La verdad de que cada alma humana tiene un Ángel Guardián que nos protege del mal tanto espiritual como físico ha sido demostrado a través del Antiguo Testamento, y se hace muy clara en el Nuevo. Está escrito que el Señor Jesús fue reconfortado durante su agonía en el huerto de Getsemaní por un ángel, y que San Pedro fue liberado de la prisión, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles también por un ángel.

Pero Jesús hace explícita la existencia y la función de los ángeles guardianes cuando dice: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:10). Al decir esto, Jesús señala que todas las personas, incluso los niños pequeños, tienen un ángel de la guarda, y que los ángeles están siempre en el cielo, mirando siempre el rostro de Dios durante toda su misión en la tierra, hasta nuestra peregrinación a la casa de nuestro Padre.

Sin embargo, ellos nos guían al Cielo solamente si lo deseamos. Santo Tomás de Aquino escribió que los ángeles no pueden actuar directamente sobre nuestra voluntad o intelecto, aunque pueden hacerlo en nuestros sentidos e imaginaciones – lo que nos anima a tomar las decisiones correctas. En el Cielo, nuestros ángeles guardianes, aunque ya no necesiten guiarnos a la salvación, nos iluminarán continuamente.

Se alienta la oración a los ángeles guardianes, y el hábito de recordar su presencia y apoyo lleva a la amistad con ellos. La oración a los ángeles guardianes ha estado presente en la Iglesia desde al menos el principio del siglo XII:

Ángel de Dios,
que eres mi custodio,
pues la bondad divina me ha
encomendado a ti, ilumíname,
dirígeme, guárdame.
Amén.

Fuentes

https://www.catholicnewsagency.com/saint.php?n=612

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