Cuenta el Padre Julio Chevalier, fundador de la orden del Sagrado Corazón en 1854:

“Poco después de que me bautizaran, mi madre me llevó a la iglesia y me consagro a la Virgen Santísima y al Corazón de Jesús. Muchas veces, sobre todo en sus últimos años, a ella le encantaba contarme una y otra vez aquella entrañable escena, que su mente y su corazón revestían de un colorido realmente poético”.

A los 3 años de su ordenación sacerdotal, estando Julio Chevalier trabajando como Vicario parroquial en Issoudun, buscó llevar a cabo una idea que había nacido en él en su etapa de seminarista: fundar una congregación misionera cuyo fin sería llevar a los hombres y mujeres el amor misericordioso de Dios como remedio a los males de su tiempo.

Comunicó su idea al P. Maugenest, quien era el otro vicario y había sido su compañero en el seminario, dejándolo entusiasmado con la idea. Lo mismo hizo inmediatamente con su Párroco, el P. Crozat. El P. Chevalier había prometido a la Santísima Virgen que, si Ella le ayudaba, la veneraría de una forma especial.
Para pedirle luz y ayuda, ambos vicarios iniciaron una novena que terminó el 8 de diciembre de 1854, el mismo día en que fue declarado el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Así, el último día de esta novena, llegó a sus manos un dinero de un desconocido que quería que dichos recursos fueran invertidos en una obra misionera. Esto fue entendido claramente como una señal de Dios, por mediación de la Virgen María, y por eso el 8 de diciembre se considera que fue fundada la Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón. Ambos Vicarios fueron sus dos primeros miembros. El P. Chevalier cumplió su promesa a María, honrándola con el título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Oración
Acordaos, ¡oh Nuestra Señora del Sagrado Corazón!, del inefable poder que vuestro Hijo divino os ha dado sobre su Corazón adorable. Llenos de confianza en vuestros merecimientos, acudimos a implorar vuestra protección. ¡Oh celeste Tesorera del Corazón de Jesús, de ese Corazón que es el manantial inagotable de todas las gracias, y el que podéis abrir a vuestro gusto para derramar sobre los hombres todos los tesoros de amor y de misericordia, de luz y de salvación que encierra! Concedednos, os lo suplicamos, los favores que solicitamos.

No, no podemos recibir de Vos desaire alguno, y puesto que sois nuestra Madre, ¡oh Nuestra Señora del Sagrado Corazón!, acoged favorablemente nuestros ruegos y dignaos atenderlos. ¡Así sea!

¡Nuestra. Señora del Sagrado Corazón, rogad por nosotros!