La muerte por crucifixión era una de las más despiadadas y dolorosas formas de ejecución en el antiguo Imperio Romano. Miles de ejecuciones fueron llevadas a cabo por los romanos, siendo las más conocida de todas, por supuesto, la de nuestro Señor Jesucristo.
Debido a que las primeras representaciones del Cristo clavado en la cruz fueron pintadas siglos más tarde, estas, abundan en errores e imprecisiones.

Entender la muerte de Jesús, de terrible y dolorosísima naturaleza, puede ayudarnos a comprender mejor, el increíble amor que el Salvador tuvo por nosotros, pues por lo que hizo, lo hizo sabiendo de antemano lo que iba a padecer.

La crucifixión solía comúnmente ser precedida por el doloroso proceso de flagelación. Este fue el caso de Jesús. El proceso tenía la finalidad de debilitar a la persona, tanto física como moralmente mediante continuos golpes con una herramienta llamada “flagelum”.

El Flagelum. Herramienta empleada durante la flagelación de Nuestro Señor.

Este instrumento estaba constituido por tiras de cuero atadas a una pieza de madera que servía de mango o agarradera. En los extremos y sujetos a cada tira de cuero, era común encontrar pedazos de huesos, clavos y metales.
El objetivo de este instrumento era el de perforar y romper la piel arrancándola, exponiendo músculos y huesos. Los vasos capilares encargados de transportar la sangre, eran destruidos, haciendo que el sangrado desde ese momento fuese imparable.

Terminada la flagelación, al sentenciado se le hacía cargar su propia cruz desde la ciudad, hasta el lugar mismo de la ejecución.

Costumbre romana de hacer transportar a un reo un yugo o patíbulo, hasta el lugar de la ejecución. Wikimedia Commons.

A diferencia de las mayoría de representaciones que presentan a Jesús cargando cargando una cruz “completa”, los condenados comúnmente sólo llevaban sobre sus hombres el travesaño o madero horizontal.
Esto se debía a dos razones principales, siendo la primera la escasez de madera en la región. Por ello, era común emplear un árbol o un poste permanente como parante o base de la cruz. También porque después del proceso de flagelación, era imposible (aún para una persona saludable) cargar el peso completo de una pesada cruz.

Los evangelios nos dicen que Jesús fue crucificado en un lugar llamado “Golgota”, palabra hebrea que significa “calavera” y que hacia referencia a una pequeña colina que habría tenido esta peculiar forma.

Hoy en día, existen en Jerusalén dos posibles locaciones que se disputan el haber sido lugar donde sucedió la muerte de Nuestro Señor: La Iglesia del Santo Sepulcro y la “Montaña de la calavera”.
La primera fue escogida por Helena, madre del emperador Constantino alrededor del 325 dC. debido a la existencia de múltiples tradiciones que marcaban el lugar como el lugar de la crucifixión.

Partes del monte pueden verse hoy en día por medio de ventanales dispuestos en algunos puntos de la construcción.

Hoy en día se encuentra debajo una megalítica construcción levantada sobre el monte, del que sólo son visibles algunas porciones a través de unos ventanales.

Interesantemente, es debido a esta iglesia que se ha establecido la creencia, manifestada en un sinfín de películas y representaciones, de que Jesús fue crucificado en la cima del monte.
El Imperio Romano, generalmente no crucificaba a nadie lejos de la mirada del pueblo. Muy por el contrario, lo hacia justo al lado de caminos y puertas principales, lugares de mucho tránsito.

Condenados a muerte por crucifixión acomodados a lo largo de un camino.

Las cruces eran también mucho más pequeñas de como se les suele representar. Los condenados eran crucificados lo más bajo posible, de tal manera que los ojos de las víctimas, estaban a la altura de los ojos de los espectadores. Así, todos los transeúntes, podrían ser testigos de las terribles consecuencias que traería el oponerse a Roma.

El segundo lugar, “La Montaña de la calavera”, fue identificado solamente hace unos 175 años atrás. Fue escogido por su sorprendente parecido a una calavera.
Debido a su proximidad a una antigua tumba, conocida ahora como “la tumba del jardín” .

El Gólgota o “Monte de la calavera” vista desde la distancia.

El lugar también fue identificado porque en la ley de Moisés, los animales eran sacrificados en el lado norte del altar del sacrificio. Estando este lugar justamente al norte del templo y siendo una continuación del monte sobre el que se había erigido, parecía ser el lugar más apropiado para el sacrificio del cordero de Dios.

En 1968 varias tumbas correspondientes a los días de Jesús fueron descubiertas en Jerusalén. En una de estas tumbas se halló una caja que contenía huesos. Uno de estos, tenia un tobillo (astrágalo) atravesado por un clavo romano.
Este hallazgo fue extremadamente significativo pues es el único descubrimiento arqueológico en existencia de una persona crucificada.

Muchas dudas e intrigas pudieron ser develadas gracias a este pequeño hueso. Primero, el clavo no traspasaba ambos pies por el empeine como usualmente se puede apreciar en crucifijos y representaciones pictóricas, sino que lo hacia por los lados, por medio del hueso llamado astrágalo. Esto también quiere decir que se emplearon dos clavos pues cada pie era clavado independientemente del otro a cada lado del parante.

Astrágalo atravesado por un clavo romano. Las flechas indican los restos de madera hallados a ambos lados del hueso.

Una revelación sorprendente, fue el hallazgo de arandelas de madera a ambos lados del hueso. Esto a llevado a la conclusión de que el clavo era colocado primero en una de estas arandelas antes de perforar el hueso.
Esto se explica pues los crucificados solían tardar muchos días en morir y todo movimiento del condenado en la cruz, no hacía más que agrandar estos orificios. La arandela de madera cumplió entonces el fin práctico de evitar que el clavo completo atravesara el orificio permitiendo al condenado escapar.

La cruz adicionalmente al travesaño en el que se clavaban las manos, llevaba otro más pequeño, colocado aproximadamente a la altura de la baja espalda del crucificado, a fin de dificultar la respiración .
Colgados de la cruz, las victimas se verían forzadas a sostenerse sobre sus tobillos y a empujarse hacia arriba ayudándose con los clavos de las manos a fin de poder llevar aire sus pulmones.
El proceso se hacía aún mucho más doloroso debido a las heridas de la espalda causadas por el flagelo.

La rápida muerte de Jesús, no hace más que confirmar la brutalidad con la que sus ejecutores se enseñaron. Jesús recibió un “tratamiento especial”. Esto se puede ver reafirmado gracias a la sorpresa con la que Pilato reacciona al enterarse que Jesús había muerto sólo unas horas después de su crucifixión.

El deseo de Jesús de morir por nosotros en la cruz, de una muerte tan atroz, dolorosa y agonizante, nos demuestra lo increíble de Su amor.

“Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta.

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.
El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados.
Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros.
Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca.
Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca.”

Isaías, 53