiere al amor, mientras que la contrición imperfecta está relacionada con el temor al castigo. Por lo tanto, la tristeza de Dios también parecería ayudar y, cada vez más, a perfeccionar la contrición.

¿Qué hay de la “tristeza mundana”, como la llama Pablo? Sólo dice que “trae la muerte”. Aquí debemos suponer que mientras el dolor según Dios da la vida y restablece la relación y el amor, la tristeza y la culpa mundana, cortan estas cosas. Cuando tenemos este tipo de culpa o “tristeza mundana”, no son nuestros pecados los que odiamos tanto como nuestro propio ser.

En la tristeza mundana, Satanás nos tiene donde él nos quiere. De hecho, el dolor del mundo o mundano es bastante a menudo un fraude que se disfraza de humildad, en el que una persona piensa, ¿cómo he podido hacer tal cosa?

Si podemos saber algo por sus frutos, entonces debemos notar que el dolor mundano a menudo nos hace huir de Dios. Nos lleva a evitarlo más que ir a Él. Además, a menudo provoca en nosotros la ira, haciéndonos resentidos de la ley de Dios y del hecho de que deberíamos tener que buscar misericordia y humillarnos a Dios o frente a esa persona a quien ofendimos. En lugar de llevarnos al arrepentimiento, a menudo lo demora por vergüenza o resentimiento.
Además, este tipo de actitudes pueden llevarnos a racionalizar nuestro pecado y minimizar su significado.

Otras personas van en una dirección muy diferente, una de auto-aversión y desesperación. Pueden magnificar lo que han hecho al descender a una escrupulosidad malsana, arraigada en el temor al castigo más que en el amor de Dios.

Estos frutos negativos, aunque a menudo se disfrazan de piedad, tienden a hacer que el pecado sea aún más frecuente. Si una persona se aborrece a sí misma, desesperada de su capacidad de vivir en el amor de Dios y experimentar su corrección, entonces podrá reunir pocas fuerzas. Sólo ve la debilidad y la culpa, perdiendo el amor y el esplendor de la gracia.

No percibiendo ninguna base o asidero desde el cual comenzar a mejorar, por el contrario, desciende aún más profundamente en el pecado, alejándose más de Dios y el ciclo sólo se vuelve cada vez más profundo y más oscuro. Así San Pablo describe a la tristeza mundana como la muerte.

Cuando uno comienza a ver “frutos” de este tipo, es más que probable que sea lo mundano lo que los produce. Un confesor o director espiritual a menudo tendrá que trabajar largo y duro para romper estos ciclos negativos y ayudar a la persona a encontrar y experimentar el dolor según Dios, que trae consigo un verdadero progreso. El dolor según Dios es un dolor, pero un dolor arraigado en el amor.

El discernimiento con respecto a la culpa, a la tristeza por el pecado, es esencial. San Pablo nos da algunos buenos principios para distinguir los dolores muy diferentes, piadosos y mundanos: por sus frutos. Satanás ama las imitaciones baratas. Como el lobo que es, le encanta disfrazarse con piel de oveja. Aprenda a reconocer la “tristeza” barata de Satanás por sus frutos, que nos llevan a la muerte y no al encuentro con Dios.

Fuentes

El autor de este artículo es el monseñor Charles Pope. Fue publicado originalmente en: http://blog.adw.org/2017/09/distinguishing-healthy-unhealthy-guilt/ Traducido por Proyecto Emaús.