Era Marzo de 1585. Después de tres extenuantes años viajando medio mundo, Julián y sus amigos, todos japoneses convertidos a la fe Católica, hacen su llegada a Roma. Eran posiblemente el primer grupo de Japoneses que paseaba su mirada sobre la Ciudad Eterna, la que para ellos, parecía haber emergido de un sueño.
Al ingresar a la ciudad, fueron recibidos por una gran multitud que les daba la bienvenida bajo las luces del crepúsculo. Julián y sus nobles compañeros, fueron escoltados por la caballería del ejército Pontificio a la magnífica iglesia Jesuita de Gesú, mientras que el solemne Te Deum sonaba en honor a su llegada.

Julián esperaba con tal ansia el poder reunirse con el Santo Padre al día siguiente, que aquella noche la pasó casi en blanco. La mañana siguiente, el y sus acompañantes se reunieron con los embajadores de los poderes Católicos de Europa.
Los guardias papales lideraban la procesión a lo largo de las calles. Al aproximarse al castillo San Angelo, fueron saludados por disparos de cañones. Al ingresar al palacio Vaticano, Julián y sus acompañantes, se postraron frente al trono del Santo Padre. El anciano papa Gregorio XIII, con lágrimas en sus ojos, levantó a Julián del suelo y lo abrazó. La escena se repitió con los otros miembros de su séquito. Eran los primeros hijos japoneses de la Santa Iglesia Católica, que tenían el honor de saludar al Santo Padre en persona. Julián finalmente pudo presentar a Su Santidad, las cartas del príncipe Católico al que representaban. Por medio de un interprete, declaró:
“Su Santidad, venimos en nombre propio y en el de nuestro príncipe, reconociéndolo como el Vicario del Hijo de Dios en la tierra y para rendirle homenaje en nombre de los Cristianos de Japón”.

Buscando la Bendición de Pedro

Julián Nacaura, Mancio Isto, Martín Fara y Miguel Cingina, dejaron sus hogares en Japón durante la primavera de 1582. A pesar de que su misión necesitó de tres años para ser cumplida, finalmente, estaban ahora, frente al Vicario de Cristo. Después de visitar la Basílica de San Pedro, el papa conversó con ellos largo rato sobre las necesidades de la Iglesia en Japón.
El papa Gregorio se entristeció al escuchar los reportes de estos jóvenes celosos y entusiastas Católicos. Con más de 300,000 en las filas de los bautizados, un creciente número de seminarios y muchos personajes influyentes convertidos a la fe, la Iglesia Católica de Japón era la más grande en Asia.
El papa Gregorio escucho atentamente mientras los visitantes relataban las historias que alimentaban sus esperanzas por la conversión Japón.

Permaneciendo en Roma por algún tiempo, los japoneses visitaron múltiples lugares de peregrinaje, incluyendo las catacumbas y las tumbas de los mártires. Los cuatro jóvenes japoneses se arrodillaron mostrando sus respetos por los precursores de la Fe sin saber que que Julián, pronto se incorporaría a sus filas.

Persecución Brutal y Martirio

San Francisco Javier llegó al Japón en 1549. Bien pronto, su misión Jesuita comenzaría a florecer. Cada reino en las islas, tenía ahora grandes grupos de Cristianos. Los problemas comenzaron tan sólo un año después en 1550.
Al crecer los Cristianos en número, mercantes holandeses comenzaron a divulgar mentiras, en las que insistían en señalar, que los Católicos Jesuitas eran sólo una herramienta empleada astutamente, para subyugar al Japón bajo el dominio europeo.

El Príncipe Japonés Taicosama, quien llegase al poder al derrotar a otros príncipes en batalla, comenzó a presionar a los nobles Católicos para que abandonen su fe. En 1587, proclamó un edicto que forzaba la expulsión de Dominicos, Jesuitas y Franciscanos del país. 36 de sus residencias y 140 iglesias fueron destruidas.

En 1590, las noticias de la llegada de los cuatro jóvenes embajadores que visitasen el Vaticano, pronto se propagó. Consejeros próximos a Taicosama le mintieron, haciéndole creer que aquellos cuatro cristianos, habían en realidad viajado a Europa, para someter la soberanía del Japón a manos de los occidentales. Fue entonces que por orden expresa de Taicosama, miembros del clero fueron arrestados en los reinos Osaka y Miyako (actualmente Kyoto), y poco después, se proclamó la ley que prohibía el Cristianismo como religión.
Posteriormente, creyendo las mentiras de quienes se suponían tendrían que bien aconsejarle, Taicosama ordena que seis misioneros Franciscanos, tres japoneses Jesuitas y quince laicos japoneses, entre los que habían tres jóvenes muchachos, fueran ejecutados por crucifixión en Nagasaki.

Los condenados, fueron transportados 500 millas y expuestos a los insultos de la gente a lo largo del camino. Los eventuales espectadores, quedaban atónitos al ver las caras de los prisioneros, todas llenas de gozo, sabedores de que pronto su sangre sería derramada por Jesucristo.

Los tres prisioneros más jóvenes, Tomas de 14 años, Antonio de 13 y Luis de 11, quienes estaban amarrados juntos de las manos en la misma carreta, comenzaron a cantar el Pater Noster y el Ave María cuando pasaban por una ciudad. Las multitudes no podían dejar de observarlos con admiración.

Dos jóvenes católicos japoneses Pedro Sekugiro y Francisco Sahalente, siguieron a los condenados de cerca durante todo el camino. Los guardias intentaron en vano intimidarlos y persuadirlos. Esta actitud les ganó a ambos, el morir por crucifixión, elevándose el total a 26 condenados.

El 5 de Febrero de 1597, todos fueron conducidos hasta una colina que tenía vista a Nagasaki. Allí habían preparado cruces para ellos. Al ver el lugar, los 26 condenados, comenzaron a derramar lágrimas de gozo. Cada cual abrazó y besó su cruz. Luego fueron todos amarrados a sus cruces con toscas y gruesas cuerdas, y las cruces fueron alzadas en su lugar. El padre Peter Baptist comenzó a entonar el cántico Benedictus, al que pronto se unieron los demás.
Uno a uno fueron atravesados por dos lanzas, clavadas en sus costados, cruzándose ambas a la altura del pecho y saliendo por los hombros. Múltiples testigos afirmaron haber visto una celestial luz que salia de sus cuerpos. Fieles católicos se aproximaron para recoger la sangre de los mártires.

Sangre de los Mártires, Semilla de la Iglesia

Litografía de 1862 en el libro “Vidas de los mártires del Japón …” Fuente: Wikipedia

Las noticias de la primera crucifixión y martirio, pronto se divulgaron. Miles de Japoneses se reunieron en búsqueda de instrucción en la fe, ahora edificada por el heroico ejemplo de los mártires. Los milagros obrados por medio de la oración a ellos fueron numerosos.

Los católicos japoneses comenzaron a invocar el nombre de los nuevos mártires, pidiendo la gracia de sufrir y morir como Jesucristo. Nuestro Señor pronto atendió su esplendida petición.
En honor a Nuestra Señora, múltiples comunidades fueron formadas con la particular intención de rezar, pidiendo la fortaleza necesaria para morir por Cristo.

La muerte de Taicosama en 1598 no significó mayores cambios para los Católicos en Japón. Daifosama pronto lo reemplazaría, convirtiéndose en el primer gobernante del Shogunato de Tokugawa. Esta dinastía gobernaría al Japón a lo largo del siglo XVII, multiplicando los ataques contra los Católicos.

Intensa presión fue ejercida sobre los Católicos en Japón. Oficiales rodeaban a los fieles, obligándoles a pisar crucifijos u objetos sagrados, como señal de su repudio a la fe. Los débiles entre ellos cedieron, pero gran número de devotos resistieron, marcándose con esto, así mismos para la muerte.

Cuando el clero fue expulsado, un hombre pobre y ciego de nombre Damián, comenzó a enseñar el catecismo y a bautizar, animando a sus hermanos Cristianos a mantenerse firmes en la fe. El príncipe local le ofreció grandes regalos a cambio de apostatar pero amenazándolo con la muerte en caso de negarse. El prontamente respondió: Me da a elegir entre la vida y la muerte. Yo escojo la muerte y la prefiero a todos los bienes que me ha prometido”. Fue entonces llevado al lugar de su ejecución donde su verdugo le deja saber, que todavía podía salvarse con tan sólo rechazar su fe, a lo que Damián contestó: Soy Cristiano, haz tu trabajo”. Fue entonces de inmediato decapitado.

Nobleza de Japón Martirizada

Cerca de Arima, habían ocho familias nobles condenadas a morir por negarse a renunciar a la fe. 20,000 cristianos muy pronto se hicieron presentes apara acompañarlos en su camino al martirio.
Formando columnas, comenzaron a cantar las Letanías a la Virgen María siguiendo a los condenados hasta el lugar de la ejecución. El más joven de todos, de nombre James, fue preguntado si quería ser llevado en una carreta pues estaba extenuado por la marcha. El respondió: “Imitamos a nuestro Capitán, quien ascendió al calvario a pie. Ahora nosotros debemos trabajar, pues en la eternidad tendremos descanso eterno”. Cuando otros observaban al condenado padeciendo, se ponían a llorar. James les reprochaba: “¿Por qué lloran? ¿Acaso no envidian mi felicidad? Caminen felices, como me ven hacerlo a mí”. Al aproximarse al lugar de la ejecución, los condenados besaban los postes a los que habían sido atados y luego fueron quemados vivos.

Leo Caniemon habló valerosamente a los Cristianos que se hicieron presentes en el lugar:

“Mis hermanos, la religión Cristiana es la única en la cual podemos ser salvados. Perseveren en la fe. No dejen que nuestros tormentos los asusten. El sufrimiento es breve . El premio en el Cielo es grandioso y eterno. Sean testigos de que nosotros morimos por nuestra fe en Jesucristo”.

Los leños bajo sus pies fueron encendidos y todos los Cristianos que se habían reunido en el lugar, cayeron sobre sus rodillas. Los restos de los mártires fueron después recogidos y enterrados al lado de la iglesia.

Al año siguiente, cualquier Samurai que se negase a renunciar al Cristianismo, era despojado de su título y expulsado. Un renombrado Samurai, Justo Takayama, aceptó el exilio al rechazar el abandonar su fe. El y otros 300 Católicos Japoneses, partieron de Nagasaki para nunca más volver.

A lo largo de la década de 1620, surgieron nuevas y más crueles persecuciones y un número mayor de fieles Católicos fue ejecutado. En un solo día, 25 religiosos fueron ejecutados en la hoguera, después de ser testigos de la decapitación de otros 30.

Un Destino Peor que la Muerte

Un nuevo edicto fue promulgado por el emperador: los Cristianos ya no serían condenados a muerte. Ahora serían torturados hasta renunciar a la fe.
En el monte Ungen, cerca de Nagasaki, cientos de Cristianos fueron torturados con fuego, derramando agua hirviendo sobre sus cabezas, latigazos y toda suerte de crueles castigos.
Muchos de estos torturados moría a consecuencia de la severidad de las heridas. El padre Antonio Iscida, un sacerdote Jesuita Japonés, pasó tres años en prisión, después de los cuales fue enviado al monte Ungen. Todas sus extremidades fueron dislocadas y agua sulfurosa le fue arrojada por todo el cuerpo durante 30 días, después de los cuales, fue finalmente quemado vivo.

En 1633, Tomas Nacaura fue llevado hasta Nagasaki para ser ejecutado. Muy a pesar de la distancia y del tiempo, en su mente aún estaban frescos los momentos de su visita a la Ciudad Eterna. El era ahora un sacerdote Jesuita, parte del pequeño remanente de Cristianos en aquel país. No cesaba de recordar a sus hermanos lo contento que estaba de dar su vida por Cristo. Julián fue colgado de cabeza con la cabeza dentro de una obscura fosa, muriendo después de tres largos días de agonía.

Shimabara: La Resistencia Católica

Vista desde el mar de los restos de la fortaleza de Shimabara.
Crédito: Wikipedia

Durante muchos años, los Cristianos en Japón, sufrieron la persecución con heroica paciencia. Sin embargo, los Católicos del sur, se levantaron en armas contra su cruel gobernador. A inicios de 1643, más de 35,000 Católicos se rebelaron y tomaron la fortaleza de Shimabarra, la que retuvieron por algunos meses.

El Shogunato de Tokugawa, envió un contingente militar compuesto por 125,000 hombres a fin de terminar con la rebelión. El castillo fue asediado durante meses.
Shiro Amakusa, un Samurai que había perdido su rango por haberse negado a abandonar la fe, lideró a las fuerzas Católicas, infligiendo graves pérdidas al enemigo. Durante los combates que tuvieron lugar, Amakusa arengaba a sus compañeros gritando: “ Es mejor morir una sola muerte rápida, que miles de muertes lentas”.
Las huestes católicas resistieron heroicamente el sitio por muchos meses, hasta que Protestantes Holandeses, llegaron con sus cañones, prestos a derribar las murallas de la fortaleza. Destruidas las paredes, dio inicio una verdadera masacre: Mujeres, niños, ancianos, todos fueron masacrados por un enemigo numéricamente superior. Los apenas 4,000 sobrevivientes Católicos de Shimabarra, fueron transportados a la roca de Papenburg, un acantilado con vista al puerto de Nagasaki. Desde allí, los últimos sobrevivientes de Shimabarra, fueron lanzados al vacío.

Un Tesoro Escondido Descubierto 200 Años Después

El Shogunato de Tokugawa implementaría una política de aislamiento que duraría 200 años. Únicamente a los Holandeses se les permitía visitar y mantener sus actividades comerciales en el país. A todas las demás naciones europeas se les canceló el permiso de entrar y de operar en Japón. Todo miembro del Clero Jesuita, que intentase entrar a Japón durante este periodo, era arrestado y ejecutado.

A partir de entonces y durante 200 años, el Cristianismo en Japón se refugio en la clandestinidad. En 1867, la política japonesa cambió oficialmente y las ordenes religiosas fueron permitidas en Japón nuevamente. Sacerdotes de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, fueron los primeros en llegar y erigir una Iglesia en Nagasaki. Para su gran sorpresa, muchos Japoneses se les aproximaron, preguntando si ellos eran célibes y veneraban a la Virgen María. Los Franceses quedaron atónitos al descubrir grandes comunidades de Cristianos, comunidades que llegaban cada una a los miles de fieles…después de 200 años. Por siglos, ellos perseveraron en el sacramento del Bautismo. Todo Católico Japonés al que entrevistaban, sabía el catecismo y las oraciones en Japonés y en Latín de memoria.

Los misioneros pronto enviaron a Europa testimonio de la increíble perseverancia del Cristianismo en Japón, que a pesar de haber sido privados de sacerdotes por 200 años, supo preservar y transmitir las enseñanzas de la Iglesia intactas. El papa Pio IX al oír estos reportes, los consideró un milagro.

Desde los primeros bautizos de San Francisco Xavier en 1549, los enemigos de la Iglesia, se pusieron a trabajar a fin de extinguir la fe en Japón. A pesar de las brutales persecuciones, la Fe subsiste.
Hoy en día los Católicos suman menos del 2% de la población, gracias a los heroicos sacrificios de miles de mártires, que glorifican a Dios y están prestos a interceder por nosotros en esos siniestros tiempos en los que vivimos.

 

Fuentes:

Artículo aparecido originalmente en la revista Crusade Marzo/Abril 2017 por Ben Broussard. Traducido y adaptado por Proyecto Emaús.