11 de Febrero: Nuestra Señora de Lourdes

El 11 de Febrero de 1858, Bernardita sintió una extraña ráfaga de viento que provenía de la gruta de Massabielle, al acercarse vio una señora vestida de blanco, con sus pies descalzos, cubiertos por 2 rosas doradas que parecían apoyarse sobre las ramas de un rosal. En su cintura, tenia una ancha cinta azul, tenia las manos juntas en posición de oración y llevaba un Rosario.

En la abertura de una roca, llamada cueva de Massabielle, vi a una joven. Creyendo engañarme, me restregué los ojos; pero alzándolos, vi de nuevo a la joven, que me sonreía y me hacía señas de que me acercase. La mujer vestía túnica blanca con un velo que le cubría la cabeza y llegaba hasta los pies, sobre cada uno de los cuales tenía una rosa amarilla, del mismo color que las cuentas de su rosario. El ceñidor de la túnica era azul. (…) Tuve miedo. Después vi que la joven seguía sonriendo. Eché mano al bolsillo para coger el rosario que siempre llevo conmigo y se me cayó al suelo. Me temblaba la mano. Me arrodillé. Vi que la joven se santiguaba… Hice la señal de la cruz y recé con la joven… Mientras yo rezaba, ella iba pasando las cuentas del rosario (…) Terminado el rosario, me sonrió otra vez. (…) Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez.

Santa Bernardita Subirous

El día 25 de Febrero según testificó Bernardita, la Virgen María le dijo que fuera a tomar agua de la fuente y que comiese de las flores que allí crecían libremente. Ella interpretó que debía de ir a tomar agua del cercano río Gave, pero la señora le indicó con el dedo, que escarbara en el suelo. Al hacerlo, comenzó a formarse fango, Bernardita entonces al intentar beber, ensució su rostro, lo que causó un poco de escepticismo entre los presentes. Sin embargo, poco después empezó a brotar agua. El manantial que comenzó a brotar, produce un promedio de 100,000 litros de agua por día, desde aquel entonces hasta la actualidad.

De este manantial brotan aguas, vehículo por gracia de Dios, de milagrosas curaciones, muchas de las cuales están muy bien documentadas.  El médico ateo (ganador de un premio Nobel de medicina)  Alexis Carrel, fue precisamente testigo presencial de una de estas sanaciones. Por medio de la Virgen, el ateo es alcanzado por la gracia Dios y logra la conversión. En su libro titulado “Meditaciones”, se encuentran estas dos oraciones, una dedicada a Nuestra Señora y otra a Nuestro Señor.

 

Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo en ti, has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionada y ciegamente sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador, que con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas se agita, corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en ti y amarte como te aman los monjes de alma pura…

Señor, te doy gracias por haberme conservado la vida hasta el día de hoy. Mi vida ha sido un desierto, porque no te he conocido. Haz que, a pesar del otoño, este desierto florezca.
Que cada minuto de los días que me queden esté consagrado a Ti. No quiero nada para mí, excepto tu gracia. Que cada minuto de mi vida esté consagrado a tu servicio. Señor, toma la dirección de mi vida, porque estoy perdido en las tinieblas. Todo lo que tu voluntad me inspire hacer, lo cumpliré. Es necesario acercarse a Ti, Señor, con toda pureza y humildad…

Oh, Dios mío, cómo lamento no haber comprendido nada de la vida, haber intentado entender cosas que es inútil comprender. Y es que la vida no consiste en comprender sino en amar. Haz, Dios mío, que no sea para mí demasiado tarde. Haz que la última página del libro de mi vida no esté ya escrita. Que pueda añadirse otro capítulo a este libro tan malo. Habla, que tu indigno servidor te escucha. Te ofrezco todo cuanto me queda. Te hago el sacrificio voluntario de mi vida, como una plegaria. Te pido que me guíes por el camino verdadero, el de las gentes sencillas, el de los que aman y rezan. Perdóname todas las faltas de mi vida. Que cada minuto del tiempo, que aún me esté permitido vivir, transcurra cumpliendo tu voluntad en la senda que escojas para mí.

Oh Dios mío, en este día me abandono totalmente a Ti, con el sentimiento infinito de haber pasado por la vida como un ciego. Haz, Señor, que pueda emplear el resto de mi vida en tu servicio y en el de los que sufren.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *